Al chocar las duras piedras de la razón

 Al chocar las duras piedras de la razón,
al frotar los maderos de un corazón encendido,
una llamarada resplandece por un instante
y luego se apaga.

Esta voz busca la palabra

 Esta voz busca la palabra,
el molde de un sentir,
pero siempre se pierde,
rebosa los bordes
y escapa riachuelos
de almíbar,  
deja salivando la boca
que se conforma
con lamer el fondo del cuenco.

Esta voz busca sin fe
en un laberinto de sonidos,
tira de las letras
intenta componer una recta línea
y le tiemblan las manos.

Quiso abrazar el hermoso cuerpo,
llegó a rozar su piel cálida,
de pronto, se convirtió en duro y frío hielo,
fantasma que traspasa las paredes.
Aunque intentó cerrar todas puertas,
nada suena como el corazón lo siente.
Fue el vano intento de atrapar
la nada.

Demasiada soberbia
en ser tan pequeño.

Eres, me dijeron y lo acepté

 Eres, me dijeron y lo acepté
aunque aún no conocía las palabras.
Soy, me dije
y así caminé creyéndomelo.
Al tiempo y a aquel eco
les costaba unirse con mi propia voz.
Dudaba y creaba conflictos.

Desnuda frente al espejo
confronté su reflejo con mi carne,
mientras aquel era duro y frío
esta era blanda y cálida.
Quién soy, me pregunté en silencio
y, con mirada sincera,
abandoné la forma prescrita,
olvidé las líneas trazadas.

Ahora a quien me dice, eres,
amablemente le doy las gracias
pero, le contesto,
cómo puede saberlo
si yo no tengo claro quién soy.

Decidí dejar seguir el camino
alumbrado por aquel foco
y seguir la senda
con la claridad que mi luz mostraba.
Nada de conjugaciones,
ni prestados adjetivos
o cerrados conceptos,
siempre ser,
en infinitivo, a cada instante.

El universo habla a su forma

 El universo habla a su forma,
no tiene vocabulario al uso,
tan pronto se expresa con fuegos artificiales
como con herramientas burdas
y sencillas, cotidianas o fútiles.
Si atiendes sin rigor ni ley,
sin censuras ni desprecio,
el universo cuenta detalles
de su secreto, dibuja perfiles
que los ojos desacostumbrados ignoran.
Las manos que tanto aprietan
entre sus cuencas la certeza de una realidad
no entienden que son más líquidas sus ilusiones
que las aguas cristalinas de este océano
si te haces orilla y recibes sus olas.

Cosmos, territorio sin mapa,
llevamos vendas en los ojos,
llena la boca de pocas palabras,
cerrados los sentidos por velos
que hizo gruesa cortina
nuestra ignorancia.
Entreabrimos los párpados
miramos el mundo táctil
y caminamos sordos
a la voz que palpita
con nuestro corazón,
al unísono.

El sueño es impúdico

 El sueño es impúdico,
sin moral ni ética.
Nos sitúa en el abismo
de la consciencia
y nos lanza al precipicio
de la sinrazón.
Al despertar,
sus demonios y ángeles
aún circundan nuestros pensamientos,
hasta volver a la vigilia
con sus medidas y normas.

Qué animal nos habita
con sus primarios instintos.
Qué dios nos contiene
capaz de vencer
las leyes que nos sujetan.
Volamos ligeros,
corremos sin avanzar,
nos salvarnos de la caída
por profundos precipicios.
Somos seres inmortales
sin ver nuestro reflejo
ni hacemos sombras.
Qué ser padece los terrores
más horribles,
los sufrimientos más atroces
y vuelve indemne
al cobijo cálido del lecho.

Esta que llamo yo

 Esta que llamo yo,
situada en un supuesto presente,
es una parte divisible
en recuerdos que pasan
ante un espejo deforme.

El transeúnte desea partir

 El transeúnte desea partir
hacia otro paisaje de calendario.
Encontrar el verde valle,
rodeado de montañas nevadas,
con un bosque de hojas caducas,
gran variedad de flores silvestres
que alegren su hermoso prado
y un arroyo apacible
de aguas dulces y transparentes.

Allí, en una casita de madera
con humeante chimenea,
guardar por siempre silencio.

Espejo de cuerpo alto



                                                 Casa n.º 10 de la Plaza de la Catedral
                                                 Almirante Gravina.
                                                 Murió a consecuencia de las heridas
                                                 producidas en el combate de Trafalgar.

En el espejo de cuerpo alto
dejó su reflejo el insigne almirante.
Un espejo guarda todas las imágenes
que se miraron y entraron a su abismo.
En aquel viejo cristal quedaron las huellas
del paso del tiempo,
con negros parches que el óxido dejó
en su plateada superficie.
Qué marcial porte dibujado
en tan impecable uniforme ,
la postura engolada y firme,
los rasgos soberbios,
confiado ante el combate
donde resolver la victoria o la derrota
–tal vez el miedo o la duda
se ocultara a su propio reflejo–.
Volvería tras la lucha
a recibir sus honores
y se miraría otra vez
con brillantes medallas.

Los ojos fijos, escudriñando
un futuro incierto,
el cuerpo enjuto,
la boca con labios finos
de dubitativa dureza
y orgullo ufano.
Derrotado por el destino,
la muerte a pocas días le esperaba
en aquel océano de fuego y sangre.

En el frío y viejo cristal
atrapada quedó aquella imagen
tragada en su enigmático universo,
ya no vestido de humana vanidad,
sino con el traje de esencia eterna.

Son ojos porque te ven


En la ciudad la soledad
es una razón que inquieta,
un oscuro callejón
entre grandes avenidas.

En la ciudad los otros nos rodean
con sus duplicados ojos,
cegados, extraños.
Ignorados fantasmas
se cruzan por las aceras.

En la ciudad los ojos que nos miran
no son ojos porque nos vean,
no enfocan al igual sus pupilas,
son como párpados cerrados,
córneas pétreas sin conciencia.

Imagen mostrada al transeúnte
tras el cristal de un escaparate.

Secuencias


Bullicio en la calle
mientras mi cuerpo descansa
en su lecho tibio.
La mañana se agita
entre voces que construyen
edificios deformes,
frases inconexas
de orquesta desafinada,
que, a veces, suena
con la nota perfecta.
Es como aroma de flores
la oscuridad,
donde los trasnochados
disparan en el silencio
sus voces ebrias de alcohol e insomnio.

¿Belleza?


Aprendemos a distinguir la belleza,
pero hay una belleza dada,
implícita en cada elemento,
sin formas ni límites determinados.
Es falso que una simetría
sea el requisito básico,
bello es el tronco escamoso y torcido del olivo.
Sentenciamos que la belleza
está en el que mira,
la otra mitad está en el mirado.
La belleza es caos y equilibrio,
lo visible y lo oculto.
Hay sustancias que adquieren ese adjetivo
nada más nombrarlo:
digo amapola y hasta su sonido es bello,
menciono prado verde y en mi mente surge
la imagen exuberante de un valle,
nieve sobre las copas de los árboles,
montañas con anillos de nubes,
y cima besando el cielo.
Blanco velero en un mar inmenso,
pétalos de rosa con gotas de rocío,
un cuerpo,
unos ojos,
un canto,
un gemido.
Todo eso es belleza y todo nuestro.

Pero si digo:
babosa, polluelo desplumado,
ojos de moribundo, niño hambriento,
sapo, cucaracha, lodo, sangre,
vísceras, rabia, hastío,
huracán, noche monstruosa,
boca babeante, suciedad, harapos,
deformidad,
pus,
dolor,
grito.
Haremos una mueca de asco, rechazo, horror,
sentiremos un escalofrío.
Todo eso también es belleza,
también tú,
mi querido enemigo.


Aunque pienses que ha quedado

 Aunque pienses que ha quedado
varado el barco entre las rocas de la playa
y estos días parezcan vestirse
con las mismas prendas,
haya calor o frío,
verás en ese traje muchos remiendos,
más cortas las mangas,
desvaídos los colores
y añadido en el forro
un bolsillo secreto.
Otra vez volverán tras las lluvias,
las infatigables moscas
y el viento del norte vendrá a vencerlas
con el filo plateado de su espada.
Aunque este cielo no sea el mismo
y unos ojos vean con nostalgia
su belleza perdida,
su mirar más profundo distingue
las pinceladas de un cuadro.
Vuelve la luz por el este
y mi sombra va hacia el oeste
caminando.
Igual que el reloj mis pasos,
marcarán horas,
remotas quedarán en el olvido,
sumando minutos en cada presente.
En la noche bastará oír su tic tac
para dejar al corazón sosegado,
en los días hacer cuartos al agotamiento
y una oración por las promesas de un fruto.
Tal vez, este árbol echará más ramas
y nuevas flores
cuando llegue la primavera,
el jardinero debe estar atento.


Me basta muy poco

 Me basta muy poco
para continuar el camino
que intuyo me aguarda.
Elijo hoy este silencio
para oír todas las voces.
Abro bien los ojos,
estos que no olvidan
tiempos mejores.
Antes que un combate de anhelos,
prefiere el corazón serenarse
y dejar, si acaso, volar
el alma y de regreso
le cuente sus aventuras
por sus amplios paisajes.

Un desesperado dolor

Un desesperado dolor
nos abrasa en sus llamas frías.
En un desgarrado silencio
anidan todas las batallas
perdidas.
 

