Cuántos ecos trae el mar

 Cuántos ecos trae el mar
en el rumor de sus olas
y cuánta luz reparte por los espacios
que dejan libres las sombras.
Desde la playa el corazón navega 
los recónditos lugares eternos
y el alma juega con la arena
dejando la huella el breve tiempo.
El campo viejo y sabio 
desmenuza la espiga,
siembra las semillas
doblegado a tierra en silencio.

Deja a la vida trazar sus costas

 Deja a la vida trazar sus costas,
que la marea suba y baje
invadiendo y alejándose de la playa.

Recoge sus conchas de nácar
antes que se las lleven las olas.

Más que las palabras

 Más que las palabras,
otro lenguaje te complementa:
el gesto, la mirada, 
la boca que calla pero ríe,
esa mueca graciosa o tierna,
de desprecio, miedo, duda,
la danza de tus manos,
tu esqueleto.
El aire que te rodea inunda 
con su profuso manantial
una corriente de silencio.
Y sin embargo, ese rumor
lo delata, define su ribera,
sus recodos y remansos,
el tropiezo sobre la piedra,
la caída a una poza,
los peces que nadan
en su fondo,
que mueven la boca
llena de ecos vacíos.

Que hable el silencio

 Que hable el silencio,
que el cielo enmudezca,
que se ahogue el grito
en la calle solitaria
mientras mi alma pasea.

Hay un abismo

 Hay un abismo.
Empezó surco,
recogía el lodo,
crecía la hierba
y lo cubría.
Con cada tormenta,
más profundo,
con cada pisada
más hondo su hoyo.

¿Cómo estarán los caños?

 ¿Cómo estarán los caños?
Estarán bajando del tejado de la iglesia
sus impetuosos torrentes,
en esta tarde de tormenta
y rayos sobre el horizonte.
La primavera trae agua
y una claridad de tul transparente
que envuelve el regalo de su paisaje.
¿Quién cruzará mi calle estrecha
entre sus muros de ocre?
Aquellos de rostros familiares
irán al compás de sus voces y relojes,
tirando de sus rutinas las obstinadas agujas
y, a las doce del mediodía, al ángelus 
cimbreará las campanas 
y habrá espanto de palomas y vuelos,
que tras el susto regresarán al cobijo 
del campanario y los huecos de las tejas.
Luna, el gato negro y blanco de María,
se habrá recogido en su casa
por la ventana siempre abierta
y llena de flores.

En mi calle en esta tarde lluviosa
habrá un silencio triste de ausencia.
Habrá desconocidos bajo paraguas
y los mismos ecos de turistas
que siguen su itinerario sin temor
a esta lluvia caprichosa y pasajera.
El telón de nubes oscuras
lo rasgará el sol a ratos 
y vendrán otras a zurcir el roto en el cielo.
Quien recorre estos añorados recintos,
pisa las huellas que llevan su nombre,
va ligero por sus estancias 
y en su fuente se recrea.
Pasea sin peso y libre,
sin el ancla de la carne 
que obliga a poner pies sobre tierra.
Va el alma con alas de libélula,
la piel erizada y el corazón alegre,
con tan solo recordarte.

De allí donde su dorada arena

 De allí donde su dorada arena
se tiñe de color castaño,
los pies se hundían envueltos
en olas y espuma,
marchó el viajero,
amándose mal
por buscar el lugar que ya existía.
Llevaba su aroma
engarzado al cuerpo
–no arrastra el agua dulce
toda la sal de un mar–.
Aunque otros ríos y fuentes 
lo enamoren con su rumor,
su alma recordará
la bella melodía de su nana,
la caricia del velo de su orilla.
En días ventosos lo envolvía
el ronco temblor de su marea,
unas con otras enfrentadas las olas.
Entre callejuelas de blancas casas
quedó la memoria de un tiempo pasado
y en su horizonte la aventura
de un mañana.

Quísole dar la gracia el cielo

 Quísole dar la gracia el cielo
a sus tierras y a su mar.
Ofreciole a la gente su alimento
y hermosura.
Prestole al aire su sal
el beso y la caricia de su brisa.
Entregole a la palabra
el rumor de sus olas;
al brillo de su mirada, 
la plateada espuma.
Diole la firmeza de un suelo,
la amplitud de un horizonte
para soñar, para la vida.

