Abandono tu cuerpo,
el ardiente beso de tu aire.
Te deseé tanto y tanto,
a veces, te desprecié.
Pero, siempre volvías a envolverme
con tus brazos y caía rendida a tu lecho.
Todo se acaba
y ahora busco lejos otro amor
al que entregarme en las noches oscuras.
Y, en las claras con luz de luna,
enredada a otro cuerpo,
hacer el amor como la vez primera
y sentir palpitar el corazón
con la sal de los besos de otros labios.
Cómo duele mirarte sabiendo
que estos momentos son un adiós para siempre.
Y me recreo con más ahínco
en tus contornos y en los detalles
que pasan desapercibidos
por la urgencia del deseo.
Me pregunto,
cómo pude pensar que alejarnos sería tan fácil.
Tenía firme decisión,
ni duda tuve en marcharme.
Sueño con curar las llagas.
Ahora por mucho que mis ojos abracen
cada trozo de tu cuerpo,
cada rasgo de tu rostro,
tus modos y tu andar cimbreante,
ay, no volveré a tenerte
ni tú a poseerme tan adentro.
Al capricho de la vida me voy,
ganas llevo en la carne,
aunque el corazón vaya herido,
de cerrar las llagas con besos de otro amante.
Transeúnte
por un paisaje de calendario
Abandono tu cuerpo
Poco a poco desmonto el puzle de una casa
Poco a poco desmonto el puzle de una casa.
A trozos la vestí con sueños y alegría.
Esparcía el agradable aroma del hogar
y, a pinceladas únicas
para el corazón que la habitaba,
daba color y armonía,
que fuese reflejo de esperanzas.
No puedo evitar los espacios
que fueron escenarios de dolor y lágrimas,
a los que la fe y la confianza devolvieron
la calma después de la intensa lucha.
A ratos se descompone la materia densa,
esta firme roca que nos sostuvo,
se hace arenisca,
para ser trasladada en cajas, en bolsas,
en el alma.
Y en otro lugar extraño levantar
de nuevo nuestro castillo sin murallas,
ni fosos, abiertos los ojos al mundo
para llenar la alforja de vida
mientras sigamos vivos.
Qué triste está la fuente
Qué triste está la fuente,
qué débil su rumor.
Caen lánguidas sus lágrimas,
se enjugan en el pañuelo del cuenco de agua.
Qué triste mi fuente,
qué melancólico su canto.
No saltan ya sus gotas alegres,
ni brota alto su chorro.
Qué callada su melodía,
qué desolado su semblante
en este agónico adiós.
Ya siento en mis ojos su ausencia,
y en su mirada está mi reflejo.
Llora ocultada por la noche la fuente,
y mis ojos se contagian su tristeza.
Llora la fuente, reflejo de mis lágrimas.
Lloramos la fuente y yo.
Quizá el tiempo que retiene las eternidades
nos devuelva a otro presente en el futuro.
Lunes, martes y miércoles
Lunes, martes y miércoles.
A la una a las dos y a las tres,
mirando atrás con el pañuelo al aire.
Adiós en el alma te llevo,
que mi memoria no me falle.
Ya te añoro en los huecos vacíos
de este que fue mi continente.
Apretando va mi corazón,
exprime la miel del recuerdo
y vierte por su corteza
el amargo ámbar del dolor.
Lunes, martes y miércoles.
A la una a las dos y a las tres.
No tiene nada que ver
No tiene nada que ver
la piedra con la hierba.
No tiene comparación su hermosura,
ni su rostro, ni su donaire
con aquella desabrida y fría-
Pero esta me abandonó
Y la otra, quién sabe,
Quizá me quiera.
De este cuerpo conocí tus brazos
De este cuerpo conocí tus brazos,
el corazón, parte de tu cabeza,
tu melena ondulante,
la sombra de tus venas, la melodiosa voz.
Conocí tu ojo derecho,
ah, la sonrisa en tus labios
y la lágrima en tu ojo cerrado.
Conocí una pierna,
el principio de tu espalda,
los cinco dedos de una mano
y dejé tras mis párpados tus talones,
tu sexo, la saliva de tu boca,
las piernas largas trepando muros,
rondando oscuros callejones.
El aire que tragaron tus pulmones,
ellos me prestaron algún trino,
el soplo regalándome el vuelo de alguna hoja.
Conocí una parte de tu todo
y de mi rostro nada reconociste,
porque yo, clandestina tras una ventana,
te observé con tu traje de domingo y fiesta,
con la túnica blanca de la luna llena,
nunca a la luz plena del día cegadora,
nunca por completo,
nunca en ti fondo ni en tu esencia.
Y a pesar de ser escaso mi conocimiento,
te conocí lo suficiente para jamás olvidarte,
para no olvidar jamás tu piel y su aroma.
Esta iglesia del barrio antiguo
Esta iglesia del barrio antiguo
abre sus puertas los domingos,
una hora de misa
y su vientre se preña de cantos
y rezos de música de murmullos,
para quedar en solemne silencio
el resto de los días.
Qué sola queda la iglesia.
Levantada de escombros,
fue yacimiento para rapiñas que se llevaron sus piedras,
sus puertas, sus imágenes y lienzos,
los paños que cubrían el altar,
la custodia sagrada, la sangre
y el hambre de los desheredados del mundo.
