Esclavos de nuestros sentidos


Tal vez sea necesario estar ciego

y mudo ante la gran Verdad,

para soportar esta vida.

Si el oído oye sonidos

sin código reconocible,

¿cómo comprender qué nos dicen?

Si ante tus ojos aparece

lo indescifrable, la forma indefinida,

una evidencia sin nombre,

¿cómo verlo?

Si el paladar está hecho

para recibir ciertos sabores,

y en la boca entra el alimento

cuya esencia

la lengua no percibe,

¿cómo saborearlo?


Vivo en este mundo

esclavo de mis sentidos,

sujeto a su dictamen.

¿Qué libertad me otorgan

si no puedo romper

estas cadenas?

Por más que mi mente

en buscar insista,

¿cuánto engaño habrá

en mis palabras que sólo sirven

para llenar un insaciable vacío?

Cubren mi rostro


Cubren mi rostro,
las señales del tiempo,
ese espacio recorrido
entre nacer y morir.
Busco en sus huellas
aquel niño,
pero sus surcos
se han cubierto
con el poso de los años.
Borraron aquella
dulce imagen
las noches con su días.
En nuestros sueños
labramos
la corteza árida
de nuestros temores,
y buscamos en su laberinto
alguna definida figura
en la que poner
nuestras certezas.
Hablan voces
con un confuso lenguaje,
quizá nos descubran
la verdad que había
en la inocencia
que profanó la vida
con su olvido constante.
Más allá de los envejecidos rasgos
de un dolor acumulado
y las huellas de la risa,
cincelan cicatrices
un tiempo infinito.


En el despertar el hombre
vuelve a su ignorancia
sólo si es capaz de ver
en el espejo
el reflejo del eterno padre
que nos habita,
habremos aprendido la lección
somos simples partes
de una gran unidad.

Está saturado el aire


Está saturado el aire

del territorio de nuestra mente

entre el caos de esta realidad,

perversa, demencial.

Demasiados ruidos y voces,

un griterío que tapa

la palabra quieta,

el sosegado hablar,

los pensamientos fértiles,

el oído atento al otro.

Acallar ese ombligo

egocéntrico, que clama

insistente su alimento.

 

Dejo sobre la almohada


Dejo sobre la almohada

el peso del día.

La noche acoge mi cuerpo,.

Entre sueños, lo lleva

con ligeras alas

a territorios ignotos,

¿Qué día este Ícaro

se acercará al sol?


 

Uno juega a la vida...


Uno juega a la vida,
se gana, se pierde,
camina por el mundo,
lucha contra sí mismo,
contra el otro,
contra algún díos.

* * * * * * *

No me falta la belleza
del paisaje,
sino un horizonte
que me acompañe
en mi travesía.


* * * * * * *
 
Me busco en mis ojos.
Mis ojos en mis ojos
se buscan.
¡Qué luces se apagaron,
que han dejado este acuoso
brillo
tras la lluvia
sobre un cristal sucio!

* * * * * * *

Entre mis manos
dejo este cerrado libro.
llegó a su fin la narración.
Lo dejo a la vista,
sobre el rincón cotidiano.

* * * * *

Aledaño a la autopista,
por un camino terroso,
un camión viejo,
cargado de forraje,
levantaba una densa nube
de polvo.
En la distancia, oculto
por la polvareda,
era la mística imagen
de la dolorosa carga
de la vida.

* * * * * * *

Consultas al espejo
en una constante interrogación:
¿sigo siendo el de antes?
 
* * * * * * * 
 
Todo lo que está hecho
con vanidad se rompe,
frágil es su esencia.
 
* * * * * * 
 
Bebe el pajarillo
del agua que apila
la fuente
y del caño, 
la boca avariciosa. 

* * * * * * 

Reposar la cabeza sobre
el aire,
llenarte de notas perdidas
y crear la melodía
de la calma.
 
