Ay, Dios mío de mis entrañas,
vida que no es vida,
muerte que es siempre.
Transeúnte
por un paisaje de calendario
Ay, Dios mío de mis entrañas
Le han crecido margaritas
Le han crecido margaritas
pequeñas islas amarillas,
en su jardín.
El viento azota la hierba
agitando el oleaje
en ese mar verde.
Luchan las nubes
contra las sacudidas
de sus fieros brazos,
someten bajo su oscuro manto
los luminosos rayos del sol
que solo la noche vence.
Entonces, su jardín queda oculto.
Somos una línea continua
Somos una línea continua
zigzagueante sobre el horizonte.
Una cuerda extendida sobre la tierra,
subiendo y bajando laderas,
rodeando una colina,
cruzando un valle,
navegando un río.
Desde la lejanía parece una raya
sin espacios vacíos
lo que son puntos dispersos
saltos en el aire
pasos divididos.
Un bordado, tal vez,
sobre un tejido de lino y algodón.
El dibujo parte del punteado patrón
y el tiempo lo teje.
No ve la aguja sino el siguiente pespunte.
A veces, alza el hilo,
y, desde arriba,
se recrea, corrige lo que puede y sigue.
Llueve, es una lluvia suave
Llueve, es una lluvia suave.
Tras su diáfano visillo,
el paisaje se difumina.
Sobre su fondo contrastan
los altos edificios
con sus llorosos cristales.
Es lluvia amable,
aunque no para la mujer
que camina apresurada
por el sendero de piedra.
Es una sombra que avanza
bajo un paraguas,
lleva su bolso apretado al cuerpo
como un cachorro mojado
y desvalido.
El agua empapa sus pies,
las gotas saltan sobre los charcos
mientras ella traza una línea recta
en busca de su cobijo.
Nadie más transita por la calle
hay un silencio roto
por el golpear de la lluvia
en tenue musicalidad.
La vida se cubre con este velo traslúcido
para entrar con respeto a su templo.
Materia líquida, brisa suave
Materia líquida, brisa suave,
agradable compañía, visillo
que deja entrar la vida por la ventana.
Velo que insinúa un rostro
y nos seduce con su mirada serena.
También materia sólida,
viento gélido,
abrumador silencio,
telón de esparto ,
muro de piedra,
visita incómoda,
enemigo que se instala en casa.
Hormigas que te muerden los pies
y te lanzan a la calle
con desesperada convicción.
Huir de sus fauces.
Hallar al otro al torcer la esquina,
ir tras la corriente de voces,
del griterío que empuja
y frena esa profunda voz
que no miente,
verdad que estalla sin piedad
al borde de la boca
con los labios apretados
en una sonrisa.
Cubre agujeros en esa tierra seca
con prestadas gotas de sueños,
un chaparrón de muchedumbre
para regar la abandonada alma.
Ay, esa soledad amorosa, dulce
como alas de ángeles,
placer de un dios
en tardes cálidas.
Saborear sus manjares deliciosos
sin asedio ni premura.
Vuelo de ave por un generoso cielo,
arrullo de olas sobre la arena
dorada y suave.
Doncella cándida, bruja malvada,
calma sin dolor, enfermedad pertinaz.
Desatada de su clausura, regresa pletórica,
al quitarse las prendas festivas,
se pone el pijama de presa.
Trae en su cesta las frutas recolectadas.
Chirría la llave en la cerradura,
abre la puerta de su casa.
Le abofetea el denso silencio,
le envuelve una helada atmósfera.
Retumban sus pasos por el pasillo
como los ecos en una garganta.
Solo gimen los objetos
que le reclaman por su ausencia.
Fue su partida un refugio,
península transformada
en isla desierta.
Le acompaña su sombra,
un deformado reflejo ,
espejos cubiertos de vaho
por donde afloran manchas oscuras.
El tiempo disolvió su azogue
y por los ángulos escapa la clara imagen,
pierde su transparencia.
No es el adorado trono,
sino la pérfida reina
que lleva en su piel tatuada
su castigo.
Busca en su fondo la otra,
hundida entre un juego de luces,
entra traicionera y se adueña
de todos los espacios.
