Una tarde es brumosa

 Una tarde es brumosa,
se cala el frío en los huesos,
roza el alma el filo de una navaja
y cortan los extremos de sus tiernos pétalos.
Rompe el encanto que entregó
la esperanza del anterior día
cuando la tarde era luminosa,
y bullía en el aire el alegre bullicio 
y la caricia de las dulces voces infantiles.
Ellos, que no saben nada de la tristeza,
ellos, que juegan inocentes
a imitar nuestros corrompidos hábitos.
Qué rápido pasarán los años
trazando la huella del dolor,
esa línea discontinua como las tardes,
a ratos tristes y oscuras,
a ratos llenas de luz y alegría.

Al lado va esta distancia

 Al lado va esta distancia
que deja pasar el frío 
traído de la estación del espejismo.
No fue claro azul 
aquel reflejo en el cristal.
Engañó a la mirada inocente
la creencia crédula llena de artificios,
la letra errada del discurso. 
Un sueño pródigo, juegos de magia,
creer atrapar el cielo en el charco 
y la belleza del arcoíris
la iridiscencia de un ácido.

Hablan de tu mar porque ruge

 Hablan de tu mar porque ruge,
murmura y canta un pentagrama
de olas y silencios.
Caricias de espuma
el rumor de tu orilla.
Besos de salitre y conchas
sobre tu lecho cálido de arena.

Por ser abnegado tu campo,
se olvida su hermosura,
danza de espigas,
melodías de trinos,
zumbidos de moscas.
De las matas tiernas,
bañadas de rocío,
brotan tus frutos. 
En tus entrañas se gestaron
mujeres y hombres de piel tostada,
baile de penas y alegrías,
voces que aún resuenan.
Ecos que navegan tu mar indómito
y germinan en tu noble tierra
nuevos brotes,
muerte y renacida vida.

Recorre el pensamiento un túnel oscuro

 Recorre el pensamiento un túnel oscuro,
sin aliento, perdido,
en un bosque sin fin,
por donde a veces,
solo a veces,
entre las altas copas,
entran destellos de un soñado sol.
La mirada se tiñe de sombras
y, por salir de allí, 
ordena a sus pies ir uno tras otro,
sin guía, ni norte,
porque sabe que quedarse quieta.
Será el abandono al abismo
más cierta muerte.
Por temor a ser olvido
cuenta sus pasos,
sigue la línea sin punto.
Sobre hojarasca no quedan huellas,
camina,
aunque haga círculos,
aunque nunca llegue.

Cuarzo

 Cuarzo,
cuarzo frío y duro con betas.
La opacidad nada en la cal de la pared,
en el ébano del cielo,
en la esmeralda del valle
y en el turquesa del mar.
Nada,
inútiles estos aderezos
que acompañan el plato que alimenta
la vida y la envenena.
En los jeroglíficos de los diccionarios,
nada.
Este dorado sol, fuego tibio o infernal,
hoguera donde arden los restos de ayeres 
y quema por el descuido de la mano
cada instante de vidrio,
nada.
Se pierden pasos entre eucaliptos
que muestran la entrada y la salida
y su horizonte vertical
no apunta al cielo,
nada.
Ni morder la hierba, ni beber la sal,
ni besar el aire que presta
las estrellas del universo.
Nada, nada.
La insípida trayectoria mata el apetito
mientras come pasos sobre un pasto
de días.
Cerrada va la vereda, triste, solitaria,
camina sobre nada,
nada en su playa seca,
nada.

Por la boca abierta de la ventana

 Por la boca abierta de la ventana
de la casa vieja
entra la hiedra con lascivia.
Recorre su lengua el vacío,
entre paredes de mellada pintura
lame algún mueble desamparado,
el podrido cadáver de una mesa,
donde quedó fría la sopa 
y el pan crio moho y gusanos.
La hiedra avanza, verde, brava,
con avaricia, 
toma la casa por el abierto espacio.
Convive con las alimañas del tiempo,
porque nada devora como el abandono.
La hiedra se instala, 
ha encontrado un camino por donde seguir
hundiendo sus dedos, 
arañando sus raíces la piedra.

Qué callada está la casa.
No le ofrece resistencia,
sumisa se entrega a su hambre.
Qué negra esa boca en la noche,
de sus dientes se cuelgan
los murciélagos ciegos.

