Cuando cierre mi puerta con llave dejaré atrás mi templo. El recreo de mi mirada eran sus tejados y su campanario. Cruzaban frente a mi ventana bandadas de vencejos y se distraían en las horas vespertinas palomas y mirlos. Dejaré sus plazas rodeadas de piedra y muros de iglesias y palacios, el batir de campanas y de trazados pasos guiados por sus calles y lugares simbólicos. Cuando saque la última pertenencia y deje aquellos espacios a los que ya nunca volveré, quedaré tras la puerta abandonando mi refugio.
Y recordaré su aire y sus voces, la muerte del santo, el insigne arquitecto que diseño en el plano este paisaje de mis sueños. Y dejaré brotando mi fuente, murmurando mis palabras y las de tantos y manará dulce su caño de día y, aunque sea de noche, brotando, siempre brotando en mi memoria y sus gotas como lluvia sobre su cuenco de agua con barquitos de hojas secas y de insectos y las palomas bajaban a aliviar su sed. Y su melena azotada por el viento.
Cuando cargue el último tiesto y mi cuerpo tome rumbo al norte, recordaré su gente y su acento. Y los bancos y las fiestas y las llamas de San Antón y el bullicio y el silencio. Y de vez en cuando bajo la lluvia de un próximo invierno, lloraré por su pérdida y soñaré entre valles y montañas con retener lo imposible, el tiempo.
Transeúnte
por un paisaje de calendario
Cuando cierre mi puerta con llave
Él seducía con miradas
Él seducía con miradas,
con dulces palabras y mentiras saladas.
Ella no lo buscó,
jugaba como una niña.
Se volvió objeto prohibido
y fue en celo para ser su presa,
necesidad de ser devorada,
engañada porque engañarse quería.
Perder un sueño en insomnio
de deseo y culpa.
Decirte adiós
Decirte adiós,
esta noche,
a este cielo
por donde avanza una luna
mordida por la boca del sol.
Decirte adiós
al perfil que cada día
me acompañaba…
Tal vez fue un día gris, apagado,
Tal vez fue un día gris, apagado,
y sin lluvia fresca y limpia,
capaz de arrastrar la opacidad
de las cosas y devolverles
el brillo oculto bajo las sombras.
Tal vez fuera un sol luminoso,
un cielo sin mácula, unos trinos
y vuelos de aves afanosas
por ser pinceles sobre el lienzo de la mañana.
No sé qué encendió
la mecha y se prendió en los ojos
la luz de otra promesa.
Hoy, bajo de sus alturas,
camino por el suelo mirando al frente,
dejando la espalda desnuda,
firme, libre,
sin temor a las lanzas del tiempo.
Y mientras desnudas tu cuerpo
Y mientras desnudas tu cuerpo,
dejas desprotegidas
las piernas,
el hombro,
los brazos,
los pechos,
tu cuello,
tu vientre,
tu sexo,
tu alma.
Esa casa abandonada
Esa casa abandonada
en medio del campo,
apenas unos muros levantan aún sus formas,
huecas por el tiempo,
por donde vientos robaron
las pocas pertenecías viejas
que quedaron frías
de manos cálidas y cubiertas
de herrumbre y polvo.
Sus muros permanecen
frente al olvido de unos cuerpos,
aquellos que se protegieron a su abrigo.
Levantados los muros de ladrillo y su alta chimenea.
Sus espacios como cuencas de ojos vacías miran al cielo.
Un pajarillo entra por el hueco
de la ventana de su torre
para entrar a la nada de sus recintos.
Los versos se divierten con las palabras
Los versos se divierten con las palabras,
con los sueños, con ficciones
y levantan estrofas imperfectas
redondeando las aristas.
Qué fría esta carne de moradas venas
Qué fría esta carne de moradas venas,
con cicatrices en el cuerpo y en el alma.
No abraza un cuerpo sin brazos
y besa unos labios por capricho,
con desdén dejó mordida la piel rosada.
Un miedo y un deseo en un desnudo pecho.
Enmudecen los recuerdos
Enmudecen los recuerdos
entre las altas dunas que levantó el viento.
Lentas, se desplazan por detrás de tu espalda,
te rozan la nuca.
Si te giras, la arena entrará en tus ojos
y las olas dejarán sus gotas saladas
sobre tus mejillas
y un rastro de sal tatuará tu piel
con filigranas de plata
el mapa de tu sagrado templo,
la mágica geografía de la luna.
Un pie ordena al otro y van cansados.
Un pie ordena al otro y van cansados.
Cuántas veces le grita: ¡para!
––No puedo ––le contesta la boca––.
De hacerlo, ¿quién moverá
este peso muerto?
Hay heridas que no dejan cicatrices
Hay heridas que no dejan cicatrices
a la vista.
Cerraron por fuera y están
en carne viva por dentro.
Aquellas carreteras sin líneas pintadas,
curvas rodeando campos de cultivo.
Los ojos no tienen limpiaparabrisas
para las lágrimas
y van sin meta esas ruedas.
Huir no requiere de un destino.
La mirada sigue el asfalto gris
brillante bajo el sol de la tarde.
El dolor va solitario sin consuelo
bajo el cobijo de metal,
mientras el eco de unas palabras
hacen resonancia en la culpa.
Palabras como agujas, dedo acusador,
¿qué pecado había cometido?
El aire se las llevó,
quizá sobre otras consciencias.
Los reproches arrastrados por el desagüe
con el agua de la ducha diaria.
El depredador mordió la inocencia,
aprovechó la soledad de la víctima,
la torpeza de perderse
y dejarse guiar por el cazador.
Cuántos han de morir
Cuántos han de morir
para crear una obra de arte,
cuántos cuerpos heridos,
cuántos brazos amoratados,
cuántos nadie para un gran nombre.