Dejaré por sus espacios tu reclamo
Dejaré por sus espacios tu reclamo,
el ladrido de miedo,
tus sueños y tus miradas de infinita nobleza.
Dejaré el olor a guisos, el aroma del café caliente,
mis pasos rutinarios de ida y regreso
dibujando una coreografía imperfecta.
Dejaré barridos los rincones
y debajo de la cama quizá se esconda
una pelusa traviesa siempre al escape de la escoba.
Dejaré mis horas muertas
y aquellas donde olvidaba
el avance de las agujas, concentrada en una tarea.
Dejaré ecos disueltos en el aire,
inaudibles para los torpes oídos,
que solo atienden la urgencia de la vida
y desechan el hilo que teje en el silencio
una conversación con lo perdurable.
Dejaré la marca de mi cuerpo sobre el colchón,
hundido el sofá de muchos atardeceres.
Dejaré las puertas abiertas
de las estancias vacías de lo inútil,
pero danzarán multitudes irrepetibles
de mis huellas donde otras nunca coincidan
y, por mucho pisar, nunca las borren.
Dejaré rondar la música de mis canciones preferidas
y la alarma del horno avisando a otros comensales.
Dejaré mis lágrimas secas por el ardiente sol,
formando parte el cristal de su sal
la losa del suelo que fue mi apoyo
y no me dejó caer nunca en el abismo.
Dejaré las luces apagadas, las camas vestidas,
frías de nuestros cuerpos.
¿A quiénes cobijarán mañana?
Dejaré mi poema perdido,
los versos que escogí de esta pradera,
esas voces cercanas que a trozos
mostraban perfiles de un rostro incompleto.
Dejaré o me dejan todo lo posible
que no llegó a ser,
lo prestado por un cielo,
la luna visitante cada mes,
la crueldad de aquellas lanzas afiladas
que me hirieron.
Dejaré, ya casi las dejo las mañanas,
su cotidiana costumbre para empezar
otras en un lugar distinto.
Dejaré suelto con mezcla de tristeza y promesa
un hoy con ingenua seguridad por otro incierto,
con la estúpida razón de creernos autores de nuestros relatos .
Dejaré, dejo... ya dejé.
Y ahora con las manos vacías
atrapar a ratos sus recuerdos.
Dejaré sin ser nombrados tantos detalles
que me ahogo en la negrura de su garabato
y busco entre los huecos
la claridad del aire y sumergirme
en sus profundas aguas a recolectar
sus pececillos de plata,
para ser estrellas en el abismo
de este oscuro firmamento
que aún no divisan los ojos.
Abandonado al polvo y al peligro
Abandonado al polvo y al peligro
de ser arrollado,
su piel quemada por el sol se agrieta,
pierde el lustre de sus mejores tiempos.
Solitario, vagabundo,
arrinconado en la medianera,
enmudecido su pisar,
sin el compás su compañero,
sobre el ardiente asfalto,
se deja morir el solitario zapato.
El zapato de un desconocido.
El zapato de un cadáver.
Un zapato de hombre.
La soledad me empuja
La soledad me empuja
a abandonar la casa amada.
Los caídos brazos se alzan contra los tabiques
que levantaron la telarañas de la desidia
y, arrastrado, paso por el mismo camino.
Ahora estos pies levantan el ánimo
y pisan maleza espesa y húmeda
con la añoranza a la espalda
y la fe marcando el ritmo.
Sé que solo el cotidiano andar
construirá un sendero,
vencerá las breñas
que hoy se abrazan con avaricia
y oscurecen la senda de este amanecer.
Llegará el mediodía y espero en el horizonte
su ocaso para emprender el viaje
bajo la sombra del destino.
Llévame
Llévame,
agárrame por la espalda,
del vestido,
por si me caigo.
Por si tropiezo,
llévame bien sujeta.
Me pregunto
Me pregunto,
¿llorará Carmen mientras toma el desayuno,
en las noches solitarias y frías del alma,
bajo el silencio abrumador de la noche?
¿Dejarán correr ríos de lágrimas
esos ojos llenos de espanto,
profundos que no dejan ver
más allá del brillo que desprenden
al sonreír, como una niña herida
que aún conserva un corazón tibio?
¿Abrirá la fuente un profuso caudal
de la roca de sus días
que alumbraron tanta desolación y desencanto?
Me convertiré en bosque de un solo árbol
Me convertiré en bosque de un solo árbol
y beberé de esta humedad que transpira de la tierra,
que vierte óxido en el hierro,
siembra bruma en el aire,
y oscurece los muros y tejados.
La gente se ha convertido
en canto rodado de un río
que acompaña sus pasos.
Me convertiré en bosque de un solo árbol,
talado de tierra seca, que bebe de esta niebla,
nubes preñadas de fríos manantiales.
Apagará el hervor de mi sangre,
tal vez se resienta mi tronco
del peso de sus ramas cargadas de gotas de lluvia.
Pero sé que voy de paso y cargaré mis raíces
de su fértil fondo, guardaré su agua cristalina,
recobrarán brillo mis hojas
y mi mirada embebida de verdor
dará fuerza a la herida esperanza,
quizá ser bosque frondoso.