Unos, pocos,
muchos, algunos,
cero, nunca,
demasiados negativos.
Es el reparto de sus riquezas
y el desengaño de sus ganancias.
Si sabes elegir, te quedarás
con el brillo de sus joyas.
Sumaron años y restaron
días para llegar al último.
Unos, pocos
Un sol que subía y un sol que bajaba
Un sol que subía y un sol que bajaba
con la promesa de volver.
Hoy, con tormenta,
mañana, con dulce sosiego.
Ayer trajo dolor,
pasado, dejó bienestar.
¡Qué cansancio de semanas!
¡Qué ratos maravillosos!
Vigor y debilidad,
fortaleza y derrumbe de muros.
Otra nueva primavera,
más otoño,
parecidos veranos
y un improvisado invierno.
Renuncio al despertar del alba
Renuncio al despertar del alba
por abandonarme a sueños tardíos.
Un lecho de lana y plumas
recoge mis vuelos sin rumbo
donde se pierden sin guía
las aves que erraron el camino.
Las cosas con nombre propio
Las cosas con nombre propio,
aunque ausentes, permanecen.
Crecieron sus apellidos,
cuadras las cuentas y fijas el orden
con un número exacto
de beneficios y haberes.
Quedan siempre letras olvidadas,
perdidos soldados en el castillo
levantado en la loma de la memoria.
Pasan eso que llaman días,
que venían cargados de segundos,
minutos, horas estiradas.
Agujas que giran y arrastran
sus pasos con acumulados retrasos,
sin embargo, ganan en pausas
y el callado ruido de su tic tac inoportuno.
Es lecho firme de tu río
Es lecho firme de tu río,
aguas que van corriendo.
Tu barca sigue el curso,
desvía torbellinos, cae por pendientes
se mece y pasea por el paisaje
sin pensar en el mar que le espera.
No llevas la carga a la espalda,
la vas guardando por cajones y estanterías
y la barca se desborda, pierde el equilibrio,
sueltas lastres y algunos pasajeros
se marchan.
Y pide a Dios queden sus remeros.
Vivir para un día morir
Vivir para un día morir,
nacer y entrar a una casa extraña
y de tanto pisar sus baldosas,
reconocer sus caminos a ciegas.
Sales de ese entorno seguro,
llevas a la espalda un hatillo
con unas pocas pertenencias,
un cacho de pan tierno para morder,
agua fresca y clara para sembrar
y vinagre para las heridas.
Peregrinas por la tierra,
pernoctas noches luminosas
en otros cielos
y regresas al hogar hasta construir el tuyo
con tus materiales propios.
Encuentras refugio
en el claro del bosque que estaba oculto
entre la maraña de troncos y ramas.
Buscaste y no hallaste
y por sorpresa aparece el abrigo esperado.
Haces cobijo con una manta
y te echas a andar por un sendero de piedras.
Alcanzas un remanso,
está vacío para que lo colmes
con las ofrendas crecidas en su fértil suelo.
Lo amueblas con algo de dentro,
con algo de fuera.
Hay un sillón cómodo para ti
con la compañía de otro,
un jardín con flores
y frutos de un árbol.
La mesa sostiene un vaso
La mesa sostiene un vaso
y el vaso contiene agua.
Sobre el tejado anidan palomas
y bajo el cielo hilan los dedos
vacíos, sombras y engaños.
La mosca del verano no es la misma
La mosca del verano no es la misma
mosca que viene a visitarte en invierno.
Esta mosca es inquieta, revoltosa,
deja en el aire su monótono zumbido.
Siente desprecio por nuestro descanso
y a cambio nos entrega
la melodiosa cadencia de su aleteo.
Nos envuelve su hipnótico rumor
entre la soñolencia del cuerpo
y el ritmo de su compás.
El tiempo deja de ser una línea continua,
en el vacío del olvido abre trazos confusos,
nos atraviesa un temblor de nostalgia
y regresa del ayer otros veranos,
otros lugares,
otro que fuimos.
