Una tarde es brumosa,
se cala el frío en los huesos,
roza el alma el filo de una navaja
y cortan los extremos de sus tiernos pétalos.
Rompe el encanto que entregó
la esperanza del anterior día
cuando la tarde era luminosa,
y bullía en el aire el alegre bullicio
y la caricia de las dulces voces infantiles.
Ellos, que no saben nada de la tristeza,
ellos, que juegan inocentes
a imitar nuestros corrompidos hábitos.
Qué rápido pasarán los años
trazando la huella del dolor,
esa línea discontinua como las tardes,
a ratos tristes y oscuras,
a ratos llenas de luz y alegría.
Una tarde es brumosa
Al lado va esta distancia
Al lado va esta distancia
que deja pasar el frío
traído de la estación del espejismo.
No fue claro azul
aquel reflejo en el cristal.
Engañó a la mirada inocente
la creencia crédula llena de artificios,
la letra errada del discurso.
Un sueño pródigo, juegos de magia,
creer atrapar el cielo en el charco
y la belleza del arcoíris
la iridiscencia de un ácido.
Hablan de tu mar porque ruge
Hablan de tu mar porque ruge,
murmura y canta un pentagrama
de olas y silencios.
Caricias de espuma
el rumor de tu orilla.
Besos de salitre y conchas
sobre tu lecho cálido de arena.
Por ser abnegado tu campo,
se olvida su hermosura,
danza de espigas,
melodías de trinos,
zumbidos de moscas.
De las matas tiernas,
bañadas de rocío,
brotan tus frutos.
En tus entrañas se gestaron
mujeres y hombres de piel tostada,
baile de penas y alegrías,
voces que aún resuenan.
Ecos que navegan tu mar indómito
y germinan en tu noble tierra
nuevos brotes,
muerte y renacida vida.
Recorre el pensamiento un túnel oscuro
Recorre el pensamiento un túnel oscuro,
sin aliento, perdido,
en un bosque sin fin,
por donde a veces,
solo a veces,
entre las altas copas,
entran destellos de un soñado sol.
La mirada se tiñe de sombras
y, por salir de allí,
ordena a sus pies ir uno tras otro,
sin guía, ni norte,
porque sabe que quedarse quieta.
Será el abandono al abismo
más cierta muerte.
Por temor a ser olvido
cuenta sus pasos,
sigue la línea sin punto.
Sobre hojarasca no quedan huellas,
camina,
aunque haga círculos,
aunque nunca llegue.
Cuarzo
Cuarzo,
cuarzo frío y duro con betas.
La opacidad nada en la cal de la pared,
en el ébano del cielo,
en la esmeralda del valle
y en el turquesa del mar.
Nada,
inútiles estos aderezos
que acompañan el plato que alimenta
la vida y la envenena.
En los jeroglíficos de los diccionarios,
nada.
Este dorado sol, fuego tibio o infernal,
hoguera donde arden los restos de ayeres
y quema por el descuido de la mano
cada instante de vidrio,
nada.
Se pierden pasos entre eucaliptos
que muestran la entrada y la salida
y su horizonte vertical
no apunta al cielo,
nada.
Ni morder la hierba, ni beber la sal,
ni besar el aire que presta
las estrellas del universo.
Nada, nada.
La insípida trayectoria mata el apetito
mientras come pasos sobre un pasto
de días.
Cerrada va la vereda, triste, solitaria,
camina sobre nada,
nada en su playa seca,
nada.
Por la boca abierta de la ventana
Por la boca abierta de la ventana
de la casa vieja
entra la hiedra con lascivia.
Recorre su lengua el vacío,
entre paredes de mellada pintura
lame algún mueble desamparado,
el podrido cadáver de una mesa,
donde quedó fría la sopa
y el pan crio moho y gusanos.
La hiedra avanza, verde, brava,
con avaricia,
toma la casa por el abierto espacio.
Convive con las alimañas del tiempo,
porque nada devora como el abandono.
La hiedra se instala,
ha encontrado un camino por donde seguir
hundiendo sus dedos,
arañando sus raíces la piedra.
Qué callada está la casa.
No le ofrece resistencia,
sumisa se entrega a su hambre.
Qué negra esa boca en la noche,
de sus dientes se cuelgan
los murciélagos ciegos.
Fue una noche en pleno día
Fue una noche en pleno día,
un invierno en pleno verano,
un cuerpo sin alma,
ramas desheredadas de su primavera.
La nieve cubrió los pétalos caídos
y los tallos, estériles y oscuros
como huesos de un muerto,
se ofrecieron a la mirada
sin un brote, ni bulbo sobre la piel seca,
sin su promesa verde.
––Y ahora, ¿qué? ––se preguntó,
¿qué espera el que nada espera?
––¡Un milagro! ––dijo el poeta.
Y soportó el tronco su cruel designio,
seguir soñando.
Asistimos a esta realidad
Asistimos a esta realidad
como si de una ficción se tratara.
Los espectadores vemos caer los muertos
razonables en la película de guerra.
Esas víctimas sin nombre,
sin protagonismo,
un cuerpo herido, destrozado,
una madre con su hijo muerto,
una niña abrazada al cadáver de su madre,
atrezos de un escenario
donde los verdaderos protagonistas
tomarán las riendas y saldrán victoriosos.
Desde nuestras butacas
son muertos que no duelen,
necesarios para rellenar el argumento,
dar sustancia y credibilidad a la historia.
Y acaba la película en la paz firmada,
en un reparto de riquezas y poderes,
acuerdos de quiénes mandan y quiénes
seguirán obedeciendo.
En este caso el héroe salva la vida,
gana prestigio y su honra se propaga,
transmite a las butacas el entusiasmo del triunfo.
En los créditos, que nadie atiende,
no constarán aquellos nombres
que existen sin ser nombrados,
nadie verá sus rostros
ni recordará su sufrimiento
en sus miradas dignas.
El dolor de esos anónimos
no nos conmueve.
No tienen ningún papel principal.
Ha surgido de la hierba
Ha surgido de la hierba
un parque infantil.
Después de estas lluvias de invierno,
con su columpio y su tobogán,
un artilugio del que colgarán algunas argollas
o cuerdas para los atrevidos
y un pequeño círculo giratorio,
con una barandilla de aluminio ,
para inducir sin daño el mareo.
A los pies del tobogán,
una rayuela pintada no diferencia
infierno de paraíso
en este sueño de adultos.
Sobre un suelo de acolchado alquitrán
de intenso azul oscuro,
se han dibujado círculos y nubes
de colores, verdes y amarillos.
Parece un claustro silencioso
a la espera de sus monjes infantes
con su peculiares rezos,
y el estruendo de los trinos de pájaros
que vendrán al maná de los restos
de sus golosinas.
Estos angelitos llenarán
de jolgorio el ambiente,
con sus risas de buen ánimo y gozo.
El reclamo de sus nombres
en la boca de sus padres,
sus gritos de guerra
y también sus lamentos y sollozos.
Hoy, aún, en este campo santo
permanecen mudas y vacías
sus tumbas y mausoleos,
próxima está su inauguración
y dará comienzo la batalla campal
de cuerpos devorando vida.
En la contienda siempre caerá
alguno herido,
levantarán polvareda los combatientes
y en el fragor surgirá el drama de un rasguño.
Derramadas gotas de sangre
harán el púrpura camino
hasta la fuente de agua
para lavar la herida y protegerla
con una tirita.
Volverá el guerrero a su lucha
o gimoteando buscará consuelo
al cobijo del regazo de la madre,
con la sonrisa borrada de sus tiernos labios,
con los ojos tristes y enrojecidos
y los mocos sorbiendo la perdida dignidad.
Será un tiempo breve hasta recuperar el valor,
hasta regresar el ímpetu y las ganas de aventura
a su corazón intrépido.
Ha brotado de esta hierba
la promesa de un mañana inocente
desenvolviendo la vida.
Vienen a habitarla estas almas puras.
Ha ido el sol a besar al mar
Ha ido el sol a besar al mar
y, en su loco abrazo,
se fundió su fuego,
cayó rendido en su lecho azul.
La amante triunfal
ondea un pañuelo blanco
de seda y espuma.
En sus fúnebres sábanas
yace fría la noche.
¡Qué de-sol-ación!
Dejar de existir para el otro
Dejar de existir para el otro,
a veces, sin morir.
Basta con desaparecer.
Qué fueron de aquellos
rostros y voces que rondaron
tus espacios cotidianos.
Un día la tierra puso distancia,
nuevos nombres que aprender,
otros hábitos.
Fluiste en ese mismo río
que hoy llevará distinta agua.
Qué fue de aquel mundo,
qué fuiste tú para ellos,
además de un adiós,
una duda,
un recuerdo,
un olvido,
una muerte quizá.
Se afana la poesía en abrir
Se afana la poesía en abrir
surcos en la tierra seca.
Aguarda a la espera la nube
que vierta su fuente clara.
