Qué triste está, callada,
la mirada perdida.
Él, a su lado, ajeno,
en su mano un móvil
que lo distrae con una canción
de un tiempo pretérito.
...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!
Ella, ausente, en los labios
una mueca imprecisa.
Deja reposar sus manos sobre la falda.
Callada, tan callada y triste.
...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!
Por el sendero enlosado del río,
huyen las lagartijas,
ligeras como plumas llevadas por el viento.
Levantan sus cabecitas
para enfocar mejor su corto horizonte
y escapar de los pasos amenazantes.
...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!
En el olvido los rostros y los nombres,
anónimos que cruzan por delante
del banco donde descansan sus soledades,
simple aire que se mueve impasible
entre su vacío.
Danza de lagartijas,
surgen de todas partes
estas ingrávidas bailarinas,
saltando al precipicio,
asidas a la hiedra del muro.
Algunas perdieron su cola de tul,
mutiladas como la sonrisa
en aquellos labios,
difusa como su mirada.
Por la ribera del río
la tarde se aleja,
lánguida igual que un deseo,
abandonado por las marañas
de un dolor afilado.
Entre estallidos de luz infinita
que las nubes ciñen
a sus voluptuosos cuerpos,
el sol se deshace,
como las almas
a través de las sombras.
Transeúnte
por un paisaje de calendario
La mujer de la mirada triste
La mujer arrastra el carrito
La mujer arrastra el carrito
hasta el banco donde otras
jóvenes mujeres hablan
mientras vigilan a sus alborotados críos.
La mujer atiende a la personita
que carga en el carrito
Son blandas sus piernas
y su boca no grita como los niños,
balbucea algunas palabras.
No brillan sus ojos
ni es tierna su piel,
que es ya dura corteza.
Distraída con la vida,
quietecita en su carro
va la anciana.
El parque arde bajo este sol eufórico
El parque arde bajo este sol eufórico
de haber vencido
la persistencia de las nubes
por arrebatarle el azul del cielo.
Brillan las metálicas cortezas
de los coches sembrados
como hileras de árboles
de un bosque
y las hojas de sus cristales
son lanzas de un vigoroso fuego.
Van dos caminando por la senda del río
y parecen humo creando formas difusas.
Una chica joven se cobija bajo
la sombra del tobogán,
se hace un ovillo sobre su móvil
encadenados regazos
La embrionaria tarde guarda silencio
para dejar oír el piar de los pájaros imberbes.
Un gorrión erró la trayectoria
adentrándose por una ventana abierta.
Preso de pánico, agita sus alas,
busca la salida con desesperación,
va dando palos de ciego
hasta acertar y encontrar la boca
y escapar como palabra liberada
de la cárcel del pensamiento.
¡Qué respiro encontrar
de nuevo el aire
para su vuelo!
De todas estas sonrisas esbozadas
De todas estas sonrisas esbozadas
en el escaparate de las bocas,
cuántas muestran la luz clandestina
de sucios tugurios
–atrapado secreto entre dientes–,
la marcada curvatura en los labios
de una fingida alegría,
aprendida frente al espejo
de los ajenos iris.
Hoy comienzo
Hoy comienzo,
ahora comienzo.
Repetiré algunas cosas,
hábitos que se niegan a desprender.
Olvidaré mucho y tomaré
algo distinto.
Aun vestida con otras prendas,
diferentes tejidos, tal vez
veas cierta semejanza.
Es error de inexpertos ojos.
No son capas superpuestas,
son pétalos de nueva floración.
Nada se fija si no hay suelo,
ninguna planta crece si sus raíces
flotan sobre vacío.
Hasta el nenúfar bebe del lodo.
Es un destello volátil,
un beso del sol.
Sin embargo, un cuerpo es polen
que lleva el viento,
bebe de un río, mama de un trozo de tierra
y sin reposo continua su deriva
por desconocidos territorios.
No echamos ancla en el mar del ayer,
quedan ondas escapando al infinito.
No necesito datos que confirmen,
solo este mismo corazón que palpita
con otras células, con otra sangre
que riega recién nacidas flores
del pensamiento sin residuos.
Quiero ser hoy, ahora, en este segundo,
sin un reflejo estático, forjado
sobre hierro o barro endurecido.
Los charcos ya no tienen renacuajos
Los charcos ya no tienen renacuajos
y las cajas de cartón no ven crecer
gusanos de seda.
El sol ha secado la piel del agua
la ha convertido en cieno
por donde se arrastran medusas sin ojos.
