Ahora la pausa

Ahora la pausa,
inspirar el aire
antes de exhalar el cansancio.
El contenido suspiro
antes que desbordarse en ¡ay!
La contracción del pecho
antes de liberarse el estornudo.
El expectante silbido
antes de romper en esplendor
los fuegos artificiales.
El dulce descanso
antes del agitado despertar.
El abismal silencio
antes del estallido del cosmos.

Soñé

Soñé con nevadas montañas
y un valle verde.
Sobre una suave colina
quise levantar mi santuario
de reposo y libertad.
Soñé que mis dominios
fueran el amplio horizonte
de un cielo infinito.
Sólo soñé.

Navegamos todos

Navegamos todos
en este océano
dirigidos por el timón
de nuestro destino.
Algunos van en mejores barcos
con provisión de buenos
y abundantes víveres.
Muchos, sedientos,
beben agua salada;
otros, vacía la bodega,
se lanzan al mar.
Al arribar las naves a puerto
algunas llegan engalanadas,
la mayoría, sobre maderos
podridos.

Antes era lenguaje vivo

Antes era lenguaje vivo,
narrativa de la experiencia,
derivadas palabras
con una caligrafía mediocre,
cometiendo, como es natural,
muchas faltas de ortografía.
Me defendía entre pronombres
personales y a la vez
entre indefinidos artículos.
Fui fiel a un orden.
Entre las desiderativas expresiones
comenzaron a fluir más
las dubitativas
y aunque usaba la negación,
el sí era mi adverbio preferido.

Crecía con grandes interrogantes
y admiraba la belleza de la vida.
Presente a presente construí
mi identidad madura,
respetando los determinantes posesivos,
diferenciando lo mío de lo tuyo.
Procuré que el sustantivo común
llevara la imaginación de lo abstracto.
Seguí por costumbre las normas,
imitaba los modos y tiempos
hasta que hice punto y seguido.
A partir de ahí,
elegía mis oraciones
con cierta rebeldía,
alguna tilde dejé de poner
para marcar mi tono propio.
Prefería la voz activa,
aunque en más de una ocasión,
en lugar de sujeto,
tuve que conformarme
con ser objeto pasivo.

Sin llegar a complicadas
subordinadas,
utilizaba los elementos
comunicativos,
con vocabulario y código
adecuado.
A veces, con caprichosa sintaxis,
procuraba que mi discurso
acabara como en el cuento:
con final feliz.

Hoy soy lengua muerta,
verbo con pocos complementos,
los circunstanciales me abandonan,
el indirecto lo omito,
de vez en cuando
me obliga un preposicional
y redundo con el directo.
Me dejo llevar por lo mínimo,
si acaso una frase,
la expresión de un cansancio,
onomatopeya del silencio.

Amigo

–– Amigo,
el hombre que camina por una calle
oscura
en una noche negra
sin luna ni estrellas
¿camina con su sombra?

Sin luz no hay ni hombre
¡cómo ha de haber sombra!

–– Querido, andas errado,
el hombre que camina
consigo mismo
por una calle solitaria,
sin luces en los hogares
ni farolas encendidas,
sin luna ni estrellas,
en total negrura,
es él todo sombra
que arrastra el peso
de su sombrío destino.

Podría escribir las palabras más bonitas este día

Podría escribir las palabras más bonitas este día,
decir que el sol brilla y suena en el aire
la melodía dulce de pájaros cantores.

Podría escribir en esta hora amable
las delicias de una tarde silenciosa
con salpicada purpurina de risas infantiles,
la calma sobre el mundo.

Podría escribir la belleza de un paisaje,
llenar el lienzo de intensos colores y texturas,
árboles, tierra, cielo, ¡vida!

Podría escribir la exuberancia que contiene el universo,
el gozo que nos entrega.

Podría describir un sueño mágico
y no errar en su medida.

Podría..., y sólo atino
a escribir la palabra dolor.