Enternecida por sus besos,
abandone su mirada esquiva
y brote el maduro fruto.
En el muelle duermen las barquillas
En el muelle duermen las barquillas,
mecidas cunas sin llantos de bebé.
Es su ajuar, redes secas
con aroma a mar.
En sus vientres vacíos
anidan salitre y escamas.
Son como almas tristes
adormecidas por el campaneo
de los altos mástiles.
Qué adivina del huésped el casero
Qué adivina del huésped el casero,
no más que sabe de sí mismo.
Desde el lugar que se mira,
deja a oscuras rincones.
Ni el cielo que desde arriba lo observa
sabe de su altura y de sus adentros,
pues el sol de un lado alumbra
y de otro deja sombra.
Cuando lo traga el horizonte
hasta su color muda
y su rumor marca las notas fúnebres
de la noche sombría.
Va esa hoja caída rodando
Va esa hoja caída rodando
en busca de su rama
y nunca vuelve al árbol
donde estuvo prendida.
Al salir de la fuente
Al salir de la fuente
este río impetuoso
vierte su caudal al cauce,
recorre su trecho,
acumula y abandona
limo sin saber
cuándo llegará su fin.
Su agua refleja el cielo y las nubes,
las ramas de los árboles,
el vuelo de los pájaros que dan vida
y sin embargo,
se dirige a la muerte.
Aun siendo espejo del mundo,
no puede mirar su propio reflejo,
se deforma entre ondulaciones.
La roca con la que tropieza
le hace tomar desvío
o saltar
en cascadas
entre confusa espuma.
No logra ver con los ojos gotas.
Hasta que vuelve la calma
y una engañosa transparencia
le da un fugaz consuelo.
Ni siquiera ella le ofrece todo su fondo.
Hay lodo, recovecos, corrientes
que remueven la tierra
y la vuelven opaca.
En la cabeza del arquitecto
En la cabeza del arquitecto,
por los recónditos espacios de las neuronas,
sobre el plano,
el edificio no tenía ni un hueco,
ni una muesca rota, ni piedra mal colocada
Se abrazaban y rozaban sus dendritas
con tanta pasión
que saltaban pavesas
de un fuego iluminando aquella oscuridad.
Al salir se volvían simples sombras ilusorias.
Anduvo los senderos desde el deseo y el sueño
al fracaso y la decepción.
En aquella galaxia
los astros giraban en armonía
como un reloj exacto,
una medida precisa, idéntico movimiento.
No dejarás que entren mis ojos
No dejarás que entren mis ojos
a la intimidad de tu paisaje.
Ya no me abrirás tu puerta,
no dejarás desnudo,
frente a mí tu hermoso horizonte
a través de los amplios ventanales.
Nunca te volveré a ver
con la frescura de la mañana
o con la oscuridad de la noche.
Qué paloma o mirlo se pose en tu cruz de piedra.
Y cuando regresen los estorninos
busquen sus nidos entre los huecos
de las tejas y los muros.
Hoy ya no escucharé tus campanas tañer
puntuales a las doce
y llegará en mi reposo
el rodar de maletas
y la guía repitiendo un mismo relato.
Era clavel fresco
Era clavel fresco,
de piel suave y roja.
Cortado de la planta,
muere dentro de un frasco.
Hermosa flor de alto talle,
firme tu cintura,
levanta tu cabeza orgullosa.
Mas el reloj implacable
marca cada segundo,
la agenda minuciosa
apunta cada día.
Tu espalda cede hacia tierra,
la empuja la parca,
apaga tus ruborizadas mejillas.
Tu rostro terso se rompe,
abre grietas en su lisa llanura.
Es ya irremediable tu fin,
nada te queda de resistencia.
De aquel almidonado traje,
un volante persiste aún con gracia
mientras los otros languidecen
perdieron su vigor.
Se unen
Se unen
como nudos en una cuerda,
los días,
cada vez más juntos,
cada vez más corta la soga
hasta ser un solo nudo grueso,
apretado, sin sueltos cabos,
sin pasado ni futuro,
única ligadura,
enredada nada.
Cada día es distinto
Cada día es distinto
y cuánto se parecen sus rutinas.
Abren los ojos a la luz
y caminan como el sol
por el horizonte
haciendo horas con segundos.
Cada día es un nuevo despertar,
un cielo diferente,
no son las mismas nubes
ni sus viajes tienen la misma trayectoria.
Cada día es un atardecer
que eficazmente se oscurece
y se entrega el cielo a otra noche.
Cada noche se parece
y no son ni parientes
desconocidos que llegan
y marchan sin dejar rastro.
Mira estos ríos que van al mar
Mira estos ríos que van al mar,
mar de olas y espuma,
espuma de nubes sobre un cielo azul.
Azul púrpura de atardecer,
atardecer y noche de luna.
Luna que brilla sobre tu espejo,
espejo donde el cosmos se mira
mira,
mira,
mira...
Danzo sobre muertos
Danzo sobre muertos
con mi corazón dolido,
sin faro que alumbre,
horizonte de brumas,
jirones de niebla.
Los defectos del tejido
quedan patentes cuando llega el invierno
y nos deja ateridos en soledad.
La voz de este Señor,
la sonoridad de su verbo
retumba con fuerza.
Ya se acaba,
llegó el domingo y agotaremos
los últimos días del mes.
Haya vida,
paz.
Y este caminante se queda solo
Y este caminante se queda solo
con su sombra y los lejanos ecos
de las voces primorosas
que, tras otros árboles, siguen su ribera
con el río cerca para beber su agua.
Tú me dices que el rostro que busco en el reflejo
Tú me dices que el rostro que busco en el reflejo
me engaña. Y me niego a las palabras
que pronuncia tu boca.
Fueron aquellos ecos que enturbiaron el aire
entre las áridas montañas,
allí donde el viento helado dejó desnuda la roca,
mientras sembraba verde ladera
en la otra cara, esa que miras en el espejo.
Oscuro como un cielo cubierto de nubes
Oscuro como un cielo cubierto de nubes,
Oscuro como es la cromática paleta de los errores,
Oscuro como el árbol en la noche,
Oscura mi sombra, la del perro y el niño,
la de la hormiga y la sombra de la propia sombra.
Calla
Calla.
Predestinada al desencanto,
a la infelicidad, al precipicio,
ni una muestra más de nostalgia
ni emponzoñada tristeza.
Venga, ¿a qué esperas para retirar estos restos
que cuelgan de tu boca suplicante,
llena de falsos propósitos?
De acuerdo, no los lleves al olvido.
Pero anda, despierta, que es la hora
y no vayas a lamentar más tarde
que se fueron los minutos amados
sin amarse.
Avanza con tu mochila
cargada de pequeños tesoros,
sigue sin lamento ni remembranzas estúpidas.
¿Acaso no lo tuviste mientras el reloj
daba las horas en punto
y en estos cuartos te detienes?
Espabila, aligera el paso, suelta y vuela.
Vuela alto
y lejos.
Abandono tu cuerpo
Abandono tu cuerpo,
el ardiente beso de tu aire.
Te deseé tanto y tanto,
a veces, te desprecié.
Pero, siempre volvías a envolverme
con tus brazos y caía rendida a tu lecho.
Todo se acaba
y ahora busco lejos otro amor
al que entregarme en las noches oscuras.
Y, en las claras con luz de luna,
enredada a otro cuerpo,
hacer el amor como la vez primera
y sentir palpitar el corazón
con la sal de los besos de otros labios.
Cómo duele mirarte sabiendo
que estos momentos son un adiós para siempre.
Y me recreo con más ahínco
en tus contornos y en los detalles
que pasan desapercibidos
por la urgencia del deseo.
Me pregunto,
cómo pude pensar que alejarnos sería tan fácil.
Tenía firme decisión,
ni duda tuve en marcharme.
Sueño con curar las llagas.
Ahora por mucho que mis ojos abracen
cada trozo de tu cuerpo,
cada rasgo de tu rostro,
tus modos y tu andar cimbreante,
ay, no volveré a tenerte
ni tú a poseerme tan adentro.
Al capricho de la vida me voy,
ganas llevo en la carne,
aunque el corazón vaya herido,
de cerrar las llagas con besos de otro amante.
Poco a poco desmonto el puzle de una casa
Poco a poco desmonto el puzle de una casa.
A trozos la vestí con sueños y alegría.
Esparcía el agradable aroma del hogar
y, a pinceladas únicas para el corazón
que la habitaba, daba color y armonía
que fuese reflejo de esperanzas.
No puedo evitar los espacios
que fueron escenarios de dolor y lágrimas,
a los que la fe y la confianza devolvieron
la calma después de la intensa lucha.
A ratos se descompone la materia densa,
esta firme roca que nos sostuvo,
se hace arenisca,
para ser trasladada en cajas, en bolsas,
en el alma. Y en otro lugar extraño
levantar de nuevo nuestro castillo
sin murallas, ni fosos
abiertos los ojos al mundo
para llenar la alforja de vida
mientras sigamos vivos.
