Compañera del alma (I)


Es, a veces, ridícula,
a veces dantesca,
solemne,
anónima.
Unas, sobrevenida por enfermedad,
otras, sin respeto a la buena salud,
precipita los cuerpos al vacío.
De un segundo a otro hace pasar
de la fortuna al infortunio.
Por mano ajena o propia,
algunos se saltaron el turno
que ella preveía.
Por presentarse temprana,
algunos se convirtieron
en mitos o héroes,
glorificados por una proeza,
hechos leyenda o dioses
de una religión.

Cuántas veces cayó sobre
los intachables de conducta,
antes que acabar
con crueles asesinos.
Otras veces inadmisibles,
maldecidas,
lloradas por todos
o sin una lágrima de nadie.
Unos, recordados con admiración
durante largo tiempo,
otros, odiados por siglos,
demasiados olvidados.
Compasión despiertan
sus víctimas inocentes,
hasta envidia sembraron
en muchos corazones
las honorables despedidas,
agasajados con gran boato
y luctuosas ceremonias.
Bien contentas dejaron a sus estirpes
aquellos que partieron
y les dejaron su riqueza.

Casi nunca deseable,
si acaso aceptada y confortadora
para quién llegó a ella
cargado de años,
en su cama, rodeado de los suyos.
Triste la del infante,
incluso el no nacido,
pues ya prendía en el seno
la llama de la vida.

Todos comulgan de ella,
en el mismo instante
frente al tiempo infinito,
aunque en nuestro cronómetro
vayan, unos de otros, tan alejados.
El suelo tiembla bajo nuestros pies,
las certezas se desmoronan
al verla de cerca.

De pequeña sabía llegar a casa

De pequeña sabía llegar a casa
con los ojos cerrados,
enfilaba la calle,
pasaba de un bloque a otro
hasta que mis pies
reconocían su objetivo.
Subía entonces las escaleras
sin contar piso ni peldaño
y, ajena a sus cálculos,
mi mano llamaba a mi puerta.

Hoy, con los ojos bien abiertos,
dudo de mis pasos,
cuando llamo a casa
abre siempre gente desconocida.

Ay


Pone en nuestra boca un ay,
un quejido, un aullido.
Vuelve del revés la razón
cuando enseña los dientes.
Somos, entre sus garras,
la frágil materia
que algún dios hizo,
quebrados huesos, lacerada carne,
firme tronco que cede
a su uncido yugo.
Clavados por sus saetas,
nuestra fortaleza sucumbe,
vejada, no se reconoce
en el espejo.

Viene cuando quiere
o el azar le da permiso.
Con sigilo, a traición,
se hace paso entre la clandestina
oscuridad
de nuestras oquedades.
Va labrando la herida
que, al llegar a la médula,
nos descompone
en mil de pedazos.

Si su ataque tuvo un resquicio
de compasión,
dejará un flanco por donde
escaparnos
y retornar al remanso de felicidad.
Pasada su ira,
apreciamos entonces mejor
los sabores,
más claros los matices.
La luz de su ausencia
ilumina la sala
con cálidos y hermosos rayos.

Entregó de nuevo al cuerpo
su dominio perdido.

Poco tiempo
tenemos su descanso,
por necedad nuestra
o por su capricho.
Más que cualquier riqueza
es la salud con los años
el mejor deseo
y mayor don.

Viene en ocasiones
con violencia extrema,
desgarra la piel sin miramientos.
Si no cadáver,
entrega a la vida
un moribundo.


Dolor amigo fue
el que nos hizo más fuerte,
aquel que, evitándonos el peligro,
nos advertía de su fuego,
anuncio preceptor
para nuestro cuidado,
medida fiel que distingue
lo único verdadero.
El alivio del peso de su martirio
da valor al gozo.
Dolor aquel inhumano,
perverso sin motivo,
clava y desgarra,
se ensaña en su empeño.
¡No hay alma que con él
se purifique!