De qué te envaneces

 ¿De qué te envaneces
si todo es un préstamo?
¿Por qué humillas 
si eres también
partícula del universo?

Te crees dios y es tu ley 
causar daño.
Has derramado sangre y lágrimas.
No habrá tal vez ningún infierno.

Has abonado el campo
con tus semillas,
del cielo bajará 
la lluvia de tu veneno
y en ti germinará su lodo.

El silencio con su atronador ruido

 El silencio con su atronador ruido
lleva las voces de un cielo
ocultas en sus apariencias.
Por su calle solitaria
va un grito que la noche
enmudece
y al soñador ampara
mientras suelta su jauría
al insomne.

¿Dónde está el alma perdida?

 ¿Dónde está el alma perdida?
En la eternidad, en el vacío,
en este aliento que sale de mi boca
para regresar a casa.

Sabías que iba a venir la carta

 Sabías que iba a venir la carta
con la respuesta, 
Sol o Torre,
nueve de diamantes o as de picas.
Un mañana, llega el anuncio,
el resultado es favorable
y ya juega la mente con creerse adivina,
que tuvo el pálpito de su llegada
cuando sabe que, de no haber venido,
alargaría su agonía tras la puerta
de la férrea esperanza.
Y de nuevo, volver a la casilla
de salida, con otro juego,
con otras fichas de colores,
con la suerte del dado, 
caer en el puente o en la cárcel.

La impaciencia sufre de desesperado anhelo.

 La impaciencia sufre de desesperado anhelo.
El reloj se toma su tiempo en recorrer
la misma distancia
y se para en las horas
y se recrea en los minutos.
Pides sosiego a los ojos que van ávidos,
a los oídos que están alerta,
al latir urgente del corazón,
a las piernas que frenen el paso.
Sueñas con acortar los días
para que llegue ese gran momento.
Sin embargo, nos retan 
y se alargan en un paseo sin prisas. 

La mano con sus dedos se estiraba

 La mano con sus dedos se estiraba 
para tocar piedra
y caías de bruces al suelo
como si se alejara el muro.
El barco ansioso creía divisar el muelle,
engañado por un falso faro,
errado el punto en el mapa,
rota la brújula perdía el norte.

Han brotado con la lluvia caída

 Han brotado con la lluvia caída.
Parecen setas sobre la yerba
estos paraguas de diversos colores.
Tarde de domingo,
claridad de suaves grises.
Dentro, un mirar hacia la calle,
un rostro maquillado de rutinas.

La vida es un animal domesticado,
dócil,  obediente,
que se entretiene mordisqueando
los duros huesos de las horas.

Ha salido el sol donde la tierra

 Ha salido el sol donde la tierra 
bebe del mar
y los ojos se contraen como
el vientre en el parto,
deslumbrados por su brillo.
Frente a sus aguas turquesas,
la tierra despierta de su abrigo cálido.
Sus entrañas beben del relente de la madrugada
mientras el cuerpo se cobija
bajo las sábanas del sueño.
Va extraviada el alma 
por sus laberintos recónditos.
Hacemos y deshacemos una madeja
de propósitos.
Al alba, revoloteo de aves,
trajín de pasos,
rodar de troncos por un río
de vida, quimera,
endiablado capricho de un sabio azar,
antes de morir de nuevo
en los brazos de la noche.
De su silencio, vuelve la risa
y la palabra
y las voces infantiles
y el zureo de palomas.
Volvemos a jugar con el día
con la promesa de ser eterno.



Una tarde es brumosa

 Una tarde es brumosa,
se cala el frío en los huesos,
roza el alma el filo de una navaja
y cortan los extremos de sus tiernos pétalos.
Rompe el encanto que entregó
la esperanza del anterior día
cuando la tarde era luminosa,
y bullía en el aire el alegre bullicio 
y la caricia de las dulces voces infantiles.
Ellos, que no saben nada de la tristeza,
ellos, que juegan inocentes
a imitar nuestros corrompidos hábitos.
Qué rápido pasarán los años
trazando la huella del dolor,
esa línea discontinua como las tardes,
a ratos tristes y oscuras,
a ratos llenas de luz y alegría.

Al lado va esta distancia

 Al lado va esta distancia
que deja pasar 
el frío de la estación
del espejismo 

No fue claro azul 
aquel reflejo en el cristal.
Engañó a la mirada inocente
la creencia crédula llena de artificios,
la letra errada del discurso.