* * * * * * 

Soy dos, tres, cuatro,
soy seis, mil y un millón,
soy treinta, noventa,
soy cien
y busco mi infinito uno. 

Usemos poco la palabra


Usemos poco la palabra,

la palabra imprescindible,

la palabra resuelta.

Usemos más el silencio,

la mirada, el gesto,

la palabra susurrada.

Démonos una ducha

y arrastremos todas las palabras

que han ensuciado

nuestro pensar.

Saturados nuestros oídos,

se han llenado

de discursos huecos.

Usemos el eco que penetra

hasta la médula de nuestro ser,

el suspiro, el arrullo,

la exhalación del verso.


Días de levante

Los días de levante en verano,
son sus ráfagas,
el abanicar de ángeles,
dan al quemado cuerpo
su calmado bálsamo.
Al llegar septiembre,
sus aullidos son temidos
reclamos del alma.
Cierran de un golpe las puertas
el miedo siembra en nuestro ánimo,
por los resquicios
asoman las inquietudes
que nos acechan.
Piensas en la muerte
porque su silbido recuerda
las soledades de los
cementerios.
El agitar de las ramas
es una letanía de llantos,
te envuelven sus sombras
y acuden los temores
infantiles,
imágenes tétricas
y en el silencio de la noche
se oyen los lamentos
de las dolientes almas.

No sospechaste


No sospechaste que, tras el verano,
en otro otoño, el viento
arrastraría de nuevo la hojarasca
caída.
Creíste en una primavera estable,
en su generosa exuberancia,
la esperanza latente
en su apasionado corazón.
Pero llovieron inviernos
y encharcaron las calles,
lloraron los ojos de las ventanas
y sobre el frío cristal
dejaron el sucio rastro de rímel
del acumulado polvo.
Repicaron las campanas
de un viejo reloj
estrenados amaneceres,
sin embargo, se levantaron
sus rostros,
con marcadas ojeras
y, sobre la frente del horizonte,
se divisaban profundas arrugas.
No sospechaste, a pesar
de que los ecos lo repetían
y seguías componiendo ritmos
de ilusiones,
rimas acompasadas.
Diseñaste paisajes,
promesas con fechas inscritas
en un calendario lleno de hojas,
de un árbol estéril,
que, al caer, no dejó
una alfombra mullida
sino el melancólico escenario
de una desierta estación.
Aún hay un banco
en algún parque
que espera tu compañía.

La niña salta


La niña salta del vientre
a la cuna,
de la cuna a la cama,
de la cama al aula,
del aula a la calle,
cruza puentes
por donde pasa un río,
salta al río,
recorre su revuelto tramo
de aguas rebeldes
y llega al océano de la vida.

En el recuerdo

Cada día te recuerdo más,
en el árbol, en la tierra,
tras esa bandada de pájaros.
Como el café fuerte,
las secuencias de un ayer,
dejaron un poso al fondo
de la taza vacía.

Has dejado esa huella
que se niega al olvido.
Cada día más te recuerdo
en los diminutos detalles
que llevan el aroma
de tu memoria.



Aflojar, desatar el dolor
que hizo maraña
entre las sombras.

Besos que el aire lleva...

Besos que el aire lleva
a reposar sobre los montes.
Risas de ángeles
sobre el pretil de la ventana
donde no lucen geranios
con flores rojas.
Recuerdas el solitario árbol
y, entre sus ramas lánguidas,
el alboroto de pájaros
en otras primaveras.
Hoy, al llegar el alba,
ronda un silencio
en estas abandonadas calles.
Los pasos susurran
entre su opaca claridad.
Clandestinas miradas vigilan
detrás de los visillos
la amarga nada.

Graznidos de gaviotas
rondan muladares
donde estas almas reposan
después de saciar
prostituidos cuerpos.

Transparente


El vaso de cristal transparente
que reposa sobre la mesa
es igual que el líquido
que se somete a su forma,
agua cristalina
que no calma la sed
de esta boca llena de dudas.

