Fuiste niña tragada por esta mujer

Fuiste niña tragada por esta mujer,
niña callada y rebelde
alegre y enfadada.
Sonriente, llorabas a escondidas.
Niña de soledades infinitas,
bebes hoy los sorbos
de luz que a tu pozo llegan.
Te llenaste el estómago de sombras
y ahora debes vomitar
ese empacho.
Sube al cubo que te extrae
de su oscuro fondo.
Aquí, ya en tierra, te guardo
una estancia
con ventanas abiertas
por donde entran rayos de sol.

Juega con sus destellos brillantes,
duendes saltarines sobre las cosas,
suben por las paredes
y se esconden por los rincones.
Deja que te echen el lazo,
recobren tus cabellos su brillo,
vuelve a mirar el mundo
con aquellos grandes ojos negros.

Mañana podrás poner letras

Mañana podrás poner letras
en los huecos que dejaron
las palabras
y en las voces entrecortadas.

Quisieron pronunciar los labios
una súplica
y recogió el aire
un sollozo.

No se pudo contener la ola

No se pudo contener la ola
que arrasó esta orilla,
dejaba el sabor salado
sobre su arena,
depositó los guijarros
hundiéndolos en sus entrañas.
Volverán al mar con otra ola,
y cerrará la herida
la caricia de su espuma.
Será un descanso breve,
un olvidado suspiro,
el beso borrado de unos labios.
Pronto subirá la marea,
romperá con bravura en la playa,
morderá la roca,
clavará con rabia sus dientes
y hará silencio de aquel susurro
el fragor de su oleaje.

Tristezas

Hay tristezas endémicas,
asumidas por una cultura.
Hay tristezas por ser este
un mundo cruel,
pero hay tristezas fingidas,
tristezas grotescas en su trivialidad
que ofenden a las tristezas verdaderas.
Tristezas que emanan
de una herida abierta y sangrante.
Hay seres despreciables que juegan
con las tristezas de otros,
para hacerlas un producto vendible,
ignoran las que no aportan beneficios.
Hay tristezas que se regodean
en su dolor
muestran sin resistencia
los ríos de sus llantos,
tristezas proclamadas al viento.
Tristezas sumisas que reclaman
la caricia de otras manos.

Tristezas que desprecian
la compasión.
Tristezas que guardan
su lamento silencioso.
Hay tristezas,
perlas entre hielo escondidas,
ardiendo en intenso fuego.
Tristezas tímidas, llamas
apagadas en un simple soplo.
Hay tristezas que se quejan
de sus tristezas,
piden que otros les laman
sus heridas.
Hay tristezas aún
más profundas y oscuras
que cavan para encontrar
la luz de algún sol.

No hay mayor tristeza
que desconocer su fuente
y sellar con duro cemento la boca
para que no vierta más veneno.
Tristezas que se pierden
en su naufragio.
Tristezas que, llegadas a la orilla,
las olas arrastran
a batirse en duelo
contra las rocas.

Ay, tristeza mía,
¿de qué especie eres tú?

La alegría

Para la alegría la oda,
el salmo,
la exaltada alabanza,
el grito de júbilo
que deja al espíritu
en etéreo danzar
y besa con pasión
la carne entregado al delirio.
A punto de rozar el éxtasis,
llegado a la orgásmica entrega,
blanda la boca,
libera al sufrimiento
en profusa carcajada.

Miedo

Miedo, amigo que nos traicionas,
fuiste fiel en nuestro amparo.
Dejamos abiertas las puertas,
las ventanas sin pestillos,
tiramos las llaves al pozo,
arrancamos las rejas,
y pusimos en tus manos
nuestro cuidado.
Mas por tu ambición
quisiste acaparar la paz
de nuestros días,
abusaste de nuestra confianza,
y quedamos en vilo
ante la duda,
robándonos la certeza
de que nuestro hogar
estaba seguro.

Bruma que se ciñe al cuerpo,
devoras la calma
y eternizas los minutos,
haces nudo apretado
en nuestro corazón,
desgarras el edificio
que nos sostiene,
gozas viendo derrumbarnos
como frágil castillo de arena.
Son tus dedos de agua
que nos arrastran a la orilla
o al fondo.