Te sueño ahora con los ojos abiertos
Te sueño ahora con los ojos abiertos,
ciegos de ti.
Y en mi frente,
como un puñal,
se clava tu imagen clara.
Te veo no como en sueños,
te palpo y huelo el aire que te rodea,
con tu fluida estampa y tu vestido
verde con hilos de plata.
Qué hermoso y calmo tu mar de suaves olas,
onduladas dunas de ocre,
jardín de pálidas flores. Hasta mí llega
la figura altiva y sobria de tu campanario.
Una paloma se ha posado
sobre la campana de acero
confiada que el eco no la sorprenderá
porque ya pasaron las doce.
Hoy a las doce qué lejos de ti me hallo.
Me envuelve esta canción
que me fuerza a llorar
pues en tu lecho cuántas mañanas
la escuché y bailé entregada a tu cuerpo.
Te cuento con la ausencia
clavada en el pecho y la razón
me grita, se fue, nunca volverá
con su vestido de fría plata la lluvia
a rodar por su sábana enrollada.
Mis sentidos se niegan
y se resisten mis ojos
y te habla mi boca
y me niego al adiós
que ya es cadáver
que empieza a descomponerse.
Y ahora, después del abandono,
de pasar tu duelo con otros encuentros,
y ahora en qué dura competencia
entrarán los afectos y las ganas.
Poema de la fuente
Ay, este amor,
que de soledad se alimentaba
y añora el eco de un lejano beso.
Ay, qué consuelo tener el vacío de un abrazo
por el brotar de una fuente sonora.
Matar al deseo
Matar al deseo,
que no quede de él
ni la más mínima huella.
Entre por la puerta la calma,
el sosiego del silencio,
la impaciencia huya
y, muerta la llama, prenda
el fuego en el ánfora
donde quedó agazapada la esperanza.
Convertido este mal en cenizas,
rama que salió del mismo tronco
que sus hermanos y hermanas.
Salga de la cárcel de los sueños,
no nos engañen sus formas
ni artimañas.
Acaso no es esta vida
un juego ilusorio,
la perversa estrategia de una quimera
que hace creer agarrar el aire
y solo es prestado aliento
disuelto en la nada.
Y ahora, a gozar de este paisaje
Y ahora, a gozar de este paisaje,
aunque desnudos se muestren sus rostros.
Acoge en tus brazos al recién nacido,
dale calor y alimento.
Aunque el recuerdo persista
y escuches sin proponértelo el timbre de su voz,
déjate llevar por el arrullo de este río
que pasa compañero de tus nuevos pasos.
Entre las tiras de la persiana
Entre las tiras de la persiana
enrollada a media altura,
miro tu cielo celeste claro
con hebras de nubes blancas.
Más abajo, por la ventana abierta,
entra el mar ocre de tejados.
Que mis ojos no verán en este invierno
correr sus ríos de plata.
Ah, la pérdida de aquello
que tanto se ama.
Hablan de tu mar porque ruge
Hablan de tu mar porque ruge.
Murmura y canta un pentagrama
de olas, caricias de espuma
y salitre.
Y por ser silencio resignado,
paciente, generoso,
tus campos quedan en el olvido.
En tus entrañas se gestaron
mujeres y hombres,
cantos de alegría,
sueños vencidos.
Aún reverberan en el aire
el grito de lucha,
el reclamo desesperado,
la oración al cielo,
ecos que rompen en la orilla
de la playa en miríada de granos,
semillas hundidas en la tierra
en un renacer de brotes.
Vidas de nuevas vidas.
Qué tendrá la tarde
Qué tendrá la tarde
que tan aprisa va
en busca de la noche.
¡Qué lujuria la lleva
a su alcoba clandestina!
Qué triste está la fuente
Qué triste está la fuente,
qué débil su rumor.
Caen lánguidas sus lágrimas,
se enjugan en el pañuelo del cuenco de agua.
Qué triste mi fuente,
qué melancólico su canto.
No saltan ya sus gotas alegres,
ni brota alto su chorro.
Qué callada su melodía,
qué desolado su semblante
en este agónico adiós.
Ya siento en mis ojos su ausencia,
y en su mirada está mi reflejo.
Llora ocultada por la noche la fuente,
y mis ojos se contagian de su tristeza.
Llora la fuente, reflejo de mis lágrimas.
Lloramos la fuente y yo.
Lunes, martes y miércoles
Lunes, martes y miércoles.
A la una a las dos y a las tres,
mirando atrás con el pañuelo al aire.
Adiós en el alma te llevo,
que mi memoria no me falle.
Ya te añoro en los huecos vacíos
de este que fue mi continente.
Apretando va mi corazón,
exprime la miel del recuerdo
y vierte por su corteza
el amargo ámbar del dolor.
Lunes, martes y miércoles.
A la una a las dos y a las tres.
No tiene nada que ver
No tiene nada que ver
la piedra con la hierba.
No tiene comparación su hermosura,
ni su rostro, ni su donaire
con aquella desabrida y fría.
Pero esta me abandonó
Y la otra, quién sabe,
quizá me quiera.
De este cuerpo conocí tus brazos
De este cuerpo conocí tus brazos,
el corazón, parte de tu cabeza,
tu melena ondulante,
la sombra de tus venas, la melodiosa voz.
Conocí tu ojo derecho,
ah, la sonrisa en tus labios
y la lágrima en tu ojo cerrado.
Conocí una pierna,
el principio de tu espalda,
los cinco dedos de una mano
y dejé tras mis párpados tus talones,
tu sexo, la saliva de tu boca,
las piernas largas trepando muros,
rondando oscuros callejones.
El aire que tragaron tus pulmones,
ellos me prestaron algún trino,
el soplo regalándome el vuelo de alguna hoja.
Conocí una parte de tu todo
y de mi rostro nada reconociste,
porque yo, clandestina tras una ventana,
te observé con tu traje de domingo y fiesta,
con la túnica blanca de la luna llena,
nunca a la luz plena del día cegadora,
nunca por completo,
nunca en tu fondo ni en tu esencia.
Y a pesar de ser escaso mi conocimiento,
te conocí lo suficiente para jamás olvidarte,
para no olvidar jamás tu piel y su aroma.
Esta iglesia del barrio antiguo
Esta iglesia del barrio antiguo
abre sus puertas los domingos,
una hora de misa
y su vientre se preña de cantos
y rezos de música de murmullos,
para quedar en solemne silencio
el resto de los días.
Qué sola queda la iglesia.
Levantada de escombros,
fue yacimiento para rapiñas que se llevaron sus piedras,
sus puertas, sus imágenes y lienzos,
los paños que cubrían el altar,
la custodia sagrada, la sangre
y el hambre de los desheredados del mundo.
Dejaré por sus espacios tu reclamo
Dejaré por sus espacios tu reclamo,
el ladrido de miedo,
tus sueños y tus miradas de infinita nobleza.
Dejaré el olor a guisos, el aroma del café caliente,
mis pasos rutinarios de ida y regreso
dibujando una coreografía imperfecta.
Dejaré barridos los rincones
y debajo de la cama quizá se esconda
una pelusa traviesa siempre al escape de la escoba.
Dejaré mis horas muertas
y aquellas donde olvidaba
el avance de las agujas, concentrada en una tarea.
Dejaré ecos disueltos en el aire,
inaudibles para los torpes oídos,
que solo atienden la urgencia de la vida
y desechan el hilo que teje en el silencio
una conversación con lo perdurable.
Dejaré la marca de mi cuerpo sobre el colchón,
hundido el sofá de muchos atardeceres.
Dejaré las puertas abiertas
de las estancias vacías de lo inútil,
pero danzarán multitudes irrepetibles
de mis huellas donde otras nunca coincidan
y, por mucho pisar, nunca las borren.
Dejaré rondar la música de mis canciones preferidas
y la alarma del horno avisando a otros comensales.
Dejaré mis lágrimas secas por el ardiente sol,
formando parte el cristal de su sal
la losa del suelo que fue mi apoyo
y no me dejó caer nunca en el abismo.
Dejaré las luces apagadas, las camas vestidas,
frías de nuestros cuerpos.
¿A quiénes cobijarán mañana?
Dejaré mi poema perdido,
los versos que escogí de esta pradera,
esas voces cercanas que a trozos
mostraban perfiles de un rostro incompleto.
Dejaré o me dejan todo lo posible
que no llegó a ser,
lo prestado por un cielo,
la luna visitante cada mes,
la crueldad de aquellas lanzas afiladas
que me hirieron.
Dejaré, ya casi las dejo las mañanas,
su cotidiana costumbre para empezar
otras en un lugar distinto.
Dejaré suelto con mezcla de tristeza y promesa
un hoy con ingenua seguridad por otro incierto,
con la estúpida razón de creernos autores de nuestros relatos .
Dejaré, dejo... ya dejé.
Y ahora con las manos vacías
atrapar a ratos sus recuerdos.