El dato impreciso se viste
con la prenda de antaño,
fugaz es la sensación
y volvemos a quedarnos desnudos
impregnada la piel con su esencia.
En otro decorado, con otro guion,
la mosca danza,
la misma mosca siempre incómoda.
El silencio se engalana con estas
diáfanas alas que no son de ángel
ni de bella mariposa,
sino la membrana traslúcida
que se agita a una velocidad sorprendente
como la urgencia de nuestros relojes.
Ellas, tan cotidianas e inoportunas,
ávidas en aprovechar sus cortas horas,
pierden el respeto a lo ajeno.
Revolotean cansinas alrededor
de nuestras cabezas
como los pensamientos.
Asaltan nuestro territorio,
invaden el refugio hallado en la sombra compasiva.
¡Ah! Dulce estío,
agriada leche con estas latosas moscas
y hervor de espuma
de una eternidad prestada
en nuestros calendarios caducos.
Puede Dios proteger este cuerpo
¿Puede Dios proteger este cuerpo
herido de sus depredadores?
Los cuervos acechan a la víctima
en manada,
la rodean a la espera del festín.
Dios la defiende.
Los cuervos tienen hambre,
reclaman su derecho.
Dios los creó para comer carroña
y ahora se la quita teniéndola delante.
Dios, con su omnipotencia,
les impide el manjar prometido
a estos desgraciados,
que solo procuran responder
al instinto forjado por su creador.
Dios permanece inmóvil
ante la víctima,
les prohíbe su regalo.
Su postura es firme,
su mirada penetrante
con una determinación ineludible
les impone este castigo
por seguir su propia ley.
Basta su presencia amenazante
para que prevalezca la obediencia
antes que el impulso.
Los cuervos rezaron a Dios
por el alimento,
necesitaban saciar su hambre
y Dios responde a su oración
con esta crueldad,
tener la ofrenda y no poder probarla.
¿Por qué protege Dios a este ser moribundo?
¿Por qué desprecia la obra de su propia naturaleza?
Marchaos, les dice sin alzar la voz.
Basta su silencio y la orden es irrefutable.
Dios asiste a la víctima
que ya se ha rendido.
Dios castiga y salva según su lógica.
Después, dejará pudrir la cáscara.
Fue con un hijo benevolente,
con otro tirano.
Libre del sufrimiento,
vuela el alma indemne,
continúen los vivos su trágico destino.
Preguntemos a Dios:
¿qué bien con mal se paga?
¿Qué mal con bien se premia?
¿Por qué amarra el dolor a la carne
y aprisiona en ella al alma,
obligada al martirio de existir
entre miserables vísceras
hasta concederle la muerte?
Comenzó la mañana rompiendo la rutina
Comenzó la mañana rompiendo la rutina,
después el trajín cotidiano
y la tarde silenciosa llena de trinos:
arrullos de palomas, piar de gorriones
el melodioso cantar de los canarios,
los silbidos de los mirlos
y los graznidos de gaviotas.
Zumbidos de moscas, abejas
y abejorros,
hormigas formando hileras,
recorridos infinitos
desde sus refugios recónditos.
Un ronco cruzar de motores
traza un pentagrama entre los silencios
con notas de ruidos.
Y más silencio preñado
de sonidos de aves,
adornando el cielo con sus vuelos,
regalando la calma de la desidia.
Las calladas voces bajo el amparo
de sus paredes y puertas cerradas
guardan secretos y vanos hábitos.
El aire entra y sale
de los pechos del mundo.
En la distancia caminan cinco sombras
En la distancia caminan cinco sombras,
sombras que saltan y corren,
se juntan, se separan.
Esas cinco sombras se igualan en altura,
bajo la luz crepuscular del ocaso
son siluetas humanas.
Esas sombras juegan, deambulan
en el horizonte de una claridad
malva casi añil como pavesas
de un fuego que se extingue.
