Qué adivina del huésped el casero

 Qué adivina del huésped el casero,
no más que sabe de sí mismo.

Desde el lugar que se mira,
deja a oscuras rincones.
Ni el cielo que desde arriba lo observa
sabe de su altura y de sus adentros,
pues el sol de un lado alumbra
y de otro deja sombra.
Cuando lo traga el horizonte
hasta su color muda
y su rumor marca las notas fúnebres
de la noche sombría.

Va esa hoja caída rodando

 Va esa hoja caída rodando
en busca de su rama 
y nunca vuelve al árbol 
donde estuvo prendida.

Al salir de la fuente

 Al salir de la fuente
este río impetuoso
vierte su caudal al cauce,
recorre su trecho,
acumula y abandona
limo sin saber
cuándo llegará su fin. 
Su agua refleja el cielo y las nubes,
las ramas de los árboles,
el vuelo de los pájaros que dan vida
y sin embargo,
se dirige a la muerte.
Aun siendo espejo del mundo,
no puede mirar su propio reflejo,
se deforma entre ondulaciones.
La roca con la que tropieza
le hace tomar desvío
o saltar
en cascadas
entre confusa espuma.
No logra ver con los ojos gotas.
Hasta que vuelve la calma
y una engañosa transparencia
le da un fugaz consuelo.
Ni siquiera ella le ofrece todo su fondo.
Hay lodo, recovecos, corrientes
que remueven la tierra
y la vuelven opaca.

En la cabeza del arquitecto

 En la cabeza del arquitecto,
por los recónditos espacios de las neuronas,
sobre el plano,
el edificio no tenía ni un hueco,
ni una muesca rota, ni piedra mal colocada
Se abrazaban y rozaban sus dendritas
con tanta pasión
que saltaban pavesas
de un fuego iluminando aquella oscuridad.
Al salir se volvían simples sombras ilusorias.
Anduvo los senderos desde el deseo y el sueño
al fracaso y la decepción.

En aquella galaxia
los astros giraban en armonía
como un reloj exacto,
una medida precisa, idéntico movimiento. 

No dejarás que entren mis ojos

 No dejarás que entren mis ojos
a la intimidad de tu paisaje.
Ya no me abrirás tu puerta,
no dejarás desnudo,
frente a mí tu hermoso horizonte
a través de los amplios ventanales.
Nunca te volveré a ver
con la frescura de la mañana
o con la oscuridad de la noche.
Qué paloma o mirlo se pose en tu cruz de piedra.
Y cuando regresen los estorninos
busquen sus nidos entre los huecos
de las tejas y los muros.
Hoy ya no escucharé tus campanas tañer
puntuales a las doce
y llegará en mi reposo
el rodar de maletas
y la guía repitiendo un mismo relato.

Era clavel fresco

 Era clavel fresco,
de piel suave y roja.
Cortado de la planta,
muere dentro de un frasco.
Hermosa flor de alto talle,
firme tu cintura,
levanta tu cabeza orgullosa.
Mas el reloj implacable
marca cada segundo,
la agenda minuciosa
apunta cada día.
Tu espalda cede hacia tierra,
la empuja la parca,
apaga tus ruborizadas mejillas.
Tu rostro terso se rompe,
abre grietas en su lisa llanura.
Es ya irremediable tu fin,
nada te queda de resistencia.
De aquel almidonado traje,
un volante persiste aún con gracia
mientras los otros languidecen
perdieron su vigor.

Se unen

 Se unen
como nudos en una cuerda,
los días,
cada vez más juntos,
cada vez más corta la soga
hasta ser un solo nudo grueso,
apretado, sin sueltos cabos,
sin pasado ni futuro,
única ligadura,
enredada nada.

Cada día es distinto

 Cada día es distinto
y cuánto se parecen sus rutinas.
Abren los ojos a la luz 
y caminan como el sol
por el horizonte
haciendo horas con segundos.
Cada día es un nuevo despertar,
un cielo diferente,
no son las mismas nubes
ni sus viajes tienen la misma trayectoria.
Cada día es un atardecer
que eficazmente se oscurece
y se entrega el cielo a otra noche.
Cada noche se parece
y no son ni parientes
desconocidos que llegan
y marchan sin dejar rastro.

Mira estos ríos que van al mar

 Mira estos ríos que van al mar,
mar de olas y espuma,
espuma de nubes sobre un cielo azul.
Azul púrpura de atardecer,
atardecer y noche de luna.
Luna que brilla sobre tu espejo,
espejo donde el cosmos se mira
mira,
        mira,
                 mira...

