La mujer arrastra el carrito

  La mujer arrastra el carrito
hasta el banco donde otras
jóvenes mujeres hablan 
mientras vigilan a sus alborotados críos.
La mujer atiende a la personita
que carga en el carrito
Son blandas sus piernas
y su boca no grita como los niños,
balbucea algunas palabras.
No brillan sus ojos
ni es tierna su piel,
que es ya dura corteza.
Distraída con la vida,
quietecita en su carro
va la anciana.

De nuevo regresa esa negra nube

 De nuevo regresa esa negra nube 
que se aferraba al horizonte.
De repente, suelta con ira
su tormenta.
Ha salido de su aguacero
todo el polvo recogido de siglos.
Rompe cristales y caen sus esquirlas
contra la tierra seca.
Abre abismos de charcos
y esparce la pringue de su ponzoña.
No hay donde guarecerse
de estos truenos y relámpagos.
Encienden la protegida sombra
y salen espantados los monstruos ocultos.
Brota con furia la indomable malayerba,
alimentada con el maná de su lodo.

Hastiado en este mundo imperfecto

 Hastiado en este mundo imperfecto,
entre desaliento y acidia,
ir mal ajustado.
Sensato por nada ni por nadie,
insidioso, descuidado,
tortuoso propósito,
ser préstamos del padre.
Tres señales como indicio del tiempo,
párrafos y capítulos,
y de una sola pieza sin mayores limitaciones. 
Aunque los sabios no estén de acuerdo,
ser en todo coherente y señero
hasta alcanzar las orillas individuales.

Cuando Dios creó el universo

 Cuando Dios creó el universo
no lo hizo para que alguien lo admirara.
En su soledad, la inquietud
se hacía insoportable
y sus dedos necesitaban inventar
un mundo para nada,
simplemente por hacer algo 
con las horas muertas.

La mujer de la mirada triste


Qué triste está, callada,
la mirada perdida.
Él, a su lado, ajeno,
en su mano un móvil
que lo distrae con una canción
de un tiempo pretérito.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Ella, ausente, en los labios 
una mueca imprecisa.
Deja reposar sus manos sobre la falda.
Callada, tan callada y triste.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Por el sendero enlosado del río, 
huyen las lagartijas, 
ligeras como plumas llevadas por el viento.
Levantan sus cabecitas
para enfocar mejor su corto horizonte
y escapar de los pasos amenazantes.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


En el olvido los rostros y los nombres,
anónimos que cruzan por delante
del banco donde descansan sus soledades,
simple aire que se mueve impasible
entre su vacío.
Danza de lagartijas, 
surgen de todas partes
estas ingrávidas bailarinas,
saltando al precipicio,
asidas a la hiedra del muro.
Algunas perdieron su cola de tul,
mutiladas como la sonrisa 
en aquellos labios,
difusa como su mirada.

Por la ribera del río 
la tarde se aleja,
lánguida igual que un deseo,
abandonado por las marañas
de un dolor afilado.
Entre estallidos de luz infinita
que las nubes ciñen 
a sus voluptuosos cuerpos,
el sol se deshace,
como las almas
a través de las sombras.

Barreré mis lágrimas caídas

 Barreré mis lágrimas caídas
sobre el suelo
como una pelusa más.
Basura que tal vez se transforme
en brasas de un fuego,
en ligera pluma danzando por el aire,
en gota de nube que caiga 
en el desierto de un mar de tristeza.

Es un cactus que crece en el pecho

 Es un cactus que crece en el pecho,
un gusano que roe el corazón ,
una larva que hace nido en las entrañas,
una bacteria hambrienta,
que devora la calma y la razón
y deja sus desechos sobre los pensamientos.

En la estancia el recuadro de la ventana

 En la estancia el recuadro de la ventana
delata en la oscuridad
la mínima expresión de luz
que traspasa las dos rendijas 
de una persiana bajada.
Alguien espera en el salón
a que este cuerpo se estire
entre las sábanas.
En el desvelo, ruidos de los vecinos
sobre su cabeza,
bajo sus pies.

No se cansa el padre

 No se cansa el padre
de columpiarla,
de subirla a la tirolina, 
de esperarla al final del tobogán,
de balancearla sobre el tronco de cuerda,
de darle vueltas en la rueda giratoria.
No se cansa el padre
y la niña ríe
y parlotea con la voz tierna
de las palabras recién estrenadas.

Me cruzo con la mujer de la mirada triste

 Me cruzo con la mujer de la mirada triste.
Siempre un paso atrás del hombre
que le acompaña.
Pasean por el lado del río
hasta el banco que hay frente
al tanatorio.
Allí se sientan,
ella ve pasar a la gente,
él se distrae con la mirada agachada.
De vez en cuando se dicen algo
y regresan a sus silencios.
La mujer de la mirada triste
lleva un paso cansado
y en su rostro un mueca impávida.
Sus labios cerrados,
qué grito contienen,
qué dolor lleva sobre su espalda.

Se ha oscurecido el mar

 Se ha oscurecido el mar.
Parece una plancha de asfalto,
frío, duro y brillante 
como luna de espejo
donde se reflejan los rostros
de los cuerpos ahogados.
Engañados por su transparencia,
no advirtieron el abismo del azogue.
Guarda una calma extraña
su mansa superficie,
en su oculto fondo 
se retuercen las olas prisioneras 
de contrarias corrientes.
Se ha vuelto amargo su sabor,
escupe a la orilla la sal 
convertida en granos de café, 
untado de acíbar su lecho,
y sus lenguas son ásperas.

Los amables cuadrados y círculos,
las formas de infinitos puntos,
líneas y curvas,
ondulaciones y espirales,
el zig zag de los caminos,
no tienen sentido sobre las aguas
de este océano transformado en estanque,
un recogido lago entre montañas,
tan áridas y grises como su frío líquido.
Y su profundidad fúnebre
está llena de cieno.

El cuerpo tiembla con tan solo
mirar su horizonte 
y saber que debe atravesarlo
olvidando los monstruos
que amenazan en su seno.
Los tentáculos de las algas
serán trampas que atarán
sus pies y sus manos. 
La boca abierta intentará buscar 
un soplo de aliento,
mientras su veneno se adhiere a la piel.
Encontrará miles de obstáculos
para dejarlo morir,
luchando.

El parque arde bajo este sol eufórico

 El parque arde bajo este sol eufórico 
de haber vencido 
la persistencia de las nubes
por arrebatarle el azul del cielo.
Brillan las metálicas cortezas 
de los coches sembrados 
como hileras de árboles 
de un bosque
y las hojas de sus cristales
son lanzas de un vigoroso fuego.
Van dos caminando por la senda del río
y parecen humo creando formas difusas.
Una chica joven se cobija bajo
la sombra del tobogán,
se hace un ovillo sobre su móvil
encadenados regazos
La embrionaria tarde guarda silencio
para dejar oír el piar de los pájaros imberbes.

Un gorrión erró la trayectoria
adentrándose por una ventana abierta.
Preso de pánico, agita sus alas,
busca la salida con desesperación,
va dando palos de ciego
hasta acertar y encontrar la boca
y escapar como palabra liberada
de la cárcel del pensamiento.
¡Qué respiro encontrar
de nuevo el aire
para su vuelo!

De todas estas sonrisas esbozadas

 De todas estas sonrisas esbozadas
en el escaparate de las bocas,
cuántas muestran la luz clandestina 
de sucios tugurios
–atrapado secreto entre dientes–,
la marcada curvatura en los labios 
de una fingida alegría,
aprendida frente al espejo
de los ajenos iris.

Hoy comienzo

 Hoy comienzo,
ahora comienzo.
Repetiré algunas cosas,
hábitos que se niegan a desprender.
Olvidaré mucho y tomaré
algo distinto.
Aun vestida con otras prendas,
diferentes tejidos, tal vez
veas cierta semejanza.
Es error de inexpertos ojos.

No son capas superpuestas,
son pétalos de nueva floración.
Nada se fija si no hay suelo,
ninguna planta crece si sus raíces
flotan sobre vacío.
Hasta el nenúfar bebe del lodo.
Es un destello volátil,
un beso del sol.
Sin embargo, un cuerpo es polen
que lleva el viento,
bebe de un río, mama de un trozo de tierra
y sin reposo continua su deriva
por desconocidos territorios.

No echamos ancla en el mar del ayer,
quedan ondas escapando al infinito.
No necesito datos que confirmen,
solo este mismo corazón que palpita
con otras células, con otra sangre
que riega recién nacidas flores 
del pensamiento sin residuos.

Quiero ser hoy, ahora, en este segundo,
sin un reflejo estático, forjado
sobre hierro o barro endurecido.

Los charcos ya no tienen renacuajos

 Los charcos ya no tienen renacuajos
y las cajas de cartón no ven crecer
gusanos de seda.
El sol ha secado la piel del agua
la ha convertido en cieno
por donde se arrastran medusas sin ojos.
Sobre la tarima, detrás de la mesa,
aguardan las latas vacías.
Saltaron las ranas al abismo del fondo
y olvidaron las mariposas nacer,
atrapadas entre hojas secas y podridas
por el abandono.

La centrifugadora está en marcha

 La centrifugadora está en marcha
aunque no escuches su ruido atronador.
El mundo se ha vuelto del revés,
muestra las larvas que ocultaba
bajo su corteza.
Gira con fuerza sin notar
que vas cabeza abajo.
Detrás del ojo de buey 
los colores se convierten 
en una masa oscura,
parece llover y su espuma blanca
acaricia el cristal que los atrapa.
Locos que giran sobre sus mismos pasos,
arrastrando los pies,
corriendo con las manos,
ciegos los ojos.

Qué mejor idea

 Qué mejor idea
que un parque rodeado de ojos.
Protegidos del mal,
acunados por las alas de los ángeles,
que jueguen tranquilos
estos seres frágiles.
Que nadie los toque
con sucias manos, 
que nadie los mire 
con inyectada sangre.
No le roce el aliento
del demonio que emponzoña
la carne virgen.
Que solo los acaricien 
los besos del aire
y los abrigue el amor y sus cuidados.
Que se arranquen los monstruos
de sus sueños inocentes.
No hay suficientes vigías
ni brazos que los amparen,
cuando el mal los acecha,
Ciegos quedan los ojos 
de estos cristales transparentes.
Antes se rompan en mil pedazos
y les atraviesen las entrañas
sus afiladas esquirlas, 
reviente su cráneo
con tan solo pensarles.

Ya no soy, ni seré

Ya no soy, ni seré,
soy y dejo de ser,
y volveré a ser.
Quizá nunca soy, pruebo a serlo,
y cada instante soy otra,
una nueva versión.
No soy aquella, ni sé quién fue,
entre las marañas del tiempo
son imágenes deformadas.
Hay un ansia por recobrar
aquella instantánea,
sus bordes y su fondo,
su trascendencia,
un lugar primario, simple,
pequeño.

Has pisado la línea del tiempo

 Has pisado la línea del tiempo,
funambulista sobre una cuerda,
intentas mantener el equilibrio.
Un mal paso, un soplo de aire,
el cálculo errado y se produce
la caída.
Has entrado en el tiempo.
Un día volverás al vacío
de donde viniste tras dar un mal paso.
Pisaste la línea discontinua.
la eternidad te espera de nuevo.
Tiene una paciencia infinita.

Escenas de críos (5)


En la oscuridad de la noche
las farolas iluminan el parque
con sus cacharritos quietos y silenciosos.
Nada queda de la algarabía de la tarde.
Ronda un aire de tristeza o melancolía
entre estas sombras.
Descansa de la brutalidad de los niños
que lo maltratan probando
su valentía y su fuerza 
contra su desafío de hierro
y sus seductoras artimañas.
Se apaga su colorido,
sus párpados se cierran,
solo los miran estos ojos del cristal
de las ventanas
donde cayó también la noche.
Solo alguna lámpara aún observa
y ciegas están las demás,
tras las cortinas y persianas.

