Cuántas respiraciones me quedan,
cuántos suspiros de desaliento,
cuánta impaciencia por ver su rostro,
escuchar su canto, recrear la mirada
en su cielo y subirme
sobre el ala llevada por el vuelo del pájaro,
planeando su sombra sobre sus muros,
dibujando paréntesis en sus calles,
sentir la calma y atrapar la palabra
tejida con los hilos de sus ecos.
Cuántos sueños en noches de espera
por territorios confusos, donde sin quedarse,
habita y camina el alma por sus laberintos.
Pienso en mi mano que siente su roce
y encuentra en su pétrea materia la tierna
caricia de lo aún no perdido.
Anhelo, no un recuerdo, sino un presente
continuo que se sabe finito pero mantiene la fe,
porque palpita con fuerza.
Cuántos bostezos de cansancio,
frenar la urgencia del deseo,
temer estirar el dedo y que su promesa se aleje.
Cuántas voces llenando este vacío,
andar los minutos y no llegar a la hora en punto.
Y si al sentarme a la mesa,
¿el manjar esté frío e insípido,
agrio de tiempo y olvido?
Es difícil alcanzar el esplendor de la idea,
llegar a la cumbre
por la que suspira Sísifo.
Ella juega con la ventaja de no sufrir de obstáculos
como encuentran los hechos
al subir la ladera.
¿Acaso en la cantera no estaba protegido el mármol
por arena y rocas?
Y, una vez extraído,
cuando la mano pretende pulirlo,
salta alguna lasca, pierde,
empaña su lustre el lodo que depositaron las lluvias,
corren hilos de óxido.
Como en el sueño, la idea es
materia pura protegida bajo tierra,
crea en su imaginario la perfecta esfinge.
Mas conformémonos con el regalo otorgado,
aunque mediocre, es hermoso.
Mejor aún, celebremos sus errores,
sus muescas y máculas y su mortalidad.
Pues a cada respiro nos acercamos
a la promesa de alcanzar la cima
y a cada respiro rompemos una lasca
de la dura roca
y cuando las manos crean tocarla,
sin poseerla jamás, el corazón se reconforte
con su imperfecta belleza.
Cuántas respiraciones me quedan
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