Qué clandestina intrusa

 Qué clandestina intrusa,
qué destreza sutil,
se cuela inadvertida
en un lunar sobre
el mantel de la mesa.
Se asienta en un rincón de la casa,
es esa raya pintada en la pared del pasillo,
sin saber qué mano ni objeto
la dejó estampada.
Mancha de óxido en la íntima lencería,
pelusas de polvo en las molduras de las puertas,
cortina que pierde anillas
y cuelga deslucida,
sin firmeza ni lozano esplendor.
Es una sábana mal doblada
en el cajón de la cómoda.
Es la forma hundida del colchón.
Es esa taza con una muesca
en la que evitas poner los labios
al tomar el café de la mañana.
Vaporosa, vestida de negro tul
y sinuosas sombras,
se camufla ante el espejo.
Acabarás arrinconada en un hueco,
sentada frente a la imagen de una extraña.

¿Qué se veía en un rostro?

 ¿Qué se veía en un rostro?
Unos ojos camuflados entre sombras,
una boca con sonrisa fingida,
unas mejillas con falso rubor
de polvos compactos,
una nariz soporte de unas gafas.
¿Qué se veía en la mirada?
Una lágrima encubierta,
una sonrisa circunscrita,
la cara de engaño del color
y el aire amargo aspirado
de un infortunio.

Fue fácil guardar en un cuerpo,
retenido por sus recónditos espacios,
el horror que rondó las agónicas horas.
Ordenaba al paso mantener el ritmo,
el iris limpio con suero fisiológico
arrastrando la sal que dejaron las olas.
Abajo, en el vientre, entre las vísceras
jugosas, bañadas en sangre,
los brazos aún sujetaban un cuerpo escuálido,
con el grueso peso de la muerte
y la liviana vida puestas en la balanza.
Intuido esqueleto, reflejado cadáver
en la pasión del tormento.
En su regazo su crucificada descendida
aún conservaba la fe entre los labios.
Los ojos del alma alzados al cielo,
suplicantes, mientras el miedo devoraba
la frágil carne lívida.

Son recuerdos que la memoria borra
y la memoria aventa
como alfombra al sacudirla.
El rostro marca las finas líneas
de las palabras gritadas en silencio
que la goma del tiempo emborrona.
Y, sobre la hoja cenicienta,
deja reposadas sus virutas una y otra vez.
Aquellas que parecieron volar
lanzadas a soplos por la boca
caen de nuevo y se reposan entre sus grietas
haciéndose dura costra y nunca olvido.

A prueba se ponen las virtudes

 A prueba se ponen las virtudes
y cumplen penitencias sus pecados.
Advierte el alma el magma
que le rodea,
a ratos afuera, a ratos dentro,
caen, ruedan y reposan
estos pedazos rotos.

Estos tabiques tan endebles

 Estos tabiques tan endebles,
que separan vidas,
dejan entrar sombras de nubes
nutridas de gotas,
como tul de almidonada rutina
con encajes de transparencias.
Un arrastre de piernas
por los mismos espacios,
maullidos de gatos histéricos,
hábitos desgastados por dedos y palabras.
Son trozos sueltos de un completo traje,
de cuerpos desvestidos de pies a cabeza.
Visillos que insinúan apenas unas curvas,
algunos ángulos,
líneas torcidas y finas vírgulas
que resaltan un hombro caído,
una mirada recelosa,
la letra que la boca guarda,
el perfil desdibujado de un rostro,
cuartillas escritas llevadas por el viento.
Por debajo de la puerta asoman
unos zapatos sin brillo
y en la ventana ondea
la solapa de un cuello,
el puño despeluchado,
una camisa mal abrochada,
y de refilón el ala rota
de un sombrero viejo.
Voces dejando al descubierto
unos íntimos desacordes,
el grito o las palabras alzadas
en el abismo de un sueño.
Murmullos y gruesos sonidos sordos,
algún gemido esporádico,
eco cediendo en el denso aire
de una habitación con el cerrojo echado.
Soledades compartidas,
enredaderas que suben
por los peldaños y fachadas,
fiel cotidianidad que tira con fuerza
de sus esqueletos.
Las varillas de los días mueven sus hilos  
y, al llegar la noche, el silencio,
roto por un crujido,
un sofoco,
el agua lanzada de una cisterna
y unos pasos cansados que caminan
hacia el colchón del olvido.
Al fin, la vida cede al total abandono.
Tras los tabiques quedan piezas perdidas
de un mandamiento secreto.

Si la vida os da años, no os preocupéis

 Si la vida os da años, no os preocupéis,
bajaréis los mismos escalones.
Si pisáis sobre un terreno hollado,
¿por qué creéis ser distintos?
¿Por qué te miras tanto al espejo?
¿Acaso crees ver otra cosa que no hayas visto?
Pretendes en su reflejo agarrar
un tiempo perpetuo,
retener las horas de la inocencia,
en el rostro del presente.
Aquel lienzo cogió mugre y polvo,
en su fresca pintura se hicieron grietas
y en sus primarios colores hoy deslucidos
quedarán los mañanas tras un cristal empañado.
¿Por qué ese mirar constante
en un torpe intento por retener
los mismos perfiles?
Con engaños reconoces tuyo
al extraño que te usurpa.
Entre las hendiduras labradas
por los días,
la muerte hace su nido.
En su brillo la sonrisa disimula,
niega la mirada acusadora,
mientras la carcoma lame
lenta y pertinaz la vida.

Soy pez

 Soy pez, camino en agua que no veo,
nado en su río dulce y en su mar salado.
Soy pez de corta memoria
y mucho extravío,
ignoro mi propia tragedia.
Soy un pobre pez de tantos,
como todos voy sin ver
las aguas que me contienen,  
penetran, permiten mi movimiento
y, estando tan cerca de mi boca,
muero de sed.
Cuando las olas me arrastren
a la orilla,
podre al fin conocer su océano.

Aire, aliento que entra y sale

 Aire, aliento que entra y sale,
que vierte su bondad y su ira.
En un remanso nos abandona,
nos pone alas y nos trae
semillas para ser nuestro alimento.
Fuimos arrojados con su soplo
a esta tierra fértil y estéril,
tierra, verbo y vino de nuestra memoria
y sepultura en el olvido.

En nuestras huecas manos

 En nuestras huecas manos
el sol descubre el correr de nuestra sangre.
El agua calma la llaga,
alivia su ardor.
Un manantial claro
brota y mana de la profundidad
en un desierto.
Es su cauce vida y muerte,
cuna y tumba,
que cede al oriente o poniente.
Fuego y agua,
abrazados,
sacian en su vientre a los diablos
que habitan nuestros infiernos.

Los brotes de las llamas

 Los brotes de las llamas
son hielo que quema la piel,
cortan la carne con afilado dolor.
En la blancura de los fríos astros
arden reflejos, esparcido brillo
sobre las cosas opacas,
rutilante alba que expande simples destellos,
avivado resplandor de minúsculas gotas.

El trazo perfilado de las letras

 El trazo perfilado de las letras,
su silueta, su rúbrica, el signo,
construyen la palabra.
La idea brotó de las comisuras
de los sentidos.

Hoy el cielo parece un tejido


Hoy el cielo parece un jersey
abullonado,
ha tejido puntos de mora
de nubes blancas.

Volcadas piedras de río
sobre azuladas aguas.

Sobre un fondo oscuro del cosmos

 Sobre un fondo oscuro del cosmos
habita aquello que,
por no tener nombre,
no se pronuncia.
Ausente de figura, sin volumen,
recóndito, etéreo, volátil y puro,
se escapa a la mirada
y se escurre entre los dedos.

Es trece de noviembre

 Es trece de noviembre,
miércoles húmedo y tranquilo.
La estancia está en penumbra
y brilla la luz de un calefactor.
Hace mucho tiempo de un día,
entonces soleado. Era sábado
y un cálido atardecer.
Unas palomas alzaron el vuelo.
El giro de llave abrió esta puerta
que hoy guardamos como un tesoro.
Aunque muchas lluvias mojaron
nuestros cuerpos y las prendas
se endurecieron bajo el sol ardiente,
por suerte, el frío nunca caló hasta el tuétano.
El fuego que ardía en la hoguera
quemó la leña y deja brasas aún candentes.

Llegará el invierno de nieves,
serán cenizas de muchos pasados
entre los rescoldo de su lumbre
y otras palomas alzarán el vuelo,
buscarán una tierra más amable
bajo un cielo resplandeciente.

Llueve y son caricias al aire sus gotas

 Llueve y son caricias al aire sus gotas.
Lleva toda la noche y la mañana sin parar
y aún continua en la tarde su hermosa melodía.
Es un brotar de fuente, una suave ola deslizada
sobre la arena de una playa.
Algunas chocan sobre el capó de un coche,
cartones apilados en la basura,
diapasón marcando un compás.
Llueve en este día gris claro
sin el fulgor dorado del sol,
empapa su continuo rodar de agua
tejados, muros y adoquines.
Llueve sin estridencias,
es calmada y dulce esta lluvia,
sin bravura, sin hacer charcos,
ni ríos, ni torrentes.
Desciende el poco caudal  
hacia las alcantarillas.
Hay vacío de voces,
solo algún motor ruge de vez en cuando
y, en las pausas un silencio,
entrega al oído y al alma
su sereno canto
de fuentes clandestinas en un jardín.

Mientras en el púlpito

 Mientras en el púlpito
se predica la salmodia,
sus ecos abandonan
el amparo de los muros y bóvedas.
Por las ventanas abiertas
un presente se conjuga
sin ornamentos.
Olvido son estos templos cotidianos,
donde el cordero de dios
se ofrece en sacrificio
y resucita cada día.

