Escenas de críos (5)


En la oscuridad de la noche
las farolas iluminan el parque
con sus cacharritos quietos y silenciosos.
Nada queda de la algarabía de la tarde.
Ronda un aire de tristeza o melancolía
entre estas sombras.
Descansa de la brutalidad de los niños
que lo maltratan probando
su valentía y su fuerza 
contra su desafío de hierro
y sus seductoras artimañas.
Se apaga su colorido,
sus párpados se cierran,
solo los miran estos ojos del cristal
de las ventanas
donde cayó también la noche.
Solo alguna lámpara aún observa
y ciegas están las demás,
tras las cortinas y persianas.

De vez en cuando, se asoma
una luna ya vieja.
Añora jugar con el río
y traviesa se escondía 
tras la arboleda de su ribera.
Hoy pasea por este cielo
abrazado de montañas,
lleva su lento y cansado paso ,
atado al tiempo que atrapa el olvido 
para crear los sueños al alba.
La tierra suspira y exhala su aliento
de yerba fresca.

Nada, dice el parque, duerme.
Hasta mañana, si así Dios dispone.



Escenas de críos (4)


Una niña se desplaza
por la pista con sus patines, 
se siente como una bailarina, 
eleva los brazos,
da alguna voltereta,
levanta un pie,
rueda sin auditorio ni aplausos.
En los márgenes,
sentados en los bancos,
charlan y observan los mayores.
También los adultos se divierten
y vigilan.
Va cayendo la tarde, 
en breve, todos regresarán a casa.
Van marchando.
Una ducha, la cena, un cuento tal vez,
un rezo y el beso de buenas noches.
Agotados caerán en dulces sueños.

Escenas de críos (3)


Cae de la rueda giratoria un pequeño.
Se ha golpeado en el costado,
llora y va hacia la madre que está
sentada en un banco del parque.
Lo espera, lo recibe tranquila
lo coge, lo abraza.
Le sube la camiseta 
para comprobar el daño.
No ha pasado nada,
queda cobijado el pequeño
en el regazo de su madre.
Y regresa al juego.
El mundo sigue su orden.


Escenas de críos (2)


No sabe apenas andar
y coge un patín con tal maestría 
que sorprende.
Esta niñita con destreza y gracia
se impulsa con su piececito diminuto.
Y, sin embargo, con sus dos pies tropieza.
Así son estos críos, imprevisibles,
desafiantes, pequeños dictadores, 
tan tiernos que para imponerse,
ponen sus caritas de ángeles y nos desarman.
Nos hechizan con su purpurina de inocencia.

Escenas de críos (1)


Qué éxito ha tenido el parque.
Qué concurrido está todas las tardes,
caiga el sol con todo su poderío
o refresque el aire un cielo nublado.
Madres y padres, abuelos y abuelas,
jóvenes adolescentes, niñas y niños,
todos prueban estos juguetes.

Qué locos estos críos.
Qué riesgo de golpes y caídas.
Cuántos gritos de felicidad.
Cuánto gritos de reclamos.
Cuántas lágrimas que duran, por suerte,
unos segundos.
Y al otro lado la cancha de futbol
y baloncesto,
pelotas que golpean la valla
y contra la red de protección
que con buena sabiduría montaron
para la separación de zonas juegos.

Qué espacio por conocer

 ¿Qué espacio por conocer
deja el paisaje abandonado?
¿Qué arrastró el viento
por los agujeros del frágil tejido
de nuestras pertenencias?
Permanece la muestra de un trozo,
la marca confusa de una huella,
palabras impresas en la memoria
unos recuerdos difusos, 
inventados siempre,
y tanto olvido.

Un vacío que nunca será llenado,
un objeto perdido que nunca tuviste.
Dudas y preguntas huérfanas.
Indagas en la imagen que se va borrando
y entre gruesas cortinas nada vislumbras.
Juegas a imaginar.
En el tren van los pasajeros.
Unos suben otros bajan,
algunos continúan el mismo trayecto
o hacen un cambio de agujas. 
Se sentaron juntos,
intercambiaron frases,
opiniones y banalidades.
Compartieron su comida,
un libro, un hombro donde reposar
la cabeza y dejar volar algún sueño.
Un camino y por ese camino
el amparo de una sombra,
un descanso y un adiós.

Quedaron en el aire 
muchas palabras sueltas:
¿Llegó a su destino aquel peregrino?
Su alimento llenó tu estómago,
su agua calmó tu sed,
pero el hambre volvió
y no estuvo la mano tendida. 
Aquella voz se hizo eco
disuelto en la nada,
expandida onda
sobre la planicie del lago,
hasta perderse
sobre el oscuro horizonte.

