Agua limpia, agua limpia

 Agua limpia, agua limpia
de la fuente clara
que de la roca nace.
Agua que no corre
es agua impura.
Agua estancada que muere
atravesada por las lanzas del sol.

Debes aceptar que no quiere vivir

 Debes aceptar que no quiere vivir 
aquella etapa.
Probablemente. 
Si eso es así,
¿qué remedio? Acéptalo.
¿Acaso tú quieres quedar como antes?
¿Por qué te obstinas en arreglarlo
más allá de guardar las apariencias?
Ella no se molestó por remover
la cuestión ni dar explicaciones. 
No te va a decir que no quiere arreglarlo.
En el fondo se ve que no quiere.
Que ella ha cambiado, es normal,
la gente con los años cambia.
¿Quién tiene la palabra exacta
en el momento adecuado?
Nadie sabe contestar de la mejor manera,
porque no tenemos un guion
como en las películas.
Chica, bájate ya de ese tren,
ten un poco de amor propio,
sé diplomática y da
en la misma medida,
cordialidad por cordialidad,
distancia por distancia,
indiferencia por desprecio.
Eso es todo, 
no te compliques
la vida.

Cada vez más recuerdos

 Cada vez más recuerdos 
acumula el pasado,
más larga la senda recorrida
por eso, por olvido o cansancio,
va dejando parte de la carga.
Suman muchos los que ya restará el futuro.
Qué lejos quedó aquel paisaje.
Se pierden de vista algunos senderos
y las huellas abandonadas
se disuelven en la bruma como un espejismo.
¡Cuántas las barrió el viento!
Pesa esta mochila
que a la espalda cargamos.
Aunque sean de aire sus pertenencias,
perdieron su fresca fragancia
y llevan la pátina de óxido del tiempo.
Entre tinieblas se vislumbra su ausencia,
ecos que se extinguen.
La voz presente sigue conjugando
sus verbos 
y las agujas continúan tejiendo
la alfombra del antes
hacia el después incierto,
hasta dejar la tarea inacabada.

Murmuran los árboles de esta ribera

 Murmuran los árboles de esta ribera,
sus altos álamos, castaños y abedules,
el tejo suelta sus frutos rojos
y esparce su veneno por el camino.
Huele a hierba recién cortada
y el río lleva su rumor pausado.
Entra una racha de viento,
agita la melena de las ramas
y caen gruesas gotas.
Se aligeran los pasos
en busca de refugio
ante la amenaza de tormenta.
El sol en el poniente foráneo
brilla contra el cristal del cielo.
Qué tarde más hermosa,
qué sendero de arena 
por donde ruedan hojas verdes
y copos de semillas.
Entre el denso ramaje cantan
los pájaros invisibles,
en la frondosa maleza el agua
se retuerce y sigue su trayectoria
sin importarle mi asombro.
Quizá por sabio se ríe 
de la torpeza de nuestra lucha 
contra el inevitable destino.

La mujer de la ventana

 La mujer de la ventana
no tiene rostro,
es una sombra.
Tras el cristal ahumado,
un fantasma que te mira.

Quiero tocar tu tierra

 Quiero tocar tu tierra,
regarla cubo a cubo,
esperar con paciencia para ver brotar
de la yema tierna el fruto jugoso.
Quiero mirar al cielo
y rogar a los dioses
me regalen la alegría de un benévolo sol,
la dulzura de una suave lluvia
y la calma de luminosas noches.
Quiero navegar tu océano infinito,
acariciada por la brisa salada,
bajo la sombra de un pino verde
y hundir mis dedos en la arena fresca.
Quiero oír el rumor
de las hojas caídas en otoño,
rodar y danzar, levantando torbellinos
con sonoridad de olas al besar la orilla.
Quiero aspirar el profundo aroma
a azahar de los naranjos floridos
y cómo compiten los jazmines
con la blancura de la luna.
Quiero bañarme de sombras
y saciarme de luz
en noches estrelladas.

Quiero soñar que el paraíso existe.

Qué senda eligió el suspiro

 ¿Qué senda eligió el suspiro
en el laberinto de las neuronas?
¿Lo llevaba la sangre y lo escupió
por la boca el corazón en su sístole y diástole?
¿Es el vómito lanzado por los pulmones
al tratar de desprender de sus redes el veneno?
¿Qué senderos recónditos del alma
llevaba el aire de la angustia, 
el miedo y la queja,
la tristeza, el cansancio y la apatía,
la rendición y el consuelo 
la desesperación en el dolor?
¿Qué indómito torrente 
arrastra el anhelo hacia el mar 
del gozo y la calma?

Entre todas las palabras,
atraviesa las entrañas 
la exhalación del ¡Ay!
exhortando la gracia de Dios.

Sobre un cielo de diluido azul

 Sobre un cielo de diluido azul
reposan nubes blancas,
preñadas de gris ceniciento.
La luz del sol atraviesa
la opacidad del aire
y el verdor de la hierba
es, al caer la tarde, más intenso.
La mirada se recrea en los prados
donde las ovejas y vacas pacen
y las semillas, frágiles y ligeras,
desprendidas de los árboles,
vuelan y se posan por los caminos 
como si fuera nieve.
Mientras, el río sigue su curso,
limando las piedras, cuna del ramaje,
al ritmo de su dulce canto.
Por sus aguas se pasean los patos silvestres
y, entre voces y silencio,
mucho vuelo y trinos de aves.

Cuando el ojo se acostumbra
al paisaje que palpita 
olvida la maravilla que,
a cada instante,
acontece.

Cuántos ecos trae el mar

 Cuántos ecos trae el mar
en el rumor de sus olas
y cuánta luz reparte por los espacios
que dejan libres las sombras.
Desde la playa el corazón navega 
los recónditos lugares eternos
y el alma juega con la arena
dejando la huella el breve tiempo.
El campo viejo y sabio 
desmenuza la espiga,
siembra las semillas
doblegado a tierra en silencio.

Deja a la vida trazar sus costas

 Deja a la vida trazar sus costas,
que la marea suba y baje
invadiendo y alejándose de la playa.

Recoge sus conchas de nácar
antes que se las lleven las olas.

Más que las palabras

 Más que las palabras,
otro lenguaje te complementa:
el gesto, la mirada, 
la boca que calla pero ríe,
esa mueca graciosa o tierna,
de desprecio, miedo, duda,
la danza de tus manos,
tu esqueleto.
El aire que te rodea inunda 
con su profuso manantial
una corriente de silencio.
Y sin embargo, ese rumor
lo delata, define su ribera,
sus recodos y remansos,
el tropiezo sobre la piedra,
la caída a una poza,
los peces que nadan
en su fondo,
que mueven la boca
llena de ecos vacíos.

Que hable el silencio

 Que hable el silencio,
que el cielo enmudezca,
que se ahogue el grito
en la calle solitaria
mientras mi alma pasea.

Hay un abismo

 Hay un abismo.
Empezó surco,
recogía el lodo,
crecía la hierba
y lo cubría.
Con cada tormenta,
más profundo,
con cada pisada
más hondo su hoyo.