Sabías que iba a venir la carta
con la respuesta,
Sol o Torre,
As de picas o nueve de diamantes.
Un mañana, llega el anuncio,
el resultado es favorable
y ya juega la mente con creerse adivina,
que tuvo el pálpito de su llegada
cuando sabe que, de no haber venido,
alargaría su agonía tras la puerta
de la férrea esperanza.
Y de nuevo, volver a la casilla
de salida, con otro juego,
con otras fichas de colores,
con la suerte del dado,
caer en el puente o en la cárcel.
Transeúnte
por un paisaje de calendario
Sabías que iba a venir la carta
La impaciencia sufre de desesperado anhelo.
La impaciencia sufre de desesperado anhelo.
El reloj se toma su tiempo en recorrer
la misma distancia
y se para en las horas
y se recrea en los minutos.
Pides sosiego a los ojos que van ávidos,
a los oídos que están alerta,
al latir urgente del corazón,
a las piernas que frenen el paso.
Sueñas con acortar los días
para que llegue ese gran momento.
Sin embargo, nos retan
y se alargan en un paseo sin prisas.
La mano con sus dedos se estiraba
La mano con sus dedos se estiraba
para tocar piedra
y caías de bruces al suelo
como si el muro se alejara.
El barco ansioso creía divisar el muelle,
engañado por un falso faro,
errado el punto en el mapa,
rota la brújula perdía el norte.
Han brotado con la lluvia caída
Han brotado con la lluvia caída.
Parecen setas sobre la yerba
estos paraguas de diversos colores.
Tarde de domingo,
claridad de suaves grises.
Dentro, un mirar hacia la calle,
un rostro maquillado de rutinas.
La vida es un animal domesticado,
dócil, obediente,
que se entretiene mordisqueando
los duros huesos de las horas.
Ha salido el sol donde la tierra
Ha salido el sol donde la tierra
bebe del mar
y los ojos se contraen como
el vientre en el parto,
deslumbrados por su brillo.
Frente a sus aguas turquesas,
la tierra despierta de su abrigo cálido.
Sus entrañas beben del relente de la madrugada
mientras el cuerpo se cobija
bajo las sábanas del sueño.
Va extraviada el alma
por sus laberintos recónditos.
Hacemos y deshacemos una madeja
de propósitos.
Al alba, revoloteo de aves,
trajín de pasos,
rodar de troncos por un río
de vida, quimera,
endiablado capricho de un sabio azar,
antes de morir de nuevo
en los brazos de la noche.
De su silencio, vuelve la risa
y la palabra
y las voces infantiles
y el zureo de palomas.
Volvemos a jugar con el día
con la promesa de ser eterno.
Una tarde es brumosa
Una tarde es brumosa,
se cala el frío en los huesos,
roza el alma el filo de una navaja
y cortan los extremos de sus tiernos pétalos.
Rompe el encanto que entregó
la esperanza del anterior día
cuando la tarde era luminosa,
y bullía en el aire el alegre bullicio
y la caricia de las dulces voces infantiles.
Ellos, que no saben nada de la tristeza,
ellos, que juegan inocentes
a imitar nuestros corrompidos hábitos.
Qué rápido pasarán los años
trazando la huella del dolor,
esa línea discontinua como las tardes,
a ratos tristes y oscuras,
a ratos llenas de luz y alegría.
Al lado va esta distancia
Al lado va esta distancia
que deja pasar el frío
traído de la estación del espejismo.
No fue claro azul
aquel reflejo en el cristal.
Engañó a la mirada inocente
la creencia crédula llena de artificios,
la letra errada del discurso.
Un sueño pródigo, juegos de magia,
creer atrapar el cielo en el charco
y la belleza del arcoíris
la iridiscencia de un ácido.
Hablan de tu mar porque ruge
Hablan de tu mar porque ruge,
murmura y canta un pentagrama
de olas y silencios.
Caricias de espuma
el rumor de tu orilla.
Besos de salitre y conchas
sobre tu lecho cálido de arena.
Por ser abnegado tu campo,
se olvida su hermosura,
danza de espigas,
melodías de trinos,
zumbidos de moscas.
De las matas tiernas,
bañadas de rocío,
brotan tus frutos.
En tus entrañas se gestaron
mujeres y hombres de piel tostada,
baile de penas y alegrías,
voces que aún resuenan.
Ecos que navegan tu mar indómito
y germinan en tu noble tierra
nuevos brotes,
muerte y renacida vida.
Recorre el pensamiento un túnel oscuro
Recorre el pensamiento un túnel oscuro,
sin aliento, perdido,
en un bosque sin fin,
por donde a veces,
solo a veces,
entre las altas copas,
entran destellos de un soñado sol.
La mirada se tiñe de sombras
y, por salir de allí,
ordena a sus pies ir uno tras otro,
sin guía, ni norte,
porque sabe que quedarse quieta.
Será el abandono al abismo
más cierta muerte.
Por temor a ser olvido
cuenta sus pasos,
sigue la línea sin punto.
Sobre hojarasca no quedan huellas,
camina,
aunque haga círculos,
aunque nunca llegue.
Cuarzo
Cuarzo,
cuarzo frío y duro con betas.
La opacidad nada en la cal de la pared,
en el ébano del cielo,
en la esmeralda del valle
y en el turquesa del mar.
Nada,
inútiles estos aderezos
que acompañan el plato que alimenta
la vida y la envenena.
En los jeroglíficos de los diccionarios,
nada.
Este dorado sol, fuego tibio o infernal,
hoguera donde arden los restos de ayeres
y quema por el descuido de la mano
cada instante de vidrio,
nada.
Se pierden pasos entre eucaliptos
que muestran la entrada y la salida
y su horizonte vertical
no apunta al cielo,
nada.
Ni morder la hierba, ni beber la sal,
ni besar el aire que presta
las estrellas del universo.
Nada, nada.
La insípida trayectoria mata el apetito
mientras come pasos sobre un pasto
de días.
Cerrada va la vereda, triste, solitaria,
camina sobre nada,
nada en su playa seca,
nada.
Por la boca abierta de la ventana
Por la boca abierta de la ventana
de la casa vieja
entra la hiedra con lascivia.
Recorre su lengua el vacío,
entre paredes de mellada pintura
lame algún mueble desamparado,
el podrido cadáver de una mesa,
donde quedó fría la sopa
y el pan crio moho y gusanos.
La hiedra avanza, verde, brava,
con avaricia,
toma la casa por el abierto espacio.
Convive con las alimañas del tiempo,
porque nada devora como el abandono.
La hiedra se instala,
ha encontrado un camino por donde seguir
hundiendo sus dedos,
arañando sus raíces la piedra.
Qué callada está la casa.
No le ofrece resistencia,
sumisa se entrega a su hambre.
Qué negra esa boca en la noche,
de sus dientes se cuelgan
los murciélagos ciegos.
Fue una noche en pleno día
Fue una noche en pleno día,
un invierno en pleno verano,
un cuerpo sin alma,
ramas desheredadas de su primavera.
La nieve cubrió los pétalos caídos
y los tallos, estériles y oscuros
como huesos de un muerto,
se ofrecieron a la mirada
sin un brote, ni bulbo sobre la piel seca,
sin su promesa verde.
––Y ahora, ¿qué? ––se preguntó,
¿qué espera el que nada espera?
––¡Un milagro! ––dijo el poeta.
Y soportó el tronco su cruel designio,
seguir soñando.