Sobre un cielo de diluido azul
reposan nubes blancas,
preñadas de gris ceniciento.
La luz del sol atraviesa
la opacidad del aire
y el verdor de la hierba
es, al caer la tarde, más intenso.
La mirada se recrea en los prados
donde las ovejas y vacas pacen
y las semillas, frágiles y ligeras,
desprendidas de los árboles,
vuelan y se posan por los caminos
como si fuera nieve.
Mientras, el río sigue su curso,
limando las piedras, cuna del ramaje,
al ritmo de su dulce canto.
Por sus aguas se pasean los patos silvestres
y, entre voces y silencio,
mucho vuelo y trinos de aves.
Cuando el ojo se acostumbra
al paisaje que palpita
olvida la maravilla que,
a cada instante,
acontece.
Sobre un cielo de diluido azul
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