Fue una noche en pleno día

 Fue una noche en pleno día,
un invierno en pleno verano,
un cuerpo sin alma,
ramas desheredadas de su primavera.
La nieve cubrió los pétalos caídos
y los tallos, estériles y oscuros
como huesos de un muerto,
se ofrecieron a la mirada
sin un brote, ni bulbo sobre la piel seca,
sin su promesa verde.
––Y ahora, ¿qué? ––se preguntó,
¿qué espera el que nada espera?
––¡Un milagro! ––dijo el poeta.
Y soportó el tronco su cruel designio,
seguir soñando. 

Asistimos a esta realidad

 Asistimos a esta realidad
como si de una ficción se tratara.
Los espectadores vemos caer los muertos
razonables en la película de guerra.
Esas víctimas sin nombre,
sin protagonismo,
un cuerpo herido, destrozado,
una madre con su hijo muerto,
una niña abrazada al cadáver de su madre,
atrezos de un escenario
donde los verdaderos protagonistas
tomarán las riendas y saldrán victoriosos.
Desde nuestras butacas
son muertos que no duelen,
necesarios para rellenar el argumento,
dar sustancia y credibilidad a la historia.
Y acaba la película en la paz firmada,
en un reparto de riquezas y poderes,
acuerdos de quiénes mandan y quiénes
seguirán obedeciendo.
En este caso el héroe salva la vida,
gana prestigio y su honra se propaga,
transmite a las butacas el entusiasmo del triunfo.
En los créditos, que nadie atiende,
no constarán aquellos nombres
que existen sin ser nombrados, 
nadie verá sus rostros
ni recordará su sufrimiento
en sus miradas dignas.
El dolor de esos anónimos 
no nos conmueve.
No tienen ningún papel principal.

Ha surgido de la hierba

 Ha surgido de la hierba
un parque infantil.
Después de estas lluvias de invierno,
con su columpio y su tobogán,
un artilugio del que colgarán algunas argollas
o cuerdas para los atrevidos
y un pequeño círculo giratorio,
con una barandilla de aluminio ,
para inducir sin daño el mareo.
A los pies del tobogán,
una rayuela pintada no diferencia
infierno de paraíso
en este sueño de adultos. 
Sobre un suelo de acolchado alquitrán 
de intenso azul oscuro,
se han dibujado círculos y nubes
de colores, verdes y amarillos.
Parece un claustro silencioso
a la espera de sus monjes infantes
con su peculiares rezos,
y el estruendo de los trinos de pájaros
que vendrán al maná de los restos
de sus golosinas.

Estos angelitos llenarán
de jolgorio el ambiente,
con sus risas de buen ánimo y gozo.
El reclamo de sus nombres
en la boca de sus padres,
sus gritos de guerra
y también sus lamentos y sollozos.
Hoy, aún, en este campo santo 
permanecen mudas y vacías
sus tumbas y mausoleos,
próxima está su inauguración
y dará comienzo la batalla campal
de cuerpos devorando vida.
En la contienda siempre caerá
alguno herido,
levantarán polvareda los combatientes
y en el fragor surgirá el drama de un rasguño.
Derramadas gotas de sangre
harán el púrpura camino
hasta la fuente de agua
para lavar la herida y protegerla
con una tirita.
Volverá el guerrero a su lucha
o gimoteando buscará consuelo
al cobijo del regazo de la madre,
con la sonrisa borrada de sus tiernos labios,
con los ojos tristes y enrojecidos
y los mocos sorbiendo la perdida dignidad.
Será un tiempo breve hasta recuperar el valor,
hasta regresar el ímpetu y las ganas de aventura
a su corazón intrépido. 

Ha brotado de esta hierba
la promesa de un mañana inocente
desenvolviendo la vida.
Vienen a habitarla estas almas puras.

Ha ido el sol a besar al mar

 Ha ido el sol a besar al mar
y, en su loco abrazo,
se fundió su fuego,
cayó rendido en su lecho azul.
La amante triunfal 
ondea un pañuelo blanco 
de seda y espuma.
En sus fúnebres sábanas
yace fría la noche.
¡Qué de-sol-ación!

