Poco a poco desmonto el puzle de una casa.
A trozos la vestí con sueños y alegría.
Esparcía el agradable aroma del hogar
y, a pinceladas únicas
para el corazón que la habitaba,
daba color y armonía,
que fuese reflejo de esperanzas.
No puedo evitar los espacios
que fueron escenarios de dolor y lágrimas,
a los que la fe y la confianza devolvieron
la calma después de la intensa lucha.
A ratos se descompone la materia densa,
esta firme roca que nos sostuvo,
se hace arenisca,
para ser trasladada en cajas, en bolsas,
en el alma.
Y en otro lugar extraño levantar
de nuevo nuestro castillo sin murallas,
ni fosos, abiertos los ojos al mundo
para llenar la alforja de vida
mientras sigamos vivos.
Poco a poco desmonto el puzle de una casa
Qué triste está la fuente
Qué triste está la fuente,
qué débil su rumor.
Caen lánguidas sus lágrimas,
se enjugan en el pañuelo del cuenco de agua.
Qué triste mi fuente,
qué melancólico su canto.
No saltan ya sus gotas alegres,
ni brota alto su chorro.
Qué callada su melodía,
qué desolado su semblante
en este agónico adiós.
Ya siento en mis ojos su ausencia,
y en su mirada está mi reflejo.
Llora ocultada por la noche la fuente,
y mis ojos se contagian su tristeza.
Llora la fuente, reflejo de mis lágrimas.
Lloramos la fuente y yo.
Quizá el tiempo que retiene las eternidades
nos devuelva a otro presente en el futuro.
Esta iglesia del barrio antiguo
Esta iglesia del barrio antiguo
abre sus puertas los domingos,
una hora de misa
y su vientre se preña de cantos
y rezos de música de murmullos,
para quedar en solemne silencio
el resto de los días.
Qué sola queda la iglesia.
Levantada de escombros,
fue yacimiento para rapiñas que se llevaron sus piedras,
sus puertas, sus imágenes y lienzos,
los paños que cubrían el altar,
la custodia sagrada, la sangre
y el hambre de los desheredados del mundo.
Dejaré por sus espacios tu reclamo
Dejaré por sus espacios tu reclamo,
el ladrido de miedo,
tus sueños y tus miradas de infinita nobleza.
Dejaré el olor a guisos, el aroma del café caliente,
mis pasos rutinarios de ida y regreso
dibujando una coreografía imperfecta.
Dejaré barridos los rincones
y debajo de la cama quizá se esconda
una pelusa traviesa siempre al escape de la escoba.
Dejaré mis horas muertas
y aquellas donde olvidaba
el avance de las agujas, concentrada en una tarea.
Dejaré ecos disueltos en el aire,
inaudibles para los torpes oídos,
que solo atienden la urgencia de la vida
y desechan el hilo que teje en el silencio
una conversación con lo perdurable.
Dejaré la marca de mi cuerpo sobre el colchón,
hundido el sofá de muchos atardeceres.
Dejaré las puertas abiertas
de las estancias vacías de lo inútil,
pero danzarán multitudes irrepetibles
de mis huellas donde otras nunca coincidan
y, por mucho pisar, nunca las borren.
Dejaré rondar la música de mis canciones preferidas
y la alarma del horno avisando a otros comensales.
Dejaré mis lágrimas secas por el ardiente sol,
formando parte el cristal de su sal
la losa del suelo que fue mi apoyo
y no me dejó caer nunca en el abismo.
Dejaré las luces apagadas, las camas vestidas,
frías de nuestros cuerpos.
¿A quiénes cobijarán mañana?
Dejaré mi poema perdido,
los versos que escogí de esta pradera,
esas voces cercanas que a trozos
mostraban perfiles de un rostro incompleto.
Dejaré o me dejan todo lo posible
que no llegó a ser,
lo prestado por un cielo,
la luna visitante cada mes,
la crueldad de aquellas lanzas afiladas
que me hirieron.
Dejaré, ya casi las dejo las mañanas,
su cotidiana costumbre para empezar
otras en un lugar distinto.
Dejaré suelto con mezcla de tristeza y promesa
un hoy con ingenua seguridad por otro incierto,
con la estúpida razón de creernos autores de nuestros relatos .
Dejaré, dejo... ya dejé.
Y ahora con las manos vacías
atrapar a ratos sus recuerdos.
Dejaré sin ser nombrados tantos detalles
que me ahogo en la negrura de su garabato
y busco entre los huecos
la claridad del aire y sumergirme
en sus profundas aguas a recolectar
sus pececillos de plata,
para ser estrellas en el abismo
de este oscuro firmamento
que aún no divisan los ojos.