De vez en cuando, se asoma
una luna ya vieja.
Añora jugar con el río
y traviesa se escondía 
tras la arboleda de su ribera.
Hoy pasea por este cielo
abrazado de montañas,
lleva su lento y cansado paso ,
atado al tiempo que atrapa el olvido 
para crear los sueños al alba.
La tierra suspira y exhala su aliento
de yerba fresca.

Nada, dice el parque, duerme.
Hasta mañana, si así Dios dispone.



Escenas de críos (4)


Una niña se desplaza
por la pista con sus patines, 
se siente como una bailarina, 
eleva los brazos,
da alguna voltereta,
levanta un pie,
rueda sin auditorio ni aplausos.
En los márgenes,
sentados en los bancos,
charlan y observan los mayores.
También los adultos se divierten
y vigilan.
Va cayendo la tarde, 
en breve, todos regresarán a casa.
Van marchando.
Una ducha, la cena, un cuento tal vez,
un rezo y el beso de buenas noches.
Agotados caerán en dulces sueños.

Escenas de críos (3)


Cae de la rueda giratoria un pequeño.
Se ha golpeado en el costado,
llora y va hacia la madre que está
sentada en un banco del parque.
Lo espera, lo recibe tranquila
lo coge, lo abraza.
Le sube la camiseta 
para comprobar el daño.
No ha pasado nada,
queda cobijado el pequeño
en el regazo de su madre.
Y regresa al juego.
El mundo sigue su orden.


Escenas de críos (2)


No sabe apenas andar
y coge un patín con tal maestría 
que sorprende.
Esta niñita con destreza y gracia
se impulsa con su piececito diminuto.
Y, sin embargo, con sus dos pies tropieza.
Así son estos críos, imprevisibles,
desafiantes, pequeños dictadores, 
tan tiernos que para imponerse,
ponen sus caritas de ángeles y nos desarman.
Nos hechizan con su purpurina de inocencia.

Escenas de críos (1)


Qué éxito ha tenido el parque.
Qué concurrido está todas las tardes,
caiga el sol con todo su poderío
o refresque el aire un cielo nublado.
Madres y padres, abuelos y abuelas,
jóvenes adolescentes, niñas y niños,
todos prueban estos juguetes.

Qué locos estos críos.
Qué riesgo de golpes y caídas.
Cuántos gritos de felicidad.
Cuánto gritos de reclamos.
Cuántas lágrimas que duran, por suerte,
unos segundos.
Y al otro lado la cancha de futbol
y baloncesto,
pelotas que golpean la valla
y contra la red de protección
que con buena sabiduría montaron
para la separación de zonas juegos.

Qué espacio por conocer

 ¿Qué espacio por conocer
deja el paisaje abandonado?
¿Qué arrastró el viento
por los agujeros del frágil tejido
de nuestras pertenencias?
Permanece la muestra de un trozo,
la marca confusa de una huella,
palabras impresas en la memoria
unos recuerdos difusos, 
inventados siempre,
y tanto olvido.

Un vacío que nunca será llenado,
un objeto perdido que nunca tuviste.
Dudas y preguntas huérfanas.
Indagas en la imagen que se va borrando
y entre gruesas cortinas nada vislumbras.
Juegas a imaginar.
En el tren van los pasajeros.
Unos suben otros bajan,
algunos continúan el mismo trayecto
o hacen un cambio de agujas. 
Se sentaron juntos,
intercambiaron frases,
opiniones y banalidades.
Compartieron su comida,
un libro, un hombro donde reposar
la cabeza y dejar volar algún sueño.
Un camino y por ese camino
el amparo de una sombra,
un descanso y un adiós.

Quedaron en el aire 
muchas palabras sueltas:
¿Llegó a su destino aquel peregrino?
Su alimento llenó tu estómago,
su agua calmó tu sed,
pero el hambre volvió
y no estuvo la mano tendida. 
Aquella voz se hizo eco
disuelto en la nada,
expandida onda
sobre la planicie del lago,
hasta perderse
sobre el oscuro horizonte.

Cuántas veces habrá repetido la guía

 ¿Cuántas veces habrá repetido la guía
la misma frase?
¿Cuántas mañanas llevando al grupo
a la puerta única románica?
No oigo esa marea de voces
que llegaba hasta la orilla de mi ventana.
¿Cuántos pasos habrán cruzado mi calle
con las miradas puestas en las mismas esquinas
sobre el detalle escondido entre las piedras?
¿Cuántas horas sin ti,
aunque aún  perpetúan tus ecos
al unísono con el palpitar de mi corazón?
Sube un sol radiante
desvelando mis sueños,
entrando sin pedir permiso
entre zureo de palomas
por ahí, va rondando la vida.
Sin echarme de menos.

Agua limpia, agua limpia

 Agua limpia, agua limpia
de la fuente clara
que de la roca nace.
Agua que no corre
es agua impura.
Agua estancada que muere
atravesada por las lanzas del sol.

Debes aceptar que no quiere vivir

 Debes aceptar que no quiere vivir 
aquella etapa.
Probablemente. 
Si eso es así,
¿qué remedio? Acéptalo.
¿Acaso tú quieres quedar como antes?
¿Por qué te obstinas en arreglarlo
más allá de guardar las apariencias?
Ella no se molestó por remover
la cuestión ni dar explicaciones. 
No te va a decir que no quiere arreglarlo.
En el fondo se ve que no quiere.
Que ella ha cambiado, es normal,
la gente con los años cambia.
¿Quién tiene la palabra exacta
en el momento adecuado?
Nadie sabe contestar de la mejor manera,
porque no tenemos un guion
como en las películas.
Chica, bájate ya de ese tren,
ten un poco de amor propio,
sé diplomática y da
en la misma medida,
cordialidad por cordialidad,
distancia por distancia,
indiferencia por desprecio.
Eso es todo, 
no te compliques
la vida.

Cada vez más recuerdos

 Cada vez más recuerdos 
acumula el pasado,
más larga la senda recorrida
por eso, por olvido o cansancio,
va dejando parte de la carga.
Suman muchos los que ya restará el futuro.
Qué lejos quedó aquel paisaje.
Se pierden de vista algunos senderos
y las huellas abandonadas
se disuelven en la bruma como un espejismo.
¡Cuántas las barrió el viento!
Pesa esta mochila
que a la espalda cargamos.
Aunque sean de aire sus pertenencias,
perdieron su fresca fragancia
y llevan la pátina de óxido del tiempo.
Entre tinieblas se vislumbra su ausencia,
ecos que se extinguen.
La voz presente sigue conjugando
sus verbos 
y las agujas continúan tejiendo
la alfombra del antes
hacia el después incierto,
hasta dejar la tarea inacabada.

Murmuran los árboles de esta ribera

 Murmuran los árboles de esta ribera,
sus altos álamos, castaños y abedules,
el tejo suelta sus frutos rojos
y esparce su veneno por el camino.
Huele a hierba recién cortada
y el río lleva su rumor pausado.
Entra una racha de viento,
agita la melena de las ramas
y caen gruesas gotas.
Se aligeran los pasos
en busca de refugio
ante la amenaza de tormenta.
El sol en el poniente foráneo
brilla contra el cristal del cielo.
Qué tarde más hermosa,
qué sendero de arena 
por donde ruedan hojas verdes
y copos de semillas.
Entre el denso ramaje cantan
los pájaros invisibles,
en la frondosa maleza el agua
se retuerce y sigue su trayectoria
sin importarle mi asombro.
Quizá por sabio se ríe 
de la torpeza de nuestra lucha 
contra el inevitable destino.

La mujer de la ventana

 La mujer de la ventana
no tiene rostro,
es una sombra.
Tras el cristal ahumado,
un fantasma que te mira.

Quiero tocar tu tierra

 Quiero tocar tu tierra,
regarla cubo a cubo,
esperar con paciencia para ver brotar
de la yema tierna el fruto jugoso.
Quiero mirar al cielo
y rogar a los dioses
me regalen la alegría de un benévolo sol,
la dulzura de una suave lluvia
y la calma de luminosas noches.
Quiero navegar tu océano infinito,
acariciada por la brisa salada,
bajo la sombra de un pino verde
y hundir mis dedos en la arena fresca.
Quiero oír el rumor
de las hojas caídas en otoño,
rodar y danzar, levantando torbellinos
con sonoridad de olas al besar la orilla.
Quiero aspirar el profundo aroma
a azahar de los naranjos floridos
y cómo compiten los jazmines
con la blancura de la luna.
Quiero bañarme de sombras
y saciarme de luz
en noches estrelladas.

Quiero soñar que el paraíso existe.

Qué senda eligió el suspiro

 ¿Qué senda eligió el suspiro
en el laberinto de las neuronas?
¿Lo llevaba la sangre y lo escupió
por la boca el corazón en su sístole y diástole?
¿Es el vómito lanzado por los pulmones
al tratar de desprender de sus redes el veneno?
¿Qué senderos recónditos del alma
llevaba el aire de la angustia, 
el miedo y la queja,
la tristeza, el cansancio y la apatía,
la rendición y el consuelo 
la desesperación en el dolor?
¿Qué indómito torrente 
arrastra el anhelo hacia el mar 
del gozo y la calma?

Entre las palabras todas,
atraviesa las entrañas 
la exhalación del ¡Ay!
exhortando la gracia de Dios.

Sobre un cielo de diluido azul

 Sobre un cielo de diluido azul
reposan nubes blancas,
preñadas de gris ceniciento.
La luz del sol
atraviesa la opacidad del aire
y el verdor de la hierba
es, al caer la tarde, más intenso.
La mirada se recrea en los prados
donde las ovejas y vacas pacen
y las semillas, frágiles y ligeras,
desprendidas de los árboles,
vuelan y se posan por los caminos 
como si fuera nieve.
Mientras, el río sigue su curso,
limando las piedras, cuna del ramaje,
al ritmo de su dulce canto.
Por sus aguas se pasean los patos silvestres
y, entre voces y silencio,
mucho vuelo y trinos de aves.

Cuando el ojo se acostumbra
al paisaje que palpita 
olvida la maravilla que,
a cada instante,
acontece.

Cuántos ecos trae el mar

 Cuántos ecos trae el mar
en el rumor de sus olas
y cuánta luz reparte por los espacios
que dejan libres las sombras.
Desde la playa el corazón navega 
los recónditos lugares eternos
y el alma juega con la arena
dejando la huella el breve tiempo.
El campo viejo y sabio 
desmenuza la espiga,
siembra las semillas
doblegado a tierra en silencio.

Deja a la vida trazar sus costas

 Deja a la vida trazar sus costas,
que la marea suba y baje
invadiendo y alejándose de la playa.

Recoge sus conchas de nácar
antes que se las lleven las olas.

Más que las palabras

 Más que las palabras,
otro lenguaje te complementa:
el gesto, la mirada, 
la boca que calla pero ríe,
esa mueca graciosa o tierna,
de desprecio, miedo, duda,
la danza de tus manos,
tu esqueleto.
El aire que te rodea inunda 
con su profuso manantial
una corriente de silencio.
Y sin embargo, ese rumor
lo delata, define sus recodos,
sus ribera y remansos,
el tropiezo sobre la piedra,
la caída a una poza,
los peces que nadan
en su fondo,
que mueven la boca
llena de ecos vacíos.

Que hable el silencio

 Que hable el silencio,
que el cielo enmudezca,
que se ahogue el grito
en la calle solitaria
mientras mi alma pasea.

Hay un abismo

 Hay un abismo.
Empezó surco,
recogía el lodo,
crecía la hierba
y lo cubría.
Con cada tormenta,
más profundo,
con cada pisada
más hondo su hoyo.

¿Cómo estarán los caños?

 ¿Cómo estarán los caños?
Estarán bajando del tejado de la iglesia
sus impetuosos torrentes,
en esta tarde de tormenta
y rayos sobre el horizonte.
La primavera trae agua
y una claridad de tul transparente
que envuelve el regalo de su paisaje.
¿Quién cruzará mi calle estrecha
entre sus muros de ocre?
Aquellos de rostros familiares
irán al compás de sus voces y relojes,
tirando de sus rutinas las obstinadas agujas
y, a las doce del mediodía, al ángelus 
cimbreará las campanas 
y habrá espanto de palomas y vuelos,
que tras el susto regresarán al cobijo 
del campanario y los huecos de las tejas.
Luna, el gato negro y blanco de María,
se habrá recogido en su casa
por la ventana siempre abierta
y llena de flores.