Muestra la amarga verdad
y se engaña moviendo esta noria,
desoye el latir de su corazón
con el crepitar del mundo.
Rellenar la agenda con reparto de deberes
y hacer balance cada semana
inventando nuevas proezas
contra las horas.
Ahoga y niega los desalientos
y, a pesar del esfuerzo
por suplir la genuina piedra
por perlas falsas,
al entrar al salón,
le espera sobre el sofá
la gravedad de su cuerpo.
Entonces, ¡se siente tan sola!
No trae palabras la mañana
No trae palabras la mañana,
solo un eco de rutinas,
el ritmo lento de unas gotas
sobre el cristal de la ventana.
Está gris el día,
pero es una falsa máscara,
debajo se esboza
una sonrisa traviesa.
Levantan sus párpados las nubes,
muestran sus ojos cerúleos.
El intenso brillo de su mirada
atraviesa como lanzas los charcos.
Penetran las oscuras pupilas
de los edificios,
son espejos sus ojos profundos.
Dibuja transparencias la luz
sobre los húmedos cuerpos,
enciende un fuego entre cenizas,
brasas que se enardecen y apaciguan,
se sofocan y de nuevo prenden.
Parecen morir y renacen.
Qué adornos más vulgares
Qué adornos más vulgares
para este vestido,
de tejido endeble,
con costuras deshechas
y estampado deslucido
después de tantos lavados.
Colgado de la percha
por la noche,
puesto a la luz del día,
cada semana, cada mes,
cada cansada rutina
por un beso encontrado
en algún rincón perdido.
Qué sentido su esmero,
llevarlo encima por costumbre,
llenar las cuadrículas de sus bolsillos
con piedras y arena,
perdidas por un agujero,
enredadas entre marañas,
deshilachadas de sus roturas,
trozos de cáscaras y huesos,
apaños con la suerte,
al abrigo de un milagro,
acabar hecho polvo,
olvidada hebra en el viento.
Ves ese prado verde, su ondulada colina
¿Ves ese prado verde, su ondulada colina
salpicada de frondosos árboles?
Allí levantarías tu casa.
¿Ves esa bruma ligera que lo baña?
Pasa como un vuelo de ave.
¡Qué verde está la hierba
y qué blanda su alfombra!
Firme está la tierra para levantar tu casa
y bajo este azul cielo
soñar con la eternidad de su paraíso.
¿Ves cómo se aleja de tu mirada?
Acepta la fatalidad,
solo los ojos
pudieron disfrutar por breves segundos.
Quedó tras la curva su regalo.
Alta, grande y luminosa
Alta, grande y luminosa
pende la luna llena
en este cielo oscuro.
Vergonzosa se oculta
tras el biombo de esa montaña
y sale vestida de vaporosas nubes,
plumas que lleva pegadas al cuerpo.
Brilla la luna, oronda, mágica.
Coqueta juega al escondite con su amante.
Escapa por la diestra y aparece siniestra,
resplandece sobre este océano,
rodeado de islas de espuma
y espejos donde se recrea su belleza.
Luna, tú que sabes de los secretos,
susúrrame con un hilo de voz
alguna promesa para que confíe
mi alma inquieta.
Qué fuerza lleva este río
Qué fuerza lleva este río,
arranca las ramas que besaban
su agua fresca
y ahora son olvido de este árbol
que ni añoranza siente
de una parte que fue suya.
En este ocaso se iluminan las ventanas
En este ocaso se iluminan las ventanas
que ocultan clandestinas intimidades.
Se irá borrando su luz
en el mapa de la noche
cuando la vida haga una tregua
y, vencido el cuerpo,
vuele libre el alma.
En ese fondo oscuro
son pardas todas las sombras,
la escurridiza bruma fría y húmeda
crea espejismos en los charcos
y una refulgente claridad se enciende
como llamas de un fuego
donde crepitan los desechos del día.
Todos los ríos se parecen
Todos los ríos se parecen,
sus cascadas son cortinas de infinitas gotas,
su lengua dulce,
su voz melodiosa.
Es vida que nace
niño, joven, anciano.
Todos los ríos se parecen
pero distinto el mar
donde van a morir.