Su frente ancha

 Su frente ancha,
coronada de negro pelo,
pronto acarició la razón férrea de la herencia.
Quién sabe si hicieron empeño un duro vivir
o los miedos de la infancia
que perduran a través del tiempo.
Esa fragilidad oculta
tras unos duros ojos negros,
tiernos para los sueños y en la sonrisa.
Sus labios finos y apretados 
en un gesto serio, casi hostil, 
para el misterio guardaban silencio 
y pesadumbre de recuerdos.
A veces, una racha helada, un viento árido
le hacía lanzar un grito aterrador, 
encendía un infierno en el paraíso.
La amenaza de tormenta y aguacero
desplegaba su ira.
Como el polvo empaña la transparencia,
así cubre el miedo lo cotidiano.

Qué lejos quedaba la juventud
para aquella tez morena que bebió
de tantos soles.
Horas infinitas buscando
sobre la tierra el consuelo de la propia sombra.
Desde pequeño comprendió la dureza
y por ello, quiso huir cuanto antes.
Pero impregnaba su piel,
corría por su sangre
la nostalgia de su olor, de su tacto,
el deseo de hundir las manos en sus entrañas,
penetrar sus profundidades y depositar el sueño
para que florezca en primavera. 
Entregar su huella con los pies descalzos
sobre el terrón duro y seco.
Bajo el sol un sombrero de paja
y con paciencia quitar la sed a la tierra 
con el agua fresca de un pozo.

El cosmos, ese otro que ahora le contiene,
era para él un misterio impenetrable.
Lo observaba con los ojos de un niño
que se hace preguntas sin respuestas,
porque descubrir su profano secreto
destruiría la magia.
Mira cuántas estrellas, decía,
admirado del infinito espacio,
con la inocencia que ignora
y quiere descubrir la riqueza de un tesoro.
Callado, entretenido en sus pensamientos,
cuántas maravillas imaginaba
buscando certezas entre las tinieblas
de su noble cerebro.
Con qué extrañeza miraba la luna,
el capricho de su forma,
la hermosura de su redondez
y su ausente presencia.
La sabia ciencia no satisface
con sus eruditos libros a un párvulo
que apenas supo de letras  
y aprendió los suficientes números
para hacer cuentas con los dedos
sobre pesos y medidas,
adivinar la bonanza o sequía de lluvias
en la forma de las nubes,
el oráculo del mañana, 
en el beso de la brisa y el rocío.

En su cumpleaños postrero,
bajo la tenue luz de las velas,
ya se intuía en su semblante
el rostro cadavérico de la muerte
perfilando sus angulosos trazos
y sembrando el brillo acuoso en la mirada.
Los minutos de los relojes
con avidez sellaban su vida,
pero al compás marcaban, 
inevitable, la fugaz existencia.


Estos gestos cotidianos, simples

 Estos gestos cotidianos, simples,
sin mayor argumento que hacer hábito.
Trajín de las cotidianas cosas 
hasta dejar caer nuestro cansancio
sobre el lecho.
Estos gestos, pequeños y necesarios,
abrir un grifo, llenar un vaso, el balde,
devolver al brocal de la boca
tan preciado jugo.
Pasar la mano por lo monótono
sin dejar rastro en su camino.
Ante el espejo ver en esos ojos que te miran
un repetir de sencillos actos.
Robar a la inmutable muerte su abandono
con estos fáciles pasos de baile
que se perderán en el olvido,
como los besos, como los llantos,
en el destierro de un eterno invierno.

Ellos, los que creyeron en otro mundo

 Ellos, los que creyeron en otro mundo,
pusieron sus cuerpos y su cansancio 
al cuidado de hijos y padres. 
Ellos, que han caminado un gran trecho,
avistan en la distancia
un corto recorrido.
A ellos, que hicieron historias,
pusieron a los pies de sus retoños
centímetros de tierra para crecer 
y kilómetros de cielo para volar del nido,
hoy, en el aire de este parque,
les llegan los ecos de un emblema,
¡abuela!, ¡abuelo!,
y acuden al reclamo de sus nietos.
Ellos, que esperaban un ritmo sosegado
con el paso de los almanaques,
sacan de sus reservas los últimos alientos
con estos críos llevados por la urgencia.
Ahora, a empujar columpios, 
darles la mano para vencer un obstáculo,
ante el peligro, vigilarles,
abrazarlos en la caída,
perdonar sus errores.

Bajo esta luz dorada

 Bajo esta luz dorada
que antecede al crepúsculo
la hierba se incendia
de un verde intenso
los edificios adquieren presencia
entre fulgor de destellos 
y opaca sombra.
Deslumbran como espejos los cristales 
bajo el impacto de infinitos rayos,
iluminan una esquina,
rayan con brillo lo oscuro,
resaltan la mínima porción de un todo.
Alguien camina por la acera.
El efecto durará unos minutos
porque el sol avanza hacia su lecho,
va ya medio dormido y abandonará el día 
al regalo de una noche estrellada.

Lánguido cuerpo atrapado

 Lánguido cuerpo atrapado 
por el enjambre de sueños 
mientras pasan de largo campos amarillos,
árboles y espigas quemadas por el sol.
Un horizonte de un celeste diluido,
casi gris,
tiñe la luz transparente.
Pegadas a su piel van las nubes esponjosas, 
algunas solitarias son veleros
a la deriva, 
otras, en un abrazo apretado,
construyen elevadas montañas,
trazos de un espejismo en la profundidad
de aquel océano.
Unas líneas recién pintadas en el asfalto
señalan la senda que el caminante no elige.
Queda atrás su paisaje 
para no ser ni siquiera olvido.
No habrá un rostro para el recuerdo
sino vacío de un templo nunca profanado, 
el mapa inútil de un territorio 
perdido su tesoro oculto.

Mi padre nació en el campo

 Mi padre nació en el campo 
en una choza 
o puede que en un casa del pueblo.
No lo sé, nunca hablamos de esto,
solo de historias entre la verdad
y la invención.

Se acabaron las palabras

 Se acabaron las palabras,
dimos la vuelta al diccionario
y empezamos de atrás hacia adelante.
Repetir una y mil veces 
y parecer distintas.
Esto tendrá un final,
piensa el ojo que hojea,
algún día se cerrará la tapa
y hablará el silencio.
Tal vez, se volverá a hacer la ronda,
quizá encuentre por el camino
nuevas palabras y desaparezcan otras.
Tiembla el dedo al pasar página,
teme deje muda la boca
o se convierta en un triste loco
trillando la misma tierra
murmurando un desquiciado monólogo.

Advierte el día por su modo de entrar

 Advierte el día por su modo de entrar,
su vulnerable ánimo.
Algún sueño le habrá perturbado,
viene con el ceño fruncido
y confundida la conciencia.
Fue abrir la ventana y entrar
su semblante oscuro
sembrando de grises la mañana.
Sus ojos derramaban lágrimas
lánguidas y silenciosas,
no era escandaloso sollozo
sino un hilillo de voz 
que rondaba por los espacios
cual rumor de arroyo tímido. 
Sus finas gotas caían
de las pestañas de las nubes 
hasta los pies del suelo,
mojando al recién nacido mundo.
Y sin razón aparente
salió de su boca una fuerte carcajada
que lanzó muy lejos los malos humos
y llenó de radiante luz el corazón del cielo.

Cuando abandonamos un lugar

 Cuando abandonamos un lugar,
el lugar continúa con sus mismos elementos,
lo habita la misma gente
y sigue su particular rutina.
Aunque nuestros ojos ya no lo miren,
ni nuestros pasos hagan huellas.
Habrá algunos cambios,
niños que se hacen grandes, 
adultos que envejecen, 
alguna ausencia,
nuevos rostros.

Cuando abandonamos un lugar,
ese lugar queda en nuestra memoria
como lo conocimos.
Ignoramos qué fue de él,
si crecieron árboles o se convirtió en ruinas.
En nosotros permanecerá eterno,
con sus voces, su paisaje, la gente
que lo transita, los bancos con viejos
cansados, la ingenuidad de los jóvenes.
Se vestirá con el desengaño de los días,
mucha rendición y algún triunfo 
que el tiempo cubrirá de polvo y olvido.

Cuando abandonamos un lugar,
ese lugar nos abandona,
aunque nos aferremos a un sueño,
como al hilo de Ariadna. 
para regresar siempre que nos hallemos perdidos
entre las brumas de la nostalgia
y el relato que construyeron los recuerdos.

Cuando abandonamos un lugar,
a otro lugar somos abandonados
hasta ser expulsados del mundo.

Si miras esta esquina del muro

 Si miras esta esquina del muro
que brilla con el sol,
detrás se oculta la sombra.
Es el mismo muro
levantado con duras piedras,
no te engañen los ojos
su apariencia arenosa.
Sin embargo, qué frágiles
se vuelven sus cimientos
cuando las nubes aparecen
y lo perforan cristales de sal.
La bruma escondida detrás de las lomas 
asciende hacia el cielo,
trunca la claridad de la luna.
Traen mal augurio aquellas tinieblas.
Entró por sus grietas un aire helado,
penetró hasta los abismos del foso
y dejó su alma prisionera. 
Apenas un cambio imperceptible
y el paisaje se transformó
en un lugar tenebroso.
El sostén de sus cuatro columnas
resistió el viento y la tormenta, 
pero ahora el muro se derrumba 
con la punta de un dedo.
Esa fortaleza se estremece,
la oscuridad la ciñe,
secuestra al sol su brillo 
cedido como préstamo.
Una nube cae como un cabello desordenado,
abren viejas heridas
y trepan hacia ellas 
un hambriento escuadrón de miedos.

Fabio, ¿tú crees que nos echarán de menos?