En mi calle en esta tarde lluviosa
habrá un silencio triste de ausencia.
Habrá desconocidos bajo paraguas
y los mismos ecos de turistas
que siguen su itinerario sin temor
a esta lluvia caprichosa y pasajera.
El telón de nubes oscuras
lo rasgará el sol a ratos 
y vendrán otras a zurcir el roto en el cielo.
Quien recorre estos añorados recintos,
pisa las huellas que llevan su nombre,
va ligero por sus estancias 
y en su fuente se recrea.
Pasea sin peso y libre,
sin el ancla de la carne 
que obliga a poner pies sobre tierra.
Va el alma con alas de libélula,
la piel erizada y el corazón alegre,
con tan solo recordarte.

De allí donde su dorada arena

 De allí donde su dorada arena
se tiñe de color castaño,
los pies se hundían envueltos
en olas y espuma,
marchó el viajero amándose mal
por buscar el lugar que ya existía.
Llevaba su aroma
engarzado al cuerpo
–no arrastra el agua dulce
toda la sal de un mar–.
Aunque otros ríos y fuentes 
lo enamoren con su rumor,
su alma recordará
la bella melodía de su nana,
la caricia del velo de su orilla.

Quísole dar la gracia el cielo

 Quísole dar la gracia el cielo
a sus tierras y a su mar.
Ofreciole a la gente su alimento
y hermosura.
Prestole al aire su sal
el beso y la caricia de su brisa.
Entregole a la palabra
el rumor de sus olas;
al brillo de su mirada, 
la plateada espuma.
Diole la firmeza de un suelo,
la amplitud de un horizonte
para soñar, para la vida.

De qué te envaneces

 ¿De qué te envaneces
si todo es un préstamo?
¿Por qué humillas 
si eres también
partícula del universo?

Te crees dios y es tu ley 
causar daño.
Has derramado sangre y lágrimas.
No habrá tal vez ningún infierno.

Has abonado el campo
con tus semillas,
del cielo bajará 
la lluvia de tu veneno
y en ti germinará su lodo.

El silencio con su atronador ruido

 El silencio con su atronador ruido
lleva las voces de un cielo
ocultas en sus apariencias.
Por su calle solitaria
va un grito que la noche
enmudece
y al soñador ampara
mientras suelta su jauría
al insomne.

¿Dónde está el alma perdida?

 ¿Dónde está el alma perdida?
En la eternidad, en el vacío,
en este aliento que sale de mi boca
para regresar a casa.

Sabías que iba a venir la carta

 Sabías que iba a venir la carta
con la respuesta, 
Sol o Torre,
nueve de diamantes o as de picas.
Un mañana, llega el anuncio,
el resultado es favorable
y ya juega la mente con creerse adivina,
que tuvo el pálpito de su llegada
cuando sabe que, de no haber venido,
alargaría su agonía tras la puerta
de la férrea esperanza.
Y de nuevo, volver a la casilla
de salida, con otro juego,
con otras fichas de colores,
con la suerte del dado, 
caer en el puente o en la cárcel.

La impaciencia sufre de desesperado anhelo.

 La impaciencia sufre de desesperado anhelo.
El reloj se toma su tiempo en recorrer
la misma distancia
y se para en las horas
y se recrea en los minutos.
Pides sosiego a los ojos que van ávidos,
a los oídos que están alerta,
al latir urgente del corazón,
a las piernas que frenen el paso.
Sueñas con acortar los días
para que llegue ese gran momento.
Sin embargo, nos retan 
y se alargan en un paseo sin prisas. 

La mano con sus dedos se estiraba

 La mano con sus dedos se estiraba 
para tocar piedra
y caías de bruces al suelo
como si se alejara el muro.
El barco ansioso creía divisar el muelle,
engañado por un falso faro,
errado el punto en el mapa,
rota la brújula perdía el norte.

Han brotado con la lluvia caída

 Han brotado con la lluvia caída.
Parecen setas sobre la yerba
estos paraguas de diversos colores.
Tarde de domingo,
claridad de suaves grises.
Dentro, un mirar hacia la calle,
un rostro maquillado de rutinas.

La vida es un animal domesticado,
dócil,  obediente,
que se entretiene mordisqueando
los duros huesos de las horas.

Ha salido el sol donde la tierra

 Ha salido el sol donde la tierra 
bebe del mar
y los ojos se contraen como
el vientre en el parto,
deslumbrados por su brillo.
Frente a sus aguas turquesas,
la tierra despierta de su abrigo cálido.
Sus entrañas beben del relente de la madrugada
mientras el cuerpo se cobija
bajo las sábanas del sueño.
Va extraviada el alma 
por sus laberintos recónditos.
Hacemos y deshacemos una madeja
de propósitos.
Al alba, revoloteo de aves,
trajín de pasos,
rodar de troncos por un río
de vida, quimera,
endiablado capricho de un sabio azar,
antes de morir de nuevo
en los brazos de la noche.
De su silencio, vuelve la risa
y la palabra
y las voces infantiles
y el zureo de palomas.
Volvemos a jugar con el día
con la promesa de ser eterno.



Una tarde es brumosa

 Una tarde es brumosa,
se cala el frío en los huesos,
roza el alma el filo de una navaja
y cortan los extremos de sus tiernos pétalos.
Rompe el encanto que entregó
la esperanza del anterior día
cuando la tarde era luminosa,
y bullía en el aire el alegre bullicio 
y la caricia de las dulces voces infantiles.
Ellos, que no saben nada de la tristeza,
ellos, que juegan inocentes
a imitar nuestros corrompidos hábitos.
Qué rápido pasarán los años
trazando la huella del dolor,
esa línea discontinua como las tardes,
a ratos tristes y oscuras,
a ratos llenas de luz y alegría.

Al lado va esta distancia

 Al lado va esta distancia
que deja pasar 
el frío de la estación
del espejismo 

No fue claro azul 
aquel reflejo en el cristal.
Engañó a la mirada inocente
la creencia crédula llena de artificios,
la letra errada del discurso.

Un sueño pródigo, juegos de magia,
creer atrapar el cielo en el charco 
y la belleza del arcoíris
la iridiscencia de un ácido.

Hablan de tu mar porque ruge

 Hablan de tu mar porque ruge,
murmura y canta un pentagrama
de olas y silencios.
Caricias de espuma,
el rumor de tu orilla,
besos de salitre y conchas
sobre tu lecho cálido de arena.

Por ser abnegado tu campo,
se olvida su hermosura,
danza de espigas,
melodías de trinos,
zumbidos de moscas.
De las matas tiernas,
bañadas de rocío,
brotan tus frutos. 
En tus entrañas se gestaron
mujeres y hombres de piel tostada.
Baile de penas y alegrías,
voces que aún resuenan,
ecos que navegan tu mar indómito
y germinan en tu noble tierra
nuevos brotes,
muerte y renacida vida.

Recorre el pensamiento un túnel oscuro

 Recorre el pensamiento un túnel oscuro,
sin aliento, perdido,
en un bosque sin fin,
por donde a veces,
solo a veces,
entre las altas copas,
entran destellos de un soñado sol.
La mirada se tiñe de sombras
y, por salir de allí, 
ordena a sus pies ir uno tras otro,
sin guía, ni norte,
porque sabe que quedarse quieta
será el abandono al abismo
más cierta muerte.
Por temor a ser olvido
cuenta sus pasos,
sigue la línea sin punto.
Sobre hojarasca no quedan huellas,
camina,
aunque haga círculos,
aunque nunca llegue.

Cuarzo

 Cuarzo,
cuarzo frío y duro con betas.
La opacidad nada en la cal de la pared,
en el ébano del cielo,
en la esmeralda del valle
y en el turquesa del mar.
Nada,
inútiles estos aderezos
que acompañan el plato que alimenta
la vida y la envenena.
En los jeroglíficos de los diccionarios,
nada.
Este dorado sol, fuego tibio o infernal,
hoguera donde arden los restos de ayeres 
y quema por el descuido de la mano
cada instante de vidrio,
nada.
Se pierden pasos entre eucaliptos
que muestran la entrada y la salida
y su horizonte vertical
no apunta al cielo,
nada.
Ni morder la hierba, ni beber la sal,
ni besar el aire que presta
las estrellas del universo.
Nada, nada.
La insípida trayectoria mata el apetito
mientras come pasos sobre un pasto
de días.
Cerrada va la vereda, triste, solitaria,
camina sobre nada,
nada en su playa seca,
nada.

Por la boca abierta de la ventana

 Por la boca abierta de la ventana
de la casa vieja
entra la hiedra con lascivia.
Recorre su lengua el vacío,
entre paredes de mellada pintura
lame algún mueble desamparado,
el podrido cadáver de una mesa,
donde quedó fría la sopa 
y el pan crio moho y gusanos.
La hiedra avanza, verde, brava,
con avaricia, 
toma la casa por el abierto espacio.
Convive con las alimañas del tiempo,
porque nada devora como el abandono.
La hiedra se instala, 
ha encontrado un camino por donde seguir
hundiendo sus dedos, 
arañando sus raíces la piedra.

Qué callada está la casa.
No le ofrece resistencia,
sumisa se entrega a su hambre.
Qué negra esa boca en la noche,
de sus dientes se cuelgan
los murciélagos ciegos.

Fue una noche en pleno día

 Fue una noche en pleno día,
un invierno en pleno verano,
un cuerpo sin alma,
ramas desheredadas de su primavera.
La nieve cubrió los pétalos caídos
y los tallos, estériles y oscuros
como huesos de un muerto,
se ofrecieron a la mirada
sin un brote, ni bulbo sobre la piel seca,
sin su promesa verde.
––Y ahora, ¿qué? ––se preguntó,
¿qué espera el que nada espera?
––¡Un milagro! ––dijo el poeta.
Y soportó el tronco su cruel designio,
seguir soñando. 

Asistimos a esta realidad

 Asistimos a esta realidad
como si de una ficción se tratara.
Los espectadores vemos caer los muertos
razonables en la película de guerra.
Esas víctimas sin nombre,
sin protagonismo,
un cuerpo herido, destrozado,
una madre con su hijo muerto,
una niña abrazada al cadáver de su madre,
atrezos de un escenario
donde los verdaderos protagonistas
tomarán las riendas y saldrán victoriosos.
Desde nuestras butacas
son muertos que no duelen,
necesarios para rellenar el argumento,
dar sustancia y credibilidad a la historia.
Y acaba la película en la paz firmada,
en un reparto de riquezas y poderes,
acuerdos de quiénes mandan y quiénes
seguirán obedeciendo.
En este caso el héroe salva la vida,
gana prestigio y su honra se propaga,
transmite a las butacas el entusiasmo del triunfo.
En los créditos, que nadie atiende,
no constarán aquellos nombres
que existen sin ser nombrados, 
nadie verá sus rostros
ni recordará su sufrimiento
en sus miradas dignas.
El dolor de esos anónimos 
no nos conmueve.
No tienen ningún papel principal.

Ha surgido de la hierba

 Ha surgido de la hierba
un parque infantil.
Después de estas lluvias de invierno,
con su columpio y su tobogán,
un artilugio del que colgarán algunas argollas
o cuerdas para los atrevidos
y un pequeño círculo giratorio,
con una barandilla de aluminio ,
para inducir sin daño el mareo.
A los pies del tobogán,
una rayuela pintada no diferencia
infierno de paraíso
en este sueño de adultos. 
Sobre un suelo de acolchado alquitrán 
de intenso azul oscuro,
se han dibujado círculos y nubes
de colores, verdes y amarillos.
Parece un claustro silencioso
a la espera de sus monjes infantes
con su peculiares rezos,
y el estruendo de los trinos de pájaros
que vendrán al maná de los restos
de sus golosinas.