Miedo primigenio
al misterio de lo oculto,
miedo a lo real y a lo imaginado.
Vengativo enemigo,
cuanto más luchamos contra ti
con mayor rabia nos atacas.
Vienes a veces de cara
y otras apareces de improviso,
te echas sobre nuestro cuerpo
con el peso de todos los horrores.

Apenas nuestras herramientas
bastaron para defendernos
y nos dan, si acaso,
un leve suspiro,
un sosiego efímero,
una nana para espantarte
un ruego para deshacernos
de tus cadenas.
Buscamos el desvío,
el deseo, la distracción,
tararear una melodía,
ignorar el peligro
con un soñar despierto.
Nos creamos un espacio protegido.
¡Bah!, inútil tarea
empeño fracasado,
si tú quieres,
nos echarás tu fétido aliento
y, en segundos,
el aire que nos rodea
se volverá denso y asfixiante.

Tienes, miedo, fuertes colmillos
para triturar nuestro descanso,
clavas tus uñas en la carne,
pones tus huevos en las llagas
que supuran hiel
y dejan su amargo sabor
en nuestros labios.
Miedo, eres la gota de tinta
que cae en un vaso
de agua clara y destruye
su pureza.

Aun siendo tu ejército precario
y esencia mínima tu materia,
es más grande tu poder
y tu daño.
Tus alaridos nos espantan,
perdemos el sentido.
Como si fueran de trapo,
se desploman cuerpo y espíritu,
los brazos rinden las armas.
Miedo, aquí tienes mi cuello
córtalo ya con tu lanza
y, liberada de tus fauces,
me entregue a la paz eterna.

Plegaria al silencio

No hay silencio en el silencio.
Claman infinitas voces
en el denso aire,
crujen paredes,
protestan frigoríficos,
hay golpes de objetos ocultos,
sutiles susurros de visillos
murmurando con las ventanas
abiertas.
El cosmos nunca calla,
dice con su lenguaje
hablas desconocidas,
gimen los árboles,
conversan las hojas,
un mundo inerte grita,
discuten Vida y Muerte.
El silencio rotundo
entre los muertos está lleno
de lamentos y oraciones,
melodías de pájaros,
zumbidos de insectos,
masticar de dientes
que comen la carne putrefacta.

Silencio es falsa paz
que engaña a la boca,
mas al alma grita
la verdad de lo eterno
negada por el parloteo
de nuestras mentiras.
Silencio solemne,
místico y austero,
donde crepitan las velas
de nuestras súplicas
y la mirada perdida
hacia lo sagrado
entre paredes impregnadas
de tiempo.
Rostros en éxtasis,
vírgenes sumisas,
santos y mártires,
todos callados, pétreos,
muestran sus abiertas llagas,
suplicio hecho mueca.

Cuán ruidoso es este silencio
que no percibimos,
oídos sólo hechos
a las palabras,
ignorantes a otras voces.
Silencio de hospitales
donde hablan asientos
de salas de espera,
gemidos tras las paredes,
estruendo de rodar
de camillas por los pasillos.
Una puerta giratoria
de dolor y alegría.
Silencio en una guerra
sin tregua de paz,
tierra inconquistable.
Desterrados a este tormento
de vida,
hacemos oídos sordos
para evitar la locura.
La sangre caliente
que recorre nuestro cuerpo,
el latir continuo,
la incansable lucha
de las células
por sobrevivir.

Oh, silencio de tardes
de estío ardientes,
de frío invierno
y heladas madrugadas ,
ronco rodar de las hojas,
alaridos de viento por las grietas,
ecos del espacio infinito,
susurros tras los muros.
Silencio de lluvia lánguida,
golpear suicida
de las gotas frágiles
sobre los traidores cristales.
Aullidos en la penumbra,
silencio frenético
entre las tinieblas de la noche.
Pululan extraños seres
entre las sombras,
colgados monstruos en perchas.
Rumor de amaneceres,
chismorreo de chicharras,
anuncios de despertares
al cantar el gallo.
Romperán el sueño
los atronadores relojes.

Ay, silencio mío que se interroga
y no admite
un silencio
por respuesta.