Un sueño pródigo, juegos de magia,
creer atrapar el cielo en el charco 
y la belleza del arcoíris
la iridiscencia de un ácido.

Hablan de tu mar porque ruge

 Hablan de tu mar porque ruge,
murmura y canta un pentagrama
de olas y silencios.
Caricias de espuma,
el rumor de tu orilla,
besos de salitre y conchas
sobre tu lecho cálido de arena.

Por ser abnegado tu campo,
se olvida su hermosura,
danza de espigas,
melodías de trinos,
zumbidos de moscas.
De las matas tiernas,
bañadas de rocío,
brotan tus frutos. 
En tus entrañas se gestaron
mujeres y hombres de piel tostada.
Baile de penas y alegrías,
voces que aún resuenan,
ecos que navegan tu mar indómito
y germinan en tu noble tierra
nuevos brotes,
muerte y renacida vida.

Recorre el pensamiento un túnel oscuro

 Recorre el pensamiento un túnel oscuro,
sin aliento, perdido,
en un bosque sin fin,
por donde a veces,
solo a veces,
entre las altas copas,
entran destellos de un soñado sol.
La mirada se tiñe de sombras
y, por salir de allí, 
ordena a sus pies ir uno tras otro,
sin guía, ni norte,
porque sabe que quedarse quieta
será el abandono al abismo
más cierta muerte.
Por temor a ser olvido
cuenta sus pasos,
sigue la línea sin punto.
Sobre hojarasca no quedan huellas,
camina,
aunque haga círculos,
aunque nunca llegue.

Cuarzo

 Cuarzo,
cuarzo frío y duro con betas.
La opacidad nada en la cal de la pared,
en el ébano del cielo,
en la esmeralda del valle
y en el turquesa del mar.
Nada,
inútiles estos aderezos
que acompañan el plato que alimenta
la vida y la envenena.
En los jeroglíficos de los diccionarios,
nada.
Este dorado sol, fuego tibio o infernal,
hoguera donde arden los restos de ayeres 
y quema por el descuido de la mano
cada instante de vidrio,
nada.
Se pierden pasos entre eucaliptos
que muestran la entrada y la salida
y su horizonte vertical
no apunta al cielo,
nada.
Ni morder la hierba, ni beber la sal,
ni besar el aire que presta
las estrellas del universo.
Nada, nada.
La insípida trayectoria mata el apetito
mientras come pasos sobre un pasto
de días.
Cerrada va la vereda, triste, solitaria,
camina sobre nada,
nada en su playa seca,
nada.

Por la boca abierta de la ventana

 Por la boca abierta de la ventana
de la casa vieja
entra la hiedra con lascivia.
Recorre su lengua el vacío,
entre paredes de mellada pintura
lame algún mueble desamparado,
el podrido cadáver de una mesa,
donde quedó fría la sopa 
y el pan crio moho y gusanos.
La hiedra avanza, verde, brava,
con avaricia, 
toma la casa por el abierto espacio.
Convive con las alimañas del tiempo,
porque nada devora como el abandono.
La hiedra se instala, 
ha encontrado un camino por donde seguir
hundiendo sus dedos, 
arañando sus raíces la piedra.

Qué callada está la casa.
No le ofrece resistencia,
sumisa se entrega a su hambre.
Qué negra esa boca en la noche,
de sus dientes se cuelgan
los murciélagos ciegos.

Fue una noche en pleno día

 Fue una noche en pleno día,
un invierno en pleno verano,
un cuerpo sin alma,
ramas desheredadas de su primavera.
La nieve cubrió los pétalos caídos
y los tallos, estériles y oscuros
como huesos de un muerto,
se ofrecieron a la mirada
sin un brote, ni bulbo sobre la piel seca,
sin su promesa verde.
––Y ahora, ¿qué? ––se preguntó,
¿qué espera el que nada espera?
––¡Un milagro! ––dijo el poeta.
Y soportó el tronco su cruel designio,
seguir soñando. 