La valentía será
arma débil mas necesaria.
La vida nos exige esa prueba.
 
Ayes de nuestras entrañas,
dadnos en vuestra furia
la justa lucha.
No sois dioses sino demonios
si no guardáis en un rincón,
para la víctima, un mínimo de caridad,
la dulce analgesia
de la inconsciente devastación.
Con tan vil acto
no sólo pretendéis herirnos
de muerte,
sino que supliquemos,
humillados, vuestra clemencia.

¡Ay! Bendita sensatez
que nos avisa de los errados caminos
pero, ¿quién nos salva
del ladrón que nos acecha
para robarnos lo más preciado?

Amados y odiados dioses

Amados y odiados dioses,
nos disteis la vida,
el alba a nuestros ojos,
tiempo a la memoria,
conciencia a nuestro ser,
olvido para el sufrimiento.
Pero hicisteis los placeres
efímeros,
y nos acechan las desgracias
a cada paso.

¡Oh, omnipotentes dioses!
aplicad vuestros mandamientos
a vosotros mismos.
¿Acaso la voluntad del hombre
debe ser más firme y noble
que vuestra fortaleza?
Pues entonces, si pusisteis
el deseo en nuestros labios
con promesa de su goce,
¿por qué tan pronto
se acaba su disfrute
y el dolor viene al encuentro?

Recordad, lo que se da
no se quita,
y, sin embargo,
¿la vida nos arrebatáis?
Vuestra palabra, no tiene crédito.

Lástima


Triste es nuestro caminar
que lamenta tras los obstáculos
de nuestro recorrido
no haber demorado el descanso
allí donde el paisaje
nos ofrecía lo más bello.


Menospreciamos el caudal
de aquel río, seguimos
la ruta con paso rápido,
ansiosos de llegar a una meta,
llevados a ciegas por un impulso,
que impone seguir el trayecto
sin pausa, ignorantes del valor
de lo que abandonamos
por la urgencia de la conquista
de un prometedor futuro incierto.

Demasiados ramajes y arboledas
nos hacen subir a la cima,
buscar en el horizonte
hacia dónde dirigirnos,
y olvidamos el disfrute del entorno,
saborear los frutos de esa tierra
entretenernos en su deleite.

No vayamos a marchar pensando
que, a la vuelta, aún
estarán pendidos en sus ramas
y encontremos sin hojas
el árbol que hacía sombra en el recreo.

La vida con los años
nos reconfortará
si en cada estación
aprovechamos su cosecha,
riqueza que la fortuna
prestó por un tiempo.
Es el fin de nuestro existir
no la muerte, ni alcanzar
ningún reto marcado,
sino tomar con los brazos abiertos
los presentes
que ligeros marchan,
sujetos al caduco devenir.
Andar por esa senda
con los sentidos atentos
y despierta la razón,
aprovisionar las viandas
que serán el alimento preciso.

Puede que mañana echemos de menos
aquello que dábamos por sentado,
y esperábamos no faltaría
por todo el territorio.
Ignorábamos las dificultades venideras,
el árido terreno que esperaba.
Tarde lamentaremos tan gran descuido.
Lástima.
Ahora ¡cuánto añoramos
aquel cálido remanso,
generoso se ofrecía sin precio!

Queremos hoy agotar esos víveres,
dedicándoles todo el tiempo,
ese, que cruel anuncia
que ni retorna ni se dará
mucho más de regalo.

Lo perdido no tiene ya remedio.
Lástima de este engaño.

Querido amigo


Querido amigo, no vienes
a preguntarme por tu juicio,
sino por el juicio que otro
hizo de tus actos.
Das a su censurado argumento
más crédito que al tuyo propio.
¿Quién mejor que tú
sabe de tus virtudes y vicios,
el por qué decidiste de ese modo?

