Hace días que no miro tu horizonte

 Hace días que no miro tu horizonte
ni me recreo en tu cielo.
La rutina inquieta seca las horas
como prendas al sol y al viento,
azote y lanzas ardientes
de este deambular sin sentido
al que ponemos orden.

Fibrosas nubes color púrpura

 Fibrosas nubes color púrpura
en un azul claro de atardecer.
Ay, las tardes sobre tus muros
que tanto añoran mis ojos.

Entre sueños viene a mí

 Entre sueños viene a mí
una marea de voces infantiles
y el recuerdo de aquellas mañanas malvas
con juegos de luces sobre
el techo de la habitación.
Un nuevo día llegaba vestido de colores
y mudaba la piel de la noche
con el verde esperanza.

Sobre la pista se retuercen

 Sobre la pista se retuercen
serpientes cristalinas,
amebas extendidas que se desplazan,
un cuadro abstracto de transparencias
donde inciden frágiles rayos 
de un sol oculto entre nubes 
que a ratos, se asoma.
Un río con sus meandros,
un laberinto sin salida ni entrada,
unidas manos, entrelazadas piernas.
La lluvia sembró este jardín,
sinuosos cuerpos de agua,
una danza de charcos,
espejos sobre una alfombra,
donde el cielo se mira y juega
haciendo figuras de gris y plata.

Cayó la noche como cae el alma

 Cayó la noche como cae el alma
al suelo.
Vendrá a recogerla el alba
con su pala llena de rayos.
Cayó la noche, así sin darnos cuenta,
como vendrá la muerte,
puntual a su cita.

¿Qué luz barrerá su pesada oscuridad?

En sus ronquidos el sueño divaga

 En sus ronquidos el sueño divaga
por los estrechos senderos
de una geometría anárquica.
La tarde silenciosa y su rumiar
es melodía desacompasada
sobre un tiempo sin números
ni agujas,
solo torcidas y blandas formas.
En un banco un hombre piensa
o tal vez sueña por espacios tangibles,
imágenes sujetas a una también frágil estructura.
Detrás de él pasea una autónoma máquina 
que corta la yerba salvaje del jardín
de la isla de una casa.
Pasa alguien por delante,
levanta y gira la cabeza
como si pasara la nada misma.
Se marcha. 
Al rato otro hombre se sienta en el mismo banco,
enciende un cigarrillo
protegiendo con una mano la cerilla. 
A sus pies dos perros fieles
dialogan con su mirada.
El banco ha quedado vacío,
la tarde opaca y dulce 
alimenta un ocaso sin hacer sombras.

Le han crecido margaritas

 Le han crecido margaritas
pequeñas islas amarillas,
en su jardín.
El viento azota la hierba
agitando el oleaje 
en ese mar verde.
Luchan las nubes
contra las sacudidas
de sus fieros brazos,
someten bajo su oscuro manto
los luminosos rayos del sol
que solo la noche vence.
Entonces, su jardín queda oculto.

Somos una línea continua

 Somos una línea continua
zigzagueante sobre el horizonte.
Una cuerda extendida sobre la tierra,
subiendo y bajando laderas,
rodeando una colina,
cruzando un valle,
navegando un río.
Desde la lejanía parece una raya 
sin espacios vacíos
lo que son puntos dispersos
saltos en el aire
pasos divididos.
Un bordado, tal vez, 
sobre un tejido de lino y algodón.
El dibujo parte del punteado patrón
y el tiempo lo teje.
No ve la aguja sino el siguiente pespunte.
A veces, alza el hilo,
y, desde arriba,
se recrea, corrige lo que puede y sigue.

Llueve, es una lluvia suave

 Llueve, es una lluvia suave.
Tras su diáfano visillo,
el paisaje se difumina.
Sobre su fondo contrastan 
los altos edificios
con sus llorosos cristales. 
Es lluvia amable, 
aunque no para la mujer 
que camina apresurada
por el sendero de piedra.
Es una sombra que avanza
bajo un paraguas,
lleva su bolso apretado al cuerpo
como un cachorro mojado
y desvalido.
El agua empapa sus pies,
las gotas saltan sobre los charcos
mientras ella traza una línea recta
en busca de su cobijo.
Nadie más transita por la calle
hay un silencio roto
por el golpear de la lluvia
en tenue musicalidad.
La vida se cubre con este velo traslúcido 
para entrar con respeto a su templo.