El día está indeciso

 El día está indeciso,
no sabe qué vestido ponerse,
qué rostro lucir para la calle.
No sabe si dibujar en sus labios
una amplia sonrisa
y mostrar la blancura de sus dientes
o, por el contrario, poner la mueca seria,
dejar caer sus comisuras,
fruncir el ceño y oscurecer
la dulzura de sus ojos azules.
De pronto esta señorita se asoma
vestida de colores luminosos,
la piel perfumada,
con rubor en sus mejillas
y la mirada dulce y cálida.
Ha desatado su moño y suelta
su melena de rayos dorados.
Ceñido a su talle lleva un vestido
de lentejuelas brillantes como cristales
que resaltan su natural belleza.
Pero, como asustada niña se esconde
tras la cortina,
deja un pequeño resquicio entreabierto
y una mano huraña se la cierra de golpe.
Sale a la puerta una señora malhumorada,
vestida por entera de luto
de los pies a la cabeza,
sin un rastro de clemencia en su semblante
con ruda mirada y apretada boca.
Parece celosa del encanto de la tierna doncella,
callada pero con firmeza le ordena
cerrar la ventana
y queda encerrada en la oscuridad
de su estancia.
No quiere que ojos lascivos la miren,
debe guardar su pureza
hasta de los malos pensamientos.
La inocente niña desobedece
y se entrega voluptuosa al gozo.
Aprovecha un despiste de su carcelera
y abre primero un ventanuco de su torre,
después la ventana de par en par
y por último sale al balcón radiante de nuevo,
mostrándose en plenitud.
En este día toda la luz y la noche
se concentran,
la alegría y la melancolía
de su voluble ánimo.
Es el amor con sus aristas
que zarandea al corazón
con sus dudas y caprichos.

Cuando se roza el entender deseado

 Cuando se roza el entender deseado
y se deshacen las cuerdas
de engaños y sus lazos de apegos,
el instante nacido es ya caduco,
insinuado hallazgo que quedó vacía ilusión,
movimiento de un algo
que pareció ser y no fue.
Cuando la balanza se inclina
al peso de la existencia,
coge la carga de los días y sus vanos sueños
por donde transita cómodo el pensar
sobre un paisaje de certezas,
reflejos sobre un espejo que fácil se rompe.
Hay una sutil sensación que nos hace
perder el equilibrio.
Entre los trozos quebrados de ese cristal
asoma por una grieta abierta,
se evidencia el error que nos conduce.
Qué hermosa,
qué frágil,
qué liviana y escurridiza
es esa intuición,
destello lúcido sin mácula de duda,
y sin embargo, inaprensible.
Enseguida la realidad
nos hace creer pura fantasía.
Se va tal cual aparece,
huye ante nuestra presencia.
De regreso al escenario
despertamos de ese sueño
para volver a representar nuestro guion.

No hay melodía sin silencio

Detente,
callad trinos y arrullos,
crepitar de un bosque,
clamor de agua.
Reposa tu andar en esa piedra
y, ausente,
deja se pronuncie el silencio,
soporte para la verdad
mejor que los sonidos.

Van los sentidos

Van los sentidos
atentos a las esquinas
y a la vuelta se dan de frente
con sus propios ecos.
Raudos los pies no cesan su caminar,
apenas aprovechan
los remansos de este río,
que fluye impetuoso
en busca del mar,
sin advertir
el acelerado corazón,
el fin de su suerte.
Vierte restos en sus lenguas
transformando su ribera,
borrado rastros por otros.

Cuando sientes dolor en el abandono

 Cuando sientes dolor en el abandono,
piensas, todo perdura.
No hay fin en esta trayectoria,
en senda de múltiples paisajes.
La luz que hoy recorres
con pies descalzos y sin temor
encontrará días nublados
sobre el horizonte.
Un sol dejarás atrás
y un sol esperará después del ocaso
otro amanecer.

Detrás de estos ruidos hay una voz

 Detrás de estos ruidos hay una voz
que te habla.
Solo en el silencio la escucharás,
se mueve libre por los espacios.
Alcanza tu oreja y recorre lenta
y dulcemente todo tu cuerpo.
¿Acaso no la oyes?
Para, no corras,
respira suave
y atiende.

Ha dejado de llover

 Ha dejado de llover.
Las nubes han bajado a tierra,
abrazan los muros y los árboles.
El paisaje entre brumas
parece un territorio onírico.
Es verdad que la luz embellece
el mundo y hasta la noche la desea.
Sin embargo, qué encanto adquiere
cuando se enturbian las cosas
entre esta neblina densa.
La piel se deja acariciar
bañada entre sus diminutas gotas.

Luchan en el cielo gruesas nubes

 Luchan en el cielo gruesas nubes,
sus oscuros ropajes lo han cubierto
con un manto gris de melancolía.
Hay una luz clara a pesar de su envergadura
que deja pasar la luz de un sol vencido.
Al llegar la tarde han hecho apretada piña
y se despliegan como pétalos de una flor
sus piñones sobre la tierra mojada.
La espada de un legendario héroe
hace zigzag de rayos
en la frente del horizonte.
En su boca queda contenido por un instante
el grito de dolor y estalla
tan desgarrador sollozo
que estremece.

Está este mar hoy tan calmado

 Está este mar hoy tan calmado,
apenas un velero surca el horizonte
y un sol alto en su cénit
hace brillar sus aguas como un espejo.
Dentro sobre esta arena de mi playa
me mece una dulce melodía
entremezclada con mis pensamientos.
Quieren robarme este dulce rumor de olas
y yo me niego aunque ruedan
por mis mejillas algunas gotas de sal.
¿Acaso no es lo bastante bello este paisaje
para no ceder ni un centímetro de mi isla
la entrada a estos piratas
con pretensiones de robar
mi más preciado tesoro?
Levanto en esta orilla mi muralla,
esa nave no se atreverá
por mucha que sea su osadía.
Ahora, ya sabe de mi fortaleza.

Claro y alto

 Claro y alto, advirtió con contundencia el grito.
Tranquilo,  le dijo el conciliador susurro.
La voz calló el rumor que corría
por la estrecha calle de la garganta
a gones de campana anunciado,
con la fuerza de una vocal abierta
y la vibración de una consonante sonora.
Con prudencia le dieron el alto los apretados labios,
frenado en seco quedó el hipo.
Carraspeó un poco, bisbiseó entre dientes
un runrún sordo.
Venía de algún lugar insospechado
el desesperado clamor de los ecos superlativos.
A veces, irrumpían el chasquido de unos dedos
sollozos infernales.
En ocasiones eran risas,
como gorjeos de pájaros o melodiosas gotas de una fuente.
Asustaba ese ruido críptico,
el bramido denso, estridente,
divisibles fonemas que no levantaba
ni un consolador lamento,
sino el leve quejido por lástima
con cierto sabor amargo en la lengua.
Un rugir de bestia asustó al gemido
que dejó entrecortado el aliento.
Al final fue simple gruñido de cachorro.
Aliviado se escapó un suspiro
cuando entro elegante, sabio, ingrávido,
el majestuoso silencio.

Esa fingida luz de sol y luna

 Esa fingida luz de sol y luna
apagó la transparencia cristalina
que de esa fuente manaba.
Fue claridad sonora en la noche
y se ha hecho clandestino rumor.

Luz silenciosa, sombra transparente

 Luz silenciosa, sombra transparente,
en esta tarde
que con templanza se deleita
besando los muros, lamiendo las aceras.
Con la mirada huidiza advierte ya
cómo vienen las sombras,
sin hacer ruido estas bellas cenicientas.
Al llegar el anochecer  
sus zapatitos de cristal
se cubrirán de brea.

La blanca luz de un sol cálido

 La blanca luz de un sol cálido,
el ave solitaria sobre la cruz de piedra,
las ventanas con sus brazos abiertos
entregadas al lecho de su amante,
horizonte de tejas ocres
cubiertas de hollín, musgo y tiempo.
Oleaje de un calmado mar
que solo a mis ojos se muestra
mecido por su abandono y olvido.

Somos rocas grandes como montañas

 Somos rocas grandes como montañas,
piedras y guijarros.
Mas todos seremos escurridiza arena
entre los dedos del tiempo.

Tengo necesidad de decir algo

 Tengo necesidad de decir algo,
pero no sé qué decir.

Hablaré del cielo, este hermoso
y cambiante cielo de mi horizonte.
Impreso en mi nervio óptico
ha quedado fija esta imagen
que olvidaré con los años.
Dudaré de sus perfiles,
cuántas ventanas tenía aquella buhardilla
o las chimeneas con sus distintos sombreritos.
Quizá, aun esforzándome,
no pueda traer a mi memoria
de un modo seguro cada detalle:
esta cruz que me mira y miro
cada día con sus tantas noches.
En este lugar sin mar,
qué bello es este oleaje de tejas,
viejas y ocres con su pequeño jardín mustio,
que el estío dejó seco y escuálido
y que reverdecerá en invierno con las lluvias.
Recordaré lejano, sin textura,
carente de los olores y brillos,
el sonido de los caños rebosantes de agua
dirigidos los canalones a un mismo punto del suelo,
dejando su reguero de manantiales.

Ahora, en este día claro y en este atardecer
traslúcido de rojos y malvas entre un dorado difuso,
como pintado por lápices pastel,
no veo aquella imagen pura y de extrema belleza
desvelada tras la cortina de un aguacero.
Por más que lo intento, se niegan los ojos.
Del mismo modo y con más razón,
olvidará mi cabeza este paisaje
cuando me halle lejos frente a otro distinto.
No me refiero a la eventualidad que lo transforma,
sino a la presencia sólida y estable
que lo levanta con dignidad cada mañana
para gozo de mi corazón.

Aunque nada es duradero por siempre,
sé que existirá mientras yo viva
este solemne edificio con sus muros de siglos ,
aguantando más años que mi frágil cuerpo.
Por eso escribo, para no olvidar
ninguno de sus trazos.
Caprichosa es la mirada.
Su fondo siempre es diferente,
nada es igual, algo cambia,
una grieta invisible se muestra.

Necesito escribir y no sé qué decir,
por eso divago.