Vivir sin ganas

Vivir sin ganas es escribir
la hoja del día
y ver cómo cae sobre las letras
la gota de lluvia,
la suicida lágrima
que saltó el enrejado
de las pestañas
precipitándose al vacío.
Emborrona la tinta,
apenas se leen palabras sueltas,
sin sentido ni razón.
La sintaxis se transforma
en un desordenado lenguaje,
desaparecen los vivos adjetivos
que adornaban los nombres,
los verbos llenos de activo entusiasmado
se vuelven pasivos agentes.

Vivir sin ganas
es perder el gusto por las cosas.
Se huye de la luz
y llena los pulmones
el aire saturado de un refugio
convertido en cárcel.
Aquellas blancas nubes
sobre un cielo azul intenso
dibujado por alas abiertas
como bellas sonrisas,
los púrpuras y rojos ocasos,
la belleza de un horizonte
tienen un espectador
con los párpados cerrados.

En un aburrido transitar
por las horas
caminan los pies los espacios
con ritmo monótono.
¿Qué corrosiva sustancia
corre por la sangre
que transformó el brillante metal
en superficie opaca?

Vivir sin ganas
es tan triste y doloroso
como morir sin ganas
y, antes de muerto,
sufrir la lenta agonía.

Las emociones son tibias brasas
que no prenderán ningún fuego.
Los sueños se desvanecen
como cuerpos sin esqueleto
dejando sobre la tierra
una masa informe.
Se recorre una frondosa ribera
sin ver el paisaje
ni oír el rumor del río.
Se avanza sin ver,
sin sed bebe la boca,
insiste el murmullo mental,
fuerza al ánimo
hacia el movimiento.
Hay una orden no escrita
de sobrevivir
con el alimento mínimo.

La voz rompe el silencio apetecible
a lo urgente, a lo necesario,
pero es campana que desea sonar
para lo más importante,
celebrar la dicha de un te quiero.

Los pasos obligados
son un verdadero martirio.
Quiere volar el espíritu
ligero sin ataduras ni ley,
alcanzar el territorio de descanso.
Deambula el denso fluir
por el horario cotidiano
llevado por la inercia.
Los imprevistos, los planes
son elevadas cimas.
Desea el alma soñar
pero sufre desvelos continuos.
Ojalá el corazón vibre pletórico
y no este triste latido del desaliento.

Vivir sin ganas
es tan triste y doloroso
como morir sin ganas.

La liquida mañana vierte

La liquida mañana vierte
al cuenco del día
fluidas sus horas.
Densa, pesada, su materia
se solidifica al llegar la tarde,
entra como un gas la noche,
deja su atmósfera turbia.
Otro mañana vendrá
con la fresca sonrisa
y el cuerpo rejuvenecido,
despertará de nuevo
del sueño de la ilusión.

Se entregó a la madrugada
el ayer,
la mueca de una desfigurada alegría ,
el rostro patético
de vieja actriz fracasada.

Decisión

Sopesamos nuestras decisiones
como si se tratara
de un test de opción múltiple.
Siempre hay una respuesta
claramente renunciable,
tan evidente su error
que nos resulta fácil
descartarla.
En otras nos confunden
los distintos argumentos
por falta de información.
A veces nos parecen plausibles,
mas los rechazamos al instante.
Es tan grande la incertidumbre
que acabamos bloqueados
ante un dilema existencial.
Divagamos entre contradicciones,
negamos todas o todas nos resultan
verdaderas.
Y, al final, en esa encrucijada,
nos inclinamos por seguir
el camino equivocado.

Si la decisión se estudió a fondo
por lo general,
despejadas las incógnitas
nos quedaremos entre dos
alternativas muy igualadas.
Si acaso, una doble negación
nos aturde,
nos embarga la duda.
Una definición incompleta,
incluso, un interrogante añadido
nos provocan una lucha interior.
Entramos en pánico,
abrumados, temerosos,
al límite del caos.
Nos inunda la sensación
de peligro inminente,
equivocarnos en el último momento,
cometer la terrible torpeza de fallar
por tan mínima diferencia.
El drama se desencadena
cuando creíamos tener la segura
entre las manos,
se complica si nos dicen
que son ciertas a y c
o todas incorrectas.