Fue una noche en pleno día

 Fue una noche en pleno día,
un invierno en pleno verano,
un cuerpo sin alma,
ramas desheredadas de su primavera.
La nieve cubrió los pétalos caídos
y los tallos, estériles y oscuros
como huesos de un muerto,
se ofrecieron a la mirada
sin un brote, ni bulbo sobre la piel seca,
sin su promesa verde.
––Y ahora, ¿qué? ––se preguntó,
¿qué espera el que nada espera?
––¡Un milagro! ––dijo el poeta.
Y soportó el tronco su cruel designio,
seguir soñando. 

Asistimos a esta realidad

 Asistimos a esta realidad
como si de una ficción se tratara.
Los espectadores vemos caer los muertos
razonables en la película de guerra.
Esas víctimas sin nombre,
sin protagonismo,
un cuerpo herido, destrozado,
una madre con su hijo muerto,
una niña abrazada al cadáver de su madre,
atrezos de un escenario
donde los verdaderos protagonistas
tomarán las riendas y saldrán victoriosos.
Desde nuestras butacas
son muertos que no duelen,
necesarios para rellenar el argumento,
dar sustancia y credibilidad a la historia.
Y acaba la película en la paz firmada,
en un reparto de riquezas y poderes,
acuerdos de quiénes mandan y quiénes
seguirán obedeciendo.
En este caso el héroe salva la vida,
gana prestigio y su honra se propaga,
transmite a las butacas el entusiasmo del triunfo.
En los créditos, que nadie atiende,
no constarán aquellos nombres
que existen sin ser nombrados, 
nadie verá sus rostros
ni recordará su sufrimiento
en sus miradas dignas.
El dolor de esos anónimos 
no nos conmueve.
No tienen ningún papel principal.

Ha surgido de la hierba

 Ha surgido de la hierba
un parque infantil.
Después de estas lluvias de invierno,
con su columpio y su tobogán,
un artilugio del que colgarán algunas argollas
o cuerdas para los atrevidos
y un pequeño círculo giratorio,
con una barandilla de aluminio ,
para inducir sin daño el mareo.
A los pies del tobogán,
una rayuela pintada no diferencia
infierno de paraíso
en este sueño de adultos. 
Sobre un suelo de acolchado alquitrán 
de intenso azul oscuro,
se han dibujado círculos y nubes
de colores, verdes y amarillos.
Parece un claustro silencioso
a la espera de sus monjes infantes
con su peculiares rezos,
y el estruendo de los trinos de pájaros
que vendrán al maná de los restos
de sus golosinas.

Estos angelitos llenarán
de jolgorio el ambiente,
con sus risas de buen ánimo y gozo.
El reclamo de sus nombres
en la boca de sus padres,
sus gritos de guerra
y también sus lamentos y sollozos.
Hoy, aún, en este campo santo 
permanecen mudas y vacías
sus tumbas y mausoleos,
próxima está su inauguración
y dará comienzo la batalla campal
de cuerpos devorando vida.
En la contienda siempre caerá
alguno herido,
levantarán polvareda los combatientes
y en el fragor surgirá el drama de un rasguño.
Derramadas gotas de sangre
harán el púrpura camino
hasta la fuente de agua
para lavar la herida y protegerla
con una tirita.
Volverá el guerrero a su lucha
o gimoteando buscará consuelo
al cobijo del regazo de la madre,
con la sonrisa borrada de sus tiernos labios,
con los ojos tristes y enrojecidos
y los mocos sorbiendo la perdida dignidad.
Será un tiempo breve hasta recuperar el valor,
hasta regresar el ímpetu y las ganas de aventura
a su corazón intrépido. 

Ha brotado de esta hierba
la promesa de un mañana inocente
desenvolviendo la vida.
Vienen a habitarla estas almas puras.

Ha ido el sol a besar al mar

 Ha ido el sol a besar al mar
y, en su loco abrazo,
se fundió su fuego,
cayó rendido en su lecho azul.
La amante triunfal 
ondea un pañuelo blanco 
de seda y espuma.
En sus fúnebres sábanas
yace fría la noche.
¡Qué de-sol-ación!

Dejar de existir para el otro

 Dejar de existir para el otro,
a veces, sin morir.
Basta con desaparecer.
Qué fueron de aquellos
rostros y voces que rondaron
tus espacios cotidianos.
Un día la tierra puso distancia,
nuevos nombres que aprender,
otros hábitos.

Fluiste en ese mismo río
que hoy llevará distinta agua.
Qué fue de aquel mundo,
qué fuiste tú para ellos,
además de un adiós,
una duda,
un recuerdo,
un olvido,
una muerte quizá.

Se afana la poesía en abrir

 Se afana la poesía en abrir
surcos en la tierra seca.
Aguarda a la espera la nube
que vierta su fuente clara.
Enternecida por sus besos,
abandone su mirada esquiva
y brote el maduro fruto.