Fabio, ¿tú crees que nos echarán de menos?

 Fabio, ¿tú crees que nos echarán de menos?
Se preguntarán con asombro:
¡¿Cuánto tiempo sin verlos pasar por aquí?!
¿Se acostumbraron sus ojos a nuestra presencia?
¿Qué pensará el dependiente de la tienda de desavío de la esquina?
¿Y la pareja que regentaban la pizzería italiana?
Fabio, ¿te acuerdas del olor tan rico a masa
que dejaba por la calle? 
De tarde en tarde nos dábamos el capricho
de comerla, algún viernes para celebrar algo.
Tal vez aquellas personas que habitualmente
veíamos en nuestros paseos al caer la noche
se extrañen, 
aunque hay tanta gente de paso por aquella ciudad.
Algunos eran rostros conocidos en nuestra rutina,
nos cruzábamos con ellos por la plaza,
por las calles que recorríamos 
bajo la tenue luz de las farolas.
Aunque forasteros, no éramos los eventuales turistas,
nosotros sentíamos aquel territorio propio, 
nosotros gozábamos del privilegio
de poder seguir disfrutando de sus encantos. 
Se había convertido en un espacio cómodo,
ya no era un cuerpo extraño en nuestro ser.
Habíamos asimilado sus perfiles, sus rincones, 
teníamos dominio de su mapa,
llevábamos adherida a nuestras suelas su esencia.
Participamos en ahoyar los adoquines,
hicimos su rastro más profundo.
Fabio, allí seguirán como marca indeleble
nuestras huellas, 
debajo de muchas otras añadidas 
desde nuestra ausencia.
¿No te parece algo hermoso, 
formar parte de esa memoria?
¡Ay, Fabio, cómo añoro todo aquello!
¿Tú crees que habrá bocas que nos nombren?
¿Se preguntarán que habrá sido de nosotros,
hacia dónde nos fuimos?
¿Por qué habríamos abandonado tan precioso lugar?
Yo también me lo pregunto.
Me gustaría, Fabio querido, dejarles claro
que, aunque estamos lejos, aún recordamos
sus rostros, cada esquina, cada sendero descubierto.
Que, a pesar de ignorar sus nombres y existencias,
perduran en nuestras retinas.
¿Te acuerdas, Fabio, una tarde que regresamos?
Apenas estuvimos un par de horas 
y vimos algunas caras conocidas, 
saludamos a los vecinos que se sientan
a la fresca en el banco.
Algunos nos miraron como diciendo,
anda, estos dos quizá hayan vuelto.
Pero, ay, Fabio, qué equivocados estaban
y cuánto me entristece de que no fueran ciertas sus sospechas.
Fabio, compañero mío, ¿volveremos?
Que sí, me dices. No me engañes, que me ilusiono.
Pero, ya no será nada igual.
¿Qué habrá sido de nuestro hogar?
¿Qué habrán hecho de nuestros íntimos espacios,
nuestro lecho, las estancias de nuestros cotidianos quehaceres? 
Su luz, Fabio, su radiante luz que lo inundaba todo.
¿Seguirá el vecino de al lado con su órgano eléctrico
machacando las notas de canciones antiguas?  
Te acuerdas de sus gritos, no sabíamos 
a quién iban dirigidos, si a una gata, a un familiar,
a una madre que existía y nunca vimos. 
¿Por dónde rondarán nuestras canciones,
los giros de mis pasos bailando, mi voz
haciendo coro? Ay, suspiro con tan solo pensarlo.
Aquí su melodía se expande por otro paisaje,
más verde seguro, pero menos poético.
¿Y las risas, los llantos y enfados,
la tristeza y la alegría, el dolor y su alivio?
¿Qué habrá sido de todo ese universo de emociones?
Nada se pierde, ya sabes, sus partículas
rodarán por las estancias, desesperadas, buscarán
el corazón del que partieron. 
Algunas se quedarían enganchadas entre las piedras,
llevadas en los picos de las aves a sus refugios,
no sé, a otros lugares, en otras nubes 
que lloraron sobre otros suelos.
Y qué me dices del cielo que cada día contemplábamos,
me dirás que este es el mismo cielo 
y que esta luna es la misma, pero, no, mi amado Fabio,
no son lo mismo sobre este horizonte.
¿No ves que no brilla del mismo modo?, 
¿no adviertes, querido, que le faltan pinceladas
de color a este cuadro?
Sí, también es bello en sus diferencias,
sin embargo, uno recuerda con intensidad
los contornos del cuerpo que tuvo entre sus brazos,
ardió la pasión en el pecho, 
hicieron hogar en nuestras mentes 
y hallaron cobijo en nuestros espíritus.
Dime, ¿qué fuego puede calentar igual que aquel fuego?
Por mucho que la madera haga leña en la hoguera,
no cogen las carnes calor,
echa de menos aquel aroma esparcido en el aire.
Sueñas, me dices, y haces grande todo en ese sueño,
que tampoco fue perfecto.
Olvidas, me dices, los detalles oscuros.
Tienes razón, es difícil definir el dolor,
pero no por ello lo olvido, 
solo que el recuerdo lo suaviza por necesidad.
Sí, aún queda la señal de su herida,
pero mira, Fabio, se está curando,
casi está cerrada, volverá la piel a estar sana. 
Bueno, también es verdad que quedará la señal de su recorrido
y, aunque no veamos su profundidad, 
se hará sentir con el cambio del tiempo frío.
Ya se sabes que el frío de aquí es más húmedo
y el cuerpo se resiente más de sus dolencias.
Acaso, no recuerdas tu tristeza, me dirás.
Claro, es un perfume que siempre llevo puesto,
me acompaña como esa odiosa canción 
que se te mete en la cabeza y no puedes desprenderte de ella,
vuelve una y otra vez. 