Dejaré sin ser nombrados tantos detalles
que me ahogo en la negrura de su garabato
y busco entre los huecos
la claridad del aire y sumergirme
en sus profundas aguas a recolectar
sus pececillos de plata,
para ser estrellas en el abismo
de este oscuro firmamento
que aún no divisan los ojos.
Abandonado al polvo y al peligro
Abandonado al polvo y al peligro
de ser arrollado,
su piel quemada por el sol se agrieta,
pierde el lustre de sus mejores tiempos.
Solitario, vagabundo,
arrinconado en la medianera,
enmudecido su pisar,
sin el compás de su compañero,
sobre el ardiente asfalto,
se deja morir el solitario zapato.
El zapato de un desconocido.
El zapato de un cadáver.
Un zapato de hombre.
La soledad me empuja
La soledad me empuja
a abandonar la casa amada.
Los caídos brazos se alzan contra los tabiques
que levantaron las telarañas de la desidia
y, arrastrado, paso por el mismo camino.
Ahora estos pies levantan el ánimo
y pisan maleza espesa y húmeda
con la añoranza a la espalda
y la fe marcando el ritmo.
Sé que solo el cotidiano andar
construirá un sendero,
vencerá las breñas
que hoy se abrazan con avaricia
y oscurecen la senda de este amanecer.
Llegará el mediodía y espero en el horizonte
su ocaso para emprender el viaje
bajo la sombra del destino.
Llévame
Llévame,
agárrame por la espalda,
del vestido,
por si me caigo.
Por si tropiezo,
llévame bien sujeta.
Me pregunto
Me pregunto,
¿llorará Carmen mientras toma el desayuno,
en las noches solitarias y frías del alma,
bajo el silencio abrumador de la noche?
¿Dejarán correr ríos de lágrimas
esos ojos llenos de espanto,
profundos que no dejan ver
más allá del brillo que desprenden
al sonreír, como una niña herida
que aún conserva un corazón tibio?
¿Abrirá la fuente un profuso caudal
de la roca de sus días
que alumbraron tanta desolación y desencanto?
Me convertiré en bosque de un solo árbol
Me convertiré en bosque de un solo árbol
y beberé de esta humedad que transpira de la tierra,
que vierte óxido en el hierro,
siembra bruma en el aire,
y oscurece los muros y tejados.
La gente se ha convertido
en canto rodado de un río
que acompaña sus pasos.
Me convertiré en bosque de un solo árbol,
talado de tierra seca, que bebe de esta niebla,
nubes preñadas de fríos manantiales.
Apagará el hervor de mi sangre,
tal vez se resienta mi tronco
del peso de sus ramas cargadas de gotas de lluvia.
Pero sé que voy de paso y cargaré mis raíces
de su fértil fondo, guardaré su agua cristalina,
recobrarán brillo mis hojas
y mi mirada embebida de verdor
dará fuerza a la herida esperanza,
quizá ser bosque frondoso.
Recibes en tu cuenco
Recibes en tu cuenco
de piedra de siglos
el agua fresca de tu fuente.
Retuercen la redondez de sus bordes
sus plateadas y continuas lágrimas.
Resbalan por su cuerpo húmedo,
acariciando sus carnes prietas.
Y aquellas, alegres y saltarinas,
queriéndose alejar de las otras,
van a perderse al final,
con las mansas.
Nunca es tarde para empezar
Nunca es tarde para empezar.
Solo que ya se acerca el ocaso.
Quedan pocas horas para ir a dormir
dejando tareas pendientes
en la noche sin mañana.
Os dejo atrás, campos de olivos
Os dejo atrás, campos de olivos.
Me rodean montañas y valles,
serpentean ríos por pequeños bosques
de manzanos, robles, hayas, castaños y abedules
y se llenan mis ojos de una espesura verde.
Me cubre un cielo indeciso,
que deja pasar a un sol tímido,
aquel que quemaba la piel
y hervía la sangre
aliviado por una sombra compasiva.
¿Qué fue de aquella niña?
¿Qué fue de aquella niña?
Sigue asustada aunque ya no es el mismo miedo,
ni son los mismos monstruos
ocultos tras la luz cegadora de los sueños.
¿Qué será de aquella mujer,
con su reloj atrasado,
llegando siempre tarde a la fiesta de la vida?
Cuando casi todo el mundo
ya se ha marchado y quedan
solitarios borrachos dormitando
en los sillones llenos de mugre,
brillaba en la penumbra una hermosa luna,
vertiendo por el campo de batalla
los cadáveres de una sangrienta lucha
por sobrevivir.
Y, suspendidos en el aire,
laten los ecos de los ardientes corazones
y sus ansias por olvidar la tragedia inevitable.
Entre los lánguidos destellos
de una demacrada bola de cristal
colgada de la abandonada pista,
ella baila en silencio,
con los ojos cerrados,
llevada por los ecos
de una melodía que la atraviesa
y se diluye en la nada.
Reposa sobre esta cúpula de ébano
Reposa sobre esta cúpula de ébano
una luna redonda y blanca,
hermosa rosa de apretados pétalos.
Irán cayendo uno a uno,
dejando al firmamento huérfano.
Luna llena en oscuro cielo,
resbala de unos ojos negros
la perla de una lágrima.
En este sopor de verano
En este sopor de verano
danzan las distraídas abejas
en una primavera perenne,
buscando algún fruto que libar
y guardar protegido en su colmena
la esencia de su jugo,
sueños para su engaño.
Ignoran que llegará el frío en este ardiente verano.
Verán congelarse sus alas,
si antes no les llega la muerte
y se vuelve agrio su almíbar.
En breve
En breve
tomará el peregrino un nuevo sendero,
variará su vegetación y su fauna
y las voces sonarán distintas.
Su mirada recorrerá otra vegetación.
Y escuchará…
Acaso la rutina guarde horarios
o incorpore y elimine otros,
que convertirán lo inusual en hábito.
Hoy al frente ve turbia la senda,
oculta entre retamas y árboles.
Paso a paso el transeúnte
llega a otra tierra que durante un tiempo
lo acogerá como planta que crece,
como las flores en primavera
de sus bulbos preñados.
Aún no conoce amenazas ni cobijos,
qué es peligro ni seguro,
qué envenena o alimenta.
Sueña, espera y duda con ese otro paisaje,
qué rumor de agua lo acompañe
y si tendrá en su recreo
sobre qué suelo pisar que lo sostenga.
Y cómo evitar las arenas que lo hundan.
Llevo una sombra sobre mi cabeza
Llevo una sombra sobre mi cabeza
y no sé si será nube de lluvia
o penumbra fresca de estío.
Arrastra la suela de mi zapato
una hoja seca
y no sé si será anuncio de invierno
o promesa de frutos.
La vida es poesía, no narrativa
La vida es poesía, no narrativa.
Hacemos un relato con un rodar de pensamientos,
creamos una historia, un personaje y su entorno.
Inventamos una trama,
el argumento de una comedia alegre,
un sainete, un drama, una tragedia,.
Un delirio y una calma
con un final conocido,
aunque ignoremos el día y la hora,
el cómo y el cuándo del aliento último.
Pero esta novela llena de capítulos,
en realidad son versos sueltos
llenos de metáforas, hipérboles y anáforas.
A veces pierde el ritmo y va descompensada.
¡Y de vez en cuando qué rima,
qué cadencia y melodía lleva!
En este mar dejé mis huellas
En este mar dejé mis huellas
que las olas borraron.
En su manto de arena,
dejé marcada mi figura
que los vientos cubrieron.
Hoy viene a mí su eco ronco,
su cuba de agua tan profunda,
tan inmensa que mi corazón
se sobrecoge.
Hay un miedo arcaico
que circula por nuestras venas
y riega las entrañas
de amenazantes rumores de abismo y muerte.
Ha llegado el ocaso,
rojo fuego,
la esfera del sol aparenta
hundirse en el océano
que apaga sus llamas. La noche
ha caído entre una neblina,
púrpura, desdibujada,
y brillan luces a lo lejos,
donde claman su llegada otras vidas.
Oscuro, hipnótico, con voz malvada,
nos deja caricias
a esta orilla su dócil espuma.
Que no te engañen los ojos,
no te confunda su nana,
te rodea, y te besa,
te susurra y te calma
y un día, como brutal
bestia salvaje, te traga.
Ha rodado la piedra cuesta abajo
Ha rodado la piedra cuesta abajo,
tropieza por el camino con otras.
Lleva caída su inercia,
su voz y su correr desesperado.
Aún no sabe qué le pondrá freno,
qué piedra aún mayor,
qué matorral o qué agujero la tragará
hacia una caída más honda.
Igual la hierba frágil y delicada
de una llanura imprevista,
la acoja en su blanda espesura,
donde quede a resguardo
para ser suelo de una margarita
solitaria y soñadora.
Volverán el viento y las lluvias
Volverán el viento y las lluvias
y un horizonte sembrado de sombras.
No tiene miedo el viajero
que avanza por la senda ya marcada.