 Fabio, ¿tú crees que nos echarán de menos?
¿Se preguntarán con asombro:
¡cuánto tiempo sin verlos pasar por aquí!?
¿Se acostumbraron sus ojos a nuestra presencia?
¿Qué pensará el dependiente de la tienda de desavío de la esquina?
¿Y la pareja que regentaba la pizzería italiana?
Fabio, ¿te acuerdas del olor tan rico a masa
que dejaba por la calle? 
De tarde en tarde nos dábamos el capricho
de comerla, algún viernes para celebrar algo.
Tal vez aquellas personas que habitualmente
veíamos en nuestros paseos al caer la noche
se extrañen, 
aunque hay tanta gente de paso por aquella ciudad.
Algunos eran rostros conocidos en nuestra rutina,
nos cruzábamos con ellos por la plaza,
por las calles que recorríamos 
bajo la tenue luz de las farolas.
Aunque forasteros, no éramos los eventuales turistas,
nosotros sentíamos aquel territorio propio, 
nosotros gozábamos del privilegio
de poder seguir disfrutando de sus encantos. 
Se había convertido en un espacio cómodo,
ya no era un cuerpo extraño en nuestro ser.
Habíamos asimilado sus perfiles, sus rincones, 
teníamos dominio de su mapa,
llevábamos adherida a nuestras suelas su esencia.
Participamos en ahoyar los adoquines,
hicimos su rastro más profundo.
Fabio, allí seguirán como marca indeleble
nuestras huellas, 
debajo de muchas otras añadidas 
desde nuestra ausencia.
¿No te parece algo hermoso
formar parte de esa memoria?
¡Ay, Fabio, cómo añoro todo aquello!
¿Tú crees que habrá bocas que nos nombren?
¿Se preguntarán qué habrá sido de nosotros,
hacia dónde nos fuimos?
¿Por qué habríamos abandonado tan precioso lugar?
Yo también me lo pregunto.
Me gustaría, Fabio querido, dejarles claro
que, aunque estamos lejos, aún recordamos
sus rostros, cada esquina, cada sendero descubierto.
Que, a pesar de ignorar sus nombres y existencias,
perduran en nuestras retinas.
¿Te acuerdas, Fabio, una tarde que regresamos?
Apenas estuvimos un par de horas 
y vimos algunas caras conocidas, 
saludamos a los vecinos que se sientan
a la fresca en el banco.
Algunos nos miraron como diciendo,
anda, estos dos quizá hayan vuelto.
Pero, ay, Fabio, qué equivocados estaban
y cuánto me entristece que no fueran ciertas sus sospechas.
Fabio, compañero mío, ¿volveremos?
Que sí, me dices. No me engañes, que me ilusiono.
Pero ya no será igual nada.
¿Qué habrá sido de nuestro hogar?
¿Qué habrán hecho de nuestros íntimos espacios,
nuestro lecho, las estancias de nuestros cotidianos quehaceres? 
Su luz, Fabio, su radiante luz que lo inundaba todo.
¿Seguirá el vecino de al lado con su órgano eléctrico
machacando las notas de canciones antiguas?  
¿Te acuerdas de sus gritos? No sabíamos 
a quién iban dirigidos, si a una gata, a un familiar,
a una madre que existía y nunca vimos. 
¿Por dónde rondarán nuestras canciones,
los giros de mis pasos bailando, mi voz
haciendo coro? Ay, suspiro con tan solo pensarlo.
Aquí su melodía se expande por otro paisaje,
más verde seguro, pero menos poético.
¿Y las risas, los llantos y enfados,
la tristeza y la alegría, el dolor y su alivio?
¿Qué habrá sido de todo ese universo de emociones?
Nada se pierde, ya sabes, sus partículas
rodarán por las estancias, desesperadas, buscarán
el corazón del que partieron. 
Algunas se quedarían enganchadas entre las piedras,
llevadas en los picos de las aves a sus refugios,
no sé, a otros lugares, en otras nubes 
que lloraron sobre otros suelos.
Y qué me dices del cielo que cada día contemplábamos,
me dirás que este es el mismo cielo 
y que esta luna es la misma, pero, no, mi amado Fabio,
no son lo mismo sobre este horizonte.
¿No ves que no brilla del mismo modo?, 
¿no adviertes, querido, que le faltan pinceladas
de color a este cuadro?
Sí, también es bello en sus diferencias,
sin embargo, uno recuerda con intensidad
los contornos del cuerpo que tuvo entre sus brazos,
ardió la pasión en el pecho, 
hicieron hogar en nuestras mentes 
y hallaron cobijo en nuestros espíritus.
Dime, ¿qué fuego puede calentar igual que aquel fuego?
Por mucho que la madera haga leña en la hoguera,
no cogen las carnes calor,
echan de menos aquel aroma esparcido en el aire.
Sueñas, me dices, y haces grande todo en ese sueño,
que tampoco fue perfecto.
Olvidas, me dices, los detalles oscuros.
Tienes razón, es difícil definir el dolor,
pero no por ello lo olvido, 
solo que el recuerdo lo suaviza por necesidad.
Sí, aún queda la señal de su herida,
pero mira, Fabio, se está curando,
casi está cerrada, volverá la piel a estar sana. 
Bueno, también es verdad que quedará la señal de su recorrido
y, aunque no veamos su profundidad, 
se hará sentir con el cambio del tiempo frío.
Ya se sabe que el frío de aquí es más húmedo
y el cuerpo se resiente más de sus dolencias.
¿Acaso no recuerdas tu tristeza?, me dirás.
Claro, es un perfume que siempre llevo puesto,
me acompaña como esa odiosa canción 
que se te mete en la cabeza y no puedes desprenderte de ella,
vuelve una y otra vez. 
Estoy de acuerdo contigo que suelo 
sacar brillo al metal opaco
y al dorado le quito su fulgor.
Pero los hechos son los hechos.
No, no, me niego a restarles su valor verdadero, 
aquellos naranjos son reales,
el olor de su azahar no es una ilusión
y acaso, sus muros... ay, su tacto, su color cálido,
todo es real y aún más viva suena mi fuente
y no me digas que estoy ciega para el resto.
Yo veo, Fabio, y entiendo lo que me dices,
en el error que caigo
en mi insistencia en el adorno
y que pierdo otros tesoros por empeñarme en ese.
Quizá tengas toda la razón,
ni yo misma me entiendo.
¿Qué rozó mi piel y penetró mis entrañas?
Tal vez, sea un error volver,
me lo pregunto muchas veces, 
tengo miedo de encontrarme con su regalo vacío.
¿Acaso no piensas que no dudo?
Ay, Fabio, la vida me ha creado de esta forma,
con este error en su mecanismo, 
tengo un afán que no se sacia,
voy en busca apresurada por llegar a Ítaca,
un lugar que solo existe en mi imaginación 
y me hace peregrina sin alcanzar nunca el destino.
Puede que ya lo haya cruzado y no lo reconocí.
Fabio, vamos a volver atrás,
desandemos el camino,
acuérdate de su campanario, refugio de palomas,
las nubes oscuras que formaban los vuelos de vencejos,
los mirlos sobre aquel tejado, paisaje de mis fantasías.
Ah, sí, hay tantos lugares así,
pero sus muros, Fabio, sus muros, ¡Qué bellos son
con sus piedras doradas bajo el sol del atardecer!
Hasta sus sombras eran hermosas.
Sí, es verdad, ¡cuántos habrá parecidos por el mundo!
Fabio, recuerdo aquel rumor de voces,
eran olas que rompían contra las rocas,
venían de lejos y al acercarse rugían
como fieros guerreros para el ataque,
para alejarse su eco lánguido 
por el laberinto de callejuelas.
Sí, de acuerdo, hoy en día las escuchas
por todas partes, grupos curiosos.
Solo una cosa, no me negarás, reconoce
que ella es algo único, habrá muchas, pero no igual,
ninguna como ella.
Qué dulce su canto,
su luz cristalina, 
el arrullo de las palomas 
que van a beber a su cuenco.
Tan sencilla y a la vez tan hermosa, 
cuánto siglo en sus piedras
moldeadas por el agua y el roce de muchas manos.
¡Y su fotogenia! Salía perfecta en todas las fotos.
Te digo que con los ojos cerrados, llegaría
con tan solo seguir mis pasos su tierno rumor.
Fabio, la nieve es hermosa, 
¿te acuerdas de aquellos copos
que cayeron una noche?
Tan blancos y con qué suavidad reposaban
sobre la losa del pavimento.
Su lluvia también es distinta.
¡Qué cortina más luminosa formaba!
¡Qué transparencia devolvía a las cosas!
¡Qué esencia al empapar la tierra con su dulzura!
Sus frescas gotas parecían diamantes
sobre el cristal de las ventanas.
Aquellas calles solitarias de nuestros cuerpos,
¿volverán a tener nuestros pasos?
Fabio, quizá ya aprendí a distinguir dónde
levantar nuestro refugio,
aparte las angustias pretéritas
y me quite la sed de este desierto.
Fabio, ¿tú crees que quedaré saciada 
con el agua de su oasis?
Estoy confundida, tiro y freno este caballo. 
Tal vez hable mi boca con la misma ingenuidad de nuevo
y tropiece con la misma pared.
Será el devenir el único que descubra
qué será de nosotros, 
¿Se sentirá libre al fin este corazón 
ahora perdido entre brumas 
de una empeñada nostalgia?
El mañana hablará claro y alto
y tú, Fabio, vendrás a señalar
con el dedo la inconsistencia de mis argumentos,
escritos con mala letra,
con un código hasta entonces oculto.
Apreso la causa y se escapa, 
en mi consciencia escarbo y es ella la que huye
de la cordura.
Fabio, no tiene cura esta enfermedad.
¿Iremos? El tiempo dirá.
A saber qué lamentos postreros 
o qué dicha nos acompañen.
Y luego qué, me dirás, aquí no acabará todo,
los días irán empañando de nuevo
ese transparente cristal 
y sentiré de nuevo el quiebro
en ese esqueleto que creí levantar firme.
Me visitará la inoportuna soledad, 
me atrapará con sus artimañas
desde su recóndita malicia.
En su calma vendrá a quitarme la paz.
Sentiré de nuevo una inquietud, 
el miedo pegado a los pies, 
la sombra que nunca me abandona,
más larga al llegar el ocaso, 
más grande aún en las noches.
Me cansaré, dices, de su melodía, de su risa, de su belleza...
la tristeza otra vez cabalgará sobre mi espalda.
Fabio, calla, ya lo sé, algo me conozco.
¿Qué quieres que haga?
Me moldearon así.
No me hagas temer. ¿Qué puedo hacer 
si mi miedo es tan grande como mi deseo?
No puedo con su carga, ya me pesa demasiado,
me impide caminar con firmeza.
Al menos, déjame soñar,
déjame creer que allí el tiempo es eterno
y su felicidad no será efímera como en todo.
Aunque la primavera no vuelva
y sean los veranos más fríos
como otoños que ya barruntan las nieves
de un próximo invierno, 
quiero intentarlo, quiero volver, 
aun sabiendo que es inútil,
que no hallaré la magia, lo imposible,
lo inexistente para un alma errante como la mía.

Bajo la luz de septiembre

 Bajo la luz de septiembre
el mundo camina con otro paso.
Hay un lánguido fluir de las horas
y se prepara el cuerpo para estrenar
otro año, no es enero su comienzo.
Se apaga el fuego y el hervor
durará un rato, 
aún brotan las burbujas.
Se irá enfriando sin darnos cuenta, 
a la espera de un nuevo incendio.

Estas persianas no permiten



Estas persianas no permiten
el disimulo,
ni dejan abrir ventana
si están echadas.
Estas persianas no permiten pasar
la sutileza: ocultan o exhiben.
Detesto estas persianas.
No se enrollan ni se balancean
con el viento,
no juegan con el sol,
como aquellas tablillas que se enroscaban
atadas a una cuerda.
Levantaban su faldón para las mañanas,
cuando aprieta el calor
dejan pasar el aire y dan sombra.
Recreo para la mirada clandestina,
rulo y manto que sube y baja.
Ya estén abiertas las ventanas de par en par, 
con estas persianas
queda la intimidad a resguardo.

Lo intuyo

 Lo intuyo, 
escucho sus cortos pasos,
presiento su deslealtad. 
Lo susurra el viento,
esa sombra le delata.
Lo intuyo, 
tengo la certeza.
La caja que guardaba su secreto
está abierta,
alguien tiró de su lazo.
Aunque desvíe la mirada,
no habrá remedio
ni sorpresa, 
la verdad se ha desvelado.

Llevamos el ay pegado a nuestros labios

 Llevamos el ay pegado a nuestros labios.
y el suspiro del alivio brota en la boca
cuando el peligro pasa de largo.
Ayes que, a pesar de no tener consuelo,
dejan escapar una oración entre los dientes
a un Dios desconocido, dueño de este misterio,
del que esperamos compasión.
A Él nos dirigimos sin fe, 
rogamos un remoto auxilio 
antes de caer sobre nuestros cuerpos
la desesperación.
¿Qué brazos calmarán el dolor
con el que fuimos forjados?
Ojalá la verdad mostrada no duela.
Que al menos, nos otorgue la paz 
con la muerte.

Cuántas veces los placeres

 Cuántas veces los placeres
se niegan a ser atrapados.
Espantada sale su gracia 
por las ventanas abiertas,
esas que dejan entrar la claridad
y pronto escapa la luz.
Sostenida en un pedestal tan débil,
que la estatua firme de mármol
se quiebra como el cristal.

No soy aquella niña que ya se fue

 No soy aquella niña que ya se fue.
Busco en este cuerpo
la mujer que de ella vino 
y que el tiempo trasforma
tejiendo hilos de aire.
Enhebro la aguja con palabras,
procuro hallar salida 
en este laberinto.
Me protejo de mis miedos,
que se rinden o me vencen,
según la batalla.
Sé mi nombre y mis años,
aunque ambos de mí no salieron, 
así me lo contaron y a ciegas lo creí.
Lo demás es invento de mi memoria 
y de hechos puntuales
de una objetividad dudosa.
Mi reflejo se confunde
en un espejo de mil caras.
Dejaré de existir sin saber quién soy,
porque llegar a ser 
son palabras mayores 
que no caben en mi boca.
Vienen de un Dios extranjero 
con el que hablo por señas
y no muestra el plano
de un camino lleno de trampas.

