Avanza la rutina de horas

 Avanza la rutina de horas,
trae cada mañana su sol;
cada noche, sus estrellas 
y a ratos, el regalo de su luna.
Vagan a su ritmo, sin presiones 
girando en su rueda encienden sin retraso 
nuestras miserias.
Más allá de las nubes 
y de nuestras cegueras e incertidumbres,
el cosmos compensa su equilibrio,
mientras el caos aquí, abajo en la tierra,
se ciñe a nuestros pasos
como una arrastrada sombra
cada vez más pesada,
más alargada cada tarde.
Traviesas juegan, amparadas 
en los clandestinos rincones.
Desde allí, furtivas,
aprovechan el momento
para sorprendernos. 
Inocente corro de niñas suicidas,
abrazadas unas a las otras, 
distraen con sus cantos
su intención perversa, 
tragarnos en su oscuridad.
Vendrán noches,
más noche sobre noche,
más negra, más silenciosa
y en nuestras pupilas 
brillarán menos estrellas
que contendrán todo un universo.

Este río, a veces, es caudaloso

 Este río, a veces, es caudaloso,
sonoras y alegres van sus aguas
y a veces, qué seco estío cayó del cielo
que lo ahoga entre barro y piedras.

Cuerpos

 Cuerpos,
cuerpos de todas las edades,
diminutos, un pedacito de carne
que ve sin entender y 
aprende a mirar.

Cuerpos que crecen 
y de aquella masa de harina 
sale del horno un pan tierno.
Amasada sobre el rodillo de la vida,
se estira y toma otras formas, 
alargadas, redondas, planas, 
trenzadas figuras de detalles
más blancas, más tostadas.
Ninguna aún alcanza la altura 
de la cintura del cuerpo
que, a su lado,
camina, protege, vigila.
Cuerpos,
pan que se endurece,
que coge moho, que se hace miga.

Cuerpos de todas las edades y tamaños.
Allí, tres con paso lento,
unos más firmes,
otros más inseguros.
Cuerpos ligeros, livianos como una hoja
que rueda por el suelo sin daño
en un torbellino.
Cuerpos cansados, aburridos, obligados
a una rutina.
En los bancos, ojos de cuerpos adultos,
obedientes al instinto, 
observan los cuerpos de sus crías
que corren, saltan, patinan, vuelan
con sus ingrávidas alas de mariposas
cubiertas de polen dorado.

Cuerpos, aunque frágiles, enérgicos, 
fuertes tallitos verdes.
Agua, sed,
merienda, hambre,
pelota y adolescencia luchando
en la batalla por el juego
y el amor por el deseo y su abismo,
rodeados del aroma dulce de pan caliente.

Cuerpos,
cuerpos y voces distintas,
polifonía de ecos, entropía armónica.
Unas son finas vocecillas, 
afilados grititos, aullidos agudísimos. 
Voces recias, femeninas, aflautadas,
voces que reclaman y que ordenan,
voces que acarician y castigan.
Voces, que dan el toque de queda:
¡A casa! Hay que volver al refugio.
Punto y seguido hasta mañana.

¡Venga, cuerpos!
Nada de ahuyentar a las sombras
y mucho menos tirar de un rayo del sol
como si fuera una cometa.
Cuerpos, poned orden y silencio,
dejad dormir la tahona
de tanto trajín y ruido.
Apagad las luces,  
que ya cantó el gallo al adiós del día.

En esta tarde cálida de estío

 En esta tarde cálida de estío
descansan las manos
doblando los folios de un viejo libro
escrito en francés
y una melodía sale del alma
traspasa la garganta
y brota entre los labios
como un susurro
en ese idioma desconocido,
inventando las palabras,
sonidos caprichosos, 
requiebros sensuales, 
improvisados agudos.
De fondo suena el ras de doblar la hoja
marcando sus dobleces con la uña,
creando una figura geométrica.
La canción termina en un Do grave
y en el silencio brota
la hermosa armonía del instante,
con su lenguaje particular, 
el piar de los gorriones.

Nos rodean tenues luces artificiales

 Nos rodean tenues luces artificiales
cercados en su claro círculo.
Atrás, en el fondo del cuadro, 
un firmamento difuso, extraño, 
oculto, misterioso, 
ignorado.
Y su centro iluminado evidencia
la fértil cosecha de insectos
que danzan alrededor.
Mientras, el mundo
ríe y sueña;
sueña y duerme.

Sobre el muro amarillo el moho

 Sobre el muro amarillo el moho
ha marcado la caída de la lluvia
hasta la frontera que la gravedad
dejó libre al agua de su peso.
Los años cambian el cuadro,
borran un fondo,
un detalle desaparece,
ha sido sustituido.
Se acumulan polvo y tiestos,
residuos de los días y la memoria.
Cuesta desprenderse de algunas partes
que insisten en permanecer ancladas.
A pesar del óxido, se mantienen moribundas,
sin declinar el cuello que las sostienen.
Son reliquias negándose al olvido,
capricho del deseo por hacer de lo mudable
un paisaje reconocido,
horizonte que limita
nuestro territorio seguro,
la playa con sus mismas arenas y piedras
donde los pies se acomodan. 
Un mundo cada vez más ajeno,
va cambiando su color,
se abandona la forma envejecida.
Una joven figura ocupa 
los lugares que quedaron vacíos.
Nos engañan sus líneas perfectas. 
La brillante pintura es falsa capa 
que roerán los instantes, 
esos que juntos llamamos vida.

