No dejarás que entren mis ojos
a la intimidad de tu paisaje.
Ya no me abrirás tu puerta,
no dejarás desnudo
frente a mí tu hermoso horizonte
a través de los amplios ventanales.
Nunca te volveré a ver
con la frescura de la mañana
o con la oscuridad de la noche.
Qué paloma o mirlo se pose en tu cruz de piedra.
Y cuando regresen los estorninos
busquen sus nidos entre los huecos
de las tejas y los muros.
Hoy ya no escucharé tus campanas tañer
puntuales a las doce
y llegará en mi reposo
el rodar de maletas
y la guía repitiendo un mismo relato.
Transeúnte
por un paisaje de calendario
No dejarás que entren mis ojos
Era clavel fresco
Era clavel fresco,
de piel suave y roja.
Cortado de la planta,
muere dentro de un frasco.
Hermosa flor de alto talle,
firme tu cintura,
levanta tu cabeza orgullosa.
Mas el reloj implacable
marca cada segundo,
la agenda minuciosa
apunta cada día.
Tu espalda cede hacia tierra,
la empuja la parca,
apaga tus ruborizadas mejillas.
Tu rostro terso se rompe,
abre grietas en su lisa llanura.
Es ya irremediable tu fin,
nada te queda de resistencia.
De aquel almidonado traje,
un volante persiste aún con gracia
mientras los otros languidecen
perdieron su vigor.
Se unen
Se unen
como nudos en una cuerda,
los días,
cada vez más juntos,
cada vez más corta la soga
hasta ser un solo nudo grueso,
apretado, sin sueltos cabos,
sin pasado ni futuro,
única ligadura,
enredada nada.
Cada día es distinto
Cada día es distinto
y cuánto se parecen sus rutinas.
Abren los ojos a la luz
y caminan como el sol
por el horizonte
haciendo horas con segundos.
Cada día es un nuevo despertar,
un cielo diferente,
no son las mismas nubes
ni sus viajes tienen la misma trayectoria.
Cada día es un atardecer
que eficazmente se oscurece
y se entrega el cielo a otra noche.
Cada noche se parece
y no son ni parientes
desconocidos que llegan
y marchan sin dejar rastro.
Mira estos ríos que van al mar
Mira estos ríos que van al mar,
mar de olas y espuma,
espuma de nubes sobre un cielo azul.
Azul púrpura de atardecer,
atardecer y noche de luna.
Luna que brilla sobre tu espejo,
espejo donde el cosmos se mira
mira,
mira,
mira...
Danzo sobre muertos
Danzo sobre muertos
con mi corazón dolido,
sin faro que alumbre,
horizonte de brumas,
jirones de niebla.
Los defectos del tejido
quedan patentes cuando llega el invierno
y nos deja ateridos en soledad.
La voz de este Señor,
la sonoridad de su verbo
retumba con fuerza.
Ya se acaba,
llegó el domingo y agotaremos
los últimos días del mes.
Haya vida,
paz.
Y este caminante se queda solo
Y este caminante se queda solo
con su sombra y los lejanos ecos
de las voces primorosas
que, tras otros árboles, siguen su ribera
con el río cerca para beber su agua.
Tú me dices que el rostro que busco en el reflejo
Tú me dices que el rostro que busco en el reflejo
me engaña. Y me niego a las palabras
que pronuncia tu boca.
Fueron aquellos ecos que enturbiaron el aire
entre las áridas montañas,
allí donde el viento helado dejó desnuda la roca,
mientras sembraba verde ladera
en la otra cara, esa que miras en el espejo.
Oscuro como un cielo cubierto de nubes
Oscuro como un cielo cubierto de nubes,
Oscuro como es la cromática paleta de los errores,
Oscuro como el árbol en la noche,
Oscura mi sombra, la del perro y el niño,
la de la hormiga y la sombra de la propia sombra.
Calla
Calla.
Predestinada al desencanto,
la infelicidad, al precipicio,
ni una muestra más de nostalgia
ni emponzoñada tristeza.