Estos angelitos llenarán
de jolgorio el ambiente,
con sus risas de buen ánimo y gozo.
El reclamo de sus nombres
en la boca de sus padres,
sus gritos de guerra
y también sus lamentos y sollozos.
Hoy, aún, en este campo santo 
permanecen mudas y vacías
sus tumbas y mausoleos,
próxima está su inauguración
y dará comienzo la batalla campal
de cuerpos devorando vida.
En la contienda siempre caerá
alguno herido,
levantarán polvareda los combatientes
y en el fragor surgirá el drama de un rasguño.
Derramadas gotas de sangre
harán el púrpura camino
hasta la fuente de agua
para lavar la herida y protegerla
con una tirita.
Volverá el guerrero a su lucha
o gimoteando buscará consuelo
al cobijo del regazo de la madre,
con la sonrisa borrada de sus tiernos labios,
con los ojos tristes y enrojecidos
y los mocos sorbiendo la perdida dignidad.
Será un tiempo breve hasta recuperar el valor,
hasta regresar el ímpetu y las ganas de aventura
a su corazón intrépido. 

Ha brotado de esta hierba
la promesa de un mañana inocente
desenvolviendo la vida.
Vienen a habitarla estas almas puras.

Ha ido el sol a besar al mar

 Ha ido el sol a besar al mar
y, en su loco abrazo,
se fundió su fuego,
cayó rendido en su lecho azul.
La amante triunfal 
ondea un pañuelo blanco 
de seda y espuma.
En sus fúnebres sábanas
yace fría la noche.
¡Qué de-sol-ación!

Dejar de existir para el otro

 Dejar de existir para el otro,
a veces, sin morir.
Basta con desaparecer.
Qué fueron de aquellos
rostros y voces que rondaron
tus espacios cotidianos.
Un día la tierra puso distancia,
nuevos nombres que aprender,
otros hábitos.

Fluiste en ese mismo río
que hoy llevará distinta agua.
Qué fue de aquel mundo,
qué fuiste tú para ellos,
además de un adiós,
una duda,
un recuerdo,
un olvido,
una muerte quizá.

Se afana la poesía en abrir

 Se afana la poesía en abrir
surcos en la tierra seca.
Aguarda a la espera la nube
que vierta su fuente clara.
Enternecida por sus besos,
abandone su mirada esquiva
y brote el maduro fruto.

En el muelle duermen las barquillas

 En el muelle duermen las barquillas,
mecidas cunas sin llantos de bebé.
Es su ajuar, redes secas
con aroma a mar.
En sus vientres vacíos
anidan salitre y escamas.
Son como almas tristes
adormecidas por el campaneo
de los altos mástiles.

Qué adivina del huésped el casero

 Qué adivina del huésped el casero,
no más que sabe de sí mismo.

Desde el lugar que se mira,
deja a oscuras rincones.
Ni el cielo que desde arriba lo observa
sabe de su altura y de sus adentros,
pues el sol de un lado alumbra
y de otro deja sombra.
Cuando lo traga el horizonte
hasta su color muda
y su rumor marca las notas fúnebres
de la noche sombría.

Va esa hoja caída rodando

 Va esa hoja caída rodando
en busca de su rama 
y nunca vuelve al árbol 
donde estuvo prendida.

Al salir de la fuente

 Al salir de la fuente
este río impetuoso
vierte su caudal al cauce,
recorre su trecho,
acumula y abandona
limo sin saber
cuándo llegará su fin. 
Su agua refleja el cielo y las nubes,
las ramas de los árboles,
el vuelo de los pájaros que dan vida
y sin embargo,
se dirige a la muerte.
Aun siendo espejo del mundo,
no puede mirar su propio reflejo,
se deforma entre ondulaciones.
La roca con la que tropieza
le hace tomar desvío
o saltar
en cascadas
entre confusa espuma.
No logra ver con los ojos gotas.
Hasta que vuelve la calma
y una engañosa transparencia
le da un fugaz consuelo.
Ni siquiera ella le ofrece todo su fondo.
Hay lodo, recovecos, corrientes
que remueven la tierra
y la vuelven opaca.

En la cabeza del arquitecto

 En la cabeza del arquitecto,
por los recónditos espacios de las neuronas,
sobre el plano,
el edificio no tenía ni un hueco,
ni una muesca rota, ni piedra mal colocada
Se abrazaban y rozaban sus dendritas
con tanta pasión
que saltaban pavesas
de un fuego iluminando aquella oscuridad.
Al salir se volvían simples sombras ilusorias.
Anduvo los senderos desde el deseo y el sueño
al fracaso y la decepción.

En aquella galaxia
los astros giraban en armonía
como un reloj exacto,
una medida precisa, idéntico movimiento. 

No dejarás que entren mis ojos

 No dejarás que entren mis ojos
a la intimidad de tu paisaje.
Ya no me abrirás tu puerta,
no dejarás desnudo,
frente a mí tu hermoso horizonte
a través de los amplios ventanales.
Nunca te volveré a ver
con la frescura de la mañana
o con la oscuridad de la noche.
Qué paloma o mirlo se pose en tu cruz de piedra.
Y cuando regresen los estorninos
busquen sus nidos entre los huecos
de las tejas y los muros.
Hoy ya no escucharé tus campanas tañer
puntuales a las doce
y llegará en mi reposo
el rodar de maletas
y la guía repitiendo un mismo relato.

Era clavel fresco

 Era clavel fresco,
de piel suave y roja.
Cortado de la planta,
muere dentro de un frasco.
Hermosa flor de alto talle,
firme tu cintura,
levanta tu cabeza orgullosa.
Mas el reloj implacable
marca cada segundo,
la agenda minuciosa
apunta cada día.
Tu espalda cede hacia tierra,
la empuja la parca,
apaga tus ruborizadas mejillas.
Tu rostro terso se rompe,
abre grietas en su lisa llanura.
Es ya irremediable tu fin,
nada te queda de resistencia.
De aquel almidonado traje,
un volante persiste aún con gracia
mientras los otros languidecen
perdieron su vigor.

Se unen

 Se unen
como nudos en una cuerda,
los días,
cada vez más juntos,
cada vez más corta la soga
hasta ser un solo nudo grueso,
apretado, sin sueltos cabos,
sin pasado ni futuro,
única ligadura,
enredada nada.

Cada día es distinto

 Cada día es distinto
y cuánto se parecen sus rutinas.
Abren los ojos a la luz 
y caminan como el sol
por el horizonte
haciendo horas con segundos.
Cada día es un nuevo despertar,
un cielo diferente,
no son las mismas nubes
ni sus viajes tienen la misma trayectoria.
Cada día es un atardecer
que eficazmente se oscurece
y se entrega el cielo a otra noche.
Cada noche se parece
y no son ni parientes
desconocidos que llegan
y marchan sin dejar rastro.

Mira estos ríos que van al mar

 Mira estos ríos que van al mar,
mar de olas y espuma,
espuma de nubes sobre un cielo azul.
Azul púrpura de atardecer,
atardecer y noche de luna.
Luna que brilla sobre tu espejo,
espejo donde el cosmos se mira
mira,
        mira,
                 mira...

Danzo sobre muertos

 Danzo sobre muertos
con mi corazón dolido,
sin faro que alumbre,
horizonte de brumas,
jirones de niebla.
Los defectos del tejido
quedan patentes cuando llega el invierno
y nos deja ateridos en soledad.
La voz de este Señor,
la sonoridad de su verbo
retumba con fuerza.

Ya se acaba,
llegó el domingo y agotaremos
los últimos días del mes.
Haya vida,
paz.

Y este caminante se queda solo

 Y este caminante se queda solo
con su sombra y los lejanos ecos
de las voces primorosas
que, tras otros árboles, siguen su ribera
con el río cerca para beber su agua.

Tú me dices que el rostro que busco en el reflejo

 Tú me dices que el rostro que busco en el reflejo
me engaña. Y me niego a las palabras
que pronuncia tu boca.
Fueron aquellos ecos que enturbiaron el aire
entre las áridas montañas,
allí donde el viento helado dejó desnuda la roca,
mientras sembraba verde ladera
en la otra cara, esa que miras en el espejo.

Oscuro como un cielo cubierto de nubes

 Oscuro como un cielo cubierto de nubes,
Oscuro como es la cromática paleta de los errores,
Oscuro como el árbol en la noche,
Oscura mi sombra, la del perro y el niño,
la de la hormiga y la sombra de la propia sombra.

Calla

 Calla.
Predestinada al desencanto,
a la infelicidad, al precipicio,
ni una muestra más de nostalgia
ni emponzoñada tristeza.
Venga, ¿a qué esperas para retirar estos restos
que cuelgan de tu boca suplicante,
llena de falsos propósitos?
De acuerdo, no los lleves al olvido.
Pero anda, despierta, que es la hora
y no vayas a lamentar más tarde
que se fueron los minutos amados
sin amarse.
Avanza con tu mochila
cargada de pequeños tesoros,
sigue sin lamento ni remembranzas estúpidas.
¿Acaso no lo tuviste mientras el reloj
daba las horas en punto
y en estos cuartos te detienes?
Espabila, aligera el paso, suelta y vuela.
Vuela alto
y lejos.

Abandono tu cuerpo

 Abandono tu cuerpo, 
el ardiente beso de tu aire.
Te deseé tanto y tanto,
a veces, te desprecié.
Pero, siempre volvías a envolverme
con tus brazos y caía rendida a tu lecho.
Todo se acaba
y ahora busco lejos otro amor
al que entregarme en las noches oscuras.
Y, en las claras con luz de luna,
enredada a otro cuerpo,
hacer el amor como la vez primera
y sentir palpitar el corazón 
con la sal de los besos de otros labios.

Cómo duele mirarte sabiendo
que estos momentos son un adiós para siempre.
Y me recreo con más ahínco
en tus contornos y en los detalles
que pasan desapercibidos
por la urgencia del deseo.
Me pregunto, 
cómo pude pensar que alejarnos sería tan fácil.
Tenía firme decisión,
ni duda tuve en marcharme.
Sueño con curar las llagas.
Ahora por mucho que mis ojos abracen
cada trozo de tu cuerpo,
cada rasgo de tu rostro,
tus modos y tu andar cimbreante,
ay, no volveré a tenerte
ni tú a poseerme tan adentro.

Al capricho de la vida me voy,
ganas llevo en la carne,
aunque el corazón vaya herido,
de cerrar las llagas con besos de otro amante.

Poco a poco desmonto el puzle de una casa

 Poco a poco desmonto el puzle de una casa.
A trozos la vestí con sueños y alegría.
Esparcía el agradable aroma del hogar
y, a pinceladas únicas para el corazón
que la habitaba, daba color y armonía
que fuese reflejo de esperanzas.
No puedo evitar los espacios
que fueron escenarios de dolor y lágrimas,
a los que la fe y la confianza devolvieron
la calma después de la intensa lucha.
A ratos se descompone la materia densa,
esta firme roca que nos sostuvo,
se hace arenisca,
para ser trasladada en cajas, en bolsas,
en el alma. Y en otro lugar extraño
levantar de nuevo nuestro castillo
sin murallas, ni fosos
abiertos los ojos al mundo
para llenar la alforja de vida
mientras sigamos vivos.

Te sueño ahora con los ojos abiertos

 Te sueño ahora con los ojos abiertos,
ciegos de ti.
Y en mi frente,
como un puñal,
se clava tu imagen clara.
Te veo no como en sueños,
te palpo y huelo el aire que te rodea,
con tu fluida estampa y tu vestido
verde con hilos de plata.
Qué hermoso y calmo tu mar de suaves olas,
onduladas dunas de ocre,
jardín de pálidas flores. Hasta mí llega
la figura altiva y sobria de tu campanario.
Una paloma se ha posado
sobre la campana de acero
confiada que el eco no la sorprenderá
porque ya pasaron las doce.
Hoy a las doce qué lejos de ti me hallo.
Me envuelve esta canción
que me fuerza a llorar
pues en tu lecho cuántas mañanas
la escuché y bailé entregada a tu cuerpo.
Te cuento con la ausencia
clavada en el pecho y la razón
me grita, se fue, nunca volverá
con su vestido de fría plata la lluvia
a rodar por su sábana enrollada.
Mis sentidos se niegan
y se resisten mis ojos
y te habla mi boca
y me niego al adiós
que ya es cadáver
que empieza a descomponerse.
Y ahora, después del abandono,
de pasar tu duelo con otros encuentros, 
y ahora en qué dura competencia
entrarán los afectos y las ganas.