Son buenas las lluvias
y el aire que arrastra polvo y hojas secas.
Dejarán los campos relucientes
con brillo de esmeralda
y la luna será blanco farol
que alumbre las tinieblas
El sol, callado, bajó la mirada
y viene a besar la piedra sumiso,
soltando chispas de fuego esas duras brasas.
Sigue el caminante la trazada senda.
Le acompañan soy y lluvia,
como noche y día van las horas.
Desconciertos de la esperanza
Desconciertos de la esperanza
y el desgarro de la impaciencia.
Crédulas, bebemos del manantial
del pensamiento
por donde navegan erráticas
las fluidas palabras.
En la carencia de ser,
la perfecta herramienta
de las certezas y el control.
Qué lento pasan estos días
Qué lento pasan estos días
sobre el impasible, impávido tiempo.
Me observa desde su territorio
de eternidades y sonríe con descaro.
Me mira con ternura,
como quién se recrea
en la inocencia del niño en su juego.
Mientras señalo en el calendario
su ritual de meses,
uniendo sueños con retales,
descosiendo dobladillos,
alargando el vestido de la esperanza,
con desgarro de impaciencia,
creyendo ese falso amigo
de nuestros pensamientos,
quisiera tener en sus fluidas palabras
la perfecta herramienta
y una voz.
Hay seguro un mejor jardín lleno de rosas
Hay seguro un mejor jardín lleno de rosas
y son más jugosos los frutos de los árboles
que germinan en la tierra de la palabra.
Con toda certeza son más dulces
los besos en la boca
que los nombra y más fuego
en el cuerpo que la brasa
de su sombra.
Cuánto más gozoso sentir al corazón latiendo
que ponerlo en las manos
y tejerlo con hermosas hebras.
Dentro del silencio cómo retumban
sus acompasadas notas.
Te atrapa su eco en la soledad del alma.
Olvidando la carne, alcanzar la gloria.
Este pajarillo quiere volar a favor del viento
Este pajarillo quiere volar a favor del viento,
ignorando el caprichoso aire
que tiene loca a la veleta.
La culpa de sus indecisiones
que lo llevan confundido,
perdida su cordura,
que el pajarillo ya no sabe
si toma rumbo al sur o al norte.
Hoy, bajo la tormenta,
Hoy, bajo la tormenta,
camino con el paso firme,
dejando la espalda desnuda,
sin temor a las lanzas del recuerdo,
con el reloj del tiempo puesto en marcha,
con el tictac del tiempo en marcha.
Cuando cierre mi puerta con llave
Cuando cierre mi puerta con llave dejaré atrás mi templo. El recreo de mi mirada eran sus tejados y su campanario. Cruzaban frente a mi ventana bandadas de vencejos y se distraían en las horas vespertinas palomas y mirlos. Dejaré sus plazas rodeadas de piedra y muros de iglesias y palacios, el batir de campanas y de trazados pasos guiados por sus calles y lugares simbólicos. Cuando saque la última pertenencia y deje aquellos espacios a los que ya nunca volveré, quedaré tras la puerta abandonando mi refugio.
Y recordaré su aire y sus voces, la muerte del santo, el insigne arquitecto que diseño en el plano este paisaje de mis sueños. Y dejaré brotando mi fuente, murmurando mis palabras y las de tantos y manará dulce su caño de día y, aunque sea de noche, brotando, siempre brotando en mi memoria y sus gotas como lluvia sobre su cuenco de agua con barquitos de hojas secas y de insectos y las palomas bajaban a aliviar su sed. Y su melena azotada por el viento.
Cuando cargue el último tiesto y mi cuerpo tome rumbo al norte, recordaré su gente y su acento. Y los bancos y las fiestas y las llamas de San Antón y el bullicio y el silencio. Y de vez en cuando bajo la lluvia de un próximo invierno, lloraré por su pérdida y soñaré entre valles y montañas con retener lo imposible, el tiempo.
Él seducía con miradas
Él seducía con miradas,
con mentiras saladas y palabras dulces.
Ella no lo buscó,
jugaba como una niña.
Se volvió objeto prohibido
y fue en celo para ser su presa,
necesidad de ser devorada,
engañada porque engañarse quería.
Perder un sueño en insomnio
de deseo y culpa.
Decirte adiós
Decirte adiós,
esta noche,
a este cielo
por donde avanza una luna
mordida por la boca del sol.
Decirte adiós
al perfil que cada día
me acompañaba…
Cuánto abandono de rutina
Cuánto abandono de rutina
con este desorden de pasos.
Cómo busca la paz
el alma extrañada en el cuerpo
que la lleva con la urgencia de las palabras
y el rumiar de horas,
en el seco prado de las dudas
si traerán las nubes su dulce agua.
Tal vez fue un día gris, apagado,
Tal vez fue un día gris, apagado,
y sin lluvia fresca y limpia,
capaz de arrastrar la opacidad
de las cosas y devolverles
el brillo oculto bajo las sombras.
Tal vez fuera un sol luminoso,
un cielo sin mácula, unos trinos
y vuelos de aves afanosas
por ser pinceles sobre el lienzo de la mañana.
No sé qué encendió
la mecha y se prendió en los ojos
la luz de otra promesa.
Hoy, bajo de sus alturas,
camino por el suelo mirando al frente,
dejando la espalda desnuda,
firme, libre,
sin temor a las lanzas del tiempo.
Y mientras desnudas tu cuerpo
Y mientras desnudas tu cuerpo,
dejas desprotegidas
las piernas,
el hombro,
los brazos,
los pechos,
tu cuello,
tu vientre,
tu sexo,
tu alma.
Esa casa abandonada
En esa casa abandonada
en medio del campo,
apenas unos muros levantan aún sus formas
huecas por el tiempo,
por donde vientos robaron
las pocas pertenencias viejas
que quedaron frías
de manos cálidas y cubiertas
de herrumbre y polvo.
Sus muros permanecen
frente al olvido de unos cuerpos,
aquellos que se protegieron a su abrigo.
Levantados los muros de ladrillo y su alta chimenea,
sus espacios como cuencas de ojos vacías miran al cielo.
Un pajarillo pasa por el hueco
de la ventana de su torre
para entrar a la nada de sus recintos.
Los versos se divierten con las palabras
Los versos se divierten con las palabras,
con los sueños, con ficciones
y levantan estrofas imperfectas
redondeando las aristas.
Qué fría esta carne de moradas venas
Qué fría esta carne de moradas venas,
con cicatrices en el cuerpo y en el alma.
No abraza un cuerpo sin brazos
y besa unos labios por capricho,
con desdén dejó mordida la piel rosada.
Un miedo y un deseo en un desnudo pecho.
Enmudecen los recuerdos
Enmudecen los recuerdos
entre las altas dunas que levantó el viento.
Lentas, se desplazan por detrás de tu espalda,
te rozan la nuca.
Si te giras, la arena entrará en tus ojos
y las olas dejarán sus gotas saladas
sobre tus mejillas
y un rastro de sal tatuará tu piel
con filigranas de plata
el mapa de tu sagrado templo,
la mágica geografía de la luna.
Un pie ordena al otro y van cansados.
Un pie ordena al otro y van cansados.
Cuántas veces le grita: ¡para!
––No puedo ––le contesta la boca––.
De hacerlo, ¿quién moverá
este peso muerto?
Hay heridas que no dejan cicatrices
Hay heridas que no dejan cicatrices
a la vista.
Cerraron por fuera y están
en carne viva por dentro.
Aquellas carreteras sin líneas pintadas,
curvas rodeando campos de cultivo.
Los ojos no tienen limpiaparabrisas
para las lágrimas
y van sin meta esas ruedas.
Huir no requiere de un destino.
La mirada sigue el asfalto gris
brillante bajo el sol de la tarde.
El dolor va solitario sin consuelo
bajo el cobijo de metal,
mientras el eco de unas palabras
hacen resonancia en la culpa.
Palabras como agujas, dedo acusador,
¿qué pecado había cometido?
El aire se las llevó,
quizá sobre otras consciencias.
Los reproches arrastrados por el desagüe
con el agua de la ducha diaria.
El depredador mordió la inocencia,
aprovechó la soledad de la víctima,
la torpeza de perderse
y dejarse guiar por el cazador.
Cuántos han de morir
Cuántos han de morir
para crear una obra de arte,
cuántos cuerpos heridos,
cuántos brazos amoratados,
cuántos nadie para un gran nombre.
Hace días que no miro tu horizonte
Hace días que no miro tu horizonte
ni me recreo en tu cielo.
La rutina inquieta seca las horas
como prendas al sol y al viento,
azote y lanzas ardientes
de este deambular sin sentido
al que ponemos orden.
Fibrosas nubes color púrpura
Fibrosas nubes color púrpura
en un azul claro de atardecer.
Ay, las tardes sobre tus muros
que tanto añoran mis ojos.
Entre sueños viene a mí
Entre sueños viene a mí
una marea de voces infantiles
y el recuerdo de aquellas mañanas malvas
con juegos de luces
sobre el techo de la habitación.