Acostumbrados al punto y seguido

 Acostumbrados al punto y seguido,
al mismo paisaje al abrir la ventana.
Una hora trae otra hora,
un mañana de la mano del hoy,
una semana tras semana dejó un mes,
sus estaciones y prometidas fiestas.
Un año y otro que al anterior nos recuerda.
Creemos que se parecen
como dos gotas de agua
y entremedio la vida pasa en su caudal, 
tan distinta cada segundo.

Sobre las líneas del rostro

 Sobre las líneas del rostro
las células de este edificio hacen reforma.
Destruyen tabiques, levantan cimientos,
cargan vigas de peso con pertenencias acumuladas.

Bajo la piel la carne macera

 Bajo la piel, la carne macera
su decadencia
y el tiempo cronológico envejece.
Fresca nuestra conciencia de identidad
se conserva
igual de ingenua que nuestras mentiras.
El mismo afán por llegar a ser
lo que ya somos.

Sentimos que la luz es más líquida

 Sentimos que la luz es más líquida
y frágil la llama.
Sin embargo, si la razón nos asiste,
¿no es cierto que es más brillante su claridad? 

Los días parecen punta de lápiz

Los días parecen punta de lápiz
que escribe letras, construye párrafos,
dibuja, juega, hace garabatos.
La mina se gasta y afilas la madera 
y otra punta aparece.
El lápiz se hace cada vez más pequeño,
aunque aún escribe,
y cuesta sacarle punta en tan corto margen.
El lápiz huele bien, a recuerdos,
es funcional y generoso,
ofrece el perfil de sus trazos.

El día acaba, nuestra mirada
puesta sobre el papel,
mientras divaga la cabeza
entre varias posibilidades.
La mano se detiene
los pensamientos fluctúan,
traen restos del ayer,
lo inmediato del presente,
sueños y miedos,
promesas y pesadillas
y la hoja del día se rellena,
deja huecos entre palabras y dibujos,
vacías líneas de silencios,
en sus orillas una calma resignada
y algún olvido entre fragmentos sueltos.
Arrepentimientos que la goma no borra
dejan la sombra de su mancha.
Distraídos aburrimientos siembran
figuras aleatorias
y queda siempre una enlazada duda
al pasar la página.


Por qué haces tan difícil

 Por qué haces tan difícil
reconciliar día y noche,
querer y poder,
sentimiento y acto,
ser y sus conjugaciones.
Por qué el deseo muere
con tan solo nombrarlo,
el arrepentimiento llega
siempre demasiado tarde
y al presente se le hace
tan duro trago el mañana.

La ola estira sus brazos

La ola estira sus brazos
para alcanzar la orilla.
Es su beso de espuma
y transparente su larga melena. 
Vino lenta y suave.
Rendidas sus fuerzas,
regresó al mar que la acoge y la aprieta,
la envuelve y la devuelve
en un continuo rodar.
En ella infinitas gotas
de la misma agua,
de la misma sal.
Quizá más brava o más dócil,
forma tirabuzones
y engarzan con blanco hilo filigranas de encajes.
Trae y lleva piedras, algas y fina arena.
Calmada, vencida,
nunca descansa su vaivén eterno.


Este prisionero se siente libre

Este prisionero se siente libre
aunque unos digan
¡qué martirio estar en esa cárcel!
y otros, ¿por qué no huye de su condena?
Él no atiende a esas voces,
es feliz siendo náufrago.
Halló en su isla un tesoro
lejos de otras cadenas.
Muchos murmuran, está loco,
otros le gritan, ¡será su muerte! 
No entienden la raíz que lo sujeta.
La sombra bajo ese árbol
es más fresca y clara,
los cuervos menos negros.


Por qué ahora cruzan por este cielo

 ¿Por qué ahora cruzan por este cielo
todas estas nubes?
Han cubierto el sol con su manto
y han dejado el rastro profundo 
y oscuro del miedo.

Adorado es el estío

 Adorado es el estío 
para los sueños humanos,
deleite de una fruta
que imaginamos jugosa.
Un deseo hecho de memorias,
un cuento para críos
de promesas ingenuas.
Serán los años, quizá,
la sabiduría o la desgana
que encuentra insípida su carne
blanda con larvas de moscas,
de podridas semillas
envuelta en lustrosa piel.

Esta falsa manzana que Adán
tomó de la serpiente
no satisface a esta Eva.

Luchan estas dos pasiones

Luchan estas dos pasiones
de la misma diosa
que desea abandonar el mito,
la leyenda, el orden de los hombres,
la ley de la tierra.
Lucha sin arma el ser que busca
poner su balanza en equilibrio,
en un plato, agua,
en el otro, una boca seca.


Sobre la piedra magullada por el tiempo

 Sobre la piedra magullada por el tiempo 
se ha posado un mirlo
y anuncia su presencia 
con su silbido corto y agudo.
La mañana se viste 
con prendas de un sol ardiente
que amenaza con más firmes
y lacerantes espadas.
Las horas nos atraviesan
con sus pesadas agujas
en una sala de hospital
donde la gente espera con paciencia.

No llamarán por su nombre,
el mirlo con sonoro reclamo
anuncia el turno siguiente. 
Aparece una letra seguida 
de tres números.
Hacia la consulta siete se dirige
el sujeto incógnito.

Volví a mi fuente

 Volví a mi fuente
y estaba callada y triste,
las piedras parecían arena
de un desierto.
Encontré moribunda su fértil tierra,
abandonada de sus hermosos ecos
que, bajo la luz tenue 
de las noches estrelladas,
manaban pletóricos
y de sus muros fluía 
la luz radiante de su belleza.

Volví una tarde de estío,
seca hallé su boca,
¡tan callada y triste!
Desengañada mi nostalgia,
brotó silenciosa una lágrima  
del manantial de mi memoria.
De los naranjos caían recién nacidos frutos
como perlas de un verde esmeralda.
Las palomas en sus escondrijos
aguardaban la hora fresca
para beber del agua retenida en su cuenco.
La plaza poco a poco se inundaba
de reconocidos rostros,
pisaban mis pies los mismos adoquines
y me rodeaban los de siempre.

El tiempo se había detenido, 
y, sin embargo, el esplendor de su regalo
entre mis manos languidecía. 
El desencanto, espina de aquella rosa,
se clavó en mi pecho.  
De la yema de su recuerdo el presente brote 
se consumía
y, en lugar de recibir la caricia del rocío,
lo abatió la fría escarcha.
Como gotas sobre el charco
el reflejo de aquel cielo se confundía.

Del preñado fuego quedaban sus rescoldos
luchando por no hacerse cenizas.
Al descender el sol hacia el ocaso,
en su horizonte de aguado azul,
dejaba sobre el paisaje
una transparente claridad,
que disolvía las sombras agazapadas 
por los rincones
antes de vencerlo la penumbra.

Regresaban al templo los estorninos 
con sus vuelos frenéticos.
Y, en la nube oscura de la bandada,
estalló un relámpago 
que incendió en mis ojos
fulgurantes destellos.
Tal vez, fue la vespertina hora la culpable,
pisar el paraíso
cuando el mundo está cansado,  
sus miembros lánguidos 
y deslucidos sus colores
antes de caer un atardecer luminoso.

Las velas de mi altar se encendían 
y brotaba en mi corazón 
la alegría de aquel lozano sueño. 
Mi fuente clara volvería a latir en la noche 
y brillaría su melena plateada.
Anhela con beber mi boca 
de su caño fresco.
Espera el mañana, ten calma,
al regreso cantará su dulce melodía
y acogerá tu cuerpo
más viejo, más sabio,
sin miedos ni el alma herida,
devuelta a casa la esperanza.

Pensar en horizonte

 Pensar en horizonte es avistar
desde la lejanía la distancia 
que nos separa del deseo
y la esperanza de su logro
tras trazar su línea.

Pensar en horizonte es búsqueda,
lanzarnos a la aventura,
abandonar el territorio conocido 
y pisar la prometida tierra.

Pensar en horizonte es futuro,
rostro al frente, nunca de soslayo,
pies que no retroceden ni cogen desvío.

Pensar en horizonte es dejar a la espalda 
el pasado y el presente.

Pensar en horizonte es destino,
un devenir sin fin,
una infinita meta.
Es lugar renovado a cada paso,
el número vacío, símbolo, mito.

Pensar en horizonte es unirse al cielo,
hacer capas sobre el yo
con la promesa del otro
y levantar un sólido edificio.

Pensar en horizonte es guía
y es noche,
sostén del sol en su alba y ocaso.

Pensar en horizonte es olvido y recuerdo 
y recorrer nuevos caminos.

Pensar en horizonte es llevar
los ojos ávidos, bien abiertos, y curiosos,
depender de la generosidad del viento
y, al amparo de piratas,
poner en la mirada el espejismo
de la felicidad de la utopía.

Todas las primeras veces

 Todas las primeras veces
pronto se cubren de costumbre,
se deslucen sus colores,
se hace transparente su tejido.
Perdemos el asombro,
los sentidos y sus percepciones,
hechas rutinas y hábitos los actos.
Invocaron al corazón lo sagrado
y corrompido por el uso,
el instante se quema en la hoguera
de los días y sus repeticiones.
¿Será error de lo aprendido
creer que sumamos capas al acto virginal?
Quizá el paso siguiente 
no pisa su propia huella,
es otra marca con un mismo pie
con una disposición diferente,
otra forma, una inclinación capaz
de engañar nuestra mirada 
y confundirnos.

Construyo y derribo

 Construyo y derribo
frágiles edificios.
En reposo dejo la tarea
por borrar las rayas de los minutos.
Se ahogan en agua estos peces 
por nadar en el vacío.

No tener la memoria

 No tener la memoria 
es estar dentro del tiempo eterno,
sin pasado, sin futuro ni presente.
Allí donde no habitan los relojes
ni los calendarios
allí donde las agendas y los diarios
están vacíos.
Allí donde los diccionarios trastocan
el orden del alfabeto 
y las palabras adquieren otro significado.
Allí donde la oración no tiene
más destinatario que el Dios
del silencio o del absurdo.
Allí la nada navega
sueña conquistar la isla
sobre un mar sin rumbo ni horizonte,
perdida cualquier batalla,
no existe ni éxito ni fracaso.

Un desconocido entró a la casa

 Un desconocido entró a la casa
de la mano del anfitrión,
y la doncella consciencia  
lo pone frente a un espejo 
de luna turbia.
La memoria avara por acumular,
se lo apropia y devuelve
sus préstamos precarios.
Tal vez estemos eternamente
en el mismo punto,
y habiten infinitos puntos
en un mismo centro.
Estrenamos una página de un libro
y, con cada hoja,
aparecen las mismas letras
formando nuevas frases
que transitan por sus líneas
y construyen un argumento
cuyo final nunca llegaremos a conocer. 

Las primeras veces

 Las primeras veces, 
la primera mañana de una vida 
con su primera tarde y noche.
Las primeras lágrimas,
el primer grito,
la primera emoción sin nombre
y su sentimiento, aún ambiguo,
entre miedo y gozo,
entre riesgo y peligro.
Guardar en el vacío cajón  
el primer bien, el primer mal,
señalado primer punto en el mapa,
la semilla infértil,
la flor ofreciendo su fruto.
La primera caricia, el primer beso,
el primer dolor, el primer olvido.
La primera palabra y antes,
el primer sonido forjado en la garganta
y vertido al mundo.