Poema de la fuente

Ay, este amor,
que de soledad se alimentaba
y añora el eco de un lejano beso.
Ay, qué consuelo tener el vacío de un abrazo 
por el brotar de una fuente sonora.

Matar al deseo

 Matar al deseo,
que no quede de él 
ni la más mínima huella.
Entre por la puerta la calma, 
el sosiego del silencio,
la impaciencia huya
y, muerta la llama, prenda 
el fuego en el ánfora
donde quedó agazapada la esperanza.

Convertido este mal en cenizas,
rama que salió del mismo tronco
que sus hermanos y hermanas.
Salga de la cárcel de los sueños,
no nos engañen sus formas
ni artimañas.
Acaso no es esta vida
un juego ilusorio,
la perversa estrategia de una quimera
que hace creer agarrar el aire
y solo es prestado aliento 
disuelto en la nada.

Y ahora, a gozar de este paisaje

 Y ahora, a gozar de este paisaje,
aunque desnudos se muestren sus rostros.
Acoge en tus brazos al recién nacido,
dale calor y alimento.
Aunque el recuerdo persista
y escuches sin proponértelo el timbre de su voz,
déjate llevar por el arrullo de este río
que pasa compañero de tus nuevos pasos.

Entre las tiras de la persiana

 Entre las tiras de la persiana
enrollada a media altura,
miro tu cielo celeste claro
con hebras de nubes blancas.
Más abajo, por la ventana abierta,
entra el mar ocre de tejados.
Que mis ojos no verán en este invierno 
correr sus ríos de plata.

Ah, la pérdida de aquello
que tanto se ama.

Hablan de tu mar porque ruge

 Hablan de tu mar porque ruge.
Murmura y canta un pentagrama
de olas, caricias de espuma
y salitre.
Y por ser silencio resignado, 
paciente, generoso,
tus campos quedan en el olvido.
En tus entrañas se gestaron 
mujeres y hombres,
cantos de alegría,
sueños vencidos.
Aún reverberan en el aire
el grito de lucha,
el reclamo desesperado,
la oración al cielo,
ecos que rompen en la orilla
de la playa en miríada de granos,
semillas hundidas en la tierra
en un renacer de brotes.
Vidas de nuevas vidas.

Qué tendrá la tarde

 Qué tendrá la tarde
que tan aprisa va 
en busca de la noche.
¡Qué lujuria la lleva
a su alcoba clandestina!

Qué triste está la fuente

 Qué triste está la fuente,
qué débil su rumor.
Caen lánguidas sus lágrimas,
se enjugan en el pañuelo del cuenco de agua.
Qué triste mi fuente,
qué melancólico su canto.
No saltan ya sus gotas alegres,
ni brota alto su chorro.
Qué callada su melodía,
qué desolado su semblante 
en este agónico adiós.
Ya siento en mis ojos su ausencia,
y en su mirada está mi reflejo.
Llora ocultada por la noche la fuente,
y mis ojos se contagian de su tristeza.
Llora la fuente, reflejo de mis lágrimas.
Lloramos la fuente y yo.


Lunes, martes y miércoles

 Lunes, martes y miércoles.
A la una a las dos y a las tres,
mirando atrás con el pañuelo al aire.
Adiós en el alma te llevo,
que mi memoria no me falle.
Ya te añoro en los huecos vacíos
de este que fue mi continente.
Apretando va mi corazón,
exprime la miel del recuerdo
y vierte por su corteza
el amargo ámbar del dolor.

Lunes, martes y miércoles.
A la una a las dos y a las tres.

No tiene nada que ver

 No tiene nada que ver
la piedra con la hierba.
No tiene comparación su hermosura,
ni su rostro, ni su donaire
con aquella desabrida y fría.
Pero esta me abandonó 
Y la otra, quién sabe, 
quizá me quiera.

De este cuerpo conocí tus brazos

 De este cuerpo conocí tus brazos,
el corazón, parte de tu cabeza,
tu melena ondulante,
la sombra de tus venas, la melodiosa voz.
Conocí tu ojo derecho,
ah, la sonrisa en tus labios
y la lágrima en tu ojo cerrado.
Conocí una pierna,
el principio de tu espalda,
los cinco dedos de una mano
y dejé tras mis párpados tus talones,
tu sexo, la saliva de tu boca,
las piernas largas trepando muros,
rondando oscuros callejones.
El aire que tragaron tus pulmones,
ellos me prestaron algún trino,
el soplo regalándome el vuelo de alguna hoja.
Conocí una parte de tu todo
y de mi rostro nada reconociste,
porque yo, clandestina tras una ventana,
te observé con tu traje de domingo y fiesta,
con la túnica blanca de la luna llena,
nunca a la luz plena del día cegadora,
nunca por completo,
nunca en tu fondo ni en tu esencia.
Y a pesar de ser escaso mi conocimiento,
te conocí lo suficiente para jamás olvidarte,
para no olvidar jamás tu piel y su aroma.

Esta iglesia del barrio antiguo

 Esta iglesia del barrio antiguo
abre sus puertas los domingos,
una hora de misa
y su vientre se preña de cantos
y rezos de música de murmullos, 
para quedar en solemne silencio
el resto de los días.
Qué sola queda la iglesia.
Levantada de escombros,
fue yacimiento para rapiñas que se llevaron sus piedras,
sus puertas, sus imágenes y lienzos,
los paños que cubrían el altar,
la custodia sagrada, la sangre
y el hambre de los desheredados del mundo.

Dejaré por sus espacios tu reclamo

 Dejaré por sus espacios tu reclamo,
el ladrido de miedo,
tus sueños y tus miradas de infinita nobleza.
Dejaré el olor a guisos, el aroma del café caliente,
mis pasos rutinarios de ida y regreso 
dibujando una coreografía imperfecta.
Dejaré barridos los rincones
y debajo de la cama quizá se esconda
una pelusa traviesa siempre al escape de la escoba.
Dejaré mis horas muertas 
y aquellas donde olvidaba
el avance de las agujas, concentrada en una tarea.
Dejaré ecos disueltos en el aire,
inaudibles para los torpes oídos,
que solo atienden la urgencia de la vida
y desechan el hilo que teje en el silencio
una conversación con lo perdurable.
Dejaré la marca de mi cuerpo sobre el colchón,
hundido el sofá de muchos atardeceres.
Dejaré las puertas abiertas
de las estancias vacías de lo inútil,
pero danzarán multitudes irrepetibles
de mis huellas donde otras nunca coincidan
y, por mucho pisar, nunca las borren.
Dejaré rondar la música de mis canciones preferidas 
y la alarma del horno avisando a otros comensales.
Dejaré mis lágrimas secas por el ardiente sol,
formando parte el cristal de su sal
la losa del suelo que fue mi apoyo
y no me dejó caer nunca en el abismo.
Dejaré las luces apagadas, las camas vestidas,
frías de nuestros cuerpos. 
¿A quiénes cobijarán mañana?
Dejaré mi poema perdido,
los versos que escogí de esta pradera,
esas voces cercanas que a trozos
mostraban perfiles de un rostro incompleto.
Dejaré o me dejan todo lo posible
que no llegó a ser,
lo prestado por un cielo,
la luna visitante cada mes,
la crueldad de aquellas lanzas afiladas
que me hirieron.
Dejaré, ya casi las dejo las mañanas,
su cotidiana costumbre para empezar
otras en un lugar distinto.
Dejaré suelto con mezcla de tristeza y promesa
un hoy con ingenua seguridad por otro incierto,
con la estúpida razón de creernos autores de nuestros relatos .
Dejaré, dejo... ya dejé.
Y ahora con las manos vacías
atrapar a ratos sus recuerdos.
Dejaré sin ser nombrados tantos detalles
que me ahogo en la negrura de su garabato
y busco entre los huecos 
la claridad del aire y sumergirme
en sus profundas aguas a recolectar
sus pececillos de plata,
para ser estrellas en el abismo 
de este oscuro firmamento
que aún no divisan los ojos.

Abandonado al polvo y al peligro

 Abandonado al polvo y al peligro
de ser arrollado,
su piel quemada por el sol se agrieta,
pierde el lustre de sus mejores tiempos.
Solitario, vagabundo,
arrinconado en la medianera,
enmudecido su pisar,
sin el compás de su compañero,
sobre el ardiente asfalto,
se deja morir el solitario zapato.
El zapato de un desconocido.
El zapato de un cadáver.
Un zapato de hombre.

La soledad me empuja

 La soledad me empuja 
a abandonar la casa amada.
Los caídos brazos se alzan contra los tabiques
que levantaron las telarañas de la desidia
y, arrastrado, paso por el mismo camino.
Ahora estos pies levantan el ánimo
y pisan maleza espesa y húmeda
con la añoranza a la espalda
y la fe marcando el ritmo.
Sé que solo el cotidiano andar
construirá un sendero,
vencerá las breñas
que hoy se abrazan con avaricia
y oscurecen la senda de este amanecer.
Llegará el mediodía y espero en el horizonte
su ocaso para emprender el viaje
bajo la sombra del destino.

Llévame

 Llévame,
agárrame por la espalda,
del vestido,
por si me caigo.
Por si tropiezo,
llévame bien sujeta.

Me pregunto

 Me pregunto, 
¿llorará Carmen mientras toma el desayuno,
en las noches solitarias y frías del alma,
bajo el silencio abrumador de la noche?
¿Dejarán correr ríos de lágrimas
esos ojos llenos de espanto, 
profundos que no dejan ver
más allá del brillo que desprenden
al sonreír, como una niña herida 
que aún conserva un corazón tibio?
¿Abrirá la fuente un profuso caudal
de la roca de sus días
que alumbraron tanta desolación y desencanto?

Me convertiré en bosque de un solo árbol

 Me convertiré en bosque de un solo árbol
y beberé de esta humedad que transpira de la tierra,
que vierte óxido en el hierro,
siembra bruma en el aire,
y oscurece los muros y tejados.
La gente se ha convertido
en canto rodado de un río
que acompaña sus pasos.

Me convertiré en bosque de un solo árbol,
talado de tierra seca, que bebe de esta niebla,
nubes preñadas de fríos manantiales. 
Apagará el hervor de mi sangre,
tal vez se resienta mi tronco
del peso de sus ramas cargadas de gotas de lluvia.
Pero sé que voy de paso y cargaré mis raíces
de su fértil fondo, guardaré su agua cristalina,
recobrarán brillo mis hojas
y mi mirada embebida de verdor
dará fuerza a la herida esperanza,
quizá ser bosque frondoso.

Recibes en tu cuenco

 Recibes en tu cuenco
de piedra de siglos
el agua fresca de tu fuente.
Retuercen la redondez de sus bordes 
sus plateadas y continuas lágrimas.
Resbalan por su cuerpo húmedo,
acariciando sus carnes prietas.
Y aquellas, alegres y saltarinas,
queriéndose alejar de las otras,
van a perderse al final,
con las mansas.

Nunca es tarde para empezar

 Nunca es tarde para empezar.
Solo que ya se acerca el ocaso.
Quedan pocas horas para ir a dormir
dejando tareas pendientes
en la noche sin mañana.

Os dejo atrás, campos de olivos

 Os dejo atrás, campos de olivos.
Me rodean montañas y valles,
serpentean ríos por pequeños bosques 
de manzanos, robles, hayas, castaños y abedules
y se llenan mis ojos de una espesura verde.
Me cubre un cielo indeciso,
que deja pasar a un sol tímido,
aquel que quemaba la piel
y hervía la sangre
aliviado por una sombra compasiva.