Venga, ¿a qué esperas para retirar estos restos
que cuelgan de tu boca suplicante,
llena de falsos propósitos?
De acuerdo, no los lleves al olvido.
Pero anda, despierta, que es la hora
y no vayas a lamentar más tarde
que se fueron los minutos amados
sin amarse
y posponerlo siempre al futuro
Avanza con tu mochila
cargada de pequeños tesoros,
sigue sin lamento ni remembranzas estúpidas.
¿Acaso no lo tuviste mientras el reloj
daba las horas en punto y en estos cuartos te detienes?
Espabila, aligera el paso, suelta y vuela.
Vuela alto
y lejos.
Abandono tu cuerpo
Abandono tu cuerpo,
el ardiente beso de tu aire.
Te deseé tanto y tanto,
a veces, te desprecié.
Pero, siempre volvías a envolverme
con tus brazos y caía rendida a tu lecho.
Todo se acaba
y ahora busco lejos otro amor
al que entregarme en las noches oscuras.
Y, en las claras con luz de luna,
enredada a otro cuerpo,
hacer el amor como la vez primera
y sentir palpitar el corazón
con la sal de los besos de otros labios.
Cómo duele mirarte sabiendo
que estos momentos son un adiós para siempre.
Y me recreo con más ahínco
en tus contornos y en los detalles
que pasan desapercibidos
por la urgencia del deseo.
Me pregunto,
cómo pude pensar que alejarnos sería tan fácil.
Tenía firme decisión,
ni duda tuve en marcharme.
Sueño con curar las llagas.
Ahora por mucho que mis ojos abracen
cada trozo de tu cuerpo,
cada rasgo de tu rostro,
tus modos y tu andar cimbreante,
ay, no volveré a tenerte
ni tú a poseerme tan adentro.
Al capricho de la vida me voy,
ganas llevo en la carne,
aunque el corazón vaya herido,
de cerrar las llagas con besos de otro amante.
Poco a poco desmonto el puzle de una casa
Poco a poco desmonto el puzle de una casa.
A trozos la vestí con sueños y alegría.
Esparcía el agradable aroma del hogar
y, a pinceladas únicas
para el corazón que la habitaba,
daba color y armonía,
que fuese reflejo de esperanzas.
No puedo evitar los espacios
que fueron escenarios de dolor y lágrimas,
a los que la fe y la confianza devolvieron
la calma después de la intensa lucha.
A ratos se descompone la materia densa,
esta firme roca que nos sostuvo,
se hace arenisca,
para ser trasladada en cajas, en bolsas,
en el alma.
Y en otro lugar extraño levantar
de nuevo nuestro castillo sin murallas,
ni fosos, abiertos los ojos al mundo
para llenar la alforja de vida
mientras sigamos vivos.
Te sueño ahora con los ojos abiertos
Te sueño ahora con los ojos abiertos,
ciegos de ti.
Y en mi frente,
como un puñal,
se clava tu imagen clara.
Te veo no como en sueños,
te palpo y huelo el aire que te rodea,
con tu fluida estampa
y tu vestido verde con hilos de plata.
Qué hermoso y calmo tu mar
de suaves olas, onduladas dunas de ocre,
jardín de pálidas flores.
Hasta mí llega
la figura altiva y sobria de tu campanario.
Una paloma se ha posado
sobre la campana de acero
confiada que el eco no la sorprenderá
porque ya pasaron las doce.
Hoy a las doce qué lejos de ti me hallo.
Me envuelve esta canción
que me fuerza a llorar
pues en tu lecho cuántas mañanas
la escuché y bailé entregada a tu cuerpo.
Te cuento con la ausencia
clavada en el pecho y la razón
me grita, se fue, nunca volverá
con su vestido de fría plata la lluvia
a rodar por su sábana enrollada.
Mis sentidos se niegan
y se resisten mis ojos
y te habla mi boca
y me niego al adiós
que ya es cadáver
que empieza a descomponerse.
Y ahora, después del abandono,
de pasar tu duelo con otros encuentros,
y ahora en qué dura competencia
entrarán los afectos y las ganas.