La primera pérdida, el primer consuelo,
nada son si no tuve. 
Adivinar si la tristeza
fue un manantial de gotas de lágrimas
que descendía por la mejilla
para ser océano.
Primera vez es el hueso olvidado
del fruto mordido,
lo vimos crecer y ofrecer su jugo.
Desde la semilla a la flor,
desde el resplandeciente brote 
hasta sus mustios pétalos,
¡cuántas primaveras en ese árbol!
Inevitable, como la luna ausente,
llegó la primera mañana,
la primera tarde,
la primera noche de estrenar la muerte.

Todo sea apariencia,
un nacer y un morir a cada instante.

El ayer fue arena dorada

 El ayer fue arena dorada
de ardiente día,
fresca caricia de atardecer,
fría en la noche y cubierta
de sombras.
El mar, testigo y memoria,
no duerme,
es carcoma en la madera,
óxido en el hierro,
sal que muerde los ojos y escuece.

Dormir, perderse en ese tiempo

 Dormir, perderse en ese tiempo
sin tiempo.
Nuestro soñar es un viaje 
por alterados pasados, presentes y futuros.
Sin la línea recta,
sin la obstinada perseverancia
del tic tac del reloj,
sin calendarios,
sin ahoras ni antes ni después. 
Es habitar una casa extraña
sin formas aprendidas,
decir palabras inexistentes
cargadas de significado.
Un rostro adquiere otro nombre,
otros gestos impropios,
tener su identidad
aunque su aspecto sea distinto.

Así sentimos, eso nos dice la razón

 Así sentimos nos dice la razón.
Mientras una cronología hace espacio,
el tiempo de la eternidad grita:
¡Os doy un diamante puro
y soñáis con sombras y nubes,
piedras con qué pulirlo!

De vuelta al vacío

De vuelta al vacío
donde nada se recuerda
ni nada duele.
De la consciencia liberada
del trajín y sus agobios,
de sus regalos bebió el alma,
esa es nuestra esperanza y fe
para no ir hambriento y sediento
por otro territorio recóndito.
Sospecho que la consciencia,
alimentada de realidad,
no pueda vivir sin la tierra que la nutre
y ahí se quede con sus estratagemas y engaños.
De aquel cuerpo sin sangre, sin aire, sin vida,
de aquella vida, saldrá,
y transformada cambiará su identidad y reflejo.
La inconsciencia, esa pícara que escapaba
siempre de los hechos y la razón,
esa que nos llevaba por un universo caótico,
oscuro, indescifrable,
no tenía más función que mostrarnos
el abismo.
Me pregunto, ¿vendrá esta compañera atada al alma?
Ojalá se quede entre el laberinto de la inocua mente,
dispuesta a volar sin mácula y sin rumbo.
Y sus ojos que de nada se espantan viajen,
como marioneta sin atadura de hilos,
cometa sin peso de sufrimiento,
suelta de la mano de aquella niña.
La cáscara convertida en desperdicio
se deshaga de aquella consciencia,
prestada, adquirida, robada, censurada, oprimida,
envanecida, ignorada y ya hueca
de sus límites perversos,
benévolos, inútiles a veces
y necesarios casi siempre,
sea solo ceniza y polvo.


Fue recibida con los brazos abiertos
en la carne inocente
y ahora se va con la cabeza gacha,
resignada y rendida en la lucha contra el mundo.
Ah, por fin alma liberada
de tragedia y dolor,
de risas y placeres fatuos.
La alegría del alivio del mal,
la tristeza del perdido bien.
El gozo y recompensa de los primeros hallazgos,
el milagro del descubrimiento
en la torpeza, el triunfo de la verdad.
Todo se diluye en el aire
y, a cambio, lo incógnito.
La inconsciencia hermana mayor
de la consciencia sabe de ti,
callará su boca más
de lo que contaron tus labios.
Si pusiste a resguardo en su pecho los tesoros
tal vez, por qué no,
vayan contigo a navegar el infinito
hasta alcanzar el paraíso del tiempo eterno,
atravesar estas pétreas sombras
y ser sombras blancas,
sin rostros ni nombres,
siluetas informes felices y etéreas
danzando en el ignoto cosmos.
Ojos que verán sin juzgar,
un diccionario de silencio,
un único palpitar, flotar en el magma de amor
sin espinas en su tallo,
desplegados pétalos,
de una rosa fresca y suave.
La mirada sin juicio,
la palabra sin frontera,
de luz nuestra sustancia
será melodía en el universo.

Este devenir absurdo

 Este devenir absurdo
que pretende llenar de agua 
un cuenco con agujeros.
Mejor sería echarle piedras
y dejar que pase el aire.

Unos, pocos

 Unos, pocos, 
muchos, algunos, 
cero, nunca,
demasiados negativos.
Es el reparto de sus riquezas
y el desengaño de sus ganancias.
Si sabes elegir, te quedarás
con el brillo de sus joyas.
Sumaron años y restaron
días para llegar al último.

Un sol que subía y un sol que bajaba

 Un sol que subía y un sol que bajaba
con la promesa de volver.
Hoy, con tormenta,
mañana, con dulce sosiego.
Ayer trajo dolor,
pasado, dejó bienestar.
¡Qué cansancio de semanas!
¡Qué ratos maravillosos!
Vigor y debilidad,
fortaleza y derrumbe de muros.
Otra nueva primavera,
más otoño,
parecidos veranos
y un improvisado invierno.

Renuncio al despertar del alba

Renuncio al despertar del alba 
por abandonarme a sueños tardíos.
Un lecho de lana y plumas
recoge mis vuelos sin rumbo
donde se pierden sin guía
las aves que erraron el camino.
 

Las cosas con nombre propio

 Las cosas con nombre propio,
aunque ausentes, permanecen.
Crecieron sus apellidos,
cuadras las cuentas y fijas el orden
con un número exacto 
de beneficios y haberes.
Quedan siempre letras olvidadas,
perdidos soldados en el castillo
levantado en la loma de la memoria.
Pasan eso que llaman días,
que venían cargados de segundos, 
minutos, horas estiradas.
Agujas que giran y arrastran 
sus pasos con acumulados retrasos,
sin embargo, ganan en pausas
y el callado ruido de su tic tac inoportuno.

Es lecho firme de tu río

 Es lecho firme de tu río,
aguas que van corriendo.
Tu barca sigue el curso,
desvía torbellinos, cae por pendientes
se mece y pasea por el paisaje 
sin pensar en el mar que le espera.
No llevas la carga a la espalda,
la vas guardando por cajones y estanterías 
y la barca se desborda, pierde el equilibrio,
sueltas lastres y algunos pasajeros
se marchan.
Y pide a Dios queden sus remeros.

Vivir para un día morir

 Vivir para un día morir,
nacer y entrar a una casa extraña
y de tanto pisar sus baldosas,
reconocer sus caminos a ciegas.

Sales de ese entorno seguro,
llevas a la espalda un hatillo
con unas pocas pertenencias,
un cacho de pan tierno para morder,
agua fresca y clara para sembrar   
y vinagre para las heridas.
Peregrinas por la tierra,
pernoctas noches luminosas
en otros cielos
y regresas al hogar hasta construir el tuyo
con tus materiales propios.
Encuentras refugio
en el claro del bosque que estaba oculto
entre la maraña de troncos y ramas.
Buscaste y no hallaste 
y por sorpresa aparece el abrigo esperado.
Haces cobijo con una manta
y te echas a andar por un sendero de piedras.
Alcanzas un remanso,
está vacío para que lo colmes 
con las ofrendas crecidas en su fértil suelo.
Lo amueblas con algo de dentro,
con algo de fuera.
Hay un sillón cómodo para ti 
con la compañía de otro,
un jardín con flores
y frutos de un árbol.

La mesa sostiene un vaso

 La mesa sostiene un vaso
y el vaso contiene agua.
Sobre el tejado anidan palomas
y bajo el cielo hilan los dedos
vacíos, sombras y engaños.

La mosca del verano no es la misma

 La mosca del verano no es la misma
mosca que viene a visitarte en invierno.
Esta mosca es inquieta, revoltosa,
deja en el aire su monótono zumbido.
Siente desprecio por nuestro descanso
y a cambio nos entrega  
la melodiosa cadencia de su aleteo.
Nos envuelve su hipnótico rumor
entre la soñolencia del cuerpo
y el ritmo de su compás. 
El tiempo deja de ser una línea continua,
en el vacío del olvido abre trazos confusos,
nos atraviesa un temblor de nostalgia
y regresa del ayer otros veranos, 
otros lugares,
otro que fuimos.
El dato impreciso se viste  
con la prenda de antaño,  
fugaz es la sensación 
y volvemos a quedarnos desnudos 
impregnada la piel con su esencia.
En otro decorado, con otro guion,
la mosca danza,
la misma mosca siempre incómoda.
El silencio se engalana con estas
diáfanas alas que no son de ángel
ni de bella mariposa,
sino la membrana traslúcida
que se agita a una velocidad sorprendente
como la urgencia de nuestros relojes.
Ellas, tan cotidianas e inoportunas,
ávidas en aprovechar sus cortas horas,
pierden el respeto a lo ajeno.
Revolotean cansinas alrededor
de nuestras cabezas
como los pensamientos.
Asaltan nuestro territorio,
invaden el refugio hallado en la sombra compasiva.
¡Ah! Dulce estío, 
agriada leche con estas latosas moscas
y hervor de espuma 
de una eternidad prestada 
en nuestros calendarios caducos.

Puede Dios proteger este cuerpo

 ¿Puede Dios proteger este cuerpo
herido de sus depredadores?
Los cuervos acechan a la víctima
en manada, 
la rodean a la espera del festín. 
Dios la defiende.
Los cuervos tienen hambre,
reclaman su derecho.
Dios los creó para comer carroña
y ahora se la quita teniéndola delante.
Dios, con su omnipotencia,
les impide el manjar prometido
a estos desgraciados,
que solo procuran responder 
al instinto forjado por su creador.
Dios permanece inmóvil
ante la víctima,
les prohíbe su regalo.
Su postura es firme,
su mirada penetrante  
con una determinación ineludible
les impone este castigo 
por seguir su propia ley.
Basta su presencia amenazante
para que prevalezca la obediencia
antes que el impulso.
Los cuervos rezaron a Dios 
por el alimento,
necesitaban saciar su hambre 
y Dios responde a su oración
con esta crueldad,
tener la ofrenda y no poder probarla. 
¿Por qué protege Dios a este ser moribundo?
¿Por qué desprecia la obra de su propia naturaleza?

Marchaos, les dice sin alzar la voz.
Basta su silencio y la orden es irrefutable.
Dios asiste a la víctima
que ya se ha rendido.
Dios castiga y salva según su lógica.
Después, dejará pudrir la cáscara.
Fue con un hijo benevolente,
con otro tirano.
Libre del sufrimiento,
vuela el alma indemne,
continúen los vivos su trágico destino.

Preguntemos a Dios:
¿qué bien con mal se paga?
¿Qué mal con bien se premia?
¿Por qué amarra el dolor a la carne
y aprisiona en ella al alma, 
obligada al martirio de existir
entre miserables vísceras
hasta concederle la muerte?

Comenzó la mañana rompiendo la rutina

 Comenzó la mañana rompiendo la rutina,
después el trajín cotidiano
y la tarde silenciosa llena de trinos:
arrullos de palomas, piar de gorriones
el melodioso cantar de los canarios,
los silbidos de los mirlos
y los graznidos de gaviotas.
Zumbidos de moscas, abejas 
y abejorros,
hormigas formando hileras,
recorridos infinitos 
desde sus refugios recónditos.
Un ronco cruzar de motores
traza un pentagrama entre los silencios
con notas de ruidos.
Y más silencio preñado
de sonidos de aves,
adornando el cielo con sus vuelos,
regalando la calma de la desidia.
Las calladas voces bajo el amparo
de sus paredes y puertas cerradas
guardan secretos y vanos hábitos.
El aire entra y sale
de los pechos del mundo.