Danzo sobre muertos

 Danzo sobre muertos
con mi corazón dolido,
sin faro que alumbre,
horizonte de brumas,
jirones de niebla.
Los defectos del tejido
quedan patentes cuando llega el invierno
y nos deja ateridos en soledad.
La voz de este Señor,
la sonoridad de su verbo
retumba con fuerza.

Ya se acaba,
llegó el domingo y agotaremos
los últimos días del mes.
Haya vida,
paz.

Y este caminante se queda solo

 Y este caminante se queda solo
con su sombra y los lejanos ecos
de las voces primorosas
que, tras otros árboles, siguen su ribera
con el río cerca para beber su agua.

Tú me dices que el rostro que busco en el reflejo

 Tú me dices que el rostro que busco en el reflejo
me engaña. Y me niego a las palabras
que pronuncia tu boca.
Fueron aquellos ecos que enturbiaron el aire
entre las áridas montañas,
allí donde el viento helado dejó desnuda la roca,
mientras sembraba verde ladera
en la otra cara, esa que miras en el espejo.

Oscuro como un cielo cubierto de nubes

 Oscuro como un cielo cubierto de nubes,
Oscuro como es la cromática paleta de los errores,
Oscuro como el árbol en la noche,
Oscura mi sombra, la del perro y el niño,
la de la hormiga y la sombra de la propia sombra.

Calla

 Calla.
Predestinada al desencanto,
a la infelicidad, al precipicio,
ni una muestra más de nostalgia
ni emponzoñada tristeza.
Venga, ¿a qué esperas para retirar estos restos
que cuelgan de tu boca suplicante,
llena de falsos propósitos?
De acuerdo, no los lleves al olvido.
Pero anda, despierta, que es la hora
y no vayas a lamentar más tarde
que se fueron los minutos amados
sin amarse.
Avanza con tu mochila
cargada de pequeños tesoros,
sigue sin lamento ni remembranzas estúpidas.
¿Acaso no lo tuviste mientras el reloj
daba las horas en punto
y en estos cuartos te detienes?
Espabila, aligera el paso, suelta y vuela.
Vuela alto
y lejos.

Abandono tu cuerpo

 Abandono tu cuerpo, 
el ardiente beso de tu aire.
Te deseé tanto y tanto,
a veces, te desprecié.
Pero, siempre volvías a envolverme
con tus brazos y caía rendida a tu lecho.
Todo se acaba
y ahora busco lejos otro amor
al que entregarme en las noches oscuras.
Y, en las claras con luz de luna,
enredada a otro cuerpo,
hacer el amor como la vez primera
y sentir palpitar el corazón 
con la sal de los besos de otros labios.

Cómo duele mirarte sabiendo
que estos momentos son un adiós para siempre.
Y me recreo con más ahínco
en tus contornos y en los detalles
que pasan desapercibidos
por la urgencia del deseo.
Me pregunto, 
cómo pude pensar que alejarnos sería tan fácil.
Tenía firme decisión,
ni duda tuve en marcharme.
Sueño con curar las llagas.
Ahora por mucho que mis ojos abracen
cada trozo de tu cuerpo,
cada rasgo de tu rostro,
tus modos y tu andar cimbreante,
ay, no volveré a tenerte
ni tú a poseerme tan adentro.

Al capricho de la vida me voy,
ganas llevo en la carne,
aunque el corazón vaya herido,
de cerrar las llagas con besos de otro amante.

Poco a poco desmonto el puzle de una casa

 Poco a poco desmonto el puzle de una casa.
A trozos la vestí con sueños y alegría.
Esparcía el agradable aroma del hogar
y, a pinceladas únicas para el corazón
que la habitaba, daba color y armonía
que fuese reflejo de esperanzas.
No puedo evitar los espacios
que fueron escenarios de dolor y lágrimas,
a los que la fe y la confianza devolvieron
la calma después de la intensa lucha.
A ratos se descompone la materia densa,
esta firme roca que nos sostuvo,
se hace arenisca,
para ser trasladada en cajas, en bolsas,
en el alma. Y en otro lugar extraño
levantar de nuevo nuestro castillo
sin murallas, ni fosos
abiertos los ojos al mundo
para llenar la alforja de vida
mientras sigamos vivos.

