Qué adornos más vulgares

 Qué adornos más vulgares
para este vestido,
de tejido endeble,
con costuras deshechas
y estampado deslucido
después de tantos lavados.
Colgado de la percha
por la noche,
puesto a la luz del día,
cada semana, cada mes,
cada cansada rutina
por un beso encontrado
en algún rincón perdido.
Qué sentido su esmero,
llevarlo encima por costumbre,
llenar las cuadrículas de sus bolsillos
con piedras y arena,
perdidas por un agujero,
enredadas entre marañas,
deshilachadas de sus roturas,
trozos de cáscaras y huesos,
apaños con la suerte,
al abrigo de un milagro,
acabar hecho polvo,
olvidada hebra en el viento.

Ves ese prado verde, su ondulada colina

 ¿Ves ese prado verde, su ondulada colina
salpicada de frondosos árboles?
Allí levantarías tu casa.
¿Ves esa bruma ligera que lo baña?
Pasa como un vuelo de ave.
¡Qué verde está la hierba 
y qué blanda su alfombra!
Firme está la tierra para levantar tu casa
y bajo este azul cielo
soñar con la eternidad de su paraíso.
¿Ves cómo se aleja de tu mirada?
Acepta la fatalidad, 
solo los ojos
pudieron disfrutar por breves segundos.
Quedó tras la curva su regalo.

Alta, grande y luminosa

 Alta, grande y luminosa 
pende la luna llena 
en este cielo oscuro.
Vergonzosa se oculta 
tras el biombo de esa montaña
y sale vestida de vaporosas nubes,
plumas que lleva pegadas al cuerpo.
Brilla la luna, oronda, mágica.
Coqueta juega al escondite con su amante.
Escapa por la diestra y aparece siniestra,
resplandece sobre este océano,
rodeado de islas de espuma
y espejos donde se recrea su belleza.

Luna, tú que sabes de los secretos,
susúrrame con un hilo de voz
alguna promesa para que confíe
mi alma inquieta.

 Allá a lo lejos,
en la densa oscuridad
de esta noche,
sobre la colina, 
hay una tenue luz
el recuadro iluminado 
parece una puerta abierta.
La salida en la negrura 
de esta noche fría de invierno.

Qué fuerza lleva este río

 Qué fuerza lleva este río,
arranca las ramas que besaban
su agua fresca
y ahora son olvido de este árbol
que ni añoranza siente
de una parte que fue suya.

En este ocaso se iluminan las ventanas

 En este ocaso se iluminan las ventanas
que ocultan clandestinas intimidades.
Se irá borrando su luz 
en el mapa de la noche
cuando la vida haga una tregua
y, vencido el cuerpo,
vuele libre el alma.
En ese fondo oscuro
son pardas todas las sombras,
la escurridiza bruma fría y húmeda
crea espejismos en los charcos
y una refulgente claridad se enciende
como llamas de un fuego
donde crepitan los desechos del día.

Todos los ríos se parecen

 Todos los ríos se parecen,
sus cascadas son cortinas de infinitas gotas,
su lengua dulce,
su voz melodiosa.
Es vida que nace
niño, joven, anciano.

Todos los ríos se parecen
pero distinto el mar
donde van a morir.

Cientos de días se han marchado

 Cientos de días se han marchado
sin dejar huellas ni poso 
en el vaso de la memoria.
Solo la marca de cal que deja el agua.
tiñendo su transparencia de cristal,
volviéndolo opaco.
Una esquirla rota,
un rasguño que rodea su contorno
son la única señal del tiempo y su uso.
Cientos de días que recorrieron
todos sus horarios,
las inclemencias del viento y el frío,
los rayos de muchos soles.
Olvidaron si los pies iban alegres
o cansados,
caminaban en línea recta
o transitaron callejones oscuros.
Brillaría la luna llena en un dulce cielo
de verano
y el cosmos palpitaba en la noche
con millones de estrellas.
Así fueron certezas hechas añicos,
sumando inviernos y otoños.
Uno da por seguro
que hubo primaveras que cubrieron
el verde prado de flores.
¿Fue así, o fue soñado?
Agua del mismo pozo
que beben todas las bocas.

Cientos de días han pasado
que ni retal quedó
en el cajón del sastre.
Rebusco entre sus sombras
algún detalle de su estampado,
el pequeño trozo de su tejido.
Tan solo dejó el rastro sobre
calendarios caducos,
fotos guardadas entre las hojas
de un álbum.

Va el caminante por la ribera del río

 Va el caminante por la ribera del río 
iluminado por farolas.
Le acompaña su sombra 
ella va por delante,
guiando sus pasos. 
Se acerca un tramo ceñido de noche
y su sombra va desapareciendo
mientras se adentra en aquella oscuridad profunda.
El caminante la busca y no la encuentra,
solo y perdido va el caminante
sin rastro de luz,
tragado por todas las sombras.

Pasaron los días

 Pasaron los días,
perdían parte de los objetos
y con ellos el espacio que ocupaban.
Vaciaba el aire de su calor,
de la luz que emanaban.
Pasaban las horas devorando
cada día y semana,
las pocas que componían el equipaje
para la ida.
Rodaban por las escaleras los minutos 
y los segundos se apretujaban
aún entre las sábanas, sobre el sofá,
dentro de los vasos de agua,
siempre dispuestos en la mesa
y en las toallas aún colgadas en la percha
del baño.
Cuando llegábamos a casa
después de una ausencia,
al abrir la puerta y entrar de lleno
entre los huecos,
cuánto abandono encontrábamos,
qué triste se volvía aquel refugio
donde sentíamos antaño su abrazo
entre las moradas paredes
frente a su sublime horizonte.
El corazón ya presentía la oscuridad
del laberinto del olvido 
por donde se perderían
a pesar de la obstinación
de sus imágenes:
seguir latiendo al fondo de tus ojos,
sembrando entre esos jirones de niebla
el germen de dolor de su recuerdo
la vida que se perpetua en un cadáver.

Oscuro como un cielo cubierto de nubes

 Oscuro como un cielo cubierto de nubes,
oscuro como es la cromática paleta
de los errores,
oscuro como el árbol en la noche.
Oscura mi sombra, la del perro y el amo,
la del viejo y la del niño,
de la hormiga y el gigante
y la sombra de una sombra.