Dejar de existir para el otro

 Dejar de existir para el otro,
a veces, sin morir.
Basta con desaparecer.
Qué fueron de aquellos
rostros y voces que rondaron
tus espacios cotidianos.
Un día la tierra puso distancia,
nuevos nombres que aprender,
otros hábitos.

Fluiste en ese mismo río
que hoy llevará distinta agua.
Qué fue de aquel mundo,
qué fuiste tú para ellos,
además de un adiós,
una duda,
un recuerdo,
un olvido,
una muerte quizá.

Se afana la poesía en abrir

 Se afana la poesía en abrir
surcos en la tierra seca.
Aguarda a la espera la nube
que vierta su fuente clara.
Enternecida por sus besos,
abandone su mirada esquiva
y brote el maduro fruto.

En el muelle duermen las barquillas

 En el muelle duermen las barquillas,
mecidas cunas sin llantos de bebé.
Es su ajuar, redes secas
con aroma a mar.
En sus vientres vacíos
anidan salitre y escamas.
Son como almas tristes
adormecidas por el campaneo
de los altos mástiles.

Qué adivina del huésped el casero

 Qué adivina del huésped el casero,
no más que sabe de sí mismo.

Desde el lugar que se mira,
deja a oscuras rincones.
Ni el cielo que desde arriba lo observa
sabe de su altura y de sus adentros,
pues el sol de un lado alumbra
y de otro deja sombra.
Cuando lo traga el horizonte
hasta su color muda
y su rumor marca las notas fúnebres
de la noche sombría.

Va esa hoja caída rodando

 Va esa hoja caída rodando
en busca de su rama 
y nunca vuelve al árbol 
donde estuvo prendida.

Al salir de la fuente

 Al salir de la fuente
este río impetuoso
vierte su caudal al cauce,
recorre su trecho,
acumula y abandona
limo sin saber
cuándo llegará su fin. 
Su agua refleja el cielo y las nubes,
las ramas de los árboles,
el vuelo de los pájaros que dan vida
y sin embargo,
se dirige a la muerte.
Aun siendo espejo del mundo,
no puede mirar su propio reflejo,
se deforma entre ondulaciones.
La roca con la que tropieza
le hace tomar desvío
o saltar
en cascadas
entre confusa espuma.
No logra ver con los ojos gotas.
Hasta que vuelve la calma
y una engañosa transparencia
le da un fugaz consuelo.
Ni siquiera ella le ofrece todo su fondo.
Hay lodo, recovecos, corrientes
que remueven la tierra
y la vuelven opaca.

En la cabeza del arquitecto

 En la cabeza del arquitecto,
por los recónditos espacios de las neuronas,
sobre el plano,
el edificio no tenía ni una muesca rota.
ni hueco,
ni piedra mal colocada.
Se abrazaban y rozaban sus dendritas
con tanta pasión
que saltaban pavesas
de un fuego iluminando aquella oscuridad.
Al salir se volvían simples sombras ilusorias.
Anduvo los senderos desde el deseo y el sueño
al fracaso y la decepción.

En aquella galaxia
los astros giraban en armonía
como un reloj exacto,
una medida precisa,
idéntico movimiento. 

No dejarás que entren mis ojos

 No dejarás que entren mis ojos
a la intimidad de tu paisaje.
Ya no me abrirás tu puerta,
no dejarás desnudo
frente a mí tu hermoso horizonte
a través de los amplios ventanales.
Nunca te volveré a ver
con la frescura de la mañana
o con la oscuridad de la noche.
Qué paloma o mirlo se pose en tu cruz de piedra.
Y cuando regresen los estorninos
busquen sus nidos entre los huecos
de las tejas y los muros.
Hoy ya no escucharé tus campanas tañer
puntuales a las doce
y llegará en mi reposo
el rodar de maletas
y la guía repitiendo un mismo relato.