Te sueño ahora con los ojos abiertos

 Te sueño ahora con los ojos abiertos,
ciegos de ti.
Y en mi frente,
como un puñal,
se clava tu imagen clara.
Te veo no como en sueños,
te palpo y huelo el aire que te rodea,
con tu fluida estampa y tu vestido
verde con hilos de plata.
Qué hermoso y calmo tu mar de suaves olas,
onduladas dunas de ocre,
jardín de pálidas flores. Hasta mí llega
la figura altiva y sobria de tu campanario.
Una paloma se ha posado
sobre la campana de acero
confiada que el eco no la sorprenderá
porque ya pasaron las doce.
Hoy a las doce qué lejos de ti me hallo.
Me envuelve esta canción
que me fuerza a llorar
pues en tu lecho cuántas mañanas
la escuché y bailé entregada a tu cuerpo.
Te cuento con la ausencia
clavada en el pecho y la razón
me grita, se fue, nunca volverá
con su vestido de fría plata la lluvia
a rodar por su sábana enrollada.
Mis sentidos se niegan
y se resisten mis ojos
y te habla mi boca
y me niego al adiós
que ya es cadáver
que empieza a descomponerse.
Y ahora, después del abandono,
de pasar tu duelo con otros encuentros, 
y ahora en qué dura competencia
entrarán los afectos y las ganas.

Poema de la fuente

Ay, este amor,
que de soledad se alimentaba
y añora el eco de un lejano beso.
Ay, qué consuelo tener el vacío de un abrazo 
por el brotar de una fuente sonora.

Matar al deseo

 Matar al deseo,
que no quede de él 
ni la más mínima huella.
Entre por la puerta la calma, 
el sosiego del silencio,
la impaciencia huya
y, muerta la llama, prenda 
el fuego en el ánfora
donde quedó agazapada la esperanza.

Convertido este mal en cenizas,
rama que salió del mismo tronco
que sus hermanos y hermanas.
Salga de la cárcel de los sueños,
no nos engañen sus formas
ni artimañas.
Acaso no es esta vida
un juego ilusorio,
la perversa estrategia de una quimera
que hace creer agarrar el aire
y solo es prestado aliento 
disuelto en la nada.

Y ahora, a gozar de este paisaje

 Y ahora, a gozar de este paisaje,
aunque desnudos se muestren sus rostros.
Acoge en tus brazos al recién nacido,
dale calor y alimento.
Aunque el recuerdo persista
y escuches sin proponértelo el timbre de su voz,
déjate llevar por el arrullo de este río
que pasa compañero de tus nuevos pasos.

Entre las tiras de la persiana

 Entre las tiras de la persiana
enrollada a media altura,
miro tu cielo celeste claro
con hebras de nubes blancas.
Más abajo, por la ventana abierta,
entra el mar ocre de tejados.
Que mis ojos no verán en este invierno 
correr sus ríos de plata.

Ah, la pérdida de aquello
que tanto se ama.

Hablan de tu mar porque ruge

 Hablan de tu mar porque ruge.
Murmura y canta un pentagrama
de olas, caricias de espuma
y salitre.
Y por ser silencio resignado, 
paciente, generoso,
tus campos quedan en el olvido.
En tus entrañas se gestaron 
mujeres y hombres,
cantos de alegría,
sueños vencidos.
Aún reverberan en el aire
el grito de lucha,
el reclamo desesperado,
la oración al cielo,
ecos que rompen en la orilla
de la playa en miríada de granos,
semillas hundidas en la tierra
en un renacer de brotes.
Vidas de nuevas vidas.

Qué tendrá la tarde

 Qué tendrá la tarde
que tan aprisa va 
en busca de la noche.
¡Qué lujuria la lleva
a su alcoba clandestina!

Qué triste está la fuente

 Qué triste está la fuente,
qué débil su rumor.
Caen lánguidas sus lágrimas,
se enjugan en el pañuelo del cuenco de agua.
Qué triste mi fuente,
qué melancólico su canto.
No saltan ya sus gotas alegres,
ni brota alto su chorro.
Qué callada su melodía,
qué desolado su semblante 
en este agónico adiós.
Ya siento en mis ojos su ausencia,
y en su mirada está mi reflejo.
Llora ocultada por la noche la fuente,
y mis ojos se contagian de su tristeza.
Llora la fuente, reflejo de mis lágrimas.
Lloramos la fuente y yo.


Lunes, martes y miércoles

 Lunes, martes y miércoles.
A la una a las dos y a las tres,
mirando atrás con el pañuelo al aire.
Adiós en el alma te llevo,
que mi memoria no me falle.
Ya te añoro en los huecos vacíos
de este que fue mi continente.
Apretando va mi corazón,
exprime la miel del recuerdo
y vierte por su corteza
el amargo ámbar del dolor.

Lunes, martes y miércoles.
A la una a las dos y a las tres.

