Por la boca abierta de la ventana
de la casa vieja
entra la hiedra con lascivia.
Recorre su lengua el vacío,
entre paredes de mellada pintura
lame algún mueble desamparado,
el podrido cadáver de una mesa,
donde quedó fría la sopa
y el pan crio moho y gusanos.
La hiedra avanza, verde, brava,
con avaricia,
toma la casa por el abierto espacio.
Convive con las alimañas del tiempo,
porque nada devora como el abandono.
La hiedra se instala,
ha encontrado un camino por donde seguir
hundiendo sus dedos,
arañando sus raíces la piedra.
Qué callada está la casa.
No le ofrece resistencia,
sumisa se entrega a su hambre.
Qué negra esa boca en la noche,
de sus dientes se cuelgan
los murciélagos ciegos.
Por la boca abierta de la ventana
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