Asistimos a esta realidad

 Asistimos a esta realidad
como si de una ficción se tratara.
Los espectadores vemos caer los muertos
razonables en la película de guerra.
Esas víctimas sin nombre,
sin protagonismo,
un cuerpo herido, destrozado,
una madre con su hijo muerto,
una niña abrazada al cadáver de su madre,
atrezos de un escenario
donde los verdaderos protagonistas
tomarán las riendas y saldrán victoriosos.
Desde nuestras butacas
son muertos que no duelen,
necesarios para rellenar el argumento,
dar sustancia y credibilidad a la historia.
Y acaba la película en la paz firmada,
en un reparto de riquezas y poderes,
acuerdos de quiénes mandan y quiénes
seguirán obedeciendo.
En este caso el héroe salva la vida,
gana prestigio y su honra se propaga,
transmite a las butacas el entusiasmo del triunfo.
En los créditos, que nadie atiende,
no constarán aquellos nombres
que existen sin ser nombrados, 
nadie verá sus rostros
ni recordará su sufrimiento
en sus miradas dignas.
El dolor de esos anónimos 
no nos conmueve.
No tienen ningún papel principal.

Ha surgido de la hierba

 Ha surgido de la hierba
un parque infantil.
Después de estas lluvias de invierno,
con su columpio y su tobogán,
un artilugio del que colgarán algunas argollas
o cuerdas para los atrevidos
y un pequeño círculo giratorio,
con una barandilla de aluminio ,
para inducir sin daño el mareo.
A los pies del tobogán,
una rayuela pintada no diferencia
infierno de paraíso
en este sueño de adultos. 
Sobre un suelo de acolchado alquitrán 
de intenso azul oscuro,
se han dibujado círculos y nubes
de colores, verdes y amarillos.
Parece un claustro silencioso
a la espera de sus monjes infantes
con su peculiares rezos,
y el estruendo de los trinos de pájaros
que vendrán al maná de los restos
de sus golosinas.

Estos angelitos llenarán
de jolgorio el ambiente,
con sus risas de buen ánimo y gozo.
El reclamo de sus nombres
en la boca de sus padres,
sus gritos de guerra
y también sus lamentos y sollozos.
Hoy, aún, en este campo santo 
permanecen mudas y vacías
sus tumbas y mausoleos,
próxima está su inauguración
y dará comienzo la batalla campal
de cuerpos devorando vida.
En la contienda siempre caerá
alguno herido,
levantarán polvareda los combatientes
y en el fragor surgirá el drama de un rasguño.
Derramadas gotas de sangre
harán el púrpura camino
hasta la fuente de agua
para lavar la herida y protegerla
con una tirita.
Volverá el guerrero a su lucha
o gimoteando buscará consuelo
al cobijo del regazo de la madre,
con la sonrisa borrada de sus tiernos labios,
con los ojos tristes y enrojecidos
y los mocos sorbiendo la perdida dignidad.
Será un tiempo breve hasta recuperar el valor,
hasta regresar el ímpetu y las ganas de aventura
a su corazón intrépido. 

Ha brotado de esta hierba
la promesa de un mañana inocente
desenvolviendo la vida.
Vienen a habitarla estas almas puras.

Ha ido el sol a besar al mar

 Ha ido el sol a besar al mar
y, en su loco abrazo,
se fundió su fuego,
cayó rendido en su lecho azul.
La amante triunfal 
ondea un pañuelo blanco 
de seda y espuma.
En sus fúnebres sábanas
yace fría la noche.
¡Qué de-sol-ación!

Dejar de existir para el otro

 Dejar de existir para el otro,
a veces, sin morir.
Basta con desaparecer.
Qué fueron de aquellos
rostros y voces que rondaron
tus espacios cotidianos.
Un día la tierra puso distancia,
nuevos nombres que aprender,
otros hábitos.

Fluiste en ese mismo río
que hoy llevará distinta agua.
Qué fue de aquel mundo,
qué fuiste tú para ellos,
además de un adiós,
una duda,
un recuerdo,
un olvido,
una muerte quizá.

Se afana la poesía en abrir

 Se afana la poesía en abrir
surcos en la tierra seca.
Aguarda a la espera la nube
que vierta su fuente clara.
Enternecida por sus besos,
abandone su mirada esquiva
y brote el maduro fruto.

En el muelle duermen las barquillas

 En el muelle duermen las barquillas,
mecidas cunas sin llantos de bebé.
Es su ajuar, redes secas
con aroma a mar.
En sus vientres vacíos
anidan salitre y escamas.
Son como almas tristes
adormecidas por el campaneo
de los altos mástiles.