Las sombras se doblan
sobre la arena de la playa,
se distancian pero quedan unidas
por un hilo invisible.
Son sombras que definen cuerpos,
cuerpos que se intuyen jóvenes,
aunque no hay piel, ni rostro,
ni tan siquiera el contorno
claro de sus formas.
Tampoco nos muestran
la consistencia de la carne,
sino el esqueleto sombrío.
Son sombras que llevan luz,
la luz robada a las sombras de la noche.
Irme de este lugar
Irme de este lugar
es marchar a otro planeta,
dejar esta galaxia
que me lleva en su giro
con la cabeza loca
sin saber quién soy.
Allí, en aquel territorio perdido
de estas calles y rostros,
mi órbita es distinta,
tengo mis propios satélites,
otro sol me alumbra
y en mis noches brillan
una perlada luna y doradas estrellas
que velan mis sueños.
Zureo de una paloma
Zureo de una paloma
en el cénit de este día de estío.
Calmada sinfonía
que rompe de vez en cuando
un sonido cotidiano.
Penetra el aire su efímero
pasar y alejarse en la distancia
como un eco.
La paloma bajo alguna sombra,
arrullo para el alma.
Echar un mar a ese fuego
Echar un mar a ese fuego
y al desbocado viento un lazo.
Levantar pavesas de nubes
en este atardecer
y sobre la tierra esparcir
sal y cenizas.
Dejarse ver
Dejarse ver,
ser visible para los otros.
Qué tramo recorrieron los días
para que al fin el cuerpo descubra
el placer del silencio y el abandono.
Un encierro que anhela
su clandestino refugio,
la estancia con lo necesario
el alimento y la fuente
de su dulzura y su paz.
Hay agua que corre,
luz que transita por cada rincón,
una voz se desmadeja
y, aunque no siempre viene alegre,
trae partículas ínfimas de un misterio.
Tiene la amable y blanca sombra
perfilada sobre un lienzo vacío,
encantos de una figura sin reflejos
que ocultan la forma verdadera.
Basten para hacer huellas profundas
esas líneas finas trazadas por el cálamo
ligero de las horas,
dejar hablar la pausa en los relojes
y escribir un punto y aparte
de descanso del mundo.
Avanza la rutina de horas
Avanza la rutina de horas,
trae cada mañana su sol,
cada noche, sus estrellas
y a ratos, el regalo de su luna.
Vagan a su ritmo, sin presiones,
girando en su rueda encienden sin retraso
nuestras miserias.
Más allá de las nubes
y de nuestras cegueras e incertidumbres,
el cosmos compensa su equilibrio,
mientras el caos aquí, abajo en la tierra,
se ciñe a nuestros pasos
como una arrastrada sombra
cada vez más pesada,
más alargada cada tarde.
Traviesas juegan, amparadas
en los clandestinos rincones.
Desde allí, furtivas,
aprovechan el momento
para sorprendernos.
Inocente corro de niñas suicidas,
abrazadas unas a las otras,
distraen con sus cantos
su intención perversa,
tragarnos en su oscuridad.
Vendrán noches,
más noche sobre noche,
más negra, más silenciosa
y en nuestras pupilas
brillarán menos estrellas
que contendrán todo un universo.
Este río, a veces, es caudaloso
Este río, a veces, es caudaloso,
sonoras y alegres van sus aguas
y a veces, qué seco estío cayó del cielo
que lo ahoga entre barro y piedras.
Cuerpos
Cuerpos,
cuerpos de todas las edades,
diminutos, un pedacito de carne
que ve sin entender y
aprende a mirar.
Cuerpos que crecen
y de aquella masa de harina
sale del horno un pan tierno.
Amasada sobre el rodillo de la vida,
se estira y toma otras formas,
alargadas, redondas, planas,
trenzadas figuras de detalles
más blancas, más tostadas.