La busco y no la encuentro

 La busco y no la encuentro,
por algún sitio la tuve que dejar.
Ay, esta cabeza olvidadiza,
este desorden en los cajones.
Cómo encontrar entre tanto desbarajuste
algo tan trasparente, fino y escurridizo,
fácil de camuflarse y perderse
por las grietas de este mueble viejo,
por rincones oscuros de las estanterías.
Hice el nudo a San Cucufato,
recé a San Antonio abad, patrón
de las causas perdidas,
aún tengo atado el pañuelo
y el santo sigue callado e impávido
con sus velas encendidas implorantes
y las flores frescas cada día en el jarrón.
Sus orejas no escuchan mis súplicas,
firme su figura de escayola,
sus ojos no atravesados por la luz
me miran sin ver
y solo responde el solemne silencio del templo.
Me es sumamente importante,
necesito recuperarla.
Acepto pues sin remedio, su ausencia.
Me doy por vencida,
aunque no puedo evitar frustrarme
y desespero ante la pregunta
¿adónde se habrá metido?
Por ningún lugar aparece.
Recuerdo cuando la tuve entre mis manos,
llenaba mi corazón su presencia,
en mi mirada brillaba su reflejo.
Sin ser llave abre la puerta
y entra en mi casa,
el milagro de su sonrisa.

Ya las palabras se atascan

 Ya las palabras se atascan,
colgadas quedan de la punta de la lengua
y acaban suicidándose
sobre la arena de la memoria,
que al sol de los días
y a palmadas de las horas
se endurecen.

¡Y miro al cielo! Una luna blanca,

 ¡Y miro al cielo! Una luna blanca,
radiante novia envuelta en tul de nubes
con la forma de diamante,
que parece proteger una hermosa perla
entre sus suaves valvas.
Por un instante brota esta magia,
el olvido del irrefutable misterio
la tragedia de una luz impenetrable.
Al fondo, una negrura amenaza tormenta
y estos ojos dudan de su rabia.
No puede tanto resplandor cegarse
por esta sombra.
La noche es húmeda y agradable el roce
de este frío aire en mi rostro.

Me cruzo con muertos y muerto soy

 Me cruzo con muertos y muerto soy.
No ahora, ni hoy o mañana,
tal vez, en otro momento.

Esa mujer de mediana edad
lleva en su frente marcada
la fecha final aunque no la veamos.
Y este y aquel otro y yo,
todos llevamos impreso
el sello de cancelado.

Qué frágil bulto somos estos cuerpos
que vamos de un lado a otro
con sus preocupaciones.
Me cruzo con gente anónima
y pienso, ¿serán antes ellos o yo?
¿No llevan nuestros pasos a este destino?
No en vano nuestra razón
ve tras la cáscara
el cadáver que será este fruto.

Si supieras que no hay dolor

 Si supieras que no hay dolor
sino que es engaño del cerebro.
La mente, que crea con palabras y memoria,
encadena emociones a nuestros cuellos.
Los sentidos ven y oyen, no sienten,
entregan al cuerpo que recibe sin inmutarse.
No hay reacciones,
ni asco, ni placer, ni dolor.
Los ojos han visto
como el objetivo de una cámara
capta aquello que recuadra,
fondo y formas estáticas
en movimiento.
Qué hacer, cómo anular
la determinación en su empeño.

Somos frágiles aviones de papel

 Somos frágiles aviones de papel
en la borrasca, en el ojo del huracán
o cuando la nave
rebasa la barrera de la luz.
Una corriente contraria,
una nube nos protege,
nos recoge en su vientre,
recompone y de nuevo nos lanza
al cielo con la ayuda del aire.
Una vez más, nos elevamos
en la atmósfera de la consciencia.

Sin embargo, eso no ocurre siempre,
y desaparecemos en la nada.

Tal vez ninguna experiencia ajena valga

 Tal vez ninguna experiencia ajena valga
porque solo el creador sabe.
Damos y recibimos consejos,
otros modelos nos avalan,
tratamos de imitar vidas ejemplares.
Por qué he de ser diferente
si somos todos guijarros de la misma piedra.
Ahí viene la lucha desorientada,
la rendición o el triunfo,
el escarmiento por cabeza propia.
No es orgullo ni fracaso
sino la suerte que nos toca,
esta es moneda con dos caras.
Aunque siempre es de noche,
y en algunas nos ciega una negra, muy negra oscuridad,
en otras brilla una blanca, muy blanca luna.

Ay, soy tierra sedienta

 Ay, soy tierra sedienta,
árida mi piel busca sus caricias,
amante que tan pronto se entrega
como se aleja
y abandona mi lecho con sus aromas.

Agua, agua.
Se me llena la boca con tu nombre,
sorda y llevada por otros aires
a otras carnes.
Calmas mis ansias
pero no sacias mi fuego.

Ha amanecido el día luminoso

 Ha amanecido el día luminoso,
y poco a poco las nubes lo van cubriendo
con un fondo gris plomizo.
Qué bella sutileza deja sobre los espacios.
Los edificios adquieren una reposada luz.
Esta traslúcida claridad, este aire fresco
de vapor de agua suspendido
va preñando vientres de nubes
a punto de abrirse en canal
y parir la dulce lluvia de finas gotas.
Tanta descendencia hará charcos
entre los desnivelados adoquines,
se llenarán ríos y lagunas en los valles.
Sorberá el mar salado su dulzor
por breves segundos
y la fuente manará su transparencia
de sabrosa melaza.

Qué puede hacer una materia tan frágil

  ¿Qué puede hacer una materia tan frágil
en los brazos de este inmedible cosmos?
Esta escurridiza verdad está cubierta por infinitos velos,
ante su incógnita siento el desprecio del ignorante
y compasión por el destino del mundo.

La miro en su terrible abandono

La miro en su terrible abandono,
en su mirada perdida por los oscuros
laberintos de su cabeza.
No rompió la química el cristal de sus ojos.
A pesar de esa sombra que los cubre,
brillan como perlas cuando sonríe
con la ingenuidad de la infancia.
Bajo sus ramas sembró la hojarasca seca
moho y despojos de frutos que no fueron recogidos.

En un sillón frente a la pantalla
pasa las horas infinitas de los días
envuelta en románticos amores,
así olvida la necesidad de su herido corazón
que late con historias que no duelen.

Entre sus brumas se encierra,
pero, ante una muestra de cariño
ella siempre da las gracias
y se despide con un beso fuerte.

Quién ha apagado la lámpara del cielo

 ¿Quién ha apagado la lámpara del cielo
y dejó esta estancia en penumbra?
¡Con la luz tan hermosa que entraba
durante el día y los claros de luna en la noche!
Han puesto muros en sus ojos
y a horas caprichosas se cuelan
unos finos hilos de oro o plata
por entre las rendijas,
que el abandono de unas manos
dejaron al descubierto.
Por suerte, no está totalmente a oscuras.

Aunque reconozco en mi rostro

Aunque reconozco en mi rostro
los ojos que cada día me miran
y leo en mis labios sus pensamientos.
Aunque estos brazos y piernas
van unidos a este tronco que lucha
por seguir erguido.
Aunque la huella de mi pulgar
sea la misma y los papeles oficiales
me identifiquen,
qué sé yo de mi hígado,
del trabajo de mi sangre
repartiéndose por mis células.
Qué cansancio tiene mi corazón
sin un descanso dando cada segundo su latido.
Mis pobres pulmones suspiran,
paran y sostienen un silencio
para soltar un grito desesperado
o el desgarro de un sollozo.
Estas vísceras que me acompañan
cada hora de mi vida,
¿en qué espejo se miran para reconocerse?

Esta búsqueda de uno mismo
rastrea una pueril superficie,
ni siquiera sospecha la consciencia
la lucha que sus neuronas mantienen.
¿Acaso veo las chispas que sueltan
al rozarse la mano de una dentrita con otra
ni como rebusca en la memoria un recuerdo?
Todo esto y más que ni piensan mis palabras,
son este cúmulo de carne y huesos.

La herida abre un resquicio
y en lugar de ver en su rojez
mi reflejo claro,
retiro mi mirada, sello, desinfecto,
espero la cicatriz que borre el dolor del daño,
con el terrible engaño de hacernos olvido
sin abrazarnos por entero,
del derecho y del revés ,
de frente y de espalda,
de arriba abajo,
de fuera a dentro.

Este río no es solo agua,
es también piedras, peces y lodo
en el fondo de su ser.

Triste este descampado de yerbajos pajizos

 Triste este descampado de yerbajos pajizos.
Han levantado las espigas y cardos
un palmo del suelo.
Repitieron las pisadas un mismo camino
cegaron las semillas los continuos pasos
y trazó el tiempo un pequeño sendero.

Hay cierta vergüenza

 Hay cierta vergüenza
en el que sobrevive,
una culpabilidad oculta
con rabia,
muchas preguntas sin porqués.

Aún más pesa la muerte ajena
al que por ley natural
iría por delante en la nefasta lista
y sin embargo, se queda
mientras el otro se marcha.

No se entiende la muerte,
ni ella trata de explicarse,
ni da razones, ni le importa
ser causa de la terrible ausencia.
Sabrá qué incógnita
guarda bajo la manga.
Su abismo no tiene fondo
y ese precipicio nos hace temblar.

En su sima nadie sabe qué se halla
tal vez, un inmenso desierto
de huesos y cenizas
o la arena dorada y cálida
de una infinita playa,
muy concurrida de almas alegres
disfrutando de un eterno verano.

Caen en avalancha desde la cima del cielo

 Caen en avalancha desde la cima del cielo,
abren agujeros en los tejados de nuestras casas,
dejan en pie desnudas paredes.
Colgados y torcidos, cubiertos de polvo,
los retratos de rostros desconocidos.
Impávidos ojos miran,
a través del cristal frío
frontera con la vida.
Por ventanas que nunca se cierran
entra a veces un pálido sol
y muchas noches sin lunas.
Sobre escombros donde antes hubo alfombras
caminan arañas entre sus redes.
En un rincón bajo el triste paño
de lágrimas de ayer,
una perla se cobija y aún brilla su nácar
con destellos que no se olvidan.
En el recuerdo
la sonrisa de una sombra agradecida da más luz
que la llama ardiente de un fuego encendido.
Adivinan los días el peso de un cuerpo
y sueña la eternidad prometida de la muerte.
Ya ligera y sin herida,
el alma vuela sin ataduras.