Materia líquida, brisa suave

 Materia líquida, brisa suave,
agradable compañía, visillo
que deja entrar la vida por la ventana.
Velo que insinúa un rostro
y nos seduce con su mirada serena.
También materia sólida, 
viento gélido,
abrumador silencio,
telón de esparto ,
muro de piedra,
visita incómoda, 
enemigo que se instala en casa.
Hormigas que te muerden los pies
y te lanzan a la calle 
con desesperada convicción.
Huir de sus fauces.

Hallar al otro al torcer la esquina,
ir tras la corriente de voces,
del griterío que empuja
y frena esa profunda voz 
que no miente,
verdad que estalla sin piedad 
al borde de la boca 
con los labios apretados 
en una sonrisa.
Cubre agujeros en esa tierra seca
con prestadas gotas de sueños,
un chaparrón de muchedumbre
para regar la abandonada alma.

Ay, esa soledad amorosa, dulce
como alas de ángeles,
placer de un dios 
en tardes cálidas.
Saborear sus manjares deliciosos
sin asedio ni premura.
Vuelo de ave por un generoso cielo,
arrullo de olas sobre la arena
dorada y suave.
Doncella cándida, bruja malvada,
calma sin dolor, enfermedad pertinaz.

Desatada de su clausura, regresa pletórica,
al quitarse las prendas festivas,
se pone el pijama de presa.
Trae en su cesta las frutas recolectadas.
Chirría la llave en la cerradura,
abre la puerta de su casa.
Le abofetea el denso silencio,
le envuelve una helada atmósfera.
Retumban sus pasos por el pasillo
como los ecos en una garganta.
Solo gimen los objetos 
que le reclaman por su ausencia.
Fue su partida un refugio,
península transformada 
en isla desierta.

Le acompaña su sombra,
un deformado reflejo ,
espejos cubiertos de vaho
por donde afloran manchas oscuras.
El tiempo disolvió su azogue
y por los ángulos escapa la clara imagen,
pierde su transparencia.
No es el adorado trono,
sino la pérfida reina
que lleva en su piel tatuada
su castigo.
Busca en su fondo la otra,
hundida entre un juego de luces,
entra traicionera y se adueña
de todos los espacios.
Muestra la amarga verdad
y se engaña moviendo esta noria,
desoye el latir de su corazón
con el crepitar del mundo.
Rellenar la agenda con reparto de deberes 
y hacer balance cada semana
inventando nuevas proezas 
contra las horas.
Ahoga y niega los desalientos
y, a pesar del esfuerzo
por suplir la genuina piedra
por perlas falsas,
al entrar al salón,
le espera sobre el sofá
la gravedad de su cuerpo.
Entonces, ¡se siente tan sola!

No trae palabras la mañana

 No trae palabras la mañana,
solo un eco de rutinas,
el ritmo lento de unas gotas
sobre el cristal de la ventana.
Está gris el día,
pero es una falsa máscara,
debajo se esboza
una sonrisa traviesa.
Levantan sus párpados las nubes,
muestran sus ojos cerúleos.
El intenso brillo de su mirada
atraviesa como lanzas los charcos.
Penetran las oscuras pupilas 
de los edificios,
son espejos sus ojos profundos.
Dibuja transparencias la luz
sobre los húmedos cuerpos,
enciende un fuego entre cenizas,
brasas que se enardecen y apaciguan,
se sofocan y de nuevo prenden.
Parecen morir y renacen.

Qué adornos más vulgares

 Qué adornos más vulgares
para este vestido,
de tejido endeble,
con costuras deshechas
y estampado deslucido
después de tantos lavados.
Colgado de la percha
por la noche,
puesto a la luz del día,
cada semana, cada mes,
cada cansada rutina
por un beso encontrado
en algún rincón perdido.
Qué sentido su esmero,
llevarlo encima por costumbre,
llenar las cuadrículas de sus bolsillos
con piedras y arena,
perdidas por un agujero,
enredadas entre marañas,
deshilachadas de sus roturas,
trozos de cáscaras y huesos,
apaños con la suerte,
al abrigo de un milagro,
acabar hecho polvo,
olvidada hebra en el viento.