Cuántas veces habrá repetido la guía

 ¿Cuántas veces habrá repetido la guía
la misma frase?
¿Cuántas mañanas llevando al grupo
a la puerta única románica?
No oigo esa marea de voces
que llegaba hasta la orilla de mi ventana.
¿Cuántos pasos habrán cruzado mi calle
con las miradas puestas en las mismas esquinas
sobre el detalle escondido entre las piedras?
¿Cuántas horas sin ti,
aunque aún  perpetúan tus ecos
al unísono con el palpitar de mi corazón?
Sube un sol radiante
desvelando mis sueños,
entrando sin pedir permiso
entre zureo de palomas
por ahí, va rondando la vida.
Sin echarme de menos.

Agua limpia, agua limpia

 Agua limpia, agua limpia
de la fuente clara
que de la roca nace.
Agua que no corre
es agua impura.
Agua estancada que muere
atravesada por las lanzas del sol.

Debes aceptar que no quiere vivir

 Debes aceptar que no quiere vivir 
aquella etapa.
Probablemente. 
Si eso es así,
¿qué remedio? Acéptalo.
¿Acaso tú quieres quedar como antes?
¿Por qué te obstinas en arreglarlo
más allá de guardar las apariencias?
Ella no se molestó por remover
la cuestión ni dar explicaciones. 
No te va a decir que no quiere arreglarlo.
En el fondo se ve que no quiere.
Que ella ha cambiado, es normal,
la gente con los años cambia.
¿Quién tiene la palabra exacta
en el momento adecuado?
Nadie sabe contestar de la mejor manera,
porque no tenemos un guion
como en las películas.
Chica, bájate ya de ese tren,
ten un poco de amor propio,
sé diplomática y da
en la misma medida,
cordialidad por cordialidad,
distancia por distancia,
indiferencia por desprecio.
Eso es todo, 
no te compliques
la vida.

Cada vez más recuerdos

 Cada vez más recuerdos 
acumula el pasado,
más larga la senda recorrida
por eso, por olvido o cansancio,
va dejando parte de la carga.
Suman muchos los que ya restará el futuro.
Qué lejos quedó aquel paisaje.
Se pierden de vista algunos senderos
y las huellas abandonadas
se disuelven en la bruma como un espejismo.
¡Cuántas las barrió el viento!
Pesa esta mochila
que a la espalda cargamos.
Aunque sean de aire sus pertenencias,
perdieron su fresca fragancia
y llevan la pátina de óxido del tiempo.
Entre tinieblas se vislumbra su ausencia,
ecos que se extinguen.
La voz presente sigue conjugando
sus verbos 
y las agujas continúan tejiendo
la alfombra del antes
hacia el después incierto,
hasta dejar la tarea inacabada.

Murmuran los árboles de esta ribera

 Murmuran los árboles de esta ribera,
sus altos álamos, castaños y abedules,
el tejo suelta sus frutos rojos
y esparce su veneno por el camino.
Huele a hierba recién cortada
y el río lleva su rumor pausado.
Entra una racha de viento,
agita la melena de las ramas
y caen gruesas gotas.
Se aligeran los pasos
en busca de refugio
ante la amenaza de tormenta.
El sol en el poniente foráneo
brilla contra el cristal del cielo.
Qué tarde más hermosa,
qué sendero de arena 
por donde ruedan hojas verdes
y copos de semillas.
Entre el denso ramaje cantan
los pájaros invisibles,
en la frondosa maleza el agua
se retuerce y sigue su trayectoria
sin importarle mi asombro.
Quizá por sabio se ríe 
de la torpeza de nuestra lucha 
contra el inevitable destino.

La mujer de la ventana

 La mujer de la ventana
no tiene rostro,
es una sombra.
Tras el cristal ahumado,
un fantasma que te mira.

Quiero tocar tu tierra

 Quiero tocar tu tierra,
regarla cubo a cubo,
esperar con paciencia para ver brotar
de la yema tierna el fruto jugoso.
Quiero mirar al cielo
y rogar a los dioses
me regalen la alegría de un benévolo sol,
la dulzura de una suave lluvia
y la calma de luminosas noches.
Quiero navegar tu océano infinito,
acariciada por la brisa salada,
bajo la sombra de un pino verde
y hundir mis dedos en la arena fresca.
Quiero oír el rumor
de las hojas caídas en otoño,
rodar y danzar, levantando torbellinos
con sonoridad de olas al besar la orilla.
Quiero aspirar el profundo aroma
a azahar de los naranjos floridos
y cómo compiten los jazmines
con la blancura de la luna.
Quiero bañarme de sombras
y saciarme de luz
en noches estrelladas.

Quiero soñar que el paraíso existe.