El miedo supura rabia

 El miedo supura rabia,
emponzoña las heridas de la frágil carne.
Vuelve enfado a la inocencia,
vencida por pecados ajenos.
La vida generosa para unos,
¡es cruel para tantos!
Beber de un vacío
hizo un árido desierto.
En la soledad solo el silencio grita,
mientras una tierna piel
se hace quebrada corteza .

De aquellos paisajes
vinieron oscuros pájaros
que anidaron entre los recovecos
de las vísceras,
buscaron un hueco en el corazón
para estar calientes las crías,
nacidas con plumas mojadas
de hiel y sangre
y, sobre las alas impúberes,
el peso de una tristeza infinita.

No hay cielo en un interior oscuro,
todos los orificios se cierran,
la boca calla y cuando habla se miente,
los oídos se engañan con una lejana melodía,
las pupilas se pierden en horizonte,
abiertas a una libertad imposible.
Se muerden las esperanzas
creyéndose alimento,
y al final, se vomitan.

Quedan sus vuelos presos entre los barrotes
levantados con frágil barro
que el tiempo petrificó.
Basta la falta de aire
para ser cadenas firmes
de un cuerpo que se acostumbra
a la pauta marcada por la batuta
de un mal director de orquesta.

Los días pasan con horas que son minutos

 Los días pasan con horas que son minutos,
huyen las semanas como fugaces relámpagos,
los lunes se pisan unos a otros
tienen urgencia por colarse los primeros.
El tiempo ha transcurrido rápido
y tardan más las hojas de los árboles
en caer que las de un calendario.
Los años se cuelgan de la alcayata
donde quedará un día,
como un reloj parado,
el viejo almanaque olvidado.

Al más leve suspiro

 Al más leve suspiro,
toma el olvido el vuelo
y,  si acaso lo atrapo,
es pájaro muerto que cae a tierra.

El arte de la rebeldía

El arte de la rebeldía
no se aprende en ningún libro,
no se enseña en escuelas,
innato impulso
que tantos olvidan
a golpe de adiestramiento
monotonía o costumbre.

El arte de la rebeldía
no es la pataleta,
ni el morro torcido,
es la libertad del acto
tras decir la palabra.

El dolor enciende un fuego en las carnes

 El dolor enciende un fuego en las carnes,
muerden perros los costados,
roen ratas el tuétano de los huesos
el firme esqueleto se vence
y caen los andamios de la casa.
El rostro se ve en el espejo,
¿qué ojo puede ver las entrañas?

Fuimos unos náufragos enloquecidos

 Fuimos unos náufragos enloquecidos
que consiguieron alcanzar la isla,
paraíso que creímos soñado.
Nos alimentaron sus jugosos frutos,
tuvimos el refugio en su fértil tierra,
al amparo del frío y los vientos,
salvados del bravo oleaje del océano.

Llegamos a sus cálidas arenas
con las prendas hechas harapos,
arrastrados por el destino
a su mansa orilla.
Allí construimos nuestra madriguera
y escapamos de quedar hundidos
entre las aguas de la soledad.

El ave del tiempo, el nido del espacio

 El ave del tiempo, el nido del espacio,
sostén y vuelo en un cielo pequeño
con señales de estrellas y nubes.
Desde esta tierra su escasa luz
dirige los pies a tientas.

La niña posa vestida de domingo

 La niña posa vestida de domingo
para una boda con luz de mayo.
Sus ojos sonríen y sus manos no dejan ver su boca.
Con gesto tímido cruzan sus deditos
sobre sus labios.
La niña lleva un calcetín caído siempre,
por mucho que se lo suba.
La niña con su carita graciosa
tiene en los ojos fuego de noche.

Es silencio ya, eco extinguido
de aquella tierna voz.
¿Cómo olería su pequeño cuerpo
casi de estreno como su vestido?
Tal vez a dulce fragancia
y primoroso aroma de inocencia.
Solo permanece la imagen
en frágil cartón, sin sus colores encendidos
y un fugaz recuerdo que expuesto
a corrientes de aire se pierde.
De los demás sentidos nada queda,
la caricia de un tacto,
los sabores que lamieron su lengua,
el rumor de sus sueños.

Es la traición de la conciencia
que hizo olvido por falta de palabra.

Convierte más olvido lo que fue

 Convierte más olvido lo que fue
que lo que pudo haber sido.

La verdad va descubriéndose
tras el biombo del tiempo.
Enseña una pierna, un brazo.
Insinúa con artimañas
parte de su belleza.
Cuando parece que por fin
será dueña de tus ojos,
se esconde con risa maliciosa.
Si asoma parte de su rostro,
asusta tan sombrío el maquillaje.
Esas prendas van dejando
la blancura virginal de tul y seda
que a la luz son tejidos
opacos y mediocres.

Los días te roban la fe

 Los días te roban la fe,
nada quedará protegido
por ninguna puerta ni candado.
Con astucia y avaricia
se llevarán todos tus tesoros
y tus manos suplicantes
quedarán vacías.
Tu mirada, antaño iluminada,
será estancia que se oscurece
en el ocaso.
Tu boca, jugosa y llena de verbo,
se volverá hueco profundo,
noches sin luna.
Del fondo de la garganta
saldrán aullidos de desolación.

Rondan fantasmas en la penumbra
Y, al compás de un tétrico baile,
recitan salmodias, conjuros de insomnio
con los cadáveres de nuestros sueños.

Retuvo el tiempo su reflejo

 Retuvo el tiempo su reflejo,
cristal que el tiempo ha roto.
Su rostro en la mañana
de sábado,
la barba crecida de la noche.
Enjabonadas las mejillas,
se cubren de espuma,
con brocha de pelo grueso
que gira en círculos concéntricos.
La cuchilla nueva
rasura firme,
no siempre al primer paso.
Abre caminos en la cara,
retira vello y espuma.
El grifo abierto,
enjuaga la cuchilla
y golpea en el lavabo
para eliminar los restos.

Canta el hombre
mientras se afeita.
Cante hondo del pueblo
es hoy canto de alegría
en el descanso de la semana.
Canta, pasa la cuchilla
la enjuaga, la golpea contra
el lavabo.
Tuerce la boca,
baja el labio superior,
rasura, vuelve a pasar
sacude, enjuaga, canta.
Ha quedado el rostro
sin espuma,
se echa agua fresca,
sangra pequeños puntos.
El hombre canta,
la niña lo escucha,
lo mira, hace un gesto
de desagrado ante la sangre.
El hombre se ríe, canta,
coge papel higiénico,
va poniendo trocitos,
sobre las pequeñas heridas.

El hombre canta, sonríe,
la niña, lo ve feliz, la niña
es feliz porque él está feliz.

No soy dueña de estas letras

 No soy dueña de estas letras
que con asombro anudo.
¡Ya ves!, soy tan poquita cosa,
apenas levanto un palmo
del suelo,
¡cómo pretender alcanzar
alguna estrella!
Si acaso, aquella de mar
abandonada en la orilla.

La eternidad es el instante

 La eternidad es el instante
prolongado, sucesivo,
pero entero y simple.
El instante es la infinitud.

En ese espejo se miran unos ojos

 En ese espejo unos ojos se miran
y dudan qué imagen es la real:
esa perfilada en la plana y brillante superficie
o esta de falso volumen vaporoso.

Entrar en los territorios oníricos

 Entrar en los territorios oníricos
es pisar indicios de la eternidad.
El sueño guarda los secretos
de la humanidad en su cofre cerrado.

En el sueño su lenguaje parece claro.
¿Cómo conocer las razones de sus imágenes,
entender la física de su cronómetro,
que la vigilia convierte en extrañeza?
¿Cómo hallar su incógnita
sin saber manejar sus símbolos?
Al atravesar ese etéreo cuerpo
se destruye cualquier respuesta.
Los sueños nos descubren
como seres caóticos,
Creamos ángeles o monstruos
de sus sombras,
que alimentan o rompen las cadenas
de nuestros miedos.
Rechazamos su estructura.
Abocados a la necesidad de un orden,
buscamos siempre el equilibrio.
Hay luces que nos deslumbran
y nos impiden ver
dentro de su abismo.

El sueño puede darnos el descanso
frente a nuestra soberbia de poder
o en la esclavitud de nuestras desgracias.
Recreados en sus paisajes,
dejémonos bañar
en sus aparentes aguas turbias,
más transparente cristal transparente
que estos reflejos donde nos miramos.
En su convulso océano,
nadar con la corriente.
En su cielo oscuro,
volar libres.

En su oscuridad sin tropiezos,
encendemos cerillas,
que terminarán quemándonos los dedos.

Cuando no hay luz en los días

 Cuando no hay luz en los días
y las noches son lenta muerte.
Cuando a esta marioneta
se le rompieron sus hilos,
su cuerpo se venció
como un quebrado hueso.
No se oye su llanto
en la silenciosa madera,
pues solo crepita en el fuego.
Sus ojos abiertos y fijos
se han cubierto de grueso párpado.
De un rincón colgada,
la vida pasa frente a ella
y la ignora sin importarle su dolor.

Celosos del sueño de eternidad

 Celosos del sueño de eternidad,
hasta contamos los segundos,
mientras el tiempo,
impertérrito observador,
esconde los recuerdos.
Devueltos con conjuros extraños,
brotan de una palabra, un sonido,
en la imagen retenida,
pegados a los objetos ,
esos que acumulan polvo
y olvido en estanterías.
Por un instante brillan
dejando en su destello
el reflejo nítido,
su aliento fétido,
su aroma dulce,
el miedo vestido de fantasma
y nos asusta.