Ahí, ya sin recursos,
agotadas todas las reflexiones,
nos vemos abocados a terminar
a la vieja usanza,
abandonamos el sentido común y la lógica
y abrazamos la solución
con la regla del azar:
lo echamos a cara o cruz
o entonamos la canción infantil:
Pito pito gorgorito
¿Dónde vas tú tan bonito
A la era verdadera
Pim pam pum ¡fuera!

¡Pues esta!

En la distancia un extraño

En la distancia un extraño
nos mira,
descubrimos
tras su cristalino nublado
por brumosas cataratas
turbias y confusas escenas,
sombras chinescas del tiempo.
Le cuesta a esta luz del ahora
acostumbrar la vista
a sus oscuras imágenes
empañadas de sombras.
La memoria, a duras penas,
trata de unir ayeres con este hoy.

Tropezamos con un forastero
que nos llama por nuestro nombre
y dice conocer nuestro pasado.
Viene su figura vestida
con descuidado aspecto,
sin embargo, desprende un perfume
reconocido, a veces agradable,
a veces nos repugna.
Nos sonríe tiernamente
y de repente, se agria su rostro.
Su mirada nos confunde,
emana tristeza y miedo,
felicidad con mácula de nostalgia.
Ante él sentimos el vértigo
de los años.

Este viento árido
lleno de polvo nos lo trae
de visita,
su afilada voz
atraviesa los valles del alma.
Nos invade un escalofrío
y giramos el cuerpo para ver
lo que su dedo nos señala.
¡Están tan lejos aquellos edificios
que apenas distinguimos sus detalles!

Nos entretiene
y queremos continuar
nuestro camino
siguiendo las trazadas líneas
sobre un plano ondulado.
Son sus palabras eco que se extingue
o el grito que nos desvela,
huellas fijadas en barro seco
o líquida arena de un pertinaz reloj.
Trae en su equipaje reliquias
encontradas
entre los objetos abandonados
al fondo de un trastero
donde acumularon telarañas.

El recuerdo se presenta
sin previo aviso,
vino de aquel país remoto
donde fue exiliado.
Es aquel familiar que nos cuenta
historias de aventuras
de las que somos protagonistas.
Sentimos por él
un dudoso afecto,
lo amamos con locura
o, perdido el roce, nos inspira
desconfianza y rechazo.
Después,
se marcha silencioso,
a saber cuándo volverá de nuevo,
y quedamos sumergidos
dentro de esta charca
en continua metamorfosis.

Como una maraña de pelos

Como una maraña de pelos
se enreda la tristeza
en los actos cotidianos.
Se arrancaron sus raíces
entre las púas de las horas.
Arrastraba enredos, cansancio,
y rutina.
Acumuló polvo de los días
perdidos
entre la desmemoria de un pasado.
Sólo vendrán los fijos instantes
sobre papel fotográfico.

Duele el ayer que no volverá
vestido de limpio.
Liberamos los armarios
de ajadas prendas
para llenarlos con trajes nuevos.
Cerramos los ojos al hoy
desconocido,
extraño viajero presente
con su equipaje incómodo.

Desea el alma sentir
lo imposible
y se resiente el corazón
mientras celebra estar vivo.

Bautizamos las pequeñas muertes,
los pasos sujetos al vacío
por unos pies frágiles.
Alzamos los brazos y el tiempo
los vencen,
rendidos tras la lucha continua
contra el aire.
Una súplica de moribundo
que busca el consuelo
de un milagro.
¡Qué fuerza superior
podrá salvar al que se ahoga
entre las oscuras aguas
de este océano!

Llegados a una edad

Llegados a una edad,
el espejo ya no miente
y la vida grita el absurdo.
La verdad no se esconde
bajo un falso rubor
en las mejillas,
ni es más alegre
la sonrisa perfilada.
No recobran la vivacidad
los colores de antaño,
el brillo de unos ojos,
la luz intensa de unos cabellos.