Lo que trae la marea

Aquellos restos de memoria
que el mar devuelve a la playa
traen en su marcada materia
la esencia de sus profundidades.
Recogieron entre las algas del olvido,
el musgo fresco de su sal
infiltrada en su sustancia,
aromas de otro mundo.
Silvestres piti rosas
crecían por descampados y caminos,
en el caos de un jardín abandonado,
al borde de pozos secos.
Por aquellas distantes calles,
con estrenado vestido de asfalto,
apenas circulaban vehículos.
Los patios se inundaban
con el griterío de los juegos,
de enormes pandillas de críos.
Bajaban tras la merienda
saturando el aire de vida
hasta bien entrada la noche.
Pan con chocolate,
aceitunas con picos,
aceite con azúcar,
y qué fue, de aquellos
perillos verdes pero dulces,
como la mejor golosina.
Decían los viejos
que los alimentos de ahora
no saben como antes,
alterados sus sentidos,
contaminados de nostalgia,
de hambruna de otros tiempos,
que convertían en manjar
un simple mendrugo
con un trozo de tocino.
Hoy, quizá, desde
el mismo error,
siento la ausencia
de aquellos goces irrecuperables.

No duelen por pasados
sino porque han sido destruidos.

Este doloroso sentimiento


Este doloroso sentimiento
inunda mi ánimo
con un aguacero súbito.
Un malestar profundo
carga sobre mis hombros
la tristeza de un exilio.
Sin recuerdos, busco
en la memoria,
entre su olvido apretado,
el lugar del que procedo
y ninguna señal me orienta,
sembrando tinieblas en mi espíritu.
A veces, la nostalgia
me invade,
sueño con desdibujadas sombras,
su vacío se llena de pesadumbre.
No hallo consuelo
en mi lamento callado.
¿Dónde está la estrella
que me guíe?

Nacimos con un marcado
destino,
deben existir
caminos diferentes.
Malogran el mío
aquellos deseos
que no serán,
para mi boca,
sus frutos.

Llevo del trayecto andado
más que lo me acerca
al fin de esta vida.
Nunca anticipamos
qué nos aguarda
en este sendero emprendido.
Nos alienta una ilusa esperanza
para calmar aquello
que nuestro ser ansía.
Tal vez en un recodo,
divisemos el hogar
del que partimos
un día sin fecha,
cuando nuestros pies
aún eran
aletas en un ignoto útero
y los dientes
no llenaban nuestra boca,
ni de la garganta salían
balbuceos.

Cuando se alcanza la meta,
¿reconocerá el alma
que ha llegado a su centro
o somos ciego que toca
la fruta madura
y, confundido,
la desprecia sin saborearla?
Dame al menos,
si no la clarividencia
que está destinada a los dioses,
la paz y gozo de lo recogido
en este tránsito.

Debo cuidar de lo guardado
en el hatillo,
como si fuera el manjar
más delicioso,
no sea que por obstinar
mi mirada en el horizonte,
tropiece y pierda
por la ladera,
este tesoro conquistado.

Mentira


Mentira de otra mentira,
en otra mentira engendrada,
y así en espiral,
engullida por la negrura
de la mentira que cubre
con tupido velo la gran farsa.

¿Qué importan nuestras
preocupaciones,
nuestros dolores o miedos?
Vivamos, pues, sin lucha.
Frente a sus avatares,
dejémonos llevar por sus
caprichos.
Pronto todo acaba.
¿De qué sirvieron tus enojos?

Duelen las heridas
como si de verdad fueran.
 
Cuando te hieran de muerte,
pide que sea breve la agonía,
o ríe, ríe a carcajadas,
por su macabra broma.