La alegría teñida de melancolía
nos deja el sabor amargo en la boca.

El símbolo no se encuentra

 El símbolo no se encuentra
en las palabras
que están bajo el yugo
de los diccionarios.
El símbolo se descubre
en la intuición
y la claridad diáfana,
condensa la retina el significado
más allá de nuestra mirada doméstica.

No soy barro fresco y húmedo

 No soy barro fresco y húmedo
entre los dedos,
no soy pétalo de luz
en ojos extraños,
no soy quién sueña este sueño.
Porque nunca es pasado, ni futuro,
ni siquiera presente,
son ecos de ninguna voz conocida,
lágrimas de astros
o risas de otros cielos.

No soy, no seré, no ser
es esta bruma sin forma.

A veces la desgracia

 A veces la desgracia
es una roca que se desploma
sobre tu cabeza,
la nube oscura
que abre sus entrañas
y deja caer sus vísceras,
piedras y lodo sobre tu cuerpo.

A veces de la ira del huracán
sales ileso por milagro,
pero, a veces, ay horror,
quién resiste un dolor tan tremendo.
La vida dulce y tierna a veces,
cuánto hedor desprende
de su hálito.
La vida senda fértil
se vuelve árido sendero.

Te echan de menos las estancias

 Te echan de menos las estancias,
verte deambular por la casa,
en silencio, pensativa.
Con el paso lento, pesado,
como el ánimo al caer desde las alturas
a los pies y encadenarse,
se hacen nudos
los hilos de tu fragilidad.
Te echa de menos el transparente
cristal con la clara monotonía,
igual que las gotas alegres,
resbalarte por las horas
sin tropiezos ni barreras,
dibujar el traslúcido fondo
de los mundos oníricos.
Te echa de menos la piel
y la carne,
mientras el alma agarra
con avidez el recuerdo de tu voz
para guardarla como un tesoro
hasta el regreso.

Añoro aquella luz, serena

Añoro aquella luz, serena,
cielo de claridad transparente,
rayos que penetran en los muros
sin hacer sangre en su pétrea carne
que devuelve calor de su frío.
No esta luz llena de estridencias,
cristales rotos que arañan mis ojos,
cargados de una densa memoria
aquel ayer que ya no quiero.
 

¿Hay alguien detrás de esta puerta?

 ¿Hay alguien detrás de esta puerta?
¿Por qué nadie responde?
Escucho voces, gente que conversa y ríe.
¿Acaso alguien oye mi llamada?
Dejad de hacer ruido y prestad atención.
¿Podéis escuchar por un instante?

De acuerdo, guardaré silencio,
no molestaré más con mis palabras,
seguiré al lado de la puerta.
Me quedaré sin hacer ningún movimiento,
sentada, quieta, callada,
ni siquiera pronunciaré
un susurro de aliento ni un gemido.

¿No es verdad que nadie sabe
el mañana? Todo podría suceder.
Acaso, esas risas, ese parloteo cese
cuando lleguen sus noches
y se pregunten,
parece que hay alguien ahí dentro.

Sin la materia, no hay sombra.

 Sin la materia, no hay sombra.
Sin luz, la materia no se ve.
Persiste la materia sin luz
solo la sombra enmarcada la necesita.
La sombra parece humo,
silueta inexacta de la materia.
La luz y su ausencia todo lo ciegan.
Perfila simples detalles con las sombras
para dar certezas a nuestra razón.
Y, sin embargo,
palpitan tantos corazones,
respira una muchedumbre
sin dejarse ver ni escuchar.

Aprendiz de costurera

Ella guardaba en latas de galletas
todo un batiburrillo de desechos:
botones, cremalleras, elásticos,
volantes de tul de prendas viejas,
cordones de zapatos
y cuentas de pulseras rotas,
bobinas de colores, agujas,
tijeras y dedal.
Aprendiz de costurera
que se sirve de un roto
para un descosido.
 

La fuente asiste al bullicio de gente

 La fuente asiste al bullicio de gente.
Hay un ambiente festivo,
rugido que cubre el rumor del agua.
Sus borbotones caen movidos
por el viento de la noche
y expande su melena transparente
salpicando los rostros que se asoman
para oírla de cerca.

En el campo se multiplican aromas

En el campo se multiplican aromas
de flores, de frutos maduros, de retamas
y yerbas silvestres,
de arbustos, romero y albahaca
tomillo y yerbaluisa.
Huele a tierra y matacañas.
Despierta el cuerpo a su sensual impulso.
En la ciudad, hierven otras fragancias
de cuerpos juntos, café
y pan de horno recién salido.
Hay olores dulzones que salen de pastelerías,
fritangas de cocinas de bares,
un regusto amargo dejan en la garganta
los gases de los motores,
abrasa la pituitaria el ardor del asfalto.
Por los parterres el perfume
de alguna flor nos fascina
recién brotada entre las ramas del árbol,
ramas que parecían muertas en invierno.
En los campos un denso infinito,
en la ciudad aglomeración y urgencias
en aquel vida y muerte cíclica,
en este muerte que persigue vida.


Vuelvo a estos muros, líquida muralla

 Vuelvo a estos muros, líquida muralla
que traspaso para entregarme
al mundo agitado.
Con corteza recia de pino,
visto hoy estos álamos de piel
blanca y suave.

Ufanos, levantamos certezas,

 Ufanos, levantamos certezas,
piedras sobre piedras son sus muros
rellenos con la débil argamasa de nuestras palabras.
Ficción creada por la ignorancia
de nuestros oídos y ojos
que interpretan figuras en las nubes de vapor.

Escucho el pisar de las palomas

 Escucho el pisar de las palomas
sobre el alero desde mi ventana.
Han hecho nido en la chimenea
y pasean con su grácil contoneo
sobre los tejados.
Escucho sus patitas caminar,
¡tan cerca!
Que creo pienso que van a irrumpir
en la estancia en cualquier momento
pero, nunca entran,
nunca entran.

He dejado ocupada mi mirada

 He dejado ocupada mi mirada.
Olvidé ventana y paisaje
por muchos días que hicieron
algunos meses.
Mientras, seguían nubes plácidas
en el cielo
y palomas buscaban las sombras
sobre los tejados.

Revolotean frente a tu ventana

 Revolotean frente a tu ventana,
con alegre trino y vistosas plumas,
se pasean ufanas sobre los tejados  
alardean de un gozo interminable.
Otros días, sin embargo, desaparecen,
marchan hacia territorios incógnitos.
Dejan el horizonte vacío.
Es fondo monocolor de un cuadro,
sin alegoría, estampa hueca y estática
que traga la luz sin devolverla.

Al deslizar la cortina de la noche
la mañana se presenta sin su alborozo
y se viste de añoranza con sus retales.

Solo juego de hojas que caen

 Solo juego de hojas que caen
sobre la luz de una farola
en este pequeño jardín con murmullo de fuente.
La brisa dulce de la noche las agita
y su fulgor aparece y desaparece
como por arte de magia.
Nada es cierto y todo es engaño.
No hay malas intenciones,
solo torpeza de unos pies
que caminan por un sendero de simulada claridad.
Siempre una verdad a medias,
rostros multiplicados en un espejo roto.
Inventados diccionarios
para escalar una montaña sin cima,
obviedades sobre sombras.

Las palabras que escribo no son mías

 Las palabras que escribo no son mías
ya muchos otros antes las pronunciaron.
En este buscarle hueco
a un sentimiento brota esta voz
de aquel manantial
de la roca del silencio.
Si yerran en su conjunto,
no es mal que de ellas provenga,
sino esta que escoge y coloca
como un escriba que puso en desorden,
en el ritmo un compás de torpes notas,
en lo sublime la pobreza de la ignorancia.

Aquí tienen ustedes
el fracasado intento,
las frágiles herramientas
de este artesano.

El sama

Ese silencio tuyo
frente al espejo para afeitarte.
Aquel silencio sosegado,
meditando con las aves
y la tierra germinada.
Tú, callado, sin palabra suelta,
unos ojos perdidos, quién sabía por dónde.
Y cuando aquella paz se rompía,
un silencio atronador de rabia
que hacía sangre en los oídos y en la carne
y agitaba la tierra en su centro.
Quién era entonces aquel ángel,
¿un monstruo, una bestia herida,
una víctima de los que no supieron quererte?

Ahora, en tu silencio eterno,
cuántas cosas espero oír desde ninguna parte,
porque andas por todos los espacios.
Cae tu silencio lleno de todas las voces,
sin estar sujetas ni en gargantas ni libros.
Tus pesares de hombre son suave lluvia
y esta tierra los acoge con compasión.
Porque ya no son látigos, sino alas
que abrazan mis oscuridades.

Aniversario

 Hay un día marcado en el calendario,
lacrado y sellado para resguardar
su preciado secreto.
En ese día adornado con grecas
se escribe un relato hermoso.
Pasan similares días por distintos años,
fue sábado, viernes, jueves, miércoles
martes, lunes y domingo.
Volvió a repetir mes y distinto año,
marcó la misma hora en otro reloj.

Como estas aves caprichosas

 Como estas aves caprichosas
que, a veces, inundan el paisaje
y, sin razón, lo abandonan,
así vienen los días, con alas
que surcan el azul de un cielo
con pinceladas de infinitos colores.