Ninguna aún alcanza la altura
de la cintura del cuerpo
que, a su lado,
camina, protege, vigila.
Cuerpos,
pan que se endurece,
que coge moho, que se hace miga.
Cuerpos de todas las edades y tamaños.
Allí, tres con paso lento,
unos más firmes,
otros más inseguros.
Cuerpos ligeros, livianos como una hoja
que rueda por el suelo sin daño
en un torbellino.
Cuerpos cansados, aburridos, obligados
a una rutina.
En los bancos, ojos de cuerpos adultos,
obedientes al instinto,
observan los cuerpos de sus crías
que corren, saltan, patinan, vuelan
con sus ingrávidas alas de mariposas
cubiertas de polen dorado.
Cuerpos, aunque frágiles, enérgicos,
fuertes tallitos verdes.
Agua, sed,
merienda, hambre,
pelota y adolescencia luchando
en la batalla por el juego
y el amor por el deseo y su abismo,
rodeados del aroma dulce de pan caliente.
Cuerpos,
cuerpos y voces distintas,
polifonía de ecos, entropía armónica.
Unas son finas vocecillas,
afilados grititos, aullidos agudísimos.
Voces recias, femeninas, aflautadas,
voces que reclaman y que ordenan,
voces que acarician y castigan.
Voces, que dan el toque de queda:
¡A casa! Hay que volver al refugio.
Punto y seguido hasta mañana.
¡Venga, cuerpos!
Nada de ahuyentar a las sombras
y mucho menos tirar de un rayo del sol
como si fuera una cometa.
Cuerpos, poned orden y silencio,
dejad dormir la tahona
de tanto trajín y ruido.
Apagad las luces,
que ya cantó el gallo al adiós del día.
En esta tarde cálida de estío
En esta tarde cálida de estío,
descansan las manos
doblando los folios de un viejo libro
escrito en francés
y una melodía sale del alma,
traspasa la garganta y brota
entre los labios como un susurro
en ese idioma desconocido,
inventando las palabras,
sonidos caprichosos,
requiebros sensuales,
improvisados agudos.
De fondo suena el ras de doblar la hoja,
marcando sus dobleces con la uña,
creando una figura geométrica.
La canción termina en un Do grave
y en el silencio brota
la hermosa armonía del instante,
con su lenguaje particular,
el piar de los gorriones.
Nos rodean tenues luces artificiales
Nos rodean tenues luces artificiales
cercados en su claro círculo.
Atrás, en el fondo del cuadro,
un firmamento difuso,
extraño, oculto, misterioso,
ignorado.
Y su centro iluminado evidencia
la fértil cosecha de insectos
que danzan alrededor.
Mientras, el mundo
ríe y sueña;
sueña y duerme.
Sobre el muro amarillo el moho
Sobre el muro amarillo el moho
ha marcado la caída de la lluvia
hasta la frontera que la gravedad
dejó libre al agua de su peso.
Los años cambian el cuadro,
borran un fondo,
un detalle desaparece,
ha sido sustituido.
Se acumulan polvo y tiestos,
residuos de los días y la memoria.
Cuesta desprenderse de algunas partes
que insisten en permanecer ancladas.
A pesar del óxido, se mantienen moribundas,
sin declinar el cuello que las sostienen.
Son reliquias negándose al olvido,
capricho del deseo por hacer de lo mudable
un paisaje reconocido,
horizonte que limita
nuestro territorio seguro,
la playa con sus mismas arenas y piedras
donde los pies se acomodan.
Un mundo cada vez más ajeno,
va cambiando su color,
se abandona la forma envejecida.
Una joven figura ocupa
los lugares que quedaron vacíos.
Nos engañan sus líneas perfectas.
La brillante pintura es falsa capa
que roerán los instantes,
esos que juntos llamamos vida.
Entre la gracia de Dios
Entre la gracia de Dios
y la malaje del diablo,
quién sobrevive sin salir
damnificado de esta chanza.
