Vivir para un día morir

 Vivir para un día morir,
nacer y entrar a una casa extraña.
De tanto pisar sus baldosas,
reconocer sus caminos a ciegas.

Sales de ese entorno seguro,
llevas a la espalda un hatillo
con unas pocas pertenencias,
un cacho de pan tierno para morder
agua fresca y clara para sembrar   
y vinagre para las heridas.
Peregrinas por la tierra,
pernoctas noches luminosas
en otros cielos
y regresas al hogar hasta construir el tuyo
con tus materiales propios.
Encuentras refugio
en el claro del bosque que estaba oculto
entre la maraña de troncos y ramas.
Buscaste y no hallaste 
y por sorpresa aparece el abrigo esperado.
Haces cobijo con una manta
y te echas a andar por un sendero de piedras.
Alcanzas un remanso,
está vacío para que lo colmes 
con las ofrendas crecidas en su fértil suelo.
Lo amueblas con algo de dentro,
con algo de fuera.
Hay un sillón cómodo para ti 
con la compañía de otro,
un jardín con flores
y frutos de un árbol.

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