En ese ángulo agudo

 En ese ángulo agudo,
cuando las agujas del reloj
apuntan a su hemisferio sur,
en porción equitativa
entre este y oeste, luz y sombra,
sopla un viento tempestuoso,
flota en el aire su roce helado
golpea el cristal del equilibrio
de las razones cotidianas.
Alma y cuerpo caen
en un vacío sin fondo,
pozo oscuro como la noche eterna.
Entra en avalancha por los resquicios
de tu casa la hojarasca,
abandona lodo por los rincones
forma bajo el sofá un remolino,
la tristeza.
Y un razonable apetito se vuelve  
hambre loca imposible de saciar.

Oye, amigo, he regresado con estos

 Oye, amigo, he regresado con estos
mismos ojos y distinta mirada.
Sabes que te conté este paisaje,
dibujé palomas sobre tejados
y llené este cielo con asombro inocente.
Aunque sus nombres fueran los mismos,
parecían recién inventados.
Recuerda que para mí
era el estrenado juguete,
el amor primero,
la voz que nacía en palabra.

Oye, amigo, aquí estoy otra vez,
este tren sigue por la misma vía
y el telón del horizonte
se ha hecho acostumbrado.
Me dirás, ¿acaso pensaste
que estas nubes dibujarían figuras
nunca imaginadas?
Tienes razón, tú ya me conoces,
caigo siempre en el mismo error.
Sin embargo, te puedo asegurar
que he aprendido.
No menees la cabeza
descreído de mi intención,
no es otro sueño de hadas.
Antes busqué y esperaba,
ahora espero para descansar.
Soy caminante que lleva
un paso lento.
Piso muchas piedras hasta llegar
a la arena blanda.
Un tarareo llevo en mis labios
para despistar a la tristeza.
De vez en cuando un escalofrío
zarandea a este corazón viejo
que palpita sin escucharse.
Prefiere distraer al aire
con juegos sin códigos.

Sabes, mi buen amigo, que soy sombra
que huye de la luz
con necesidad de ella.
Sabes que la noche es larga en la esperanza
y corto el día para la ilusión.
Sabes que callo y solo a ti te digo.

Sonrío al ver cómo te dejas engañar
y confiar en mis promesas sin credo.

En la madrugada

 En la madrugada
¡qué solo está el campanario!
Callado, descansa entre las sombras,
arrullado por palomas
que pernoctan en su torre.
Asustado por un improvisado siseo,
se estremece y otea
si hay enemigo a la vista.
Regresa a su sosiego
tras comprobar que solo era una lechuza
en busca de su caza.

En la madrugada el insomne
se recrea en un oscuro paisaje
donde se perfilan los contornos de los muros
iluminados por la tenue luz de unas farolas.
En la madrugada el brumoso cielo,
cercado por una hueste de nubes,
vigila a distancia este mundo.
Hay unos ojos abiertos de par en par
enfrentados a un sobrecogedor vacío.
El oscuro firmamento es techo
que cae sobre su cabeza.

En la madrugada las calles están solitarias,
las voces duermen para velar los sueños
de cuerpos que yacen apacibles
como muertos en sus tumbas.
En la madrugada navegan sus espíritus
por universos lejanos y extraños.

En la madrugada el insomne deliraba,
naufragó en aquella oscuridad misteriosa  
envuelto en un clamor de almas.
El mundo con atuendo oscuro,
trata de ocultar su verdadera identidad.
El insomne cree intuir el misterio
protegido bajo su máscara.
En su perfil creyó ver su verdadero rostro
y fugaz se escabulló entre las sombras
diluido en el alba.
La mañana con su fulgor diáfano,
sus agitadas voces y bullicio de rutinas,
abren claros en la penumbra de la estancia.
Los objetos van recuperando sus formas
devueltas de nuevo a su sitio,
después de andar perdidos por la madrugada.

La mañana da razones a la trasnochada locura,
pone una vez más sobre los ojos cansados
el velo de la consciencia.
Ahora el campanario se recorta
sobre un fondo luminoso.
Erguido hacia un cielo azul
se muestra orgulloso y solemne.
Las campanadas espantan a las palomas
vuelan sobre los tejados,
se anuncia el ángelus en los relojes.

En la madrugada su figura pétrea y fantasmal
fue custodio del gran secreto
susurrado al insomne.
A la claridad del día lo pregona
cuando nadie ya lo escucha.

Se dibujan en estas piedras

 Se dibujan en estas piedras
de un denso muro
nuestras sombras
caminando juntas de la mano.
En la noche la plaza está
poco concurrida,
son sombras sus paseantes.
Clandestinos, pausados,
miméticos en la espesura
de una vegetación no domada,
rondan los gatos,
son sombras que persiguen sombras.

Quedarán nombres que serán exaltados

 Quedarán nombres que serán exaltados,
pero cada vez que admiramos un bosque,
un jardín romántico, unos campos de olivos ,
tierras de vides que harán bodegas de terratenientes,
extensos campos cubiertos de trigales dorados
regados con sufrimiento y sudor,

cada vez que admiramos un monumento,
una catedral, un edificio emblemático,
sin darnos cuenta, sin percatarnos,
ignoramos admirar las manos
de los hombres y mujeres anónimos
que pusieron piedras y semillas
para hacer posible esa grandeza.

De sus cosechas quedaron hambrientos
y en nuestro desierto, ignorantes trazamos
un camino arado, la senda
de todos aquellos que son olvido.

Las notas sueltas para no perderse

 Las notas sueltas para no perderse
se unen en la agenda,
los apuntes del día en un diario,
los datos de la vida en la biografía,
los meses en los almanaques,
muchas páginas se juntan en un libro.
Adónde van a atarse las hojas secas
del árbol.

Desmenuzadas quedan las nubes

 Desmenuzadas quedan las nubes
sobre este azul claro del cielo.
Después de este largo y caluroso día,
se acerca un atardecer más aliviado.
Ya vuelven las palomas
y en breve harán presencia
los vuelos en círculos de los vencejos.
Cuando se abracen las sombras
para hacer clandestina noche,
el cuerpo amodorrado
estirará sus piernas,
a sus pasos dará ritmo.
Casi en letargo le dejó este ardiente sol,
se espabilará y con tropiezos se verá obligado
a salir de la guarida.

Quién fuera oso para dormir
todo un frío invierno y despertar gozoso
en una hermosa primavera y un ferviente verano.

¿Adónde se van estos días?

 ¿Adónde se van estos días?
Los arrastra este monótono tic tac
a un lugar imposible de volver.
Quizá, si tuviéramos aunque solo fuera
el plano viejo de un callejero,
pero ya ves, por qué erróneos caminos
nos lleva el mapa de la memoria
con sus rotos y borraduras.
Por qué falsos desvíos
unimos trayectos, ponemos puntos
fuera de sus coordenadas.

Estas tardes de verano

 Estas tardes de verano
se filtran por las horas,
tierra húmeda de tiempo infinito.
No abre fuente fresca
en la boca de los deseos,
deja caer lánguidos hilos de nada
y vierte a gotas un sorbo dulce.
Estas tardes de verano
tienen sus eternos silencios de siestas
donde reina la calma
con rumor distante.
Hay aleteos de palomas que cruzan
de sombra a sombra,
el eco de un motor que se aleja,
un crujir seco en el vacío.
Con el repentino zumbido de zángano,
el cuerpo pesado y en reposo
se contrae y se aligera,
luego, abierta a los párpados,
deja sobre el aire la desgana.

Puedes quitarte las ropas

 Puedes quitarte las ropas,
vestirte de limpio cada día,
inventarte un mismo reflejo.
Caerán invisibles y minúsculas capas de piel
como hojas secas de un árbol,
transformando líneas y ángulos.
La savia salvaje se calmará
y hará pesado caudal en su recorrido.

Este árbol creció y llegó a su límite,
deja en las grietas de su corteza
anidar arañas que tejen con finos hilos
un nuevo traje para su tronco.
Espera que el aire le anuncie
la nueva estación que dará comienzo
y repetir con otras cláusulas
el débito marital con la existencia.
Desnudo de hojas, lluvias
limpiarán de forraje sus cuencas,
sus retorcidos nervios se desperezarán
y confundirán el crujir de truenos
con un corazón latiente.

Es torpeza que lo llame el aire
con el mismo nombre,
pues este árbol ha cambiado tanto de ramaje,
que el que dio sombra ayer,
cubre y deshoja espacios hoy,
ha quebrado el viento alguna rama.
Que los sentidos no lo engañen,
quieren en su cárcel retenerle.

No hay vereda que contenga
el espejo del cielo.
En sus infinitos destellos se miran
sin ceñirse a sus raíces.
La tierra siempre se renueva.

A cada paso renuncio y acepto

 A cada paso renuncio y acepto
el siguiente.
De este camino anduve un buen trecho.
Bajo hileras de árboles dejé mis sombras
que hacen profunda oscuridad
en su fondo abandonado
y abre la luz del sol
un oscuro horizonte cada día,
con distinto rostro.

Breve como la distancia

 Breve como la distancia
de aquí al cielo,
breve el suspiro olvidado
sobre lozanos pétalos,
breve nuestras medidas
y breve el sueño que dibujamos
con nuestros gestos.

Qué extrañado anda el cuerpo

 Qué extrañado anda el cuerpo
entre estos aires,
los pies se resisten a su impulso
y las manos se pierden
en las costuras de viejas prendas
recias de años y polillas.
Qué extrañada la voz en su eco.
Reclama la garganta sus nuevas sílabas.
El regreso no siempre es a casa,
sino a buscar entre las sombras
los refugios de nuevos senderos.

Me aburro

 Me aburro, sí, me aburro
con el peso encima
de una eternidad desganada.
Me aburro y presiento los días
llenos de hastío.
Hay tantas cosas por hacer
y, sin embargo, Dios, cómo me aburro.

De pronto el cuerpo despierta
de ese letargo de horas apáticas,
bosteza sobre un reloj parado
con sueño profundo o con pesado insomnio.
Deja reposar sus agujas,
cansadas de rodar
por un mismo camino,
entre las sábanas frágiles
de vidrio aun sabiendo
que este ahora
en nada se parecerá al siguiente.