¿Qué fue de aquella niña?

 ¿Qué fue de aquella niña? 
Sigue asustada aunque ya no es el mismo miedo,
ni son los mismos monstruos
ocultos tras la luz cegadora de los sueños.

¿Qué será de aquella mujer,
con su reloj atrasado,
llegando siempre tarde a la fiesta de la vida?
Cuando casi todo el mundo
ya se ha marchado y quedan
solitarios borrachos dormitando
en los sillones llenos de mugre,
brillaba en la penumbra una hermosa luna,
vertiendo por el campo de batalla
los cadáveres de una sangrienta lucha
por sobrevivir.
Y, suspendidos en el aire,
laten los ecos de los ardientes corazones
y sus ansias por olvidar la tragedia inevitable.
Entre los lánguidos destellos
de una demacrada bola de cristal
colgada de la abandonada pista,
ella baila en silencio,
con los ojos cerrados,
llevada por los ecos
de una melodía que la atraviesa
y se diluye en la nada.

Reposa sobre esta cúpula de ébano

 Reposa sobre esta cúpula de ébano
una luna redonda y blanca,
hermosa rosa de apretados pétalos. 
Irán cayendo uno a uno,
dejando al firmamento huérfano.
Luna llena en oscuro cielo,
resbala de unos ojos negros
la perla de una lágrima.

En este sopor de verano

 En este sopor de verano
danzan las distraídas abejas 
en una primavera perenne,
buscando algún fruto que libar 
y guardar protegido en su colmena
la esencia de su jugo,
sueños para su engaño.
Ignoran que llegará el frío en este ardiente verano.
Verán congelarse sus alas,
si antes no les llega la muerte
y se vuelve agrio su almíbar.

En breve

 En breve
tomará el peregrino un nuevo sendero,
variará su vegetación y su fauna
y las voces sonarán distintas.
Su mirada recorrerá otra vegetación.
Y escuchará…
Acaso la rutina guarde horarios
o incorpore y elimine otros,
que convertirán lo inusual en hábito.
Hoy al frente ve turbia la senda,
oculta entre retamas y árboles.
Paso a paso el transeúnte
llega a otra tierra que durante un tiempo
lo acogerá como planta que crece,
como las flores en primavera
de sus bulbos preñados.
Aún no conoce amenazas ni cobijos,
qué es peligro ni seguro,
qué envenena o alimenta.
Sueña, espera y duda con ese otro paisaje,
qué rumor de agua lo acompañe
y si tendrá en su recreo
sobre qué suelo pisar que lo sostenga.
Y cómo evitar las arenas que lo hundan.

Llevo una sombra sobre mi cabeza

 Llevo una sombra sobre mi cabeza
y no sé si será nube de lluvia 
o penumbra fresca de estío.
Arrastra la suela de mi zapato 
una hoja seca
y no sé si será anuncio de invierno 
o promesa de frutos.

La vida es poesía, no narrativa

 La vida es poesía, no narrativa.
Hacemos un relato con un rodar de pensamientos,
creamos una historia, un personaje y su entorno.
Inventamos una trama,
el argumento de una comedia alegre,
un sainete, un drama, una tragedia,.
Un delirio y una calma
con un final conocido,
aunque ignoremos el día y la hora,
el cómo y el cuándo del aliento último.

Pero esta novela llena de capítulos,
en realidad son versos sueltos
llenos de metáforas, hipérboles y anáforas.
A veces pierde el ritmo y va descompensada.
¡Y de vez en cuando qué rima, 
qué cadencia y melodía lleva!

En este mar dejé mis huellas

 En este mar dejé mis huellas
que las olas borraron.
En su manto de arena,
dejé marcada mi figura
que los vientos cubrieron.
Hoy viene a mí su eco ronco,
su cuba de agua tan profunda,
tan inmensa que mi corazón
se sobrecoge.
Hay un miedo arcaico
que circula por nuestras venas
y riega las entrañas
de amenazantes rumores de abismo y muerte.

Ha llegado el ocaso,
rojo fuego,
la esfera del sol aparenta
hundirse en el océano
que apaga sus llamas. La noche
ha caído entre una neblina,
púrpura, desdibujada,
y brillan luces a lo lejos,
donde claman su llegada otras vidas.
Oscuro, hipnótico, con voz malvada,
nos deja caricias
a esta orilla su dócil espuma.

Que no te engañen los ojos,
no te confunda su nana,
te rodea, y te besa,
te susurra y te calma
y un día, como brutal
bestia salvaje, te traga.


Ha rodado la piedra cuesta abajo

 Ha rodado la piedra cuesta abajo,
tropieza por el camino con otras.
Lleva caída su inercia,
su voz y su correr desesperado.
Aún no sabe qué le pondrá freno,
qué piedra aún mayor,
qué matorral o qué agujero la tragará
hacia una caída más honda.

Igual la hierba frágil y delicada
de una llanura imprevista,
la acoja en su blanda espesura,
donde quede a resguardo
para ser suelo de una margarita
solitaria y soñadora.

Volverán el viento y las lluvias

 Volverán el viento y las lluvias
y un horizonte sembrado de sombras.
No tiene miedo el viajero
que avanza por la senda ya marcada.
Son buenas las lluvias
y el aire que arrastra polvo y hojas secas.
Dejarán los campos relucientes
con brillo de esmeralda 
y la luna será blanco farol
que alumbre las tinieblas 

El sol, callado, bajó la mirada
y viene a besar la piedra sumiso,
soltando chispas de fuego esas duras brasas.
Sigue el caminante la trazada senda.
Le acompañan soy y lluvia,
como noche y día van las horas.

Desconciertos de la esperanza

Desconciertos de la esperanza
y el desgarro de la impaciencia.
Crédulas, bebemos del manantial 
del pensamiento
por donde navegan erráticas
las fluidas palabras.
En la carencia de ser,
la perfecta herramienta
de las certezas y el control.

Qué lento pasan estos días

 Qué lento pasan estos días 
sobre el impasible, impávido tiempo.
Me observa desde su territorio
de eternidades y sonríe con descaro.
Me mira con ternura,
como quién se recrea
en la inocencia del niño en su juego.
Mientras señalo en el calendario
su ritual de meses,
uniendo sueños con retales,
descosiendo dobladillos,
alargando el vestido de la esperanza,
con desgarro de impaciencia,
creyendo ese falso amigo
de nuestros pensamientos,
quisiera tener en sus fluidas palabras
la perfecta herramienta
y una voz.

Hay seguro un mejor jardín lleno de rosas

 Hay seguro un mejor jardín lleno de rosas
y son más jugosos los frutos de los árboles
que germinan en la tierra de la palabra.
Con toda certeza son más dulces
los besos en la boca
que los nombra y más fuego
en el cuerpo que la brasa
de su sombra.
Cuánto más gozoso sentir al corazón latiendo 
que ponerlo en las manos 
y tejerlo con hermosas hebras. 
Dentro del silencio cómo retumban
sus acompasadas notas.
Te atrapa su eco en la soledad del alma.
Olvidando la carne, alcanzar la gloria.

Este pajarillo quiere volar a favor del viento

 Este pajarillo quiere volar a favor del viento,
ignorando el caprichoso aire 
que tiene loca a la veleta.
La culpa de sus indecisiones
que lo llevan confundido, 
perdida su cordura,
que el pajarillo ya no sabe 
si toma rumbo al sur o al norte.

Hoy, bajo la tormenta,

 Hoy, bajo la tormenta,
camino con el paso firme,
dejando la espalda desnuda,
sin temor a las lanzas del recuerdo,
con el reloj del tiempo puesto en marcha,
con el tictac del tiempo en marcha.

Cuando cierre mi puerta con llave

 Cuando cierre mi puerta con llave dejaré atrás mi templo. El recreo de mi mirada eran sus tejados y su campanario. Cruzaban frente a mi ventana bandadas de vencejos y se distraían en las horas vespertinas palomas y mirlos. Dejaré sus plazas rodeadas de piedra y muros de iglesias y palacios, el batir de campanas y de trazados pasos guiados por sus calles y lugares simbólicos. Cuando saque la última pertenencia y deje aquellos espacios a los que ya nunca volveré, quedaré tras la puerta abandonando mi refugio.
Y recordaré su aire y sus voces, la muerte del santo, el insigne arquitecto que diseño en el plano este paisaje de mis sueños. Y dejaré brotando mi fuente, murmurando mis palabras y las de tantos y manará dulce su caño de día y, aunque sea de noche, brotando, siempre brotando en mi memoria y sus gotas como lluvia sobre su cuenco de agua con barquitos de hojas secas y de insectos y las palomas bajaban a aliviar su sed. Y su melena azotada por el viento.
Cuando cargue el último tiesto y mi cuerpo tome rumbo al norte, recordaré su gente y su acento. Y los bancos y las fiestas y las llamas de San Antón y el bullicio y el silencio. Y de vez en cuando bajo la lluvia de un próximo invierno, lloraré por su pérdida y soñaré entre valles y montañas con retener lo imposible, el tiempo.

Él seducía con miradas

 Él seducía con miradas,
con mentiras saladas y palabras dulces.
Ella no lo buscó,
jugaba como una niña.
Se volvió objeto prohibido
y fue en celo para ser su presa,
necesidad de ser devorada,
engañada porque engañarse quería.
Perder un sueño en insomnio 
de deseo y culpa.

Decirte adiós

 Decirte adiós, 
esta noche,
 a este cielo
por donde avanza una luna
mordida por la boca del sol.
Decirte adiós
al perfil que cada día
me acompañaba…

Cuánto abandono de rutina

 Cuánto abandono de rutina
con este desorden de pasos.
Cómo busca la paz
el alma extrañada en el cuerpo
que la lleva con la urgencia de las palabras
y el rumiar de horas,
en el seco prado de las dudas
si traerán las nubes su dulce agua.

Tal vez fue un día gris, apagado,

 Tal vez fue un día gris, apagado,
y sin lluvia fresca y limpia,
capaz de arrastrar la opacidad
de las cosas y devolverles
el brillo oculto bajo las sombras.
Tal vez fuera un sol luminoso,
un cielo sin mácula, unos trinos
y vuelos de aves afanosas
por ser pinceles sobre el lienzo de la mañana.

No sé qué encendió
la mecha y se prendió en los ojos
la luz de otra promesa.
Hoy, bajo de sus alturas,
camino por el suelo mirando al frente, 
dejando la espalda desnuda,
firme, libre,
sin temor a las lanzas del tiempo.

Y mientras desnudas tu cuerpo

 Y mientras desnudas tu cuerpo,
dejas desprotegidas 
las piernas,
el hombro,
los brazos,
los pechos,
tu cuello,
tu vientre, 
tu sexo,
tu alma.  

Esa casa abandonada

 En esa casa abandonada
en medio del campo,
apenas unos muros levantan aún sus formas
huecas por el tiempo,
por donde vientos robaron
las pocas pertenencias viejas
que quedaron frías
de manos cálidas y cubiertas
de herrumbre y polvo.
Sus muros permanecen
frente al olvido de unos cuerpos,
aquellos que se protegieron a su abrigo.
Levantados los muros de ladrillo y su alta chimenea,
sus espacios como cuencas de ojos vacías miran al cielo.
Un pajarillo pasa por el hueco
de la ventana de su torre
para entrar a la nada de sus recintos.

Los versos se divierten con las palabras

 Los versos se divierten con las palabras,
con los sueños, con ficciones
y levantan estrofas imperfectas
redondeando las aristas.

Qué fría esta carne de moradas venas

 Qué fría esta carne de moradas venas,
con cicatrices en el cuerpo y en el alma.
No abraza un cuerpo sin brazos
y besa unos labios por capricho,
con desdén dejó mordida la piel rosada.
Un miedo y un deseo en un desnudo pecho.