En la distancia caminan cinco sombras

 En la distancia caminan cinco sombras,
sombras que saltan y corren,
se juntan, se separan.
Esas cinco sombras se igualan en altura,
bajo la luz crepuscular del ocaso
son siluetas humanas.
Esas sombras juegan, deambulan
en el horizonte de una claridad
malva casi añil como pavesas
de un fuego que se extingue.
Las sombras se doblan
sobre la arena de la playa,
se distancian pero quedan unidas
por un hilo invisible.
Son sombras que definen cuerpos,
cuerpos que se intuyen jóvenes,
aunque no hay piel, ni rostro,
ni tan siquiera el contorno
claro de sus formas.
Tampoco nos muestran 
la consistencia de la carne,
sino el esqueleto sombrío.
Son sombras que llevan luz,
la luz robada a las sombras de la noche.

Irme de este lugar

 Irme de este lugar
es marchar a otro planeta,
dejar esta galaxia
que me lleva en su giro
con la cabeza loca
sin saber quién soy.
Allí, en aquel territorio perdido
de estas calles y rostros,
mi órbita es distinta,
tengo mis propios satélites,
otro sol me alumbra
y en mis noches brillan
una perlada luna y doradas estrellas
que velan mis sueños.

Zureo de una paloma

 Zureo de una paloma
en el cénit de este día de estío.
Calmada sinfonía
que rompe de vez en cuando
un sonido cotidiano.
Penetra el aire su efímero
pasar y alejarse en la distancia
como un eco.
La paloma bajo alguna sombra,
arrullo para el alma.

Echar un mar a ese fuego

 Echar un mar a ese fuego
y al desbocado viento un lazo.
Levantar pavesas de nubes
en este atardecer 
y sobre la tierra esparcir
sal y cenizas.

Dejarse ver

 Dejarse ver,
ser visible para los otros.
Qué tramo recorrieron los días
para que al fin el cuerpo descubra
el placer del silencio y el abandono.
Un encierro que anhela
su clandestino refugio,
la estancia con lo necesario
el alimento y la fuente
de su dulzura y su paz.
Hay agua que corre,
luz que transita por cada rincón,
una voz se desmadeja
y, aunque no siempre viene alegre,
trae partículas ínfimas de un misterio.
Tiene la amable y blanca sombra
perfilada sobre un lienzo vacío,
encantos de una figura sin reflejos 
que ocultan la forma verdadera.
Basten para hacer huellas profundas
esas líneas finas trazadas por el cálamo
ligero de las horas,
dejar hablar la pausa en los relojes
y escribir un punto y aparte 
de descanso del mundo.

Avanza la rutina de horas

 Avanza la rutina de horas,
trae cada mañana su sol,
cada noche, sus estrellas 
y a ratos, el regalo de su luna.
Vagan a su ritmo, sin presiones,
girando en su rueda encienden sin retraso 
nuestras miserias.
Más allá de las nubes 
y de nuestras cegueras e incertidumbres,
el cosmos compensa su equilibrio,
mientras el caos aquí, abajo en la tierra,
se ciñe a nuestros pasos
como una arrastrada sombra
cada vez más pesada,
más alargada cada tarde.
Traviesas juegan, amparadas 
en los clandestinos rincones.
Desde allí, furtivas,
aprovechan el momento
para sorprendernos. 
Inocente corro de niñas suicidas,
abrazadas unas a las otras, 
distraen con sus cantos
su intención perversa, 
tragarnos en su oscuridad.
Vendrán noches,
más noche sobre noche,
más negra, más silenciosa
y en nuestras pupilas 
brillarán menos estrellas
que contendrán todo un universo.

Este río, a veces, es caudaloso

 Este río, a veces, es caudaloso,
sonoras y alegres van sus aguas
y a veces, qué seco estío cayó del cielo
que lo ahoga entre barro y piedras.

Cuerpos

 Cuerpos,
cuerpos de todas las edades,
diminutos, un pedacito de carne
que ve sin entender y 
aprende a mirar.

Cuerpos que crecen 
y de aquella masa de harina 
sale del horno un pan tierno.
Amasada sobre el rodillo de la vida,
se estira y toma otras formas, 
alargadas, redondas, planas, 
trenzadas figuras de detalles
más blancas, más tostadas.
Ninguna aún alcanza la altura 
de la cintura del cuerpo
que, a su lado,
camina, protege, vigila.
Cuerpos,
pan que se endurece,
que coge moho, que se hace miga.

Cuerpos de todas las edades y tamaños.
Allí, tres con paso lento,
unos más firmes,
otros más inseguros.
Cuerpos ligeros, livianos como una hoja
que rueda por el suelo sin daño
en un torbellino.
Cuerpos cansados, aburridos, obligados
a una rutina.
En los bancos, ojos de cuerpos adultos,
obedientes al instinto, 
observan los cuerpos de sus crías
que corren, saltan, patinan, vuelan
con sus ingrávidas alas de mariposas
cubiertas de polen dorado.

Cuerpos, aunque frágiles, enérgicos, 
fuertes tallitos verdes.
Agua, sed,
merienda, hambre,
pelota y adolescencia luchando
en la batalla por el juego
y el amor por el deseo y su abismo,
rodeados del aroma dulce de pan caliente.

Cuerpos,
cuerpos y voces distintas,
polifonía de ecos, entropía armónica.
Unas son finas vocecillas, 
afilados grititos, aullidos agudísimos. 
Voces recias, femeninas, aflautadas,
voces que reclaman y que ordenan,
voces que acarician y castigan.
Voces, que dan el toque de queda:
¡A casa! Hay que volver al refugio.
Punto y seguido hasta mañana.

¡Venga, cuerpos!
Nada de ahuyentar a las sombras
y mucho menos tirar de un rayo del sol
como si fuera una cometa.
Cuerpos, poned orden y silencio,
dejad dormir la tahona
de tanto trajín y ruido.
Apagad las luces,  
que ya cantó el gallo al adiós del día.

En esta tarde cálida de estío

 En esta tarde cálida de estío,
descansan las manos
doblando los folios de un viejo libro
escrito en francés
y una melodía sale del alma,
traspasa la garganta y brota
entre los labios como un susurro
en ese idioma desconocido,
inventando las palabras,
sonidos caprichosos, 
requiebros sensuales, 
improvisados agudos.
De fondo suena el ras de doblar la hoja,
marcando sus dobleces con la uña,
creando una figura geométrica.
La canción termina en un Do grave
y en el silencio brota
la hermosa armonía del instante,
con su lenguaje particular, 
el piar de los gorriones.

Nos rodean tenues luces artificiales

 Nos rodean tenues luces artificiales
cercados en su claro círculo.
Atrás, en el fondo del cuadro, 
un firmamento difuso, 
extraño, oculto, misterioso, 
ignorado.
Y su centro iluminado evidencia
la fértil cosecha de insectos
que danzan alrededor.
Mientras, el mundo
ríe y sueña;
sueña y duerme.

Sobre el muro amarillo el moho

 Sobre el muro amarillo el moho
ha marcado la caída de la lluvia
hasta la frontera que la gravedad
dejó libre al agua de su peso.
Los años cambian el cuadro,
borran un fondo,
un detalle desaparece,
ha sido sustituido.
Se acumulan polvo y tiestos,
residuos de los días y la memoria.
Cuesta desprenderse de algunas partes
que insisten en permanecer ancladas.
A pesar del óxido, se mantienen moribundas,
sin declinar el cuello que las sostienen.
Son reliquias negándose al olvido,
capricho del deseo por hacer de lo mudable
un paisaje reconocido,
horizonte que limita
nuestro territorio seguro,
la playa con sus mismas arenas y piedras
donde los pies se acomodan. 
Un mundo cada vez más ajeno,
va cambiando su color,
se abandona la forma envejecida.
Una joven figura ocupa 
los lugares que quedaron vacíos.
Nos engañan sus líneas perfectas. 
La brillante pintura es falsa capa 
que roerán los instantes, 
esos que juntos llamamos vida.

Entre la gracia de Dios

 Entre la gracia de Dios
y la malaje del diablo,
quién sobrevive sin salir
damnificado de esta chanza.

Tarde de verdes infinitos

 Tarde de verdes infinitos,
de senderos tragados
por el desmedido vigor de la naturaleza.
Aparece el desnudo cuerpo del ayer, 
bajo viejos cimientos brota aún viva la historia.
Pespunte a pespunte se crea una cadena
de vida cotidiana, elaborado tejido
de mangas largas,
unidos brazos a la siguiente hebra.
En su asimetría,
en la entropía de remiendos y rotos
se diseña un traje perfecto.
A sus contornos se ciñen frunces,
levanta el aire vuelos de faldas 
y dejan ante la ávida mirada 
la belleza de sus valles y laderas.
Se abre la cremallera del tiempo
mostrando orgullosa la espalda de sus montañas.
Bajo la tierra se esconden
sus secretos más íntimos,
arcaicas semillas germinan
en su fértil útero 
y regala al presente renacidas cosechas.
La frondosidad de sus ramajes
teje la urdimbre de su maleza,
hilos de esmeraldas engarzan filigranas
sobre las marcas de agua
y esculpen vivos ornamentos
en su blanda materia.
Sus valles y prados entregan sus frutos
y sus montes hacen fronteras
de hileras de altos troncos.
Un claro del bosque busca
atrapar la luz del cielo agarrados a tierra.
Detrás de cada muro,
silencios y voces que aún proclaman
los ecos de su lengua
y otros pies siguen las huellas de la historia.
Desde nuestra pequeñez
el alma alcanza su grandeza.
Inunda los sentidos su exuberancia
y recorre por los laberínticos ríos
de nuestras entrañas
el deleite de su ofrenda
recogida en la red de nuestra memoria.
En la profundidad de su horizonte,
abrazado al abismo del firmamento,
va el sol a paso lento pero firme.
Conoce bien su trayectoria,
en las brasas de un fuego encendido
se despide la tarde.
Trae a la noche la claridad
de una nacarada luna.
La celebración del día acaba
con el adiós en los labios.
Llevamos en la piel la dulce fragancia 
de las horas compartidas
y, en el corazón, la calidez
de la palabra gracias.

La mujer arrastra el carrito

La mujer arrastra el carrito
hasta el banco donde otras
jóvenes mujeres hablan 
mientras vigilan a sus críos alborotados.
La mujer atiende a la personita
que carga en el carrito
Son blandas sus piernas
y su boca no grita
como los niños, balbucea
algunas palabras.
No brillan sus ojos
ni es tierna su piel,
que es ya dura corteza.
Distraída con la vida,
quietecita en su carro
va la anciana.

De nuevo regresa esa negra nube

 De nuevo regresa esa negra nube 
que se aferraba al horizonte.
De repente, suelta con ira
su tormenta.
Ha salido de su aguacero
todo el polvo recogido de siglos.
Rompe cristales y caen sus esquirlas
contra la tierra seca.
Abre abismos de charcos
y esparce la pringue de su ponzoña.
No hay donde guarecerse
de estos truenos y relámpagos.
Encienden la protegida sombra
y salen espantados los monstruos ocultos.
Brota con furia la indomable malayerba,
alimentada con el maná de su lodo.

Hastiado en este mundo imperfecto

 Hastiado en este mundo imperfecto,
entre desaliento y acidia,
ir mal ajustado.
Sensato por nada ni por nadie,
descuidado, insidioso,
tortuoso propósito,
ser préstamos del padre.
Tres señales como indicio del tiempo,
párrafos y capítulos,
y de una sola pieza sin mayores limitaciones. 
Aunque los sabios no estén de acuerdo,
ser en todo señero y coherente
hasta alcanzar las orillas individuales.

Cuando Dios creó el universo

 Cuando Dios creó el universo
no lo hizo para que alguien lo admirara.
En su soledad, la inquietud
se hacía insoportable
y sus dedos necesitaban inventar
un mundo para nada,
simplemente por hacer algo 
con las horas muertas.