Estoy de acuerdo contigo que suelo 
sacar brillo al metal opaco
y al dorado le quito su fulgor.
Pero los hechos son los hechos.
No, no, me niego a restarles su verdadero valor, 
aquellos naranjos son reales,
el olor de su azahar no es un ilusión
y acaso, sus muros... ay, su tacto, su color cálido,
todo es real y aún más viva suena mi fuente
y no me digas que estoy ciega para el resto.
Yo veo, Fabio, y entiendo lo que me dices,
en el error que caigo, 
en mi insistencia en el adorno
y que pierdo otros tesoros por empeñarme en ese.
Quizá tengas toda la razón,
ni yo misma me entiendo.
¿Qué rozó mi piel y penetró mis entrañas?
Tal vez, sea un error volver,
me lo pregunto muchas veces, 
tengo miedo de encontrarme con su regalo vacío.
Acaso, ¿no piensas que no dudo?
Ay, Fabio, la vida me ha creado de esta forma,
con este error en su mecanismo, 
tengo un afán que no se sacia,
voy en busca apresurada por llegar a Ítaca,
un lugar que solo existe en mi imaginación 
y me hace peregrina sin alcanzar nunca su destino.
Puede que ya lo haya cruzado y no lo reconocí.
Fabio, vamos a volver atrás,
desandemos el camino,
acuérdate de su campanario refugio de palomas,
las nubes oscuras que formaban los vuelos de vencejos,
los mirlos sobre aquel tejado, paisaje de mis fantasías.
Ah, sí, hay tantos lugares así,
pero sus muros, Fabio, sus muros, ¡Qué bellos son
con sus piedras doradas bajo el sol del atardecer!
Hasta sus sombras eran hermosas.
Sí, es verdad, ¡cuántos habrá parecidos por el mundo!
Fabio, recuerdo aquel rumor de voces,
eran olas que rompían contra las rocas,
venían de lejos y al acercarse rugían
como fieros guerreros para el ataque,
para alejarse su eco lánguido 
por el laberinto de callejuelas.
Sí, de acuerdo, hoy en día te las escuchas
por todas partes, grupos curiosos.
Solo una cosa, no me negarás, reconoce
que ella es algo único, habrá muchas pero no igual,
ninguna como ella.
Qué dulce su canto,
su luz cristalina, 
el arrullo de las palomas 
que van a beber a su cuenco.
Tan sencilla y a la vez tan hermosa, 
cuánto siglo en sus piedras
moldeadas por el agua y el roce de muchas manos.
¡Y su fotogenia! Salía perfecta en todas las fotos.
Te digo que con los ojos cerrados, llegaría
con tan solo seguir mis pasos su tierno rumor.
Fabio, la nieve es hermosa, 
¿te acuerdas de aquellos copos
que cayeron una noche?
Tan blancos y con qué suavidad reposaban
sobre la losa del pavimento.
Su lluvia también es distinta.
¡Qué cortina más luminosa formaba!
¡Qué transparencia devolvía a las cosas!
¡Qué esencia al empapar la tierra con su dulzura!
Sus frescas gotas parecían diamantes
sobre el cristal de las ventanas.
Aquellas calles solitarias de nuestros cuerpos,
¿volverán a tener nuestros pasos?
Fabio, quizá ya aprendí a distinguir dónde
levantar nuestro refugio,
aparte las angustias pretéritas
y me quite la sed de este desierto.
Fabio, ¿tú crees que quedaré saciada 
con el agua de su oasis?
Estoy confundida, tiro y freno este caballo. 
Tal vez hable mi boca con la misma ingenuidad de nuevo
y tropiece con la misma pared.
Será el devenir, el único que descubra
qué será de nosotros, 
¿Se sentirá libre al fin este corazón 
ahora perdido entre brumas 
de una empeñada nostalgia?
El mañana hablará claro y alto
y tú Fabio, vendrás a señalar
con el dedo la inconsistencia de mis argumentos,
escritos con mala letra,
con un código hasta entonces oculto.
Apreso la causa y se escapa, 
en mi consciencia escarbo y es ella la que huye
de la cordura.
Fabio, no tiene cura esta enfermedad.
¿Iremos? El tiempo dirá.
A saber qué lamentos postreros 
o qué dicha nos acompañen.
Y luego, qué, me dirás, aquí no acabará todo,
los días irán empañando de nuevo
ese transparente cristal 
y sentiré de nuevo el quiebro
en ese esqueleto que creí levantar firme.
Me visitará la inoportuna soledad, 
me atrapará con sus artimañas
desde su recóndita malicia.
En su calma vendrá a quitarme la paz.
Sentiré de nuevo una inquietud, 
el miedo pegado a los pies, 
la sombra que nunca me abandona,
más larga al llegar el ocaso, 
más grande aún en las noches.
Me cansaré, dices, de su melodía, de su risa, de su belleza...
la tristeza otra vez cabalgará sobre mi espalda.
Fabio, calla, ya lo sé, algo me conozco.
¿Qué quieres que haga?
Me moldearon así.
No me hagas temer. ¿Qué puedo hacer 
si mi miedo es tan grande como mi deseo?
No puedo con su carga, ya me pesa demasiado,
me impide caminar con firmeza.
Al menos, déjame soñar,
déjame creer que allí el tiempo es eterno
y su felicidad no será efímera como en todo.
Aunque la primavera no vuelva
y sean los veranos más fríos
como otoños que ya barruntan las nieves
de un próximo invierno, 
quiero intentarlo, quiero volver, 
aun sabiendo que es inútil,
que no hallaré la magia, lo imposible,
lo inexistente para un alma errante como la mía.


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