Abandonado al polvo y al peligro
de ser arrollado,
su piel quemada por el sol se agrieta,
pierde el lustre de sus mejores tiempos.
Solitario, vagabundo,
arrinconado en la medianera,
enmudecido su pisar,
sin el compás su compañero,
sobre el ardiente asfalto,
se deja morir el solitario zapato.
El zapato de un desconocido.
El zapato de un cadáver.
Un zapato de hombre.
Transeúnte
por un paisaje de calendario
Abandonado al polvo y al peligro
La soledad me empuja
La soledad me empuja
a abandonar la casa amada.
Los caídos brazos se alzan contra los tabiques
que levantaron la telarañas de la desidia
y, arrastrado, paso por el mismo camino.
Ahora estos pies levantan el ánimo
y pisan maleza espesa y húmeda
con la añoranza a la espalda
y la fe marcando el ritmo.
Sé que solo el cotidiano andar
construirá un sendero,
vencerá las breñas
que hoy se abrazan con avaricia
y oscurecen la senda de este amanecer.
Llegará el mediodía y espero en el horizonte
su ocaso para emprender el viaje
bajo la sombra del destino.
Llévame
Llévame,
agárrame por la espalda,
del vestido,
por si me caigo.
Por si tropiezo,
llévame bien sujeta.
Me pregunto
Me pregunto,
¿llorará Carmen mientras toma el desayuno,
en las noches solitarias y frías del alma,
bajo el silencio abrumador de la noche?
¿Dejarán correr ríos de lágrimas
esos ojos llenos de espanto,
profundos que no dejan ver
más allá del brillo que desprenden
al sonreír, como una niña herida
que aún conserva un corazón tibio?
¿Abrirá la fuente un profuso caudal
de la roca de sus días
que alumbraron tanta desolación y desencanto?
Me convertiré en bosque de un solo árbol
Me convertiré en bosque de un solo árbol
y beberé de esta humedad que transpira de la tierra,
que vierte óxido en el hierro,
siembra bruma en el aire,
y oscurece los muros y tejados.
La gente se ha convertido
en canto rodado de un río
que acompaña sus pasos.
Me convertiré en bosque de un solo árbol,
talado de tierra seca, que bebe de esta niebla,
nubes preñadas de fríos manantiales.
Apagará el hervor de mi sangre,
tal vez se resienta mi tronco
del peso de sus ramas cargadas de gotas de lluvia.
Pero sé que voy de paso y cargaré mis raíces
de su fértil fondo, guardaré su agua cristalina,
recobrarán brillo mis hojas
y mi mirada embebida de verdor
dará fuerza a la herida esperanza,
quizá ser bosque frondoso.
Recibes en tu cuenco
Recibes en tu cuenco
de piedra de siglos
el agua fresca de tu fuente.
Retuercen la redondez de sus bordes
sus plateadas y continuas lágrimas.
Resbalan por su cuerpo húmedo,
acariciando sus carnes prietas.
Y aquellas, alegres y saltarinas,
queriéndose alejarse de las otras,
van a perderse al final,
con las mansas.
Nunca es tarde para empezar
Nunca es tarde para empezar.
Solo que ya se acerca el ocaso.
Quedan pocas horas para ir a dormir
dejando tareas pendientes
en la noche sin mañana.
Os dejo atrás, campos de olivos
Os dejo atrás, campos de olivos.
Me rodean montañas y valles,
serpentean ríos por pequeños bosques
de manzanos, robles, hayas , castaños y abedules
y se llenan mis ojos de una espesura verde.
Me cubre un cielo indeciso,
que deja pasar a un sol tímido
que aquel que quemaba la piel
y hervía la sangre
aliviado por una sombra compasiva.
¿Qué fue de aquella niña?
¿Qué fue de aquella niña?
Sigue asustada aunque ya no es el mismo miedo,
ni son los mismos monstruos
ocultos tras la luz cegadora de los sueños.
¿Qué será de aquella mujer,
con su reloj atrasado,
llegando siempre tarde a la fiesta de la vida?
Cuando casi todo el mundo
ya se ha marchado y quedan
solitarios borrachos dormitando
en los sillones llenos de mugre,
brillaba en la penumbra una hermosa luna,
vertiendo por el campo de batalla
los cadáveres de una sangrienta lucha
por sobrevivir.
Y, suspendidos en el aire,
laten los ecos de los ardientes corazones
y sus ansias por olvidar la tragedia inevitable.
Entre los lánguidos destellos
de una demacrada bola de cristal
colgada de la abandonada pista,
ella baila en silencio,
con los ojos cerrados,
llevada por los ecos
de una melodía que la atraviesa
y se diluye en la nada.
Reposa sobre esta cúpula de ébano
Reposa sobre esta cúpula de ébano
una luna redonda y blanca,
hermosa rosa de apretados pétalos.
Irán cayendo uno a uno,
dejando huérfano al firmamento.
Luna llena en oscuro cielo,
resbala de unos ojos negros
la perla de una lágrima.
En este sopor de verano
En este sopor de verano
danzan las distraídas abejas
en una primavera perenne,
buscando algún fruto que libar
y guardar protegido en su colmena
la esencia de su jugo,
sueños para su engaño.
Ignoran que llegará el frío en este ardiente verano.
Verán congelarse sus alas,
si antes no les llega la muerte
y se vuelve agrio su almíbar.
En breve
En breve
tomará el peregrino un nuevo sendero,
variará su vegetación y su fauna
y las voces sonarán distintas.
Su mirada recorrerá otra vegetación.
Y escuchará…
Acaso la rutina guarde horarios
o incorpore y elimine otros,
que convertirán lo inusual en hábito.
Hoy al frente ve turbia la senda,
oculta entre retamas y árboles.
Paso a paso el transeúnte
llega a otra tierra que durante un tiempo
lo acogerá como planta que crece,
como las flores en primavera
de sus bulbos preñados.
Aún no conoce amenazas ni cobijos,
qué es peligro ni seguro,
qué envenena o alimenta.
Sueña, espera y duda con ese otro paisaje,
qué rumor de agua lo acompañe
y si tendrá en su recreo
sobre qué suelo pisar que lo sostenga.
Y cómo evitar las arenas que lo hundan.
Llevo una sombra sobre mi cabeza
Llevo una sombra sobre mi cabeza
y no sé si será nube de lluvia
o penumbra fresca de estío.
Arrastra la suela de mi zapato
una hoja seca
y no sé si será anuncio de invierno
o promesa de frutos.