Sobre la tarima, detrás de la mesa,
aguardan las latas vacías.
Saltaron las ranas al abismo del fondo
y olvidaron las mariposas nacer,
atrapadas entre hojas secas y podridas
por el abandono.
La centrifugadora está en marcha
La centrifugadora está en marcha
aunque no escuches su ruido atronador.
El mundo se ha vuelto del revés,
muestra las larvas que ocultaba
bajo su corteza.
Gira con fuerza sin notar
que vas cabeza abajo.
Detrás del ojo de buey
los colores se convierten
en una masa oscura,
parece llover y su espuma blanca
acaricia el cristal que los atrapa.
Locos que giran sobre sus mismos pasos,
arrastrando los pies,
corriendo con las manos,
ciegos los ojos.
Qué mejor idea
Qué mejor idea
que un parque rodeado de ojos.
Protegidos del mal,
acunados por las alas de los ángeles,
que jueguen tranquilos
estos seres frágiles.
Que nadie los toque
con sucias manos,
que nadie los mire
con inyectada sangre.
No le roce el aliento
del demonio que emponzoña
la carne virgen.
Que solo los acaricien
los besos del aire
y los abrigue el amor y sus cuidados.
Que se arranquen los monstruos
de sus sueños inocentes.
No hay suficientes vigías
ni brazos que los amparen,
cuando el mal los acecha,
Ciegos quedan los ojos
de estos cristales transparentes.
Antes se rompan en mil pedazos
y les atraviesen las entrañas
sus afiladas esquirlas,
reviente su cráneo
con tan solo pensarles.
Ya no soy, ni seré
Ya no soy, ni seré,
soy y dejo de ser,
y volveré a ser.
Quizá nunca soy, pruebo a serlo,
y cada instante soy otra,
una nueva versión.
No soy aquella, ni sé quién fue,
entre las marañas del tiempo
son imágenes deformadas.
Hay un ansia por recobrar
aquella instantánea,
sus bordes y su fondo,
su trascendencia,
un lugar primario, simple,
pequeño.
Has pisado la línea del tiempo
Has pisado la línea del tiempo,
funambulista sobre una cuerda,
intentas mantener el equilibrio.
Un mal paso, un soplo de aire,
el cálculo errado y se produce
la caída.
Has entrado en el tiempo.
Un día volverás al vacío
de donde viniste tras dar un mal paso.
Pisaste la línea discontinua.
la eternidad te espera de nuevo.
Tiene una paciencia infinita.
Escenas de críos (5)
En la oscuridad de la noche
las farolas iluminan el parque
con sus cacharritos quietos y silenciosos.
Nada queda de la algarabía de la tarde.
Ronda un aire de tristeza o melancolía
entre estas sombras.
Descansa de la brutalidad de los niños
que lo maltratan probando
su valentía y su fuerza
contra su desafío de hierro
y sus seductoras artimañas.
Se apaga su colorido,
sus párpados se cierran,
solo los miran estos ojos del cristal
de las ventanas
donde cayó también la noche.
Solo alguna lámpara aún observa
y ciegas están las demás,
tras las cortinas y persianas.
De vez en cuando, se asoma
una luna ya vieja.
Añora jugar con el río
y traviesa se escondía
tras la arboleda de su ribera.
Hoy pasea por este cielo
abrazado de montañas,
lleva su lento y cansado paso ,
atado al tiempo que atrapa el olvido
para crear los sueños al alba.
La tierra suspira y exhala su aliento
de yerba fresca.
Nada, dice el parque, duerme.
Hasta mañana, si así Dios dispone.
Escenas de críos (4)
Una niña se desplaza
por la pista con sus patines,
se siente como una bailarina,
eleva los brazos,
da alguna voltereta,
levanta un pie,
rueda sin auditorio ni aplausos.
En los márgenes,
sentados en los bancos,
charlan y observan los mayores.
También los adultos se divierten
y vigilan.
Va cayendo la tarde,
en breve, todos regresarán a casa.
Van marchando.
Una ducha, la cena, un cuento tal vez,
un rezo y el beso de buenas noches.
Agotados caerán en dulces sueños.
Escenas de críos (3)
Cae de la rueda giratoria un pequeño.
Se ha golpeado en el costado,
llora y va hacia la madre que está
sentada en un banco del parque.
Lo espera, lo recibe tranquila
lo coge, lo abraza.
Le sube la camiseta
para comprobar el daño.
No ha pasado nada,
queda cobijado el pequeño
en el regazo de su madre.
Y regresa al juego.
El mundo sigue su orden.