Matar al deseo,
que no quede de él
ni la más mínima huella.
Entre por la puerta la calma,
el sosiego del silencio,
la impaciencia huya
y, muerta la llama, prenda
el fuego en el ánfora
donde quedó agazapada la esperanza.
Convertido este mal en cenizas,
rama que salió del mismo tronco
que sus hermanos y hermanas.
Salga de la cárcel de los sueños,
no nos engañen sus formas
ni artimañas.
Acaso no es esta vida
un juego ilusorio,
la perversa estrategia de una quimera
que hace creer agarrar el aire