Tarde de verdes infinitos
Tarde de verdes infinitos,
de senderos tragados
por el desmedido vigor de la naturaleza.
Aparece el desnudo cuerpo del ayer,
bajo viejos cimientos brota aún viva la historia.
Pespunte a pespunte se crea una cadena
de vida cotidiana, elaborado tejido
de mangas largas,
unidos brazos a la siguiente hebra.
En su asimetría,
en la entropía de remiendos y rotos
se diseña un traje perfecto.
A sus contornos se ciñen frunces,
levanta el aire vuelos de faldas
y dejan ante la ávida mirada
la belleza de sus valles y laderas.
Se abre la cremallera del tiempo
mostrando orgullosa la espalda de sus montañas.
Bajo la tierra se esconden
sus secretos más íntimos,
arcaicas semillas germinan
en su fértil útero
y regala al presente renacidas cosechas.
La frondosidad de sus ramajes
teje la urdimbre de su maleza,
hilos de esmeraldas engarzan filigranas
sobre las marcas de agua
y esculpen vivos ornamentos
en su blanda materia.
Sus valles y prados entregan sus frutos
y sus montes hacen fronteras
de hileras de altos troncos.
Un claro del bosque busca
atrapar la luz del cielo agarrados a tierra.
Detrás de cada muro,
silencios y voces que aún proclaman
los ecos de su lengua
y otros pies siguen las huellas de la historia.
Desde nuestra pequeñez
el alma alcanza su grandeza.
Inunda los sentidos su exuberancia
y recorre por los laberínticos ríos
de nuestras entrañas
el deleite de su ofrenda
recogida en la red de nuestra memoria.
En la profundidad de su horizonte,
abrazado al abismo del firmamento,
va el sol a paso lento pero firme.
Conoce bien su trayectoria,
en las brasas de un fuego encendido
se despide la tarde.
Trae a la noche la claridad
de una nacarada luna.
La celebración del día acaba
con el adiós en los labios.
Llevamos en la piel la dulce fragancia
de las horas compartidas
y, en el corazón, la calidez
de la palabra gracias.
La mujer arrastra el carrito
La mujer arrastra el carrito
hasta el banco donde otras
jóvenes mujeres hablan
mientras vigilan a sus críos alborotados.
La mujer atiende a la personita
que carga en el carrito
Son blandas sus piernas
y su boca no grita
como los niños, balbucea
algunas palabras.
No brillan sus ojos
ni es tierna su piel,
que es ya dura corteza.
Distraída con la vida,
quietecita en su carro
va la anciana.
De nuevo regresa esa negra nube
De nuevo regresa esa negra nube
que se aferraba al horizonte.
De repente, suelta con ira
su tormenta.
Ha salido de su aguacero
todo el polvo recogido de siglos.
Rompe cristales y caen sus esquirlas
contra la tierra seca.
Abre abismos de charcos
y esparce la pringue de su ponzoña.
No hay donde guarecerse
de estos truenos y relámpagos.
Encienden la protegida sombra
y salen espantados los monstruos ocultos.
Brota con furia la indomable malayerba,
alimentada con el maná de su lodo.
Hastiado en este mundo imperfecto
Hastiado en este mundo imperfecto,
entre desaliento y acidia,
ir mal ajustado.
Sensato por nada ni por nadie,
descuidado, insidioso,
tortuoso propósito,
ser préstamos del padre.
Tres señales como indicio del tiempo,
párrafos y capítulos,
y de una sola pieza sin mayores limitaciones.
Aunque los sabios no estén de acuerdo,
ser en todo señero y coherente
hasta alcanzar las orillas individuales.
Cuando Dios creó el universo
Cuando Dios creó el universo
no lo hizo para que alguien lo admirara.
En su soledad, la inquietud
se hacía insoportable
y sus dedos necesitaban inventar
un mundo para nada,
simplemente por hacer algo
con las horas muertas.