Enmudecen los recuerdos

 Enmudecen los recuerdos 
entre las altas dunas que levantó el viento.
Lentas, se desplazan por detrás de tu espalda,
te rozan la nuca.
Si te giras, la arena entrará en tus ojos
y las olas dejarán sus gotas saladas
sobre tus mejillas
y un rastro de sal tatuará tu piel
con filigranas de plata
el mapa de tu sagrado templo,  
la mágica geografía de la luna.

Un pie ordena al otro y van cansados.

 Un pie ordena al otro y van cansados.
Cuántas veces le grita: ¡para!
––No puedo ––le contesta la boca––.
De hacerlo, ¿quién moverá
este peso muerto?

Hay heridas que no dejan cicatrices

 Hay heridas que no dejan cicatrices
a la vista.
Cerraron por fuera y están 
en carne viva por dentro.
Aquellas carreteras sin líneas pintadas,
curvas rodeando campos de cultivo.
Los ojos no tienen limpiaparabrisas
para las lágrimas
y van sin meta esas ruedas.
Huir no requiere de un destino.

La mirada sigue el asfalto gris
brillante bajo el sol de la tarde.
El dolor va solitario sin consuelo
bajo el cobijo de metal,
mientras el eco de unas palabras
hacen resonancia en la culpa.
Palabras como agujas, dedo acusador,
¿qué pecado había cometido?
El aire se las llevó,
quizá sobre otras consciencias.
Los reproches arrastrados por el desagüe 
con el agua de la ducha diaria.

El depredador mordió la inocencia,
aprovechó la soledad de la víctima,
la torpeza de perderse 
y dejarse guiar por el cazador.

Cuántos han de morir

 Cuántos han de morir 
para crear una obra de arte,
cuántos cuerpos heridos,
cuántos brazos amoratados,
cuántos nadie para un gran nombre.

Hace días que no miro tu horizonte

 Hace días que no miro tu horizonte
ni me recreo en tu cielo.
La rutina inquieta seca las horas
como prendas al sol y al viento,
azote y lanzas ardientes
de este deambular sin sentido
al que ponemos orden.

Fibrosas nubes color púrpura

 Fibrosas nubes color púrpura
en un azul claro de atardecer.
Ay, las tardes sobre tus muros
que tanto añoran mis ojos.

Entre sueños viene a mí

Entre sueños viene a mí
una marea de voces infantiles
y el recuerdo de aquellas mañanas malvas
con juegos de luces
sobre el techo de la habitación.
Un nuevo día llegaba vestido
de colores y mudaba la piel
de la noche con el verde
esperanza.

Sobre la pista se retuercen

 Sobre la pista se retuercen
serpientes cristalinas,
amebas extendidas que se desplazan,
un cuadro abstracto de transparencias
donde inciden frágiles rayos 
de un sol oculto entre nubes 
que a ratos, se asoma.
Un río con sus meandros,
un laberinto sin salida ni entrada,
unidas manos, entrelazadas piernas.
La lluvia sembró este jardín,
sinuosos cuerpos de agua,
una danza de charcos,
espejos sobre una alfombra,
donde el cielo se mira y juega
haciendo figuras de gris y plata.

Cayó la noche como cae el alma

 Cayó la noche como cae el alma
al suelo.
Vendrá a recogerla el alba
con su pala llena de rayos.
Cayó la noche, así sin darnos cuenta,
como vendrá la muerte,
puntual a su cita.

¿Qué luz barrerá su pesada oscuridad?

En sus ronquidos el sueño divaga

 En sus ronquidos el sueño divaga
por los estrechos senderos
de una geometría anárquica.
La tarde silenciosa y su rumiar
es melodía desacompasada
sobre un tiempo sin números
ni agujas,
solo torcidas y blandas formas.
En un banco un hombre piensa
o tal vez sueña por espacios tangibles,
imágenes sujetas a una también frágil estructura.
Detrás de él pasea una autónoma máquina 
que corta la yerba salvaje del jardín
de la isla de una casa.
Pasa alguien por delante,
levanta y gira la cabeza
como si pasara la nada misma.
Se marcha. 
Al rato otro hombre se sienta en el mismo banco,
enciende un cigarrillo
protegiendo con una mano la cerilla. 
A sus pies dos perros fieles
dialogan con su mirada.
El banco ha quedado vacío,
la tarde opaca y dulce 
alimenta un ocaso sin hacer sombras.

Le han crecido margaritas

 Le han crecido margaritas
pequeñas islas amarillas,
en su jardín.
El viento azota la hierba
agitando el oleaje 
en ese mar verde.
Luchan las nubes
contra las sacudidas
de sus fieros brazos,
someten bajo su oscuro manto
los luminosos rayos del sol
que solo la noche vence.
Entonces, su jardín queda oculto.

Somos una línea continua

 Somos una línea continua
zigzagueante sobre el horizonte.
Una cuerda extendida sobre la tierra,
subiendo y bajando laderas, rodeando
una colina, cruzando un valle
navegando un río.
Desde la lejanía parece una raya 
sin espacios vacíos lo que son
puntos dispersos, saltos
en el aire,
pasos divididos.
Un bordado, tal vez, 
sobre un tejido de algodón y lino.
El dibujo parte del punteado patrón
y el tiempo lo teje.
No ve la aguja sino el siguiente pespunte.
A veces, alza el hilo,
y, desde arriba,
se recrea, corrige lo que puede y sigue.

Llueve, es una lluvia suave

 Llueve, es una lluvia suave.
Tras su diáfano visillo,
el paisaje se difumina.
Sobre su fondo contrastan 
los altos edificios
con sus llorosos cristales. 
Es lluvia amable, 
aunque no para la mujer 
que camina apresurada
por el sendero de piedra.
Es una sombra que avanza
bajo un paraguas,
lleva su bolso apretado al cuerpo
como un cachorro mojado
y desvalido.
El agua empapa sus pies,
las gotas saltan sobre los charcos
mientras ella traza una línea recta
en busca de su cobijo.
Nadie más transita por la calle
hay un silencio roto
por el golpear de la lluvia
en tenue musicalidad.
La vida se cubre con este velo traslúcido 
para entrar con respeto a su templo.

Materia líquida, brisa suave

 Materia líquida, brisa suave,
agradable compañía, visillo
que deja entrar la vida por la ventana.
Velo que insinúa un rostro
y nos seduce con su mirada serena.
También materia sólida, 
viento gélido,
abrumador silencio,
telón de esparto ,
muro de piedra,
visita incómoda, 
enemigo que se instala en casa.
Hormigas que te muerden los pies
y te lanzan a la calle 
con desesperada convicción.
Huir de sus fauces.

Hallar al otro al torcer la esquina,
ir tras la corriente de voces,
del griterío que empuja
y frena esa profunda voz 
que no miente,
verdad que estalla sin piedad 
al borde de la boca 
con los labios apretados 
en una sonrisa.
Cubre agujeros en esa tierra seca
con prestadas gotas de sueños,
un chaparrón de muchedumbre
para regar la abandonada alma.

Ay, esa soledad amorosa, dulce
como alas de ángeles,
placer de un dios 
en tardes cálidas.
Saborear sus manjares deliciosos
sin asedio ni premura.
Vuelo de ave por un generoso cielo,
arrullo de olas sobre la arena
dorada y suave.
Doncella cándida, bruja malvada,
calma sin dolor, enfermedad pertinaz.

Desatada de su clausura, regresa pletórica,
al quitarse las prendas festivas,
se pone el pijama de presa.
Trae en su cesta las frutas recolectadas.
Chirría la llave en la cerradura,
abre la puerta de su casa.
Le abofetea el denso silencio,
le envuelve una helada atmósfera.
Retumban sus pasos por el pasillo
como los ecos en una garganta.
Solo gimen los objetos 
que le reclaman por su ausencia.
Fue su partida un refugio,
península transformada 
en isla desierta.

Le acompaña su sombra,
un deformado reflejo ,
espejos cubiertos de vaho
por donde afloran manchas oscuras.
El tiempo disolvió su azogue
y por los ángulos escapa la clara imagen,
pierde su transparencia.
No es el adorado trono,
sino la pérfida reina
que lleva en su piel tatuada
su castigo.
Busca en su fondo la otra,
hundida entre un juego de luces,
entra traicionera y se adueña
de todos los espacios.
Muestra la amarga verdad
y se engaña moviendo esta noria,
desoye el latir de su corazón
con el crepitar del mundo.
Rellenar la agenda con reparto de deberes 
y hacer balance cada semana
inventando nuevas proezas 
contra las horas.
Ahoga y niega los desalientos
y, a pesar del esfuerzo
por suplir la genuina piedra
por perlas falsas,
al entrar al salón,
le espera sobre el sofá
la gravedad de su cuerpo.
Entonces, ¡se siente tan sola!

No trae palabras la mañana

 No trae palabras la mañana,
solo un eco de rutinas,
el ritmo lento de unas gotas
sobre el cristal de la ventana.
Está gris el día,
pero es una falsa máscara,
debajo se esboza
una sonrisa traviesa.
Levantan sus párpados las nubes,
muestran sus ojos cerúleos.
El intenso brillo de su mirada
atraviesa como lanzas los charcos.
Penetran las oscuras pupilas 
de los edificios,
son espejos sus ojos profundos.
Dibuja transparencias la luz
sobre los húmedos cuerpos,
enciende un fuego entre cenizas,
brasas que se enardecen y apaciguan,
se sofocan y de nuevo prenden.
Parecen morir y renacen.

Qué adornos más vulgares

 Qué adornos más vulgares
para este vestido,
de tejido endeble,
con costuras deshechas
y estampado deslucido
después de tantos lavados.
Colgado de la percha
por la noche,
puesto a la luz del día,
cada semana, cada mes,
cada cansada rutina
por un beso encontrado
en algún rincón perdido.
Qué sentido su esmero,
llevarlo encima por costumbre,
llenar las cuadrículas de sus bolsillos
con piedras y arena,
perdidas por un agujero,
enredadas entre marañas,
deshilachadas de sus roturas,
trozos de cáscaras y huesos,
apaños con la suerte,
al abrigo de un milagro,
acabar hecho polvo,
olvidada hebra en el viento.

Ves ese prado verde, su ondulada colina

 ¿Ves ese prado verde, su ondulada colina
salpicada de frondosos árboles?
Allí levantarías tu casa.
¿Ves esa bruma ligera que lo baña?
Pasa como un vuelo de ave.
¡Qué verde está la hierba 
y qué blanda su alfombra!
Firme está la tierra para levantar tu casa
y bajo este azul cielo
soñar con la eternidad de su paraíso.
¿Ves cómo se aleja de tu mirada?
Acepta la fatalidad, 
solo los ojos
pudieron disfrutar por breves segundos.
Quedó tras la curva su regalo.

Alta, grande y luminosa

 Alta, grande y luminosa 
pende la luna llena 
en este cielo oscuro.
Vergonzosa se oculta 
tras el biombo de esa montaña
y sale vestida de vaporosas nubes,
plumas que lleva pegadas al cuerpo.
Brilla la luna, oronda, mágica.
Coqueta juega al escondite con su amante.
Escapa por la diestra y aparece siniestra,
resplandece sobre este océano,
rodeado de islas de espuma
y espejos donde se recrea su belleza.

Luna, tú que sabes de los secretos,
susúrrame con un hilo de voz
alguna promesa para que confíe
mi alma inquieta.

 Allá a lo lejos,
en la densa oscuridad
de esta noche,
sobre la colina, 
hay una tenue luz
el recuadro iluminado 
parece una puerta abierta.
La salida en la negrura 
de esta noche fría de invierno.

Qué fuerza lleva este río

 Qué fuerza lleva este río,
arranca las ramas que besaban
su agua fresca
y ahora son olvido de este árbol
que ni añoranza siente
de una parte que fue suya.

En este ocaso se iluminan las ventanas

 En este ocaso se iluminan las ventanas
que ocultan clandestinas intimidades.
Se irá borrando su luz 
en el mapa de la noche
cuando la vida haga una tregua
y, vencido el cuerpo,
vuele libre el alma.
En ese fondo oscuro
son pardas todas las sombras,
la escurridiza bruma fría y húmeda
crea espejismos en los charcos
y una refulgente claridad se enciende
como llamas de un fuego
donde crepitan los desechos del día.