Si llegar a la verdad


Si llegar a la verdad
exige desprenderse
de los deseos mundanos,
¿por qué fue nuestra materia
creada con su fuego?
Si la palabra esperanza
envuelve la virtud
de la paciencia,
¿por qué llena nuestros días
con la sed de su martirio?
Si la esencia humana
se adorna de razón,
conciencia y actos,
¿por qué somos siervos
de un dios caprichoso?

Compañera del alma (IV y fin)


Llevamos este traje tan pegado
a la piel,
que se ha hecho sólida sustancia,
disolver sus componentes,
conocer su trayectoria,
adivinar su objetivo,
es soberbia abofeteada.
Nuestros limitados logros
nos alienta a seguir adelante,
audacia para quienes, siendo finitos,
aspiran a conocer las infinitas leyes.

El cuerpo tierno entregado a la vida
se degenera y es una carga
para el espíritu.
A este edificio el tiempo
lo cubre de inevitable abandono,
lleno de grietas, en ruinas,
a punto de derrumbarse,
caerá en sus brazos por propio peso.
Sólo el alma crece y mejora
con los años
si el fruto verde de la inconsciente
niñez
se lo entregamos a ella
ya fruto maduro.

¡Qué cansado es este caminar!
No sé, si es más duro morir
a esta vida
y descansar,
que la idea de un eterno retorno,
un vivir para siempre,
trashumante materia
en el universo.

Compañera del alma (III)


Provoca odio y, a veces,
el deseo de besar su boca
cuando el dolor es más insoportable
que su dulce silencio.

Nuestro espíritu se revela,
en cambio, hay algunos
que aceptan su voluntad
exenta de miramientos o privilegios.
Luchar con rabia nos dejará
exhaustos en una batalla campal
donde siempre ganará ella.
Rendirse dignamente
cuando viene decidida
y no concede más prórroga.
No es reto para ella
el alarde de fortaleza,
mejor sucumbir serenos
antes que entrar en su territorio
desesperados.

Le lanzamos palabras,
injustas, duras e infames,
en pocas ocasiones la alabamos.
Quererla nos parece antinatural,
sin embargo, tal vez sea amor
su total entrega.

Cumplir su tarea nos ocasiona
un perjuicio aparente,
no es por venganza o maldad,
simplemente desconocemos
sus razones.
Pedirle una respuesta,
hallar algún consuelo,
va implícito en nuestras células,
desde que la conciencia
abrió nuestros sentidos
a la realidad circundante.
Es tan dramático su descubrimiento,
tal su impacto, que es la callada
amenaza de cada día
y el aullido que nos despierta
del tranquilo sueño.
Los terrores de su oscuro mundo
danzan en el caos onírico
y llenan de angustia
nuestras peores noches
de insomnio
atacados por monstruos
y demonios.
Amenaza ese incierto mañana
que mostrará sus fauces
convertida en nuestro
peor enemigo.

Arrepentidos de nuestros actos,
abrazamos cualquier creencia,
buscamos el perdón
del castigo de un infierno,
perdidos en sus inmortales tinieblas.

Nos otorgue la paz de su recreo
y vivamos para siempre
en una felicidad perpetua.
La fe en una religión salvadora,
la esperanza de una eternidad,
la promesa de un paraíso,
todo antes que soportar
un hecho impenetrable
la verdad que oculta,
la evidencia de este trayecto
absurdo y doloroso
que en su lecho termina.
Algunos agnósticos se sujetan
a cierta ciencia o mística,
una indagación de inalcanzable meta
que busca tranquilizar la razón
para no caer en la locura.
Los ateos niegan cualquier continuidad
más allá de la propia materia,
rechazan los falsos predicadores,
su alternativa analgésica,
placebos ante nuestra cobardía,
o la prepotencia de creernos dioses.
Tal vez nuestra realidad
tenga más de mentiras
que de certezas
y todo sea una ilusión,
que adornamos por necesidad
imperiosa,
para no caer en la demencia,
aunque es de necios
no asumir nuestro fin.