¡Qué traidor es el tiempo!
Te regala sus presentes,
alimenta tus promesas con sueños y esperanza.
El tiempo dibuja en la criatura imperfecta
las líneas de los frescos y vivos deseos.
En la piel traza curvas, ondulaciones suaves,
brillo en la mirada, labios tiernos, 
pétalos de terciopelo de roja carmesí.

¡Qué traidor es el tiempo!
Te aduló, te engañó, te puso trampas
con su mullida alfombra,
sin advertirte, ni quisimos saber
que su cofre esconde un doble fondo.
Qué bello vivir y sentir el cuerpo que bulle,
mientras cocina el guiso 
con la mentira de lo efímero 
para nutrir el fracaso final.

¡Qué traidor el tiempo!
O quizá nunca pretendió ser lo que no era,
sino que fuimos nosotros los torpes e ingenuos
y, cuando vimos llegar vestida de oscuridad
la decadencia, 
estuvimos un tiempo jugando con el tiempo 
a creer que solo era una apariencia falsa,
que nada rompería la imagen 
de nuestros perfectos trazos.
Qué error aprendido, qué error imaginado,
qué error convencido para seguir engañándonos.

Y llega el tiempo con su presencia impertérrita,
con su saber estar, habitar sin hacer alardes,
en pasar desapercibido sin dejar escapar 
ningún detalle ni mudar su gesto.
Con su porte elegante de señor que sabe de todo
y que a nadie perdona pecar de soberbia,
aunque nunca actúa por venganza ni rencor.
El tiempo habla y nuestros labios se cierran 
en una mueca incrédula,
nuestros ojos se empeñan en ver lo que hace tiempo.
Se fue con el tiempo de paseo por el pasado.
Las manos, las cálidas manos que abrazaron 
con avidez su tesoro,
sus ágiles dedos para atrapar los segundos
y deshacerlos, 
son, con el tiempo, la rancia arqueología del ayer,
materia ajada de unos restos 
que la razón intenta ensamblar 
para mostrar en la vitrina
la forma con la que fue creada,
aunque perdieran el lustre de su apogeo.

No es un tirano el tiempo, 
su esencia es pura,
su mirada clara, su verbo transparente,
porque sin malicia nos lleva de la mano
hacia donde será perenne la belleza, 
la eternidad.

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