Cubren y marcan sus territorios
el transitar de los días,
llenan el pasado
las hojas de muchos calendarios,
gastan los objetos el continuo
roce de nuestros dedos.
Se abrió una senda profunda
sobre aquel inocente y salvaje bosque
con las huellas de nuestras pisadas.
Olvidaron los pasos otros caminos,
llevados por las marcadas señales.
No se hizo más fuerte nuestro andar
sino acostumbrado hábito
y levantamos muros,
cerramos ventanas
fijando la mirada hacia los letreros
luminosos.

Pero llegados a esta edad
donde importan menos
los futuros retos,
los peldaños hacia una cima,
la dirección por deseos pueriles,
te inunda una oleada de paz,
te invade una brisa cálida.
Elige tu boca su voz,
el sabor preferido,
desprecia el murmurar
por el leve rumor
de tus propias palabras.
Ahora intentas dirigir
tu voluntad,
abandonas las imposiciones,
los deberes pesados,
el convencional atavismo grupal,
la férrea costumbre.
Llega la revolución aniquiladora
de un sistema establecido,
levantas los brazos
y arrojas al fuego
los edificios que profanaron
el templo sagrado de tu ser.

Eliges los minutos sin respeto
a las agujas de un reloj,
ignoras las inquisidoras miradas
que te acusan del pecado mortal
de romper tan gran invento:
alterar el estatus quo inviolable,
la desobediencia al anónimo servidor.

Romperás como papel de seda
todos los sustantivos y adjetivos
que insultan tus gustos y preferencias
por atreverte a marcar otro rumbo,
a elegir sin seguir modas.
Creas tus horarios sin importarte
el represor rechazo,
el castigo por ser infiel
a las normas,
el contrato rescindido.

Llegado a esta edad,
miro la vida desde los cristales
de mis cansadas pupilas.
Sin levantar arma contra nadie,
reivindico mi lugar.
Salto sus murallas
sin temor a sus espinos.
Prefiero mi locura
a la cordura de sus exigencias.
Beberé el tiempo que me reste,
sumaré según mis cálculos.
Tomaré sorbo a sorbo
este veneno del existir.
Me basta el alimento
que me nutre.
Me dejaré llevar por la orilla:
no soy más que un pedrusco
en esta poblada playa.
Allá aquellos que se creen
roca resistente,
acabarán también
hechos guijarros.

Convivir con la incertidumbre

Convivir con la incertidumbre,
la continua sospecha,
la vigilante mirada
hacia los lados, al frente,
a las piedras caídas del cielo,
asegurar los pasos sobre la tierra
hasta llevar en la espalda un ojo.

Medir la distancia
con el peligro,
encarcelar los temores,
tener los sueños bajo control
y engañar su esencia
con el paladear dulce
de nuestros proyectos.

Sujetar los segundos, los minutos
y las horas en agendas,
los días y meses en hojas
de calendario,
donde marcamos, ilusos,
en un horizonte
horarios y fechas.

Hacer un claro en el bosque
denso y oscuro del futuro.
Aun sabiendo que pisamos aire,
nos empeñamos en pisar la nada,
volar más allá de este presente.
Convivir con lo incierto,
amante que no nos promete
amor incondicional.
Ni enemigo ni amigo,
nuestros deseos no entran
en sus cálculos.
Conocer y aceptar esta verdad
nos duele tan profundo,
nos desgarra las entrañas,
que evitamos postergar
nuestra la voluntad a su curso
y corriente.

Es una lucha sin tregua
querer salir de su firme cauce,
intentar tomar otros caminos,
desviarnos para descubrir
paisajes diferentes.
Nos vence la frustrada realidad.
Es ilusión creer que tenemos
el timón en nuestras manos.
Al final, su pendiente nos dirige
hasta llevarnos al océano
en un eterno retorno
hacia su fuente.

Se confunden los gorriones

Se confunden los gorriones
entre las ramas del almendro.
Llegó el otoño y aún
son verdes sus hojas
y se aferran al tallo.
Hace mucho que dejó de echar
fruto.
Languidece su esperanza
con el tiempo.
Apenas algunas flores
brotaron en primavera
que nunca germinaron.
Tan sólo una endeble semilla
cedió a su frágil peso
antes de madurar.
Cuerpo débil
en tan escuálido jardín,
olvidó su identidad caduca
y se empeña su savia agria
en alimentar a una plaga de insectos.