Me aburro como si el tiempo
tuviera idéntico semblante
y, a fuerza de mirarlo,
perdiera el interés de estos ojos.
Me aburro y callo,
porque llega apuntando la veleta
un cambio de aires
hacia un invierno incierto.

Y hay que espabilarse,
tomar la azada de los minutos
y cavar bien la tierra y cuidar
de sus semillas.

Allí donde la luz no entra

 Allí donde la luz no entra
se ciñe la más densa oscuridad.
¿Podrán acostumbrarse los ojos
a ella y discernir que le rodea?

Donde las manos palpan
y dan nombres aleatorios
a lo que no ve,
¿podrá dar forma si la luz no
le enseñó a diferenciar del fondo?

Cuando en el espacio insonoro
la locura se apodera de la mente,
¿podrá algún Dios darnos razones?

Entre las tinieblas de una estancia
por donde se cuelan por ínfimos resquicios
algunos rayos de claridad,
la mirada poco a poco intuye
los contenidos de ese espacio
y, a imitación de un misterio, les da certezas.
¿Podrá el alma ser luz y hendir
el vacío de la nada?

Volcado entre las sombras
de nuestra ignorancia
brillan destellos de verdad,
la que por compasión
nos otorga un creador bondadoso.

Qué sola está la playa

 Qué sola está la playa
en esta noche de verano.
Qué oscura inmensidad este mar
donde se divisan en el lejano horizonte
los puntos de luz señalando la posición
de los barcos.
Y, arriba, un cielo igual de negro,
salpicado por el brillo de algunas estrellas,
las más capaces para competir
contra el resplandor artificial
de los edificios de costa
donde la vida bulliciosa vive su desenfreno.
Al romper la ola dibuja
un borde de espuma plateada,
y arrastra hacia la orilla su cola
de volantes de encaje blanco.
Mis pies descalzos se abrazan
con las dóciles olas.
Callado a nuestro oído está su ronco rumor
en los profundos abismos
y deja en este cargado silencio
un dulce canto, tierno susurro de oleaje
y rodar de guijarros y conchas.
En este caudal se encuentra
una muchedumbre de gotas parlanchinas,
juguetonas e inquietas,
que besan la arena empapándola.
Pierde su dorada y porosa textura
por un apretado y oscuro manto,
donde la huellas desaparecen tan rápido
como los instantes que son borrados por otros.

Nos queda siempre

 Siempre se queda una faena por hacer
al terminar el día.
Se pospone, quizá, para la mañana siguiente,
escrito en la agenda su hora, mes y año.
Siempre hay un poso que no se rebaña,
una cita incumplida,
el itinerario previsto del viaje
que fue solo al país del soñar.

Nos queda siempre
la posibilidad de convertirla en hecho,
rellenar el hueco o vaciar el vaso,
culminar y conseguir redondear la cifra.
Y un día cualquiera,
un día de tantos,
madrugada, amanecer,
cénit, ocaso del sol,
noche profunda negra o estrellada ,
dejamos en el aire un aliento sin retorno.

Quedarán ropas sucias en el cesto,
desorden en los cajones,
ventanas abiertas,
llaves olvidadas,
palabra pensada sin voz,
labor sin terminar,
bobina enredada con nudos.

Para que no se pierdan

 Para que no se pierdan
unimos las notas en agendas,
el discurrir de las horas en el diario,
los datos y detalles de una vida en biografías,
las hojas de los meses en un calendario.
Las voces sueltas ancladas sobre el papel
hacen un relato por escapar al olvido.
La palabra de un dios se hace
sagrada escritura.
El sueño humano de eternidad
hila hebras del tiempo
para retenerlo entre las páginas de un libro.

Somos ave de paso

 Somos ave de paso.
Dejamos en el vacío nido
abandono y  reliquias de ayeres.
Buscamos otro mañana en cada hoy,
olvidamos las plumas desprendidas,
la resistencia del aire y el empuje
de la bandada.
Ansiamos libertad y vamos atados
a un rumbo.

Aprendemos en el viaje una certeza,
la soledad de nuestro vuelo.

Si esta envoltura no deja ver

 Si esta envoltura no deja ver
la desnudez de este cuerpo.
Si su abrigo no nos alivia el frío
ni nos protege del polvo
que empaña nuestro mirar.
Si la arena que el viento arrastra
araña la piel hasta hacernos sangre.
¿Por qué nos engaña esta lucidez,
aprieta el corazón y exprime
lágrimas de hiel y veneno a la vida
en lugar de ser tibieza?
Si cubre un velo la clara verdad,
haciéndonos reales los falsos reflejos
la luz de un sol con sus juegos de sombras.
Si entre los sueños de esta locura,
pudiéramos restarle invierno a la primavera
y hacer de este páramo jardín eterno.
Si a la alegría de horas,
no le ceda el llanto de días.
Si los sentidos estuvieran libres
de un corrompido pensar
que nos lleva siempre al borde
de un precipicio.
Si no tuviéramos que esperar a la vigilia
para despertar,
ni a la oscuridad de la muerte para ver,
seríamos peces que nadan
en un inmenso océano
sin miedo a caer en la red,
ni ser presa fácil en las fauces
de un voraz depredador.

La fuente asiste al bullicio

 La fuente asiste al bullicio.
El ruido festivo en la noche
cubre con su grueso manto
su tierno rumor.
Brota alegre el agua
y el aire impetuoso
mueve su melena transparente
que cae lánguida
sobre su lecho de piedra.

Era solo una sombra tras el cristal

 Era solo una sombra tras el cristal,
vestida de negro, plateados ríos
en una melena morena.
Nubarrones en un cielo roto
en mil pedazos.
humedecen la tierra de un abandonado jardín,
corro de canalones, percusión de rondallas,
dulce timbre de tejas goteando.
Caen sobre charcos, espejos de negrura,
lava de azabache de la ira de un volcán.
En su mirada, soledades de otoño,
herida de un sueño de primavera.
Su boca murmura tristeza agría,
araña la aguja el disco y las vísceras
de su corazón.
Canturrea como una niña vieja:
 “Y si me dices que no,
ay, amor, no me dejes rota
que la vida ya me rompió.”

Trazaron su figura las hordas

Trazaron su figura las hordas
de vientos del aquilón,
fríos y tempestuosos.
Hicieron escarcha en su piel
y en las entrañas ardiente fuego.
Ya venía vieja su consciencia
con la mirada de muy ayer.
La ira del norte ahuyentaba las nubes,
alejaba las lluvias
y convertía el prometedor valle
en abandonado desierto.
Rellenaron su fondo de flores silvestres,
cubiertas de espinas y sin olor
y, al lado, un jardín lleno de dulces aromas
y pétalos de terciopelo.
Su memoria camina de puntillas,
deja espacios sin pisar.
Es funambulista en la cuerda floja
sin red, hace piruetas por el empuje
de un reloj que marca las pautas
en esa distancia de soledad.
Repite cada día sin convicción
un sueño de esperanza.
Lo difícil es sostenerse
mientras en el foro, abajo, en la lejanía,
un público animado
escucha al maestro de ceremonias
anunciando el siguiente número.

Siente el aire el tañido

Siente el aire el tañido
de las campanas
y se alteran las aves.
Espantadas, alzan el vuelo.
Mis ojos se clavan en una nube
desmenuzada, 
entre sus ecos quedo embebida.
Atraviesa su clamor los espacios
como lanzas de plomo.

Gracias

 Mis palabras no son las tuyas,
me diste un vocabulario abierto,
el pentagrama de tus ocultas notas.
Desde mi cárcel mi mirada
se encontraba con un muro,
el corto horizonte de un pasadizo estrecho.
A mi ruego respondiste
y en mis manos pusiste este regalo sencillo,
del silencio y la soledad sonora.
Adoro de este paisaje sus oblicuos contornos
los tejados que se unen a un cielo
que cambia a cada instante sus perfiles.
Imito a las aves con sus alas extendidas
cuando bailo al son de las horas monótonas
y me acompaña el zumbido
de las pequeñas moscas
que a mi alrededor danzan.
No entiendo y me entiendes
y hago por comprender tus incógnitas.
Lejos de estos sonidos,
dibujas tu voz entre los bordes
con esta luz que derramas
y entre sus sombras busco
el sentido de las cosas.

Hice un pajarillo de cartón

 Hice un pajarillo de cartón,
por alas puse un manojo de hilos.
El viento entró por la ventana
y esparció por la habitación
su frágil plumaje.

Llegará la estación de la vejez

 Llegará la estación de la vejez
que todo lo convierte en duda.
Desnudas de sus horas
quedaron las agujas del tiempo.
Las promesas de la primavera
caen a tierra convertidas en lodo.
Presiente ya este árbol
el frío del invierno.

Somos puntos entre estas líneas

 Somos puntos entre estas líneas,
la arena, el mar, el horizonte,
ese velero aislado, perdido, clavado
sin derecha ni izquierda,
simplemente sucediendo.

Desde esta estancia

 Desde esta estancia
los ojos se pierden en esta geometría de tejas,
el aire es agradable, sereno.
Es la tarde de domingo
el segundero imparable
va desesperado buscando
engancharse al siguiente
sin salirse del rail,
Es el ritmo uniforme
de la sucesión de los días,
agujas con paso marcial que giran
en círculos viciados por la química
de nuestro paladar.
Este tren no silba como antaño
ni los relojes dejan oír su tic tac,
en el móvil los números avanzan
cambia un día por otro,
vienen y van de una estación a otra.
Al fondo suena un disco,
voces agitadas en la tele
niños que gritan o lloran.
Si es esto un sueño,
la inclinación del deseo,
el hechizo de la materia,
el tacto de la vida...
¡cómo será su despertar!