Brilló un sol en su sonrisa

Brilló un sol en su sonrisa,
tras la espera, el corazón
estalló pletórico en el reencuentro.
Saltaba sobre una nube.
El espíritu, alegre,
danzaba sobre las horas:
el beso de buenas noches,
la paz de poder velar
sus sueños.
Los días tienen el capricho
de cambiar estrellas por soles,
alba por ocaso,
marcar con pertinaz pulso
en un calendario los meses,
dejar avanzar las semanas
hasta sonar la hora punta.
Arrastra el péndulo
las pesadas agujas de la rutina,
aguarda al anuncio de su promesa.

Otra vez sus campanas sonarán,
y volverán a poner distancia
entre dos puntos.
Alejarán del tierno roce
a unas manos,
y no poder decir al oído
vida mía, ¡cuánto te he echado de menos!,
ni sentir el abrazo de tu cuerpo
aún inmaduro,
la frágil materia de tu inocente
alma
cubierta por la coraza
de tu pureza.
Eres el reflejo del sol
sobre esta estancada agua,
alumbras con destellos
su fondo oscuro.

Dejaron en la laguna
tristezas, miedos,
desengaños y dolor,
vino la noche y trajo su soledad,
Ahora intenta retener la luz
de un fuego que busca en ella
su refugio,
abrazarlo entre estas frías ondas
que levantó la madrugada
y retenerlo al calor de su útero.

Frente al espejo

Frente al espejo
el rostro se mira
la calavera que será mañana.

En el vítreo de ese estanque
hará opaca arena el tiempo.
La boca que gesticula
será mueca pétrea
de una máscara.

Nada es este reflejo,
¿por qué será vanidoso
este Narciso?

No pretenden estas palabras

No pretenden estas palabras
la vanidad de ser sostenidas
por el tiempo.
No temen que las destruya
el bramido de otras voces.
Aspiran, como mucho,
a volar sobre una hoja
que pronto secará el otoño.

Las muertes de Goethe


Mientras duermo, nada pasa,

pasa el tiempo y el mundo

sobre mí

sin enterarme.

Dicen que es muerte dormir,

pues dormir quiero.

 
(I)

Ha llegado la noche,
se encienden las farolas.
Brillan hoy más las luces,
los semáforos y los faros
de los coches,
los letreros luminosos.
Ha caído una fina lluvia
que aviva los colores,
hasta el negro asfalto
parece un río con sus peces.
Las terrazas están desiertas,
las sillas de plateado metal
humedecidas por el agua.
Recorre el aire
una delicada melancolía,
por momentos callan las voces,
los cláxones enmudecen,
la noche se entrega
al hermoso espectáculo.
Solitarios caminan
a destinos invisibles,
mi ventana está abierta
entra el mundo limpio,
sosegado, a la espera
de su estreno.
Mi estancia está a oscuras,
se inunda su mar sombrío
de reflejos multicolores.
Hay un silencio que grita
en su muerte,
¡vida, más vida!

(II)

El tiempo se comprime
en su esfera,
atrapa con sus agujas
las alas del alma,
nos cierra los ojos a su locura,
deja en los labios la protesta,
seca la boca en su angustia,
hace un nudo entre los dedos.
Abandonados, deja el destino
en nuestras torpes manos
que, indefensas a su martirio,
se aferran a un hilo corto.
Fue lucha perdida ir
contra el reloj y sus segundos.
Hasta en el silencio
sigue su mandato.
Jalea nuestra calma
con su perpetua orden,
tic, tac, tic, tac, tic, tac...
En la agónica entrega,
sabiendo el final del combate,
la mirada desesperada busca,
clama, tiempo, más tiempo.


(III)

Vaga en este vacío aparente
el caldo de nuestro aliento,
lleva el viento el rumbo
por inesperados territorios,
veleta que a su capricho marcó
la dirección.
Las voces, los suspiros,
los sollozos,
las risas y susurros
son abatidos por sus lanzas,
desgarrados los sentidos
y sus razones.
Las palabras se ignoran
y el mundo asiste perplejo
a la repetición de un mismo
discurso.
No bastaron las letras
para mostrar ante nuestros ojos
la realidad sin trampas.
Todos ciegos y mudos
balbuceamos las mismas consignas.
Tanto esfuerzo respirar
el gas que nos contiene,
que llega a los pulmones
trepa a la garganta
y brota el caño de la boca,
salada agua que nos deja
sedientos.
Tuvo que llegar la muerte
a nuestra casa derruida
y, sin tiempo ya,
gritar sin voz,
aire, más aire.