Un nuevo día llegaba vestido
de colores y mudaba la piel
de la noche con el verde
esperanza.
Sobre la pista se retuercen
Sobre la pista se retuercen
serpientes cristalinas,
amebas extendidas que se desplazan,
un cuadro abstracto de transparencias
donde inciden frágiles rayos
de un sol oculto entre nubes
que a ratos, se asoma.
Un río con sus meandros,
un laberinto sin salida ni entrada,
unidas manos, entrelazadas piernas.
La lluvia sembró este jardín,
sinuosos cuerpos de agua,
una danza de charcos,
espejos sobre una alfombra,
donde el cielo se mira y juega
haciendo figuras de gris y plata.
Ay, Dios mío de mis entrañas
Ay, Dios mío de mis entrañas,
vida que no es vida,
muerte que es siempre.
Cayó la noche como cae el alma
Cayó la noche como cae el alma
al suelo.
Vendrá a recogerla el alba
con su pala llena de rayos.
Cayó la noche, así sin darnos cuenta,
como vendrá la muerte,
puntual a su cita.
¿Qué luz barrerá su pesada oscuridad?
En sus ronquidos el sueño divaga
En sus ronquidos el sueño divaga
por los estrechos senderos
de una geometría anárquica.
La tarde silenciosa y su rumiar
es melodía desacompasada
sobre un tiempo sin números
ni agujas,
solo torcidas y blandas formas.
En un banco un hombre piensa
o tal vez sueña por espacios tangibles,
imágenes sujetas a una también frágil estructura.
Detrás de él pasea una autónoma máquina
que corta la yerba salvaje del jardín
de la isla de una casa.
Pasa alguien por delante,
levanta y gira la cabeza
como si pasara la nada misma.
Se marcha.
Al rato otro hombre se sienta en el mismo banco,
enciende un cigarrillo
protegiendo con una mano la cerilla.
A sus pies dos perros fieles
dialogan con su mirada.
El banco ha quedado vacío,
la tarde opaca y dulce
alimenta un ocaso sin hacer sombras.
Le han crecido margaritas
Le han crecido margaritas
pequeñas islas amarillas,
en su jardín.
El viento azota la hierba
agitando el oleaje
en ese mar verde.
Luchan las nubes
contra las sacudidas
de sus fieros brazos,
someten bajo su oscuro manto
los luminosos rayos del sol
que solo la noche vence.
Entonces, su jardín queda oculto.
Somos una línea continua
Somos una línea continua
zigzagueante sobre el horizonte.
Una cuerda extendida sobre la tierra,
subiendo y bajando laderas, rodeando
una colina, cruzando un valle
navegando un río.
Desde la lejanía parece una raya
sin espacios vacíos lo que son
puntos dispersos, saltos
en el aire,
pasos divididos.
Un bordado, tal vez,
sobre un tejido de algodón y lino.
El dibujo parte del punteado patrón
y el tiempo lo teje.
No ve la aguja sino el siguiente pespunte.
A veces, alza el hilo,
y, desde arriba,
se recrea, corrige lo que puede y sigue.
Llueve, es una lluvia suave
Llueve, es una lluvia suave.
Tras su diáfano visillo,
el paisaje se difumina.
Sobre su fondo contrastan
los altos edificios
con sus llorosos cristales.
Es lluvia amable,
aunque no para la mujer
que camina apresurada
por el sendero de piedra.
Es una sombra que avanza
bajo un paraguas,
lleva su bolso apretado al cuerpo
como un cachorro mojado
y desvalido.
El agua empapa sus pies,
las gotas saltan sobre los charcos
mientras ella traza una línea recta
en busca de su cobijo.
Nadie más transita por la calle
hay un silencio roto
por el golpear de la lluvia
en tenue musicalidad.
La vida se cubre con este velo traslúcido
para entrar con respeto a su templo.
Materia líquida, brisa suave
Materia líquida, brisa suave,
agradable compañía, visillo
que deja entrar la vida por la ventana.
Velo que insinúa un rostro
y nos seduce con su mirada serena.
También materia sólida,
viento gélido,
abrumador silencio,
telón de esparto ,
muro de piedra,
visita incómoda,
enemigo que se instala en casa.
Hormigas que te muerden los pies
y te lanzan a la calle
con desesperada convicción.
Huir de sus fauces.
Hallar al otro al torcer la esquina,
ir tras la corriente de voces,
del griterío que empuja
y frena esa profunda voz
que no miente,
verdad que estalla sin piedad
al borde de la boca
con los labios apretados
en una sonrisa.
Cubre agujeros en esa tierra seca
con prestadas gotas de sueños,
un chaparrón de muchedumbre
para regar la abandonada alma.
Ay, esa soledad amorosa, dulce
como alas de ángeles,
placer de un dios
en tardes cálidas.
Saborear sus manjares deliciosos
sin asedio ni premura.
Vuelo de ave por un generoso cielo,
arrullo de olas sobre la arena
dorada y suave.
Doncella cándida, bruja malvada,
calma sin dolor, enfermedad pertinaz.
Desatada de su clausura, regresa pletórica,
al quitarse las prendas festivas,
se pone el pijama de presa.
Trae en su cesta las frutas recolectadas.
Chirría la llave en la cerradura,
abre la puerta de su casa.
Le abofetea el denso silencio,
le envuelve una helada atmósfera.
Retumban sus pasos por el pasillo
como los ecos en una garganta.
Solo gimen los objetos
que le reclaman por su ausencia.
Fue su partida un refugio,
península transformada
en isla desierta.
Le acompaña su sombra,
un deformado reflejo ,
espejos cubiertos de vaho
por donde afloran manchas oscuras.
El tiempo disolvió su azogue
y por los ángulos escapa la clara imagen,
pierde su transparencia.
No es el adorado trono,
sino la pérfida reina
que lleva en su piel tatuada
su castigo.
Busca en su fondo la otra,
hundida entre un juego de luces,
entra traicionera y se adueña
de todos los espacios.
Muestra la amarga verdad
y se engaña moviendo esta noria,
desoye el latir de su corazón
con el crepitar del mundo.
Rellenar la agenda con reparto de deberes
y hacer balance cada semana
inventando nuevas proezas
contra las horas.
Ahoga y niega los desalientos
y, a pesar del esfuerzo
por suplir la genuina piedra
por perlas falsas,
al entrar al salón,
le espera sobre el sofá
la gravedad de su cuerpo.
Entonces, ¡se siente tan sola!
No trae palabras la mañana
No trae palabras la mañana,
solo un eco de rutinas,
el ritmo lento de unas gotas
sobre el cristal de la ventana.
Está gris el día,
pero es una falsa máscara,
debajo se esboza
una sonrisa traviesa.
Levantan sus párpados las nubes,
muestran sus ojos cerúleos.
El intenso brillo de su mirada
atraviesa como lanzas los charcos.
Penetran las oscuras pupilas
de los edificios,
son espejos sus ojos profundos.
Dibuja transparencias la luz
sobre los húmedos cuerpos,
enciende un fuego entre cenizas,
brasas que se enardecen y apaciguan,
se sofocan y de nuevo prenden.
Parecen morir y renacen.
Qué adornos más vulgares
Qué adornos más vulgares
para este vestido,
de tejido endeble,
con costuras deshechas
y estampado deslucido
después de tantos lavados.
Colgado de la percha
por la noche,
puesto a la luz del día,
cada semana, cada mes,
cada cansada rutina
por un beso encontrado
en algún rincón perdido.
Qué sentido su esmero,
llevarlo encima por costumbre,
llenar las cuadrículas de sus bolsillos
con piedras y arena,
perdidas por un agujero,
enredadas entre marañas,
deshilachadas de sus roturas,
trozos de cáscaras y huesos,
apaños con la suerte,
al abrigo de un milagro,
acabar hecho polvo,
olvidada hebra en el viento.
Ves ese prado verde, su ondulada colina
¿Ves ese prado verde, su ondulada colina
salpicada de frondosos árboles?
Allí levantarías tu casa.
¿Ves esa bruma ligera que lo baña?
Pasa como un vuelo de ave.
¡Qué verde está la hierba
y qué blanda su alfombra!
Firme está la tierra para levantar tu casa
y bajo este azul cielo
soñar con la eternidad de su paraíso.
¿Ves cómo se aleja de tu mirada?
Acepta la fatalidad,
solo los ojos
pudieron disfrutar por breves segundos.
Quedó tras la curva su regalo.
Alta, grande y luminosa
Alta, grande y luminosa
pende la luna llena
en este cielo oscuro.
Vergonzosa se oculta
tras el biombo de esa montaña
y sale vestida de vaporosas nubes,
plumas que lleva pegadas al cuerpo.
Brilla la luna, oronda, mágica.
Coqueta juega al escondite con su amante.
Escapa por la diestra y aparece siniestra,
resplandece sobre este océano,
rodeado de islas de espuma
y espejos donde se recrea su belleza.