No hay nada que empuje más
la dirección de nuestra voluntad
que el motor de sus razones.
Aunque parezca que el juicio ajeno
es más objetivo,
no deja de tener las mismas lindes,
ese complicado territorio
de las opiniones particulares.

Querido amigo,
en la decisión están implícitos
error y acierto,
mas el carácter que se obceca
en ser reincidente
se acostumbra más al arrepentimiento
que al diagnóstico,
y, obligado a la acción,
no le queda otra
que sacar conclusiones
una vez llevado a cabo el propósito.

Aprender que el mayor error
es la inclinación de nuestros vicios.

A veces es como


A veces es como si se hubiese
apagado la luz de la habitación
y en la oscuridad creyeras
que el mundo ha desaparecido.
Percibes algo cercano a ti,
pero es entonces
aún más grande
la negrura que te rodea.

A veces es como si el cielo
hubiera perdido su intenso azul
que los días nublados fueran continuos
y no rompieran en lluvia
las negras nubes,
aunque sólo fuera para limpiar
el aire que respiras.

A veces es como si existieras
en el mismo vacío
y caminaras por un espacio
extraño,
donde nada reconoces.
Casi inaudibles, te llegan las palabras
que sólo parecen ruidos.

A veces intuyes el fracaso
de tu contento,
pues sabes que la felicidad
es intentar hacer
un puzle donde siempre
faltan piezas.
Es una sed que no se sacia
si no dejas beber a otros
del mismo vaso.

A veces olvidas
que son necesarias las ilusiones,
creer alguna mentira,
como confiar que el sol siempre sale,
soñar que las cosas son posibles,
y que, para lo imposible,
están los milagros.

A veces es como si tuvieras
que aferrarte
a una fe ciega,
apretar con fuerza en tu pecho
la esperanza
y esperar
y esperar
y esperar,
con los ojos ávidos de horizonte
en busca
de alguna señal de promesa.

A veces sabes que es un privilegio
sentir en esta ceguera
el tacto y olor de alguien
que camina en el mismo laberinto.

A veces es como si
al despertar no supieras
si aún duermes y te hallaras
dentro de su mundo caótico
donde se hubieran roto
todas las normas
y convivieran sin respeto
lo adecuado y su contrario.

No hay dios en los sueños,
solamente demonios y monstruos
y, a veces, pocas veces,
una luz infinita llena ese oscuro
territorio,
nos inunda su fuente de amor
y sentimos la plenitud eterna.

Hay en el bosque


Hay en el bosque árboles recios,
de tronco firme y densa copa,
árboles vigorosos,
de madera noble,
hermosas columnas griegas.

Hay en el bosque árboles
enfermos con escuálidas ramas,
de hojas mustias y secas
que, rendidas, se suicidan
precipitándose sobre la tierra.

Hay árboles con deforme cuerpo,
desviados de su eje,
flácidos, sin resistencia.
El más leve embate del aire
amenaza tronchar su frágil tallo,
doblegarlo, tenderlo al suelo,
vencido, humillado, herido
de muerte.

Los hay pequeños,
de pecho ancho
y grueso tronco,
otros alargados, infinitos,
elevados hacia el cielo
en un mar de esmeralda.

Árboles perfectos
en sus formas,
líneas armoniosas,
medidas que responden
al canon de belleza.
Un ejemplar de libro,
el molde para los otros.

¡Ay, qué sublime placer
nos otorgan los floridos!
Esparcen sus agradables aromas
y tan maravilloso espectáculo
engrandece paisaje y espíritu
pues parece que estemos
en el verdadero paraíso
y, como tal, nos ofrecen
el manjar delicioso de su fruto.

Pero, de todos ellos,
hay unos que atraen
nuestra mirada,
dignos de respeto y admiración,
son aquellos que, sitiados
por un ejército enemigo,
controlan y dominan su comarca.
Quedan apartados, desprotegidos
expuestos a la intemperie,
exiliados.