Entre la gracia de Dios

 Entre la gracia de Dios
y la malaje del diablo,
quién sobrevive sin salir
damnificado de esta chanza.

Tarde de verdes infinitos

 Tarde de verdes infinitos,
de senderos tragados
por el desmedido vigor de la naturaleza.
Aparece el desnudo cuerpo del ayer, 
bajo viejos cimientos brota aún viva la historia.
Pespunte a pespunte se crea una cadena
de vida cotidiana, elaborado tejido
de mangas largas,
unidos brazos a la siguiente hebra.
En su asimetría,
en la entropía de remiendos y rotos
se diseña un traje perfecto.
A sus contornos se ciñen frunces,
levanta el aire vuelos de faldas 
y dejan ante la ávida mirada 
la belleza de sus valles y laderas.
Se abre la cremallera del tiempo
mostrando orgullosa la espalda de sus montañas.
Bajo la tierra se esconden
sus secretos más íntimos,
arcaicas semillas germinan
en su fértil útero 
y regala al presente renacidas cosechas.
La frondosidad de sus ramajes
teje la urdimbre de su maleza,
hilos de esmeraldas engarzan filigranas
sobre las marcas de agua
y esculpen vivos ornamentos
en su blanda materia.
Sus valles y prados entregan sus frutos
y sus montes hacen fronteras
de hileras de altos troncos.
Un claro del bosque busca
atrapar la luz del cielo agarrados a tierra.
Detrás de cada muro,
silencios y voces que aún proclaman
los ecos de su lengua
y otros pies siguen las huellas de la historia.
Desde nuestra pequeñez
el alma alcanza su grandeza.
Inunda los sentidos su exuberancia
y recorre por los laberínticos ríos
de nuestras entrañas
el deleite de su ofrenda
recogida en la red de nuestra memoria.
En la profundidad de su horizonte,
abrazado al abismo del firmamento,
va el sol a paso lento pero firme.
Conoce bien su trayectoria,
en las brasas de un fuego encendido
se despide la tarde.
Trae a la noche la claridad
de una nacarada luna.
La celebración del día acaba
con el adiós en los labios.
Llevamos en la piel la dulce fragancia 
de las horas compartidas
y, en el corazón, la calidez
de la palabra gracias.

La mujer arrastra el carrito

La mujer arrastra el carrito
hasta el banco donde otras
jóvenes mujeres hablan 
mientras vigilan a sus críos alborotados.
La mujer atiende a la personita
que carga en el carrito
Son blandas sus piernas
y su boca no grita
como los niños, balbucea
algunas palabras.
No brillan sus ojos
ni es tierna su piel,
que es ya dura corteza.
Distraída con la vida,
quietecita en su carro
va la anciana.

De nuevo regresa esa negra nube

 De nuevo regresa esa negra nube 
que se aferraba al horizonte.
De repente, suelta con ira
su tormenta.
Ha salido de su aguacero
todo el polvo recogido de siglos.
Rompe cristales y caen sus esquirlas
contra la tierra seca.
Abre abismos de charcos
y esparce la pringue de su ponzoña.
No hay donde guarecerse
de estos truenos y relámpagos.
Encienden la protegida sombra
y salen espantados los monstruos ocultos.
Brota con furia la indomable malayerba,
alimentada con el maná de su lodo.

Hastiado en este mundo imperfecto

 Hastiado en este mundo imperfecto,
entre desaliento y acidia,
ir mal ajustado.
Sensato por nada ni por nadie,
descuidado, insidioso,
tortuoso propósito,
ser préstamos del padre.
Tres señales como indicio del tiempo,
párrafos y capítulos,
y de una sola pieza sin mayores limitaciones. 
Aunque los sabios no estén de acuerdo,
ser en todo señero y coherente
hasta alcanzar las orillas individuales.

Cuando Dios creó el universo

 Cuando Dios creó el universo
no lo hizo para que alguien lo admirara.
En su soledad, la inquietud
se hacía insoportable
y sus dedos necesitaban inventar
un mundo para nada,
simplemente por hacer algo 
con las horas muertas.

La mujer de la mirada triste


Qué triste está, callada,
la mirada perdida.
Él, a su lado, ajeno,
en su mano un móvil
que lo distrae con una canción
de un tiempo pretérito.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Ella, ausente, en los labios 
una mueca imprecisa.
Deja reposar sus manos sobre la falda.
Callada, tan callada y triste.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Por el sendero enlosado del río, 
huyen las lagartijas, 
ligeras como plumas llevadas por el viento.
Levantan sus cabecitas
para enfocar mejor su corto horizonte
y escapar de los pasos amenazantes.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


En el olvido los rostros y los nombres,
anónimos que cruzan por delante
del banco donde descansan sus soledades,
simple aire que se mueve impasible
entre su vacío.
Danza de lagartijas, 
surgen de todas partes
estas ingrávidas bailarinas,
saltando al precipicio,
asidas a la hiedra del muro.
Algunas perdieron su cola de tul,
mutiladas como la sonrisa 
en aquellos labios,
difusa como su mirada.

Por la ribera del río 
la tarde se aleja,
lánguida igual que un deseo,
abandonado por las marañas
de un dolor afilado.
Entre estallidos de luz infinita
que las nubes ciñen 
a sus voluptuosos cuerpos,
el sol se deshace,
como las almas
a través de las sombras.