La mujer de la mirada triste


Qué triste está, callada,
la mirada perdida.
Él, a su lado, ajeno,
en su mano un móvil
que lo distrae con una canción
de un tiempo pretérito.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Ella, ausente, en los labios 
una mueca imprecisa.
Deja reposar sus manos sobre la falda.
Callada, tan callada y triste.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Por el sendero enlosado del río, 
huyen las lagartijas, 
ligeras como plumas llevadas por el viento.
Levantan sus cabecitas
para enfocar mejor su corto horizonte
y escapar de los pasos amenazantes.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


En el olvido los rostros y los nombres,
anónimos que cruzan por delante
del banco donde descansan sus soledades,
simple aire que se mueve impasible
entre su vacío.
Danza de lagartijas, 
surgen de todas partes
estas ingrávidas bailarinas,
saltando al precipicio,
asidas a la hiedra del muro.
Algunas perdieron su cola de tul,
mutiladas como la sonrisa 
en aquellos labios,
difusa como su mirada.

Por la ribera del río 
la tarde se aleja,
lánguida igual que un deseo,
abandonado por las marañas
de un dolor afilado.
Entre estallidos de luz infinita
que las nubes ciñen 
a sus voluptuosos cuerpos,
el sol se deshace,
como las almas
a través de las sombras.

Barreré mis lágrimas caídas

 Barreré mis lágrimas caídas
sobre el suelo
como una pelusa más.
Basura que tal vez se transforme
en brasas de un fuego,
en ligera pluma danzando por el aire,
en gota de nube que caiga 
en el desierto de un mar de tristeza.

Es un cactus que crece en el pecho

 Es un cactus que crece en el pecho,
un gusano que roe el corazón ,
una larva que hace nido en las entrañas,
una bacteria hambrienta,
que devora la calma y la razón
y deja sus desechos sobre los pensamientos.

En la estancia el recuadro de la ventana

 En la estancia el recuadro de la ventana
delata en la oscuridad
la mínima expresión de luz
que traspasa las dos rendijas 
de una persiana bajada.
Alguien espera en el salón
a que este cuerpo se estire
entre las sábanas.
En el desvelo, ruidos de los vecinos
sobre su cabeza
y bajo sus pies.

No se cansa el padre

 No se cansa el padre
de columpiarla,
de subirla a la tirolina, 
de esperarla al final del tobogán,
de balancearla sobre el tronco de cuerda,
de darle vueltas en la rueda giratoria.
No se cansa el padre
y la niña ríe
y parlotea con la voz tierna
de las palabras recién estrenadas.

Me cruzo con la mujer de la mirada triste

 Me cruzo con la mujer de la mirada triste.
Siempre un paso atrás del hombre
que le acompaña.
Pasean por el lado del río
hasta el banco que hay frente
al tanatorio.
Allí se sientan,
ella ve pasar a la gente,
él se distrae con la mirada agachada.
De vez en cuando se dicen algo
y regresan a sus silencios.
La mujer de la mirada triste
lleva un paso cansado
y en su rostro una mueca impávida.
Sus labios cerrados,
qué grito contienen,
qué dolor lleva sobre su espalda.

Se ha oscurecido el mar

 Se ha oscurecido el mar.
Parece una plancha de asfalto,
frío, duro y brillante 
como luna de espejo
donde se reflejan los rostros
de los cuerpos ahogados.
Engañados por su transparencia,
no advirtieron el abismo del azogue.
Guarda una calma extraña
su mansa superficie,
en su oculto fondo 
se retuercen las olas prisioneras 
de contrarias corrientes.
Se ha vuelto amargo su sabor,
escupe a la orilla la sal 
convertida en granos de café, 
untado de acíbar su lecho,
y sus lenguas son ásperas.

Los amables cuadrados y círculos,
las formas de infinitos puntos,
líneas y curvas,
ondulaciones y espirales,
el zig zag de los caminos,
no tienen sentido sobre las aguas
de este océano transformado en estanque,
un recogido lago entre montañas,
tan áridas y grises como su frío líquido.
Y su profundidad fúnebre
está llena de cieno.

El cuerpo tiembla con tan solo
mirar su horizonte 
y saber que debe atravesarlo
olvidando los monstruos
que amenazan en su seno.
Los tentáculos de las algas
serán trampas que atarán
sus pies y sus manos. 
La boca abierta intentará buscar 
un soplo de aliento,
mientras su veneno se adhiere a la piel.
Encontrará miles de obstáculos
para dejarlo morir,
luchando.

El parque arde bajo este sol eufórico

 El parque arde bajo este sol eufórico 
de haber vencido 
la persistencia de las nubes
por arrebatarle el azul del cielo.
Brillan las metálicas cortezas 
de los coches sembrados 
como hileras de árboles 
de un bosque
y las hojas de sus cristales
son lanzas de un vigoroso fuego.
Van dos caminando por la senda del río
y parecen humo creando formas difusas.
Una chica joven se cobija bajo
la sombra del tobogán,
se hace un ovillo sobre su móvil
encadenados regazos
La embrionaria tarde guarda silencio
para dejar oír el piar de los pájaros imberbes.

Un gorrión erró la trayectoria
adentrándose por una ventana abierta.
Preso de pánico, agita sus alas,
busca la salida con desesperación,
va dando palos de ciego
hasta acertar y encontrar la boca
y escapar como palabra liberada
de la cárcel del pensamiento.
¡Qué respiro encontrar
de nuevo el aire
para su vuelo!

De todas estas sonrisas esbozadas

 De todas estas sonrisas esbozadas
en el escaparate de las bocas,
cuántas muestran la luz clandestina 
de sucios tugurios
–atrapado secreto entre dientes–,
la marcada curvatura en los labios 
de una fingida alegría,
aprendida frente al espejo
de los ajenos iris.

Hoy comienzo

 Hoy comienzo,
ahora comienzo.
Repetiré algunas cosas,
hábitos que se niegan a desprender.
Olvidaré mucho
y tomaré algo distinto.
Aun vestida con otras prendas,
diferentes tejidos, tal vez
veas cierta semejanza.
Es error de inexpertos ojos.

No son capas superpuestas,
son pétalos de nueva floración.
Nada se fija si no hay suelo,
ninguna planta crece si sus raíces
flotan sobre vacío.
Hasta el nenúfar bebe del lodo.
Es un destello volátil,
un beso del sol.
Sin embargo, un cuerpo es polen
que lleva el viento,
bebe de un río, mama de un trozo de tierra
y sin reposo continua su deriva
por desconocidos territorios.

No echamos ancla en el mar del ayer,
quedan ondas escapando al infinito.
No necesito datos que confirmen,
solo este mismo corazón que palpita
con otras células, con otra sangre
que riega recién nacidas flores 
del pensamiento sin residuos.

Quiero ser hoy, ahora, en este segundo,
sin un reflejo estático, forjado
sobre hierro o barro endurecido.

Los charcos ya no tienen renacuajos

 Los charcos ya no tienen renacuajos
y las cajas de cartón no ven crecer
gusanos de seda.
El sol ha secado la piel del agua
la ha convertido en cieno
por donde se arrastran medusas sin ojos.
Sobre la tarima, detrás de la mesa,
aguardan las latas vacías.
Saltaron las ranas al abismo del fondo
y olvidaron las mariposas nacer,
atrapadas entre hojas secas y podridas
por el abandono.

La centrifugadora está en marcha

 La centrifugadora está en marcha
aunque no escuches su ruido atronador.
El mundo se ha vuelto del revés,
muestra las larvas que ocultaba
bajo su corteza.
Gira con fuerza sin notar
que vas cabeza abajo.
Detrás del ojo de buey 
los colores se convierten 
en una masa oscura,
parece llover y su espuma blanca
acaricia el cristal que los atrapa.
Locos que giran sobre sus mismos pasos,
arrastrando los pies,
corriendo con las manos,
ciegos los ojos.

Qué mejor idea

 Qué mejor idea
que un parque rodeado de ojos.
Protegidos del mal,
acunados por las alas de los ángeles,
que jueguen tranquilos
estos seres frágiles.
Que nadie los toque
con sucias manos, 
que nadie los mire 
con inyectada sangre.
No le roce el aliento
del demonio que emponzoña
la carne virgen.
Que solo los acaricien 
los besos del aire
y los abrigue el amor y sus cuidados.
Que se arranquen los monstruos
de sus sueños inocentes.
No hay suficientes vigías
ni brazos que los amparen,
cuando el mal los acecha,
Ciegos quedan los ojos 
de estos cristales transparentes.
Antes se rompan en mil pedazos
y les atraviesen las entrañas
sus afiladas esquirlas, 
reviente su cráneo
con tan solo pensarles.

Ya no soy, ni seré

Ya no soy, ni seré,
soy y dejo de ser,
y volveré a ser.
Quizá nunca soy, pruebo a serlo,
y cada instante soy otra,
una nueva versión.
No soy aquella, ni sé quién fue,
entre las marañas del tiempo
son imágenes deformadas.
Hay un ansia por recobrar
aquella instantánea,
sus bordes y su fondo,
su trascendencia,
un lugar primario, simple,
pequeño.

Has pisado la línea del tiempo

 Has pisado la línea del tiempo,
funambulista sobre una cuerda,
intentas mantener el equilibrio.
Un mal paso, un soplo de aire,
el cálculo errado y se produce
la caída.
Has entrado en el tiempo.
Un día volverás al vacío
de donde viniste tras dar un mal paso.
Pisaste la línea discontinua.
la eternidad te espera de nuevo.
Tiene una paciencia infinita.

Escenas de críos (5)


En la oscuridad de la noche
las farolas iluminan el parque
con sus cacharritos quietos y silenciosos.
Nada queda de la algarabía de la tarde.
Ronda un aire de tristeza o melancolía
entre estas sombras.
Descansa de la brutalidad de los niños
que lo maltratan probando
su valentía y su fuerza 
contra su desafío de hierro
y sus seductoras artimañas.
Se apaga su colorido,
sus párpados se cierran,
solo los miran estos ojos del cristal
de las ventanas
donde cayó también la noche.
Solo alguna lámpara aún observa
y ciegas están las demás,
tras las cortinas y persianas.

De vez en cuando, se asoma
una luna ya vieja.
Añora jugar con el río
y traviesa se escondía 
tras la arboleda de su ribera.
Hoy pasea por este cielo
abrazado de montañas,
lleva su lento y cansado paso ,
atado al tiempo que atrapa el olvido 
para crear los sueños al alba.
La tierra suspira y exhala su aliento
de yerba fresca.

Nada, dice el parque, duerme.
Hasta mañana, si así Dios dispone.



Escenas de críos (4)


Una niña se desplaza
por la pista con sus patines, 
se siente como una bailarina, 
eleva los brazos,
da alguna voltereta,
levanta un pie,
rueda sin auditorio ni aplausos.
En los márgenes,
sentados en los bancos,
charlan y observan los mayores.
También los adultos se divierten
y vigilan.
Va cayendo la tarde, 
en breve, todos regresarán a casa.
Van marchando.
Una ducha, la cena, un cuento tal vez,
un rezo y el beso de buenas noches.
Agotados caerán en dulces sueños.

Escenas de críos (3)


Cae de la rueda giratoria un pequeño.
Se ha golpeado en el costado,
llora y va hacia la madre que está
sentada en un banco del parque.
Lo espera, lo recibe tranquila
lo coge, lo abraza.
Le sube la camiseta 
para comprobar el daño.
No ha pasado nada,
queda cobijado el pequeño
en el regazo de su madre.
Y regresa al juego.
El mundo sigue su orden.


Escenas de críos (2)


No sabe apenas andar
y coge un patín con tal maestría 
que sorprende.
Esta niñita con destreza y gracia
se impulsa con su piececito diminuto.
Y, sin embargo, con sus dos pies tropieza.
Así son estos críos, imprevisibles,
desafiantes, pequeños dictadores, 
tan tiernos que para imponerse,
ponen sus caritas de ángeles y nos desarman.
Nos hechizan con su purpurina de inocencia.