Recuerda la tierra
cuando se plantó su tierno tallo,
casi retoño
que necesitaba de la guía
de una caña.
Las lluvias y soles engrosaron
su tronco,
vistieron de altas ramas su esqueleto,
superó en altura a otras plantas.
En la ferviente adolescencia
se vertieron en abundancia
sus blancas flores.
Fue generosa su cosecha
antes de comenzar su declive.

Domingo

Traen tus mañanas
el dulce descanso,
la promesa fresca,
el pan caliente.
Fluyen ligeras
las primeras horas del día.

Vienen tus tardes
con un sol de ocaso,
la tristeza se ciñe a mi pecho,
suena una canción
siempre melancólica.

Se acaba el domingo,
viene una nueva semana
y gira a mayor velocidad
el calendario.
Es la rápida convalecencia
de una enfermedad breve
pues restablece pronto
el ritmo de la monotonía.
Volverá a coger el paso
el cansancio del amanecer,
dejarán los bostezos
sobre la cama,
cogeremos las prendas
de trabajo
y arrancaremos a la pereza
un poco de voluntad
para continuar el trayecto.

Tardes de domingo,
sabe tu café a rancio
y son menos dulces
los bocados últimos.

La emoción es un paisaje

La emoción es un paisaje.
El sentimiento recrea
un espacio
de calles amplias
con aledaños edificios,
casas angostas,
castillos y templos,
un bosque apretado
con troncos tan unidos
como rejas,
árboles frondosos
de copas abiertas hacia el cielo,
ramajes llenos de hojas
que se dejan atravesar
por infinitos rayos.

La emoción constreñida
por el lenguaje,
la palabra con sus silabas
penetrantes, ligeras,
el sustantivo abstracto
son imprevisible cosmos
que se expande
o punto que condensa
el todo.

Acaso no existen los mundos

¿Acaso no existen los mundos
paralelos?
¿Qué son entonces las sombras?
Conviven con la materia táctil,
pero, ¿no ven nuestros ojos
sus contornos?
¿Es más real aquello
que todos los sentidos perciben?
¿Qué es entonces una emoción?
No podemos tocarla, ni olerla,
ni nuestros ojos ven su figura.
Únicamente se siente,
se expresa,
fluye alrededor.

Son etéreos cuerpos las sombras,
podemos adentrarnos en sus entrañas.
A veces son ellas las que nos poseen
y quedamos atrapados
en sus paredes sin puertas.
No podemos sujetarlas,
tiramos de ellas con la punta
de los pies.
Nos persiguen, nos adelantan
o caminan a nuestro lado.

Abrazar la sombra del árbol
sobre la tierra,
tendernos en su frescura,
mar que no nos moja.
Ellas se imponen a la fuerza
de un sol,
dibujan sinuosas formas,
perfilan así otro mundo.

No oímos sus voces
pero nos hablan de su secreto,
nos cuentan la verdad
que subsiste en la materia,
la esencia múltiple
que tienen las cosas.

Dios mío, sé que no puedo ir

Dios mío, sé que no puedo ir
contra tu corriente,
que camino sorda y ciega.
Mi garganta en la desesperación
grita y aborrece
la palabra paciencia.
Debo ignorar las voces
que buscan la correcta salida,
no hay un único trayecto
aunque todos confluirán
en un mismo punto.

Dios, dame la calma
de sujetar el hilo que se enreda
en la bobina de los días,
sin esperar nada más
que lo que tu divina voluntad decide.

Oh, indefinido ser,
indivisible divisor de las partículas.
Oh, esencia que contiene
todos los nombres y potencias.

Pasos

Pasos firmes, lentos,
que reconocen el camino.
Pasos pausados, frenados,
que dudan
hacia dónde dirigirse.
Pasos alternativos,
acompasados, arrítmicos.
Pasos fluctuantes, inquietos
esclavos de indecisiones.
Pasos paralizados o que huyen
dentro de un laberinto sin salida.
Pasos que dejan huellas
y pasos que saltaron al abismo,
buscaron atrapar el infinito en el vuelo.
Pasos olvidados
que fueron mundo.
Pasos errados, pasos con aciertos,
débiles o sin rendirse,
retoman fuerzas
y hacen alto en el camino
para continuar paso a paso
la senda incierta de nuestro existir.

