Su frente ancha

 Su frente ancha,
coronada de negro pelo,
pronto acarició la razón férrea de la herencia.
Quién sabe si hicieron empeño un duro vivir
o los miedos de la infancia
que perduran a través del tiempo.
Esa fragilidad oculta
tras unos duros ojos negros,
tiernos para los sueños y en la sonrisa.
Sus labios finos y apretados 
en un gesto serio, casi hostil, 
para el misterio guardaban silencio 
y pesadumbre de recuerdos.
A veces, una racha helada, un viento árido
le hacía lanzar un grito aterrador, 
encendía un infierno en el paraíso.
La amenaza de tormenta y aguacero
desplegaba su ira.
Como el polvo empaña la transparencia,
así cubre el miedo lo cotidiano.

Qué lejos quedaba la juventud
para aquella tez morena que bebió
de tantos soles.
Horas infinitas buscando
sobre la tierra el consuelo de la propia sombra.
Desde pequeño comprendió la dureza
y por ello, quiso huir cuanto antes.
Pero impregnaba su piel,
corría por su sangre
la nostalgia de su olor, de su tacto,
el deseo de hundir las manos en sus entrañas,
penetrar sus profundidades y depositar el sueño
para que florezca en primavera. 
Entregar su huella con los pies descalzos
sobre el terrón duro y seco.
Bajo el sol un sombrero de paja
y con paciencia quitar la sed a la tierra 
con el agua fresca de un pozo.

El cosmos, ese otro que ahora le contiene,
era para él un misterio impenetrable.
Lo observaba con los ojos de un niño
que se hace preguntas sin respuestas,
porque descubrir su profano secreto
destruiría la magia.
Mira cuántas estrellas, decía,
admirado del infinito espacio,
con la inocencia que ignora
y quiere descubrirla riqueza de un tesoro.
Callado, entretenido en sus pensamientos,
cuántas maravillas imaginaba
buscando certezas entre las tinieblas
de su noble cerebro.
Con qué extrañeza miraba la luna,
el capricho de su forma,
la hermosura de su redondez
y su ausente presencia.
La sabia ciencia no satisface
con sus eruditos libros a un párvulo
que apenas supo de letras  
y aprendió los suficientes números
para hacer cuentas con los dedos
sobre pesos y medidas,
adivinar la bonanza o sequía de lluvias
en la forma de las nubes,
el oráculo del mañana, 
en el beso de la brisa y el rocío.

En su cumpleaños postrero,
bajo la tenue luz de las velas,
ya se intuía en su semblante
el rostro cadavérico de la muerte
perfilando sus angulosos trazos
y sembrando el brillo acuoso en la mirada.
Los minutos de los relojes
con avidez sellaban su vida,
pero al compás marcaban, 
inevitable, la fugaz existencia.


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