A veces, prisioneros otros,
sin la luz del sol,
bajo la tétrica sombra
de sus carceleros.
Llevan sobre sus cortezas
las huellas del sufrimiento.
De valeroso carácter,
ante el desastre se crecen,
demuestran su gran fortaleza
y persisten en vivir
con inquebrantable empeño.
Frente a todos los peligros,
se superan y se enfrentan
a la adversidad,
entregados hasta el último aliento.
Fueron capaces de resistir los envites
de la fortuna
y, cuando volvían a levantar
con orgullo la cabeza
ante la vejación y desprecio,
la suerte alteraba de nuevo su calma,
la vil mano del hombre
venía a hacer de su desgracia,
leña.

Cuántos desgraciados
buscaron los tibios rayos de sol
y encontraron la fuente seca
por culpa de la avidez
de los más fuertes,
que se saciaban olvidando
la sed de sus semejantes.

Sucumbieron algunas
de sus ramas,
amputadas por salvar
lo fundamental del cuerpo,
inmoladas, a veces, en el filo
de la carretera.
Los monstruos mecánicos,
cercenaban algunos de sus brazos,
tullidos, luchaban por defender
su territorio al pie de combate
con convencida entereza.

Muchos pobres infelices
tuvieron una infancia difícil,
huérfanos, expuestos
a los más grandes perjuicios.
En lugar de ceder
a la vil degeneración,
mostraron mayor bondad.
Sacaron fuerzas de donde
apenas ya les quedaban.
Pudieron alcanzar edad madura
y gozar de una digna vejez.

Cuántos merecen nuestra compasión,
cuántos débiles necesitaron de muletas
o la dirección correcta de una guía,
para que no se perdieran por el sendero
de los vicios.

Hay árboles que parecen humanos,
bestias o ángeles,
árboles solitarios,
ermitaños que viven libres
sobre una colina,
entre hierba salvaje.
Otros, en cambio,
en campos de cultivos
del dorado trigo, surgen
igual que un encantamiento,
una revelación,
un milagro que da sombra.

Dios bendiga a aquellos
de camposanto y monasterio,
los místicos,
ascetas y oradores
de nuestras almas.
Hermosos árboles que bordean
la ribera de un río,
hojas de blanco envés,
que, con el viento,
dibujan destellos en el horizonte.

Árboles que nos protegen,
cierran un territorio,
refugio ante el enemigo.
Perdidos en su maraña,
hallamos en un claro
la cabaña que nos acoge.
Fue arboleda que ocultó
la cueva que nos retuvo
en la ignorancia
y de la que salimos
en busca de la verdad.

Hay bosques de árboles milenarios
que callan la memoria
de un ancestral pasado,
y otros que gritan
los horrores de nuestra historia.

Árboles con los que sentir
la íntima comunión con la vida.
Al abrazarlos,
nos penetra su savia,
el arraigo de un ignoto universo.

Amigos, queremos oír
vuestro respirar,
el arrullo de vuestras ramas.
Bramad vuestro particular oleaje.
Vuestros aullidos de jauría,
almas en pena,
gemidos en la noche,
son sólo reflejo de nuestros miedos,
pues sois cobijo de hadas,
hábitat de insectos y aves,
simios de nuestra herencia,
serpientes de nuestros pecados.
Cantos de querubines
y leyendas,
espíritus protectores
y maléficos.
Unidad que concentra la materia
viva e inerte.
Sois parte y todo,
intermediarios entre los seres
terrenales y divinos,
papiro de enamorados.

El crepitar de vuestro fuego
es música celestial,
embeleso de nuestras quimeras,
luz de conocimiento.
Son vuestras raíces,
arterias que recorren las entrañas
del mundo terreno
y vuestras ramas sueñan
con alcanzar la eternidad.

Árboles, vuestro manantial
está en las nubes
y a vuestros pies, plantados,
germinan las semillas de la vida
en constante transformación.