Luna, tú que sabes de los secretos,
susúrrame con un hilo de voz
alguna promesa para que confíe
mi alma inquieta.
Qué fuerza lleva este río
Qué fuerza lleva este río,
arranca las ramas que besaban
su agua fresca
y ahora son olvido de este árbol
que ni añoranza siente
de una parte que fue suya.
En este ocaso se iluminan las ventanas
En este ocaso se iluminan las ventanas
que ocultan clandestinas intimidades.
Se irá borrando su luz
en el mapa de la noche
cuando la vida haga una tregua
y, vencido el cuerpo,
vuele libre el alma.
En ese fondo oscuro
son pardas todas las sombras,
la escurridiza bruma fría y húmeda
crea espejismos en los charcos
y una refulgente claridad se enciende
como llamas de un fuego
donde crepitan los desechos del día.
Todos los ríos se parecen
Todos los ríos se parecen,
sus cascadas son cortinas de infinitas gotas,
su lengua dulce,
su voz melodiosa.
Es vida que nace
niño, joven, anciano.
Todos los ríos se parecen
pero distinto el mar
donde van a morir.
Cientos de días se han marchado
Cientos de días se han marchado
sin dejar huellas ni poso
en el vaso de la memoria.
Solo la marca de cal que deja el agua.
tiñendo su transparencia de cristal,
volviéndolo opaco.
Una esquirla rota,
un rasguño que rodea su contorno
son la única señal del tiempo y su uso.
Cientos de días que recorrieron
todos sus horarios,
las inclemencias del viento y el frío,
los rayos de muchos soles.
Olvidaron si los pies iban alegres
o cansados,
caminaban en línea recta
o transitaron callejones oscuros.
Brillaría la luna llena en un dulce cielo
de verano
y el cosmos palpitaba en la noche
con millones de estrellas.
Así fueron certezas hechas añicos,
sumando inviernos y otoños.
Uno da por seguro
que hubo primaveras que cubrieron
el verde prado de flores.
¿Fue así, o fue soñado?
Agua del mismo pozo
que beben todas las bocas.
Cientos de días han pasado
que ni retal quedó
en el cajón del sastre.
Rebusco entre sus sombras
algún detalle de su estampado,
el pequeño trozo de su tejido.
Tan solo dejó el rastro sobre
calendarios caducos,
fotos guardadas entre las hojas
de un álbum.
Soy porque recuerdo y porque sueño
Soy porque recuerdo y porque sueño.
Uno sin el otro no existe,
uno con el otro nos inventa.
Va el caminante por la ribera del río
Va el caminante por la ribera del río
iluminado por farolas.
Le acompaña su sombra
ella va por delante,
guiando sus pasos.
Se acerca un tramo ceñido de noche
y su sombra va desapareciendo
mientras se adentra en aquella oscuridad profunda.
El caminante la busca y no la encuentra,
solo y perdido va el caminante
sin rastro de luz,
tragado por todas las sombras.
Pasaron los días
Pasaron los días,
perdían parte de los objetos
y con ellos el espacio que ocupaban.
Vaciaba el aire de su calor,
de la luz que emanaban.
Pasaban las horas devorando
cada día y semana,
las pocas que componían el equipaje
para la ida.
Rodaban por las escaleras los minutos
y los segundos se apretujaban
aún entre las sábanas, sobre el sofá,
dentro de los vasos de agua,
siempre dispuestos en la mesa
y en las toallas aún colgadas en la percha
del baño.
Cuando llegábamos a casa
después de una ausencia,
al abrir la puerta y entrar de lleno
entre los huecos,
cuánto abandono encontrábamos,
qué triste se volvía aquel refugio
donde sentíamos antaño su abrazo
entre las moradas paredes
frente a su sublime horizonte.
El corazón ya presentía la oscuridad
del laberinto del olvido
por donde se perderían
a pesar de la obstinación
de sus imágenes:
seguir latiendo al fondo de tus ojos,
sembrando entre esos jirones de niebla
el germen de dolor de su recuerdo
la vida que se perpetua en un cadáver.
Oscuro como un cielo cubierto de nubes
Oscuro como un cielo cubierto de nubes,
oscuro como es la cromática paleta
de los errores,
oscuro como el árbol en la noche.
Oscura mi sombra, la del perro y el amo,
la del viejo y la del niño,
de la hormiga y el gigante
y la sombra de una sombra.
No tengo el tema, tengo la inquietud
No tengo el tema,
tengo la inquietud
y las palabras no entienden
su estructura difuminada.
Reduzco, meto en el redil
este rebaño de brumas
de modo que distinga
las oscuras de las claras.
Este reflejo se vuelve turbio
Este reflejo se vuelve turbio,
la voz de un repetido discurso,
palabras con distinto ritmo,
pasa de la melodía tibia
a la sinfonía dramática
con notas desafinadas.
Del nombre queda solo su sonido
irreconocible la sustancia que lo habita,
el envoltorio vacío con la forma
de lo que contuvo.
Y sin embargo, los ojos apenas recuerdan
la epifanía de su brillo,
se obstina la memoria
con lo que nunca se olvida,
eco hueco del sólido verbo.
La ausencia del cuerpo por su sombra,
la angustia del corazón,
la huidiza imagen
borran la huella de los sueños
y van los pies uno tras otro
llevados por el camino.
Sostiene entre las manos
la nada abandonada por los días,
los contornos difuminados
como deshilachado humo,
cenizas sueltas del tronco
que ardió en un fuego.
Volver donde fuimos infelices
Volver donde fuimos infelices,
a la plaza desierta,
a la fuente dulce,
al deseado invierno ,
a las largas noches,
a la impertinencia de las horas,
a la silueta de los muros,
a la magia de su templo,
a la belleza santificada
y a las profanas deidades.
Volver donde fue el sueño
y su desvelo
porque esto es la vida,
volver siempre donde fuimos infelices
y a ratos dichosos.
En sus entrañas tejen mañanas
En sus entrañas tejen mañanas,
guardan memoria y buscan
entre los olvidos del presente
sus ayeres para el ocaso.
Este árbol con su tronco
doblegado por el viento
creció con agua y sol,
bañado de días, mojado por recuerdos,
acompañado por su sombra.
Ni en las madrugadas descansa su tormento
Ni en las madrugadas descansa su tormento.
Su marea es un tenso hilo
que solo en la noche
se afloja
y queda suspendida la esperanza
unos segundos
para caer herida de muerte
al precipicio.
En perpetuo desvelo está el alma,
navega frágil sobre este embravecido océano.
Breve fueron los instantes
de silencio etéreo
y vuelve la espesa tormenta
con su rugir de truenos.
Al alba se sueltan los locos
a su infierno cotidiano,
salen de sus lechos
los fantasmas insomnes
y dibujan frente al espejo
la máscara
del personaje
para salir a escena.
Eres secreto para mis ojos
Eres secreto para mis ojos
y mi entender.
Me llegan palabras sueltas
de tu entelequia.
Difícil de hacer cifra, la perfecta fórmula.
Y sin embargo, algo de sus sonidos
acarician mi alma,
la calman en sus delirios,
me abrazan en los miedos
y encuentro la pausa que separa,
la vocal que completa,
la grafía que crea y une,
la silueta armoniosa
sobre el lienzo blanco,
el papel vacío
con ansias de la llave que abra
la tapa de ese cofre cerrado
y surja ante nuestra mirada
el resplandor de sus riquezas.
Igual que el ánimo
Igual que el ánimo,
la tierra enflaquece,
se le pone el rostro apagado,
triste y árida la sonrisa,
la mirada melancólica
la voz enmudecida,
la palabra agrietada,
la boca seca,
las manos abiertas y vacías.
Y el alma anhelante,
clama al cielo
bondad y compasión.
Y a ratos improvisa
un milagro.
Entre ese bosquecillo de pinos
Entre ese bosquecillo de pinos
cantan los pájaros que no escucho.
Hacen nidos en sus copas
y en sus ramas se esconden y cobijan.
Hace frío en esta mañana
y los álamos están desnudos,
se agrupan sobre la ribera del río
donde mueren sus ramas.
La tierra desierta de humana vida
bulle de seres insignificantes
en su trajín de rutinas y lucha
por el alimento.
A trozos, un grupo de casas de piedra
y tejados de barro cocido
se hace uno con el paisaje.
Siempre hay una torre con su campanario
marcando los hábitos
de sus habitantes
y su respiración.
Hoy vuelvo a encender el radiador
Hoy vuelvo a encender el radiador
después de un largo verano.
Expande el polvo acumulado
de aquel hogar perdido para siempre.
Aspiro sus partículas como cenizas
de un amado cuerpo.
Aquello despreciado es hoy un dulce
recuerdo del ayer.
Los restos de la nave hundida
guardan aún más intensa su imagen
flotando en mi corazón.
Es la magia etérea de las cosas.
Surcaron los cotidianos mares,
clandestino barco cargado de tesoros,
de algunos desengaños,
y un dolor sin olvido.