No tiene nada que ver

 No tiene nada que ver
la piedra con la hierba.
No tiene comparación su hermosura,
ni su rostro, ni su donaire
con aquella desabrida y fría.
Pero esta me abandonó 
Y la otra, quién sabe, 
quizá me quiera.

De este cuerpo conocí tus brazos

 De este cuerpo conocí tus brazos,
el corazón, parte de tu cabeza,
tu melena ondulante,
la sombra de tus venas, la melodiosa voz.
Conocí tu ojo derecho,
ah, la sonrisa en tus labios
y la lágrima en tu ojo cerrado.
Conocí una pierna,
el principio de tu espalda,
los cinco dedos de una mano
y dejé tras mis párpados tus talones,
tu sexo, la saliva de tu boca,
las piernas largas trepando muros,
rondando oscuros callejones.
El aire que tragaron tus pulmones,
ellos me prestaron algún trino,
el soplo regalándome el vuelo de alguna hoja.
Conocí una parte de tu todo
y de mi rostro nada reconociste,
porque yo, clandestina tras una ventana,
te observé con tu traje de domingo y fiesta,
con la túnica blanca de la luna llena,
nunca a la luz plena del día cegadora,
nunca por completo,
nunca en tu fondo ni en tu esencia.
Y a pesar de ser escaso mi conocimiento,
te conocí lo suficiente para jamás olvidarte,
para no olvidar jamás tu piel y su aroma.

Esta iglesia del barrio antiguo

 Esta iglesia del barrio antiguo
abre sus puertas los domingos,
una hora de misa
y su vientre se preña de cantos
y rezos de música de murmullos, 
para quedar en solemne silencio
el resto de los días.
Qué sola queda la iglesia.
Levantada de escombros,
fue yacimiento para rapiñas que se llevaron sus piedras,
sus puertas, sus imágenes y lienzos,
los paños que cubrían el altar,
la custodia sagrada, la sangre
y el hambre de los desheredados del mundo.

Dejaré por sus espacios tu reclamo

 Dejaré por sus espacios tu reclamo,
el ladrido de miedo,
tus sueños y tus miradas de infinita nobleza.
Dejaré el olor a guisos, el aroma del café caliente,
mis pasos rutinarios de ida y regreso 
dibujando una coreografía imperfecta.
Dejaré barridos los rincones
y debajo de la cama quizá se esconda
una pelusa traviesa siempre al escape de la escoba.
Dejaré mis horas muertas 
y aquellas donde olvidaba
el avance de las agujas, concentrada en una tarea.
Dejaré ecos disueltos en el aire,
inaudibles para los torpes oídos,
que solo atienden la urgencia de la vida
y desechan el hilo que teje en el silencio
una conversación con lo perdurable.
Dejaré la marca de mi cuerpo sobre el colchón,
hundido el sofá de muchos atardeceres.
Dejaré las puertas abiertas
de las estancias vacías de lo inútil,
pero danzarán multitudes irrepetibles
de mis huellas donde otras nunca coincidan
y, por mucho pisar, nunca las borren.
Dejaré rondar la música de mis canciones preferidas 
y la alarma del horno avisando a otros comensales.
Dejaré mis lágrimas secas por el ardiente sol,
formando parte el cristal de su sal
la losa del suelo que fue mi apoyo
y no me dejó caer nunca en el abismo.
Dejaré las luces apagadas, las camas vestidas,
frías de nuestros cuerpos. 
¿A quiénes cobijarán mañana?
Dejaré mi poema perdido,
los versos que escogí de esta pradera,
esas voces cercanas que a trozos
mostraban perfiles de un rostro incompleto.
Dejaré o me dejan todo lo posible
que no llegó a ser,
lo prestado por un cielo,
la luna visitante cada mes,
la crueldad de aquellas lanzas afiladas
que me hirieron.
Dejaré, ya casi las dejo las mañanas,
su cotidiana costumbre para empezar
otras en un lugar distinto.
Dejaré suelto con mezcla de tristeza y promesa
un hoy con ingenua seguridad por otro incierto,
con la estúpida razón de creernos autores de nuestros relatos .
Dejaré, dejo... ya dejé.
Y ahora con las manos vacías
atrapar a ratos sus recuerdos.
Dejaré sin ser nombrados tantos detalles
que me ahogo en la negrura de su garabato
y busco entre los huecos 
la claridad del aire y sumergirme
en sus profundas aguas a recolectar
sus pececillos de plata,
para ser estrellas en el abismo 
de este oscuro firmamento
que aún no divisan los ojos.