Escenas de críos (1)


Qué éxito ha tenido el parque.
Qué concurrido está todas las tardes,
caiga el sol con todo su poderío
o refresque el aire un cielo nublado.
Madres y padres, abuelos y abuelas,
jóvenes adolescentes, niñas y niños,
todos prueban estos juguetes.

Qué locos estos críos.
Qué riesgo de golpes y caídas.
Cuántos gritos de felicidad.
Cuánto gritos de reclamos.
Cuántas lágrimas que duran, por suerte,
unos segundos.
Y al otro lado la cancha de futbol
y baloncesto,
pelotas que golpean la valla
y contra la red de protección
que con buena sabiduría montaron
para la separación de zonas juegos.

Qué espacio por conocer

 ¿Qué espacio por conocer
deja el paisaje abandonado?
¿Qué arrastró el viento
por los agujeros del frágil tejido
de nuestras pertenencias?
Permanece la muestra de un trozo,
la marca confusa de una huella,
palabras impresas en la memoria
unos recuerdos difusos, 
inventados siempre,
y tanto olvido.

Un vacío que nunca será llenado,
un objeto perdido que nunca tuviste.
Dudas y preguntas huérfanas.
Indagas en la imagen que se va borrando
y entre gruesas cortinas nada vislumbras.
Juegas a imaginar.
En el tren van los pasajeros.
Unos suben otros bajan,
algunos continúan el mismo trayecto
o hacen un cambio de agujas. 
Se sentaron juntos,
intercambiaron frases,
opiniones y banalidades.
Compartieron su comida,
un libro, un hombro donde reposar
la cabeza y dejar volar algún sueño.
Un camino y por ese camino
el amparo de una sombra,
un descanso y un adiós.

Quedaron en el aire 
muchas palabras sueltas:
¿Llegó a su destino aquel peregrino?
Su alimento llenó tu estómago,
su agua calmó tu sed,
pero el hambre volvió
y no estuvo la mano tendida. 
Aquella voz se hizo eco
disuelto en la nada,
expandida onda
sobre la planicie del lago,
hasta perderse
sobre el oscuro horizonte.

Cuántas veces habrá repetido la guía

 ¿Cuántas veces habrá repetido la guía
la misma frase?
¿Cuántas mañanas llevando al grupo
a la puerta única románica?
No oigo esa marea de voces
que llegaba hasta la orilla de mi ventana.
¿Cuántos pasos habrán cruzado mi calle
con las miradas puestas en las mismas esquinas
sobre el detalle escondido entre las piedras?
¿Cuántas horas sin ti,
aunque aún  perpetúan tus ecos
al unísono con el palpitar de mi corazón?
Sube un sol radiante
desvelando mis sueños,
entrando sin pedir permiso
entre zureo de palomas
por ahí, va rondando la vida.
Sin echarme de menos.

Agua limpia, agua limpia

 Agua limpia, agua limpia
de la fuente clara
que de la roca nace.
Agua que no corre
es agua impura.
Agua estancada que muere
atravesada por las lanzas del sol.

Debes aceptar que no quiere vivir

 Debes aceptar que no quiere vivir 
aquella etapa.
Probablemente. 
Si eso es así, ¿qué remedio?
Acéptalo.
¿Acaso tú quieres quedar como antes?
¿Por qué te obstinas en arreglarlo
más allá de guardar las apariencias?
Ella no se molestó por remover
la cuestión ni dar explicaciones. 
No te va a decir que no quiere arreglarlo.
En el fondo se ve que no quiere.
Que ella ha cambiado, es normal,
la gente con los años cambia.
¿Quién tiene la palabra exacta
en el momento adecuado?
Nadie sabe contestar de la mejor manera,
porque no tenemos un guion
como en las películas.
Chica, bájate ya de ese tren,
ten un poco de amor propio,
sé diplomática y da
en la misma medida,
cordialidad por cordialidad,
distancia por distancia,
indiferencia por desprecio.
Eso es todo, 
no te compliques
la vida.

Cada vez más recuerdos

 Cada vez más recuerdos 
acumula el pasado,
más larga la senda recorrida
por eso, por olvido o cansancio,
va dejando parte de la carga.
Suman muchos los que ya restará el futuro.
Qué lejos quedó aquel paisaje.
Se pierden de vista algunos senderos
y las huellas abandonadas
se disuelven en la bruma como un espejismo.
¡Cuántas las barrió el viento!
Pesa esta mochila
que a la espalda cargamos.
Aunque sean de aire sus pertenencias,
perdieron su fresca fragancia
y llevan la pátina de óxido del tiempo.
Entre tinieblas se vislumbra su ausencia,
ecos que se extinguen.
La voz presente sigue conjugando
sus verbos 
y las agujas continúan tejiendo
la alfombra del antes
hacia el después incierto,
hasta dejar la tarea inacabada.

Murmuran los árboles de esta ribera

 Murmuran los árboles de esta ribera,
sus altos álamos, castaños y abedules,
el tejo suelta sus frutos rojos
y esparce su veneno por el camino.
Huele a hierba recién cortada
y el río lleva su rumor pausado.
Entra una racha de viento,
agita la melena de las ramas
y caen gruesas gotas.
Se aligeran los pasos
en busca de refugio
ante la amenaza de tormenta.
El sol en el poniente foráneo
brilla contra el cristal del cielo.
Qué tarde más hermosa,
qué sendero de arena 
por donde ruedan hojas verdes
y copos de semillas.
Entre el denso ramaje cantan
los pájaros invisibles,
en la frondosa maleza el agua
se retuerce y sigue su trayectoria
sin importarle mi asombro.
Quizá por sabio se ríe 
de la torpeza de nuestra lucha 
contra el inevitable destino.

La mujer de la ventana

 La mujer de la ventana
no tiene rostro,
es una sombra.
Tras el cristal ahumado,
un fantasma que te mira.

Quiero tocar tu tierra

 Quiero tocar tu tierra,
regarla cubo a cubo,
esperar con paciencia para ver brotar
de la yema tierna el fruto jugoso.
Quiero mirar al cielo
y rogar a los dioses
me regalen la alegría de un benévolo sol,
la dulzura de una suave lluvia
y la calma de luminosas noches.
Quiero navegar tu océano infinito,
acariciada por la brisa salada,
bajo la sombra de un pino verde
y hundir mis dedos en la arena fresca.
Quiero oír el rumor
de las hojas caídas en otoño,
rodar y danzar, levantando torbellinos
con sonoridad de olas al besar la orilla.
Quiero aspirar el profundo aroma
a azahar de los naranjos floridos
y cómo compiten los jazmines
con la blancura de la luna.
Quiero bañarme de sombras
y saciarme de luz
en noches estrelladas.

Quiero soñar que el paraíso existe.

Qué senda eligió el suspiro

 ¿Qué senda eligió el suspiro
en el laberinto de las neuronas?
¿Lo llevaba la sangre y lo escupió
por la boca el corazón en su sístole y diástole?
¿Es el vómito lanzado por los pulmones
al tratar de desprender de sus redes el veneno?
¿Qué senderos recónditos del alma
llevaba el aire de la angustia, 
el miedo y la queja,
la tristeza, el cansancio y la apatía,
la rendición y el consuelo 
la desesperación en el dolor?
¿Qué indómito torrente 
arrastra el anhelo hacia el mar 
del gozo y la calma?

Entre las palabras todas,
atraviesa las entrañas 
la exhalación del ¡Ay!
exhortando la gracia de Dios.

Sobre un cielo de diluido azul

 Sobre un cielo de diluido azul
reposan nubes blancas,
preñadas de gris ceniciento.
La luz del sol
atraviesa la opacidad del aire
y el verdor de la hierba
es, al caer la tarde, más intenso.
La mirada se recrea en los prados
donde las ovejas y vacas pacen
y las semillas, frágiles y ligeras,
desprendidas de los árboles,
vuelan y se posan por los caminos 
como si fuera nieve.
Mientras, el río sigue su curso,
limando las piedras, cuna del ramaje,
al ritmo de su dulce canto.
Por sus aguas se pasean los patos silvestres
y, entre voces y silencio,
mucho vuelo y trinos de aves.

Cuando el ojo se acostumbra
al paisaje que palpita 
olvida la maravilla que,
a cada instante,
acontece.

Cuántos ecos trae el mar

 Cuántos ecos trae el mar
en el rumor de sus olas
y cuánta luz reparte por los espacios
que dejan libres las sombras.
Desde la playa el corazón navega 
los recónditos lugares eternos
y el alma juega con la arena
dejando la huella el breve tiempo.
El campo viejo y sabio 
desmenuza la espiga,
siembra las semillas
doblegado a tierra en silencio.

Deja a la vida trazar sus costas

 Deja a la vida trazar sus costas,
que la marea suba y baje
invadiendo y alejándose de la playa.

Recoge sus conchas de nácar
antes que se las lleven las olas.

Más que las palabras

 Más que las palabras,
otro lenguaje te complementa:
el gesto, la mirada, 
la boca que calla pero ríe,
esa mueca graciosa o tierna,
de desprecio, miedo, duda,
la danza de tus manos,
tu esqueleto.
El aire que te rodea inunda 
con su profuso manantial
una corriente de silencio.
Y sin embargo, ese rumor
lo delata, define sus recodos,
sus ribera y remansos,
el tropiezo sobre la piedra,
la caída a una poza,
los peces que nadan
en su fondo,
que mueven la boca
llena de ecos vacíos.

Que hable el silencio

 Que hable el silencio,
que el cielo enmudezca,
que se ahogue el grito
en la calle solitaria
mientras mi alma pasea.

Hay un abismo

 Hay un abismo.
Empezó surco,
recogía el lodo,
crecía la hierba
y lo cubría.
Con cada tormenta,
más profundo,
con cada pisada
más hondo su hoyo.

¿Cómo estarán los caños?

 ¿Cómo estarán los caños?
Estarán bajando del tejado de la iglesia
sus impetuosos torrentes,
en esta tarde de tormenta
y rayos sobre el horizonte.
La primavera trae agua
y una claridad de tul transparente
que envuelve el regalo de su paisaje.
¿Quién cruzará mi calle estrecha
entre sus muros de ocre?
Aquellos de rostros familiares
irán al compás de sus voces y relojes,
tirando de sus rutinas las obstinadas agujas
y, a las doce del mediodía, al ángelus 
cimbreará las campanas 
y habrá espanto de palomas y vuelos,
que tras el susto regresarán al cobijo 
del campanario y los huecos de las tejas.
Luna, el gato negro y blanco de María,
se habrá recogido en su casa
por la ventana siempre abierta
y llena de flores.

En mi calle en esta tarde lluviosa
habrá un silencio triste de ausencia.
Habrá desconocidos bajo paraguas
y los mismos ecos de turistas
que siguen su itinerario sin temor
a esta lluvia caprichosa y pasajera.
El telón de nubes oscuras
lo rasgará el sol a ratos 
y vendrán otras a zurcir el roto en el cielo.
Quien recorre estos añorados recintos,
pisa las huellas que llevan su nombre,
va ligero por sus estancias 
y en su fuente se recrea.
Pasea sin peso y libre,
sin el ancla de la carne 
que obliga a poner pies sobre tierra.
Va el alma con alas de libélula,
la piel erizada y el corazón alegre,
con tan solo recordarte.

De allí donde su dorada arena

 De allí donde su dorada arena
se tiñe de color castaño,
los pies se hundían envueltos
en olas y espuma,
marchó el viajero amándose mal
por buscar el lugar que ya existía.
Llevaba su aroma
engarzado al cuerpo
–no arrastra el agua dulce
toda la sal de un mar–.
Aunque otros ríos y fuentes 
lo enamoren con su rumor,
su alma recordará
la bella melodía de su nana,
la caricia del velo de su orilla.

