De allí donde su dorada arena
se tiñe de color castaño,
los pies se hundían envueltos
en olas y espuma,
marchó el viajero,
amándose mal
por buscar el lugar que ya existía.
Llevaba su aroma
engarzado al cuerpo
–no arrastra el agua dulce
toda la sal de un mar–.
Aunque otros ríos y fuentes
lo enamoren con su rumor,
su alma recordará
la bella melodía de su nana,
la caricia del velo de su orilla.
En días ventosos lo envolvía
el ronco temblor de su marea,
unas con otras enfrentadas las olas.
Entre callejuelas de blancas casas
quedó la memoria de un tiempo pasado
y en su horizonte la aventura
de un mañana.
De allí donde su dorada arena
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