¿Cómo estarán los caños?
Estarán bajando del tejado de la iglesia
sus impetuosos torrentes,
en esta tarde de tormenta
y rayos sobre el horizonte.
La primavera trae agua
y una claridad de tul transparente
que envuelve el regalo de su paisaje.
¿Quién cruzará mi calle estrecha
entre sus muros de ocre?
Aquellos de rostros familiares
irán al compás de sus voces y relojes,
tirando de sus rutinas las obstinadas agujas
y, a las doce del mediodía, al ángelus
cimbreará las campanas
y habrá espanto de palomas y vuelos,
que tras el susto regresarán al cobijo
del campanario y los huecos de las tejas.
Luna, el gato negro y blanco de María,
se habrá recogido en su casa
por la ventana siempre abierta
y llena de flores.
En mi calle en esta tarde lluviosa
habrá un silencio triste de ausencia.
Habrá desconocidos bajo paraguas
y los mismos ecos de turistas
que siguen su itinerario sin temor
a esta lluvia caprichosa y pasajera.
El telón de nubes oscuras
lo rasgará el sol a ratos
y vendrán otras a zurcir el roto en el cielo.
Quien recorre estos añorados recintos,
pisa las huellas que llevan su nombre,
va ligero por sus estancias
y en su fuente se recrea.
Pasea sin peso y libre,
sin el ancla de la carne
que obliga a poner pies sobre tierra.
Va el alma con alas de libélula,
la piel erizada y el corazón alegre,
con tan solo recordarte.
Transeúnte
por un paisaje de calendario
¿Cómo estarán los caños?
De allí donde su dorada arena
De allí donde su dorada arena
se tiñe de color castaño,
los pies se hundían envueltos
en olas y espuma,
marchó el viajero,
amándose mal
por buscar el lugar que ya existía.
Llevaba su aroma
engarzado al cuerpo
–no arrastra el agua dulce
toda la sal de un mar–.
Aunque otros ríos y fuentes
lo enamoren con su rumor,
su alma recordará
la bella melodía de su nana,
la caricia del velo de su orilla.
En días ventosos lo envolvía
el ronco temblor de su marea,
unas con otras enfrentadas las olas.
Entre callejuelas de blancas casas
quedó la memoria de un tiempo pasado
y en su horizonte la aventura
de un mañana.
Quísole dar la gracia el cielo
Quísole dar la gracia el cielo
a sus tierras y a su mar.
Ofreciole a la gente su alimento
y hermosura.
Prestole al aire su sal
el beso y la caricia de su brisa.
Entregole a la palabra
el rumor de sus olas;
al brillo de su mirada,
la plateada espuma.
Diole la firmeza de un suelo,
la amplitud de un horizonte
para soñar, para la vida.
De qué te envaneces
¿De qué te envaneces
si todo es un préstamo?
¿Por qué humillas
si eres también
partícula del universo?
Te crees dios y es tu ley
causar daño.
Has derramado sangre y lágrimas.
No habrá tal vez ningún infierno.
Has abonado el campo
con tus semillas,
del cielo bajará
la lluvia de tu veneno
y en ti germinará su lodo.
El silencio con su atronador ruido
El silencio con su atronador ruido
lleva las voces de un cielo
ocultas en sus apariencias.
Por su calle solitaria
va un grito que la noche
enmudece
y al soñador ampara
mientras suelta su jauría
al insomne.
¿Dónde está el alma perdida?
¿Dónde está el alma perdida?
En la eternidad, en el vacío,
en este aliento que sale de mi boca
para regresa a casa.
Sabías que iba a venir la carta
Sabías que iba a venir la carta
con la respuesta,
Sol o Torre,
As de picas o nueve de diamantes.
Un mañana, llega el anuncio,
el resultado es favorable
y ya juega la mente con creerse adivina,
que tuvo el pálpito de su llegada
cuando sabe que, de no haber venido,
alargaría su agonía tras la puerta
de la férrea esperanza.
Y de nuevo, volver a la casilla
de salida, con otro juego,
con otras fichas de colores,
con la suerte del dado,
caer en el puente o en la cárcel.
La impaciencia sufre de desesperado anhelo.
La impaciencia sufre de desesperado anhelo.
El reloj se toma su tiempo en recorrer
la misma distancia
y se para en las horas
y se recrea en los minutos.
Pides sosiego a los ojos que van ávidos,
a los oídos que están alerta,
al latir urgente del corazón,
a las piernas que frenen el paso.
Sueñas con acortar los días
para que llegue ese gran momento.
Sin embargo, nos retan
y se alargan en un paseo sin prisas.
La mano con sus dedos se estiraba
La mano con sus dedos se estiraba
para tocar piedra
y caías de bruces al suelo
como si el muro se alejara.
El barco ansioso creía divisar el muelle,
engañado por un falso faro,
errado el punto en el mapa,
rota la brújula perdía el norte.
Han brotado con la lluvia caída
Han brotado con la lluvia caída.
Parecen setas sobre la yerba
estos paraguas de diversos colores.
Tarde de domingo,
claridad de suaves grises.
Dentro, un mirar hacia la calle,
un rostro maquillado de rutinas.
La vida es un animal domesticado,
dócil, obediente,
que se entretiene mordisqueando
los duros huesos de las horas.
Ha salido el sol donde la tierra
Ha salido el sol donde la tierra
bebe del mar
y los ojos se contraen como
el vientre en el parto,
deslumbrados por su brillo.
Frente a sus aguas turquesas,
la tierra despierta de su abrigo cálido.
Sus entrañas beben del relente de la madrugada
mientras el cuerpo se cobija
bajo las sábanas del sueño.
Va extraviada el alma
por sus laberintos recónditos.
Hacemos y deshacemos una madeja
de propósitos.
Al alba, revoloteo de aves,
trajín de pasos,
rodar de troncos por un río
de vida, quimera,
endiablado capricho de un sabio azar,
antes de morir de nuevo
en los brazos de la noche.
De su silencio, vuelve la risa
y la palabra
y las voces infantiles
y el zureo de palomas.
Volvemos a jugar con el día
con la promesa de ser eterno.
Una tarde es brumosa
Una tarde es brumosa,
se cala el frío en los huesos,
roza el alma el filo de una navaja
y cortan los extremos de sus tiernos pétalos.
Rompe el encanto que entregó
la esperanza del anterior día
cuando la tarde era luminosa,
y bullía en el aire el alegre bullicio
y la caricia de las dulces voces infantiles.
Ellos, que no saben nada de la tristeza,
ellos, que juegan inocentes
a imitar nuestros corrompidos hábitos.
Qué rápido pasarán los años
trazando la huella del dolor,
esa línea discontinua como las tardes,
a ratos tristes y oscuras,
a ratos llenas de luz y alegría.