En su forma de andar
En su forma de andar,
lento, arrítmico con pausas,
se manifiestan sus años.
Con saña devoran sus pilares,
con cruel determinación
deterioran su estructura,
enfrían sus andamios hasta la punta de los dedos.
En su forma de andar,
acompasado, firme, sin cautelas,
se muestra el rostro de la juventud,
cándido sin sospecha,
casi ufano,
un pie va tras el otro ,
sin cansancio ni propósito.
El aire frío aviva la sangre
que recorre su cuerpo,
sigue sin norte,
confiado.
No somos lo que se ve
No somos lo que se ve
ni lo que decimos,
ni siquiera somos estos sentimientos
que adornan un perfil difuso
del corazón que murmura
un latir constante.
Somos tierra embebida
de desasosiego y pesadumbre,
al capricho de un cielo,
semillas que trajo el aire
flores de primavera
que serán corrompidos pétalos
en un mañana cierto.
A ratos, el brillo, la magia,
el regalo, la ilusión que esparce
los primeros rayos del sol.
Son frágiles destellos
sobre el verde manto de la esperanza
agonizantes por exceso de luz.
Este es un poema de amor
Este es un poema de amor,
sin palabras.
La forma del eco
filigranas de dos almas.
Qué fingimiento de gestos
Qué fingimiento de gestos,
de miradas, de palabras,
qué guarda el cofre de este cuerpo
sintiente,
barullo y enredo de emociones.
Un nombre quizá, un dato erróneo,
un rostro frente al espejo
empañado de vaho, de sombras
que ocultan, de reflejos que engañan.
No hay única verdad, soy otra
esta que está delante,
aquella que está detrás,
plural, ausente, falsa imagen,
desequilibrada balanza,
desorientada brújula,
mapa incompleto sin isla
ni tesoro.
Toco con mis dedos
Toco con mis dedos
que todo está en orden.
Veo claras las palabras del libro,
aunque sigue abriendo,
a cada instante,
sus capítulos.
Hoy ha entrado el mundo
Hoy ha entrado el mundo
entre brumas
que ocultaban las cabezas de las colinas
y rozaban las lomas.
Solo lo cercano existía,
los húmedos edificios,
la yerba fresca y verde
que imponía su color intenso
entre tanto gris apagado.
Arriba, muy alto, más allá
de este cielo nublado y triste,
sigue un sol su ley,
ser luz para esta vida.
Hoy el mundo va saliendo
a escena, sin ímpetu,
disimulando, abre telones
dibuja nuevos fondos.
Aquí, al alcance de la mano,
mi mundo se despereza
y confía.
Igual que esa gente en la vieja fotografía
Igual que esa gente en la vieja fotografía
cuyo blanco y gris el tiempo disuelve
en brumas y olvido,
así, quedaremos nosotros
que vamos por estas calles
abrigados por la vida.
Un día, no muy remoto,
borraran estos colores
la noche última.
No son estas sombras sinceras
No son estas sombras sinceras,
alegres, acogedoras, transparentes
sino traicioneras, oscuras,
engañosas, clandestinas sombras.
Las tardes de invierno caen encima
Las tardes de invierno caen encima
sin darte cuenta.
Las agujas del sol tejen pronto
un jersey de sombras.
A lado brillaba el sol
todavía lleno de promesas
y al volver la mirada
el día se hizo noche.
La esperanza del soplo de sus instantes
dejó en la caja de Pandora
el triste y exiguo deambular
de minutos,
los pies sobre la alfombra flácida
de la ilusión.
¡Qué largo parecía el trayecto
al abrir los ojos en la mañana!
Mientras se hacía el camino
alto quedaba el sol sobre la loma,
un paso tras otro, un tropiezo,
un descanso, un olvido y un presente.
La entregada hormiga a su ley
esquivó la muerte bajo el zapato.
Sin aplausos cayó el telón
pesado como un vacío
que borraba los colores del paisaje
y ofrecía las frágiles luces
para sueños imposibles.
Medir las palabras con la lengua
Medir las palabras con la lengua,
cortar el largo con los dientes,
hacer con los labios un traje,
ni muy corto ni muy estrecho
con el escote alto que cubra el corazón
y deje al aire solo la forma de su contorno.
Guardar en la garganta un retal
para un añadido, un roto, un parche,
quizá poner un bolsillo donde guardar
en secreto
el amuleto de la suerte.
Un pañuelo por si hace frío
y secar la lluvia de la tristeza.
Aligerando pasos
Aligerando pasos,
recorriendo arroyos,
cruzando valles,
subiendo cimas.
Saltar de punta a punta,
enganchada a una nube,
mientras haya luz de un sol
y un cielo con luna llena.
Cuánto más me alejo de tu muerte
Cuánto más me alejo de tu muerte,
más me acerco a la mía.
Arañas del tiempo tejen mimbres
en las tardes taciturnas.
Sobre el abatido oleaje de los labios
se presiente el crepúsculo,
la mueca rígida,
el abismo en la mirada,
en la sienes nubes púrpuras.
Viene en este otoño
un río cargado de limo y ramas vencidas
por el viento,
por el cansancio,
por la vida.
Siempre pienso en ti
Siempre pienso en ti
desde el brillo de tu espejo,
con la mirada iluminada de amaneceres.
Siempre pienso en ti
desde la nostálgica alegría
de un desnudo y húmedo cuerpo
mecido por suaves olas.
Siempre pienso en ti
como si fuera un barco
llevado por la brisa,
como un pez que salta
a la superficie para tomar aire,
como suspendida gaviota
de un hilo atado a una nube.
Siempre pienso en ti
hundidos los pies en la orilla,
hechizada por el reflejo en tu mar
del cielo azul.
Siempre pienso en ti
desde la barandilla del ayer,
bellas sombras descubiertas al trasluz
de un recién nacido sol.
Siempre pienso en ti
desde lo más profundo,
con fulgor inocente
y memorizado gesto,
con la cálida caricia
y el tierno abrazo
con la piel vidriada de sal
y envuelta en tu espuma.
Para la pérdida
Estamos hechos para la pérdida,
perdemos días y creímos ganar tiempo
siguiendo el cebo del horizonte.
Perdemos ilusiones
que fueron nuestros sueños de niños.
Con los años hicimos de aquellos juegos,
proyectos que también perdemos.
Perdemos poco a poco
la fe de la felicidad prometida
y buscamos en la súplica
la esperanza de un futuro.
Perdemos también las fuerzas
y nuestro cuerpo se engaña
en entregado contraataque
con tenaz sacrificio
de esfuerzos y cuidados.
Perdemos, porque nunca se gana.
Perdemos conocidos, seres queridos,
el pelo, la vista,
la memoria, el dormir y el soñar.
Perdemos la pasión,
y el fuego de sus inicios.
Perdemos las ganas de todo
y suplimos con enfermiza gula
excesos y defectos.
Perdemos la vida, sí,
ni siquiera la muerte se gana.
¡Si hasta un potente sol muere,
cómo no apagarse
esta llama endeble que es nuestro ser!
Recordarán las calles mis pasos
¿Recordarán las calles mis pasos,
aquellos que el pasado retuvo?
Los mismos lugares
y mis pies tan distintos
Pisaban mis cortos años
la acera, rozándola
como brisa suave
que acaricia la superficie
del mar
y la ondea con volantes blancos
de vestido de niña.
Aquellos ojos vieron
esto que ahora ven y se recrean.
Qué honda es la tristeza
Qué honda es la tristeza
no deja ver el cielo
desde su negro fondo
donde todo es oscuridad.
Quedan en su pozo atrapados
los ecos de su lamento,
única compañía en su claustro.
Difícil es mantener el equilibrio
Difícil es mantener el equilibrio
en esta balanza
entre el peso del agradecido regalo
y el peso del desagravio de lo perdido.
Este es reparto sin promesa
de un convenio donde no tenemos
certezas en el resultado,
pues tanto ganes o pierdas,
ni uno lo mereces,
ni lo otro te lo quitan.
Son supuestos nuestros
castigos o premios.
Así que por más empeño
que pongamos en la ganancia
el fiel se inclina por la suerte.
La razón que tenga la vida
la guarda bien en secreto,
su paradigma se basa
en vacías hipótesis,
simples sospechas, intuiciones,
mucha ignorancia y soberbia.
Está la palabra ausente
Está la palabra ausente,
suspendida en el silencio.
Un aleteo en el aire
pone puntos suspensivos
al asombro.
A la plenitud del vacío
la verdad se vierte
y el hombre hace
un erróneo subrayado
que se desvanece en el tiempo.
Tras la frontera
Intuyes que más allá de la ventana
un horizonte se difumina.
Entre la bruma se distinguen
elementos que tu corazón anhela.
Sabes que existe un mundo
con prados verdes,
una pradera solitaria
y una casa protegida
por centenarios árboles.
Y tú, ligera ave,
presientes que allí
está tu nido.