Gastar las suelas de los zapatos
con los sentidos puestos
en el andar,
sin olvido del sinsentido
de esta razón,
si no es dejando retazos
de nuestras prendas
atados a las ramas,
en las piedras el roce
de nuestras manos.
El agua de río corre
pero guarda su memoria
en el fondo.

Pasos que van hacia atrás,
torcidos, cobardes,
tambaleándose,
ebrios de locuras.
Pasos rectos que niegan
el placer
de los desvíos.
Pasos, pasado pesar,
pasos con los ojos puestos
en un horizonte eterno.
Pasos sustituidos por un
continuo pasar.

Y al día siguiente...


siempre la vida se impone.
Echando mano del tiempo,
recorrerá el peregrinaje
de los días
mezclando risas y llantos.
Nos sorprenderá
el olvido del dolor
y al instante,
como sintiendo el cuerpo
un rechazo,
regresará el reflejo de su negrura,
empañará el cristal transparente
su vaho hediondo
y turbios los ojos dejarán de ver
los bellos colores del paisaje.

Así, lentas como los minutos
en la agonía,
avanzarán las horas
de nuestro reloj
que tira de la vida y sus segundos.

Nunca estaremos exentos
del sufrimiento.
Ansiamos,
no el equilibrio en la balanza,
sino de los dos platos
llenar solo uno con lo bueno.

Deseamos el control
de los pasos,
calcular errores al milímetro,
para tenernos que conformar
con mirar hacia el porvenir
a grueso cálculo
sobre distancias kilométricas.
Mientras,
cometemos la torpeza
de ignorar el próximo centímetro.

Esta es la vida
y nuestro conocer
no servirá para ajeno remedio
sino que cada uno llegará
por sus senderos particulares
a descubrir este manifiesto secreto.
Vamos llevados por los pies
con los ojos cerrados.

Eres Muerte, sorda

                                                       A Coti, in memoriam
 

Eres Muerte, sorda,
ante nuestras súplicas,
no sientes empatía por nadie,
haces huella indeleble
en la consciencia,
marcando desde el origen
nuestros pasos.
Abandonas a la desolación
a una madre sin su hijo,
a unas hijas sin su madre.
Cuánto le quitas a una de tiempo,
cuánto más les restas a las huérfanas
del alimento de su amor.

Nos dejas siempre en deuda
con el frío cadáver.
Muerte, ante Dios testifico
que exonero de todo débito
a cualquier cuenta ajena.

Muerte que no vienes,
permaneces,
rondas nuestras casas,
pisas nuestras sombras,
te sientas en el pretil
de la ventana abierta
y saltas como gorrión
entre las ramas.

Hoy, Muerte, te has venido
vecina a mi casa.
Mis ojos negaron tu nombre,
confundidas las palabras
con los ecos alegres
de los buenos días.
Quizá mi consciencia te temía ya
y rehuyó la mirada de tu presencia.

Eres cercana y a la vez
tan desconocida,
tu rostro siempre
nos resulta extraño.
Muerte, que arrancas
no sólo la vida
sino la paz de los que quedan.
Muerte, te acepto,
mas no puedo perdonarte
el dolor que ocasionas
a los vivos.

Hechizo

Salir de la laguna,
saltar del nenúfar a tierra,
croar al mundo,
dar un breve rodeo
al territorio,
cruzarse con los vecinos,
los irritantes mosquitos,
las pesadas moscas,
la tranquila salamandra
que duerme sobre la piedra
dejando pasar la frenética
muchedumbre.

Se buscó la rana la vida
mientras el sol brillaba
en el cielo.
Al llegar la noche y cubrirse
de luciérnagas las sombras,
se deshizo el hechizo
y volvió a su ser acuático,
sumergida en las aguas
de los eternos sueños.