Quísole dar la gracia el cielo

 Quísole dar la gracia el cielo
a sus tierras y a su mar.
Ofreciole a la gente su alimento
y hermosura.
Prestole al aire su sal
el beso y la caricia de su brisa.
Entregole a la palabra
el rumor de sus olas;
al brillo de su mirada, 
la plateada espuma.
Diole la firmeza de un suelo,
la amplitud de un horizonte
para soñar, para la vida.

De qué te envaneces

 ¿De qué te envaneces
si todo es un préstamo?
¿Por qué humillas 
si eres también
partícula del universo?

Te crees dios y es tu ley 
causar daño.
Has derramado sangre y lágrimas.
No habrá tal vez ningún infierno.

Has abonado el campo
con tus semillas,
del cielo bajará 
la lluvia de tu veneno
y en ti germinará su lodo.

El silencio con su atronador ruido

 El silencio con su atronador ruido
lleva las voces de un cielo
ocultas en sus apariencias.
Por su calle solitaria
va un grito que la noche
enmudece
y al soñador ampara
mientras suelta su jauría
al insomne.

¿Dónde está el alma perdida?

 ¿Dónde está el alma perdida?
En la eternidad, en el vacío,
en este aliento que sale de mi boca
para regresar a casa.

Sabías que iba a venir la carta

 Sabías que iba a venir la carta
con la respuesta, 
Sol o Torre,
nueve de diamantes o as de picas.
Un mañana, llega el anuncio,
el resultado es favorable
y ya juega la mente con creerse adivina,
que tuvo el pálpito de su llegada
cuando sabe que, de no haber venido,
alargaría su agonía tras la puerta
de la férrea esperanza.
Y de nuevo, volver a la casilla
de salida, con otro juego,
con otras fichas de colores,
con la suerte del dado, 
caer en el puente o en la cárcel.

La impaciencia sufre de desesperado anhelo.

 La impaciencia sufre de desesperado anhelo.
El reloj se toma su tiempo en recorrer
la misma distancia
y se para en las horas
y se recrea en los minutos.
Pides sosiego a los ojos que van ávidos,
a los oídos que están alerta,
al latir urgente del corazón,
a las piernas que frenen el paso.
Sueñas con acortar los días
para que llegue ese gran momento.
Sin embargo, nos retan 
y se alargan en un paseo sin prisas. 

La mano con sus dedos se estiraba

 La mano con sus dedos se estiraba 
para tocar piedra
y caías de bruces al suelo
como si se alejara el muro.
El barco ansioso creía divisar el muelle,
engañado por un falso faro,
errado el punto en el mapa,
rota la brújula perdía el norte.

Han brotado con la lluvia caída

 Han brotado con la lluvia caída.
Parecen setas sobre la yerba
estos paraguas de diversos colores.
Tarde de domingo,
claridad de suaves grises.
Dentro, un mirar hacia la calle,
un rostro maquillado de rutinas.

La vida es un animal domesticado,
dócil,  obediente,
que se entretiene mordisqueando
los duros huesos de las horas.

Ha salido el sol donde la tierra

 Ha salido el sol donde la tierra 
bebe del mar
y los ojos se contraen como
el vientre en el parto,
deslumbrados por su brillo.
Frente a sus aguas turquesas,
la tierra despierta de su abrigo cálido.
Sus entrañas beben del relente de la madrugada
mientras el cuerpo se cobija
bajo las sábanas del sueño.
Va extraviada el alma 
por sus laberintos recónditos.
Hacemos y deshacemos una madeja
de propósitos.
Al alba, revoloteo de aves,
trajín de pasos,
rodar de troncos por un río
de vida, quimera,
endiablado capricho de un sabio azar,
antes de morir de nuevo
en los brazos de la noche.
De su silencio, vuelve la risa
y la palabra
y las voces infantiles
y el zureo de palomas.
Volvemos a jugar con el día
con la promesa de ser eterno.



Una tarde es brumosa

 Una tarde es brumosa,
se cala el frío en los huesos,
roza el alma el filo de una navaja
y cortan los extremos de sus tiernos pétalos.
Rompe el encanto que entregó
la esperanza del anterior día
cuando la tarde era luminosa,
y bullía en el aire el alegre bullicio 
y la caricia de las dulces voces infantiles.
Ellos, que no saben nada de la tristeza,
ellos, que juegan inocentes
a imitar nuestros corrompidos hábitos.
Qué rápido pasarán los años
trazando la huella del dolor,
esa línea discontinua como las tardes,
a ratos tristes y oscuras,
a ratos llenas de luz y alegría.

Al lado va esta distancia

 Al lado va esta distancia
que deja pasar 
el frío de la estación
del espejismo 

No fue claro azul 
aquel reflejo en el cristal.
Engañó a la mirada inocente
la creencia crédula llena de artificios,
la letra errada del discurso.

Un sueño pródigo, juegos de magia,
creer atrapar el cielo en el charco 
y la belleza del arcoíris
la iridiscencia de un ácido.

Hablan de tu mar porque ruge

 Hablan de tu mar porque ruge,
murmura y canta un pentagrama
de olas y silencios.
Caricias de espuma,
el rumor de tu orilla,
besos de salitre y conchas
sobre tu lecho cálido de arena.

Por ser abnegado tu campo,
se olvida su hermosura,
danza de espigas,
melodías de trinos,
zumbidos de moscas.
De las matas tiernas,
bañadas de rocío,
brotan tus frutos. 
En tus entrañas se gestaron
mujeres y hombres de piel tostada.
Baile de penas y alegrías,
voces que aún resuenan,
ecos que navegan tu mar indómito
y germinan en tu noble tierra
nuevos brotes,
muerte y renacida vida.

Recorre el pensamiento un túnel oscuro

 Recorre el pensamiento un túnel oscuro,
sin aliento, perdido,
en un bosque sin fin,
por donde a veces,
solo a veces,
entre las altas copas,
entran destellos de un soñado sol.
La mirada se tiñe de sombras
y, por salir de allí, 
ordena a sus pies ir uno tras otro,
sin guía, ni norte,
porque sabe que quedarse quieta
será el abandono al abismo
más cierta muerte.
Por temor a ser olvido
cuenta sus pasos,
sigue la línea sin punto.
Sobre hojarasca no quedan huellas,
camina,
aunque haga círculos,
aunque nunca llegue.

Cuarzo

 Cuarzo,
cuarzo frío y duro con betas.
La opacidad nada en la cal de la pared,
en el ébano del cielo,
en la esmeralda del valle
y en el turquesa del mar.
Nada,
inútiles estos aderezos
que acompañan el plato que alimenta
la vida y la envenena.
En los jeroglíficos de los diccionarios,
nada.
Este dorado sol, fuego tibio o infernal,
hoguera donde arden los restos de ayeres 
y quema por el descuido de la mano
cada instante de vidrio,
nada.
Se pierden pasos entre eucaliptos
que muestran la entrada y la salida
y su horizonte vertical
no apunta al cielo,
nada.
Ni morder la hierba, ni beber la sal,
ni besar el aire que presta
las estrellas del universo.
Nada, nada.
La insípida trayectoria mata el apetito
mientras come pasos sobre un pasto
de días.
Cerrada va la vereda, triste, solitaria,
camina sobre nada,
nada en su playa seca,
nada.

Por la boca abierta de la ventana

 Por la boca abierta de la ventana
de la casa vieja
entra la hiedra con lascivia.
Recorre su lengua el vacío,
entre paredes de mellada pintura
lame algún mueble desamparado,
el podrido cadáver de una mesa,
donde quedó fría la sopa 
y el pan crio moho y gusanos.
La hiedra avanza, verde, brava,
con avaricia, 
toma la casa por el abierto espacio.
Convive con las alimañas del tiempo,
porque nada devora como el abandono.
La hiedra se instala, 
ha encontrado un camino por donde seguir
hundiendo sus dedos, 
arañando sus raíces la piedra.

Qué callada está la casa.
No le ofrece resistencia,
sumisa se entrega a su hambre.
Qué negra esa boca en la noche,
de sus dientes se cuelgan
los murciélagos ciegos.

Fue una noche en pleno día

 Fue una noche en pleno día,
un invierno en pleno verano,
un cuerpo sin alma,
ramas desheredadas de su primavera.
La nieve cubrió los pétalos caídos
y los tallos, estériles y oscuros
como huesos de un muerto,
se ofrecieron a la mirada
sin un brote, ni bulbo sobre la piel seca,
sin su promesa verde.
––Y ahora, ¿qué? ––se preguntó,
¿qué espera el que nada espera?
––¡Un milagro! ––dijo el poeta.
Y soportó el tronco su cruel designio,
seguir soñando. 

Asistimos a esta realidad

 Asistimos a esta realidad
como si de una ficción se tratara.
Los espectadores vemos caer los muertos
razonables en la película de guerra.
Esas víctimas sin nombre,
sin protagonismo,
un cuerpo herido, destrozado,
una madre con su hijo muerto,
una niña abrazada al cadáver de su madre,
atrezos de un escenario
donde los verdaderos protagonistas
tomarán las riendas y saldrán victoriosos.
Desde nuestras butacas
son muertos que no duelen,
necesarios para rellenar el argumento,
dar sustancia y credibilidad a la historia.
Y acaba la película en la paz firmada,
en un reparto de riquezas y poderes,
acuerdos de quiénes mandan y quiénes
seguirán obedeciendo.
En este caso el héroe salva la vida,
gana prestigio y su honra se propaga,
transmite a las butacas el entusiasmo del triunfo.
En los créditos, que nadie atiende,
no constarán aquellos nombres
que existen sin ser nombrados, 
nadie verá sus rostros
ni recordará su sufrimiento
en sus miradas dignas.
El dolor de esos anónimos 
no nos conmueve.
No tienen ningún papel principal.

Ha surgido de la hierba

 Ha surgido de la hierba
un parque infantil.
Después de estas lluvias de invierno,
con su columpio y su tobogán,
un artilugio del que colgarán algunas argollas
o cuerdas para los atrevidos
y un pequeño círculo giratorio,
con una barandilla de aluminio ,
para inducir sin daño el mareo.
A los pies del tobogán,
una rayuela pintada no diferencia
infierno de paraíso
en este sueño de adultos. 
Sobre un suelo de acolchado alquitrán 
de intenso azul oscuro,
se han dibujado círculos y nubes
de colores, verdes y amarillos.
Parece un claustro silencioso
a la espera de sus monjes infantes
con su peculiares rezos,
y el estruendo de los trinos de pájaros
que vendrán al maná de los restos
de sus golosinas.

Estos angelitos llenarán
de jolgorio el ambiente,
con sus risas de buen ánimo y gozo.
El reclamo de sus nombres
en la boca de sus padres,
sus gritos de guerra
y también sus lamentos y sollozos.
Hoy, aún, en este campo santo 
permanecen mudas y vacías
sus tumbas y mausoleos,
próxima está su inauguración
y dará comienzo la batalla campal
de cuerpos devorando vida.
En la contienda siempre caerá
alguno herido,
levantarán polvareda los combatientes
y en el fragor surgirá el drama de un rasguño.
Derramadas gotas de sangre
harán el púrpura camino
hasta la fuente de agua
para lavar la herida y protegerla
con una tirita.
Volverá el guerrero a su lucha
o gimoteando buscará consuelo
al cobijo del regazo de la madre,
con la sonrisa borrada de sus tiernos labios,
con los ojos tristes y enrojecidos
y los mocos sorbiendo la perdida dignidad.
Será un tiempo breve hasta recuperar el valor,
hasta regresar el ímpetu y las ganas de aventura
a su corazón intrépido. 

Ha brotado de esta hierba
la promesa de un mañana inocente
desenvolviendo la vida.
Vienen a habitarla estas almas puras.

Ha ido el sol a besar al mar

 Ha ido el sol a besar al mar
y, en su loco abrazo,
se fundió su fuego,
cayó rendido en su lecho azul.
La amante triunfal 
ondea un pañuelo blanco 
de seda y espuma.
En sus fúnebres sábanas
yace fría la noche.
¡Qué de-sol-ación!