Todos los ríos se parecen

 Todos los ríos se parecen,
sus cascadas son cortinas de infinitas gotas,
su lengua dulce,
su voz melodiosa.
Es vida que nace
niño, joven, anciano.

Todos los ríos se parecen
pero distinto el mar
donde van a morir.

Cientos de días se han marchado

 Cientos de días se han marchado
sin dejar huellas ni poso 
en el vaso de la memoria.
Solo la marca de cal que deja el agua.
tiñendo su transparencia de cristal,
volviéndolo opaco.
Una esquirla rota,
un rasguño que rodea su contorno
son la única señal del tiempo y su uso.
Cientos de días que recorrieron
todos sus horarios,
las inclemencias del viento y el frío,
los rayos de muchos soles.
Olvidaron si los pies iban alegres
o cansados,
caminaban en línea recta
o transitaron callejones oscuros.
Brillaría la luna llena en un dulce cielo
de verano
y el cosmos palpitaba en la noche
con millones de estrellas.
Así fueron certezas hechas añicos,
sumando inviernos y otoños.
Uno da por seguro
que hubo primaveras que cubrieron
el verde prado de flores.
¿Fue así, o fue soñado?
Agua del mismo pozo
que beben todas las bocas.

Cientos de días han pasado
que ni retal quedó
en el cajón del sastre.
Rebusco entre sus sombras
algún detalle de su estampado,
el pequeño trozo de su tejido.
Tan solo dejó el rastro sobre
calendarios caducos,
fotos guardadas entre las hojas
de un álbum.

Va el caminante por la ribera del río

 Va el caminante por la ribera del río 
iluminado por farolas.
Le acompaña su sombra 
ella va por delante,
guiando sus pasos. 
Se acerca un tramo ceñido de noche
y su sombra va desapareciendo
mientras se adentra en aquella oscuridad profunda.
El caminante la busca y no la encuentra,
solo y perdido va el caminante
sin rastro de luz,
tragado por todas las sombras.

Pasaron los días

 Pasaron los días,
perdían parte de los objetos
y con ellos el espacio que ocupaban.
Vaciaba el aire de su calor,
de la luz que emanaban.
Pasaban las horas devorando
cada día y semana,
las pocas que componían el equipaje
para la ida.
Rodaban por las escaleras los minutos 
y los segundos se apretujaban
aún entre las sábanas, sobre el sofá,
dentro de los vasos de agua,
siempre dispuestos en la mesa
y en las toallas aún colgadas en la percha
del baño.
Cuando llegábamos a casa
después de una ausencia,
al abrir la puerta y entrar de lleno
entre los huecos,
cuánto abandono encontrábamos,
qué triste se volvía aquel refugio
donde sentíamos antaño su abrazo
entre las moradas paredes
frente a su sublime horizonte.
El corazón ya presentía la oscuridad
del laberinto del olvido 
por donde se perderían
a pesar de la obstinación
de sus imágenes:
seguir latiendo al fondo de tus ojos,
sembrando entre esos jirones de niebla
el germen de dolor de su recuerdo
la vida que se perpetua en un cadáver.

Oscuro como un cielo cubierto de nubes

 Oscuro como un cielo cubierto de nubes,
oscuro como es la cromática paleta
de los errores,
oscuro como el árbol en la noche.
Oscura mi sombra, la del perro y el amo,
la del viejo y la del niño,
de la hormiga y el gigante
y la sombra de una sombra.

No tengo el tema, tengo la inquietud

No tengo el tema,
tengo la inquietud
y las palabras no entienden
su estructura difuminada.
Reduzco, meto en el redil
este rebaño de brumas
de modo que distinga
las oscuras de las claras.


Este reflejo se vuelve turbio

 Este reflejo se vuelve turbio,
la voz de un repetido discurso,
palabras con distinto ritmo,
pasa de la melodía tibia
a la sinfonía dramática
con notas desafinadas.
Del nombre queda solo su sonido
irreconocible la sustancia que lo habita,
el envoltorio vacío con la forma
de lo que contuvo.
Y sin embargo, los ojos apenas recuerdan
la epifanía de su brillo,
se obstina la memoria 
con lo que nunca se olvida,
eco hueco del sólido verbo.
La ausencia del cuerpo por su sombra,
la angustia del corazón,
la huidiza imagen 
borran la huella de los sueños
y van los pies uno tras otro
llevados por el camino.
Sostiene entre las manos
la nada abandonada por los días,
los contornos difuminados
como deshilachado humo,
cenizas sueltas del tronco
que ardió en un fuego.

Volver donde fuimos infelices

 Volver donde fuimos infelices,
a la plaza desierta,
a la fuente dulce,
al deseado invierno ,
a las largas noches,
a la impertinencia de las horas,
a la silueta de los muros,
a la magia de su templo,
a la belleza santificada
y a las profanas deidades.
Volver donde fue el sueño
y su desvelo
porque esto es la vida,
volver siempre donde fuimos infelices
y a ratos dichosos.

En sus entrañas tejen mañanas

 En sus entrañas tejen mañanas,
guardan memoria y buscan
entre los olvidos del presente
sus ayeres para el ocaso.
Este árbol con su tronco
doblegado por el viento 
creció con agua y sol,
bañado de días, mojado por recuerdos, 
acompañado por su sombra.

Ni en las madrugadas descansa su tormento

 Ni en las madrugadas descansa su tormento. 
Su marea es un tenso hilo
que solo en la noche 
se afloja 
y queda suspendida la esperanza
unos segundos
para caer herida de muerte
al precipicio. 
En perpetuo desvelo está el alma,
navega frágil sobre este embravecido océano.
Breve fueron los instantes 
de silencio etéreo
y vuelve la espesa tormenta 
con su rugir de truenos.
Al alba se sueltan los locos
a su infierno cotidiano,
salen de sus lechos
los fantasmas insomnes
y dibujan frente al espejo 
la máscara
del personaje 
para salir a escena.

Eres secreto para mis ojos

 Eres secreto para mis ojos
y mi entender.
Me llegan palabras sueltas
de tu entelequia.
Difícil de hacer cifra, la perfecta fórmula.
Y sin embargo, algo de sus sonidos
acarician mi alma, 
la calman en sus delirios,
me abrazan en los miedos
y encuentro la pausa que separa,
la vocal que completa,
la grafía que crea y une,
la silueta armoniosa 
sobre el lienzo blanco, 
el papel vacío 
con ansias de la llave que abra
la tapa de ese cofre cerrado
y surja ante nuestra mirada
el resplandor de sus riquezas.

Igual que el ánimo

 Igual que el ánimo,
la tierra enflaquece,
se le pone el rostro apagado, 
triste y árida la sonrisa,
la mirada melancólica
la voz enmudecida,
la palabra agrietada,
la boca seca,
las manos abiertas y vacías.
Y el alma anhelante,
clama al cielo
bondad y compasión.
Y a ratos improvisa
un milagro.

Entre ese bosquecillo de pinos

 Entre ese bosquecillo de pinos
cantan los pájaros que no escucho.
Hacen nidos en sus copas
y en sus ramas se esconden y cobijan.
Hace frío en esta mañana 
y los álamos están desnudos,
se agrupan sobre la ribera del río
donde mueren sus ramas.
La tierra desierta de humana vida
bulle de seres insignificantes
en su trajín de rutinas y lucha
por el alimento.
A trozos, un grupo de casas de piedra
y tejados de barro cocido
se hace uno con el paisaje.
Siempre hay una torre con su campanario
marcando los hábitos
de sus habitantes
y su respiración.

Hoy vuelvo a encender el radiador

 Hoy vuelvo a encender el radiador
después de un largo verano.
Expande el polvo acumulado
de aquel hogar perdido para siempre.
Aspiro sus partículas como cenizas
de un amado cuerpo.
Aquello despreciado es hoy un dulce
recuerdo del ayer.
Los restos de la nave hundida
guardan aún más intensa su imagen 
flotando en mi corazón.
Es la magia etérea de las cosas.
Surcaron los cotidianos mares,
clandestino barco cargado de tesoros,
de algunos desengaños, 
y un dolor sin olvido.

En su forma de andar

 En su forma de andar,
lento, arrítmico con pausas,
se manifiestan sus años.
Con saña devoran sus pilares,
con cruel determinación
deterioran su estructura,
enfrían sus andamios hasta la punta de los dedos.

En su forma de andar,
acompasado, firme, sin cautelas,
se muestra el rostro de la juventud,
cándido sin sospecha,
casi ufano,
un pie va tras el otro ,
sin cansancio ni propósito.
El aire frío aviva la sangre
que recorre su cuerpo,
sigue sin norte, 
confiado.

No somos lo que se ve

 No somos lo que se ve
ni lo que decimos,
ni siquiera somos estos sentimientos
que adornan un perfil difuso
del corazón que murmura 
un latir constante.
Somos tierra embebida
de desasosiego y pesadumbre,
al capricho de un cielo,
semillas que trajo el aire
flores de primavera
que serán corrompidos pétalos
en un mañana cierto.
A ratos, el brillo, la magia,
el regalo, la ilusión que esparce
los primeros rayos del sol.
Son frágiles destellos 
sobre el verde manto de la esperanza
agonizantes por exceso de luz.

Qué fingimiento de gestos

 Qué fingimiento de gestos,
de miradas, de palabras,
qué guarda el cofre de este cuerpo
sintiente,
barullo y enredo de emociones.
Un nombre quizá, un dato erróneo,
un rostro frente al espejo 
empañado de vaho, de sombras
que ocultan, de reflejos que engañan.
No hay única verdad, soy otra
esta que está delante,
aquella que está detrás,
plural, ausente, falsa imagen,
desequilibrada balanza, 
desorientada brújula,
mapa incompleto sin isla
ni tesoro.

Toco con mis dedos

 Toco con mis dedos
que todo está en orden.
Veo claras las palabras del libro,
aunque sigue abriendo,
a cada instante,
sus capítulos.

Hoy ha entrado el mundo

 Hoy ha entrado el mundo 
entre brumas
que ocultaban las cabezas de las colinas
y rozaban las lomas.
Solo lo cercano existía,
los húmedos edificios,
la yerba fresca y verde
que imponía su color intenso
entre tanto gris apagado.
Arriba, muy alto, más allá
de este cielo nublado y triste,
sigue un sol su ley,
ser luz para esta vida.
Hoy el mundo va saliendo
a escena, sin ímpetu,
disimulando, abre telones
dibuja nuevos fondos.
Aquí, al alcance de la mano,
mi mundo se despereza
y confía.

Igual que esa gente en la vieja fotografía

 Igual que esa gente en la vieja fotografía
cuyo blanco y gris el tiempo disuelve
en brumas y olvido,
así, quedaremos nosotros
que vamos por estas calles
abrigados por la vida.
Un día, no muy remoto,
borraran estos colores 
la noche última.

No son estas sombras sinceras

 No son estas sombras sinceras,
alegres, acogedoras, transparentes
sino traicioneras, oscuras, 
engañosas, clandestinas sombras.

Las tardes de invierno caen encima

 Las tardes de invierno caen encima
sin darte cuenta.
Las agujas del sol tejen pronto 
un jersey de sombras.
A lado brillaba el sol 
todavía lleno de promesas
y al volver la mirada
el día se hizo noche.
La esperanza del soplo de sus instantes
dejó en la caja de Pandora
el triste y exiguo deambular
de minutos,
los pies sobre la alfombra flácida
de la ilusión.
¡Qué largo parecía el trayecto 
al abrir los ojos en la mañana!
Mientras se hacía el camino
alto quedaba el sol sobre la loma,
un paso tras otro, un tropiezo,
un descanso, un olvido y un presente.
La entregada hormiga a su ley
esquivó la muerte bajo el zapato. 
Sin aplausos cayó el telón
pesado como un vacío
que borraba los colores del paisaje
y ofrecía las frágiles luces 
para sueños imposibles.