Durmiente princesa

Durmiente princesa,
dios Morfeo,
neurosis onírica freudiana,
somnífero reposo,
sonámbulo entre brumas
fantasía, quimera,
enigma de nuestra vigilia,
placer divino,
simulacro de muerte,
ay, ausente mundo,
virtual e icónico,
acoges nuestro ser
en tu útero maternal
para luego sufrir
el doloroso parto
a la realidad de cada día.

Entró el otoño

Estremece el aire de sus mañanas.
Anunciaron las tardes
la llegada del otoño.
Amanecía el campo
con gotas de rocío,
empañaba los cristales en la noche
el frío relente.
Hay una calidez en la luz del sol,
entregada al nuevo día,
el tránsito de unas horas calmadas.
Cayó vencido un ejército
de rayos,
sus afiladas lanzas rotas
se rinden a la frescura
de una estrenada brisa
que traen los ecos del otros combates:
tardes de lluvia y viento,
torrentes huyendo por las alcantarillas,
relámpagos entre las negras nubes
y, al ceder la tormenta,
el fulgor de un gris asfalto.

Llené mi casa con rejas

Llené mi casa con rejas
y cerrojos,
fijé a las paredes los muebles,
puse entre algodones
lo de más valor
para descubrir que nada
será para siempre.

Miro hacia el ocaso
y me recreo en sus puros contrastes
de rojos, azules y malvas,
los rayos que aún se resisten
a ser tragados por las sombras.
Siento su belleza eterna
aunque sé que fugaz.
Inadvertida,
llegará la oscuridad de la noche.

Algún día acabará todo

     (I)

Algún día acabará todo,
las preocupaciones de la rutina,
los proyectos de los años,
la mirada hacia la difusa línea
perfilada en el horizonte.

     (II)

El bosque frondoso que soñamos eterno
es árbol de hoja caduca.

     (III)

Se borrará la vida de repente,
como apaga la vela
la corriente de aire.

     (IV)

Sabemos que en este jugar
no tendremos ganancia
ni habrá vencedores,
seremos derrotado ejército.

En este viaje perderemos todo,
memoria tránsfuga
que acabará en olvido.

     (V)

El edificio levantado a duras penas,
o por una gracia de suertes,
será ruinas que arrasará el viento,
desierto el océano de nuestras lágrimas,
conquista inútil la lucha y rabia
en combates absurdos.

¡Todo ya está perdido desde su inicio!

     (VI)

No serviremos ni siquiera
para ser historia
de un libro incunable,
repetido relato oral,
eco que al final se extingue .

     (VII)

Decoramos esta existencia,
la vestimos a nuestro gusto
o más bien nos ajustamos
el traje de su diseño.

No es que seamos muñecos
de trapo en sus manos,
oponemos resistencia
con un duro armazón,
que se funde a su mínima llama,
barro entregado a su leve roce,
materia firme convertida en ceniza.

     (VIII)

Nos cuesta reconocer
nuestra fragilidad,
el hilo que fácilmente se quiebra,
arena seca por la marea invadida,
tímida gota frente a la ola.

Sueña el recién nacido

Sueña el recién nacido
con el apretado abrazo del útero,
el cobijo cálido de su regazo,
con los ecos profundos de un universo
cercano aunque foráneo,
con las voces y los sonidos
que le custodian.
Somos fetos en el vientre del cosmos,
¿qué ecos nos llegan?,
¿qué entorno nos habla?,
¿qué madre nos protege
y nutre?,
¿qué misma sangre recorre
las venas y órganos?
Sentimos la necesidad,
una vez alumbrados,
de buscar la leche de su teta,
de oír el latido reconocido,
la dulce y melodiosa voz
que nos cantaba una nana.
Inocentes ante este enigma,
anhelamos siempre la memoria de su refugio
el amparo para nuestros miedos,
el abrazo que nos conforte y tranquilice,
el recuerdo de un perdido equilibrio.
Volver a fluir ligeros
en su armonía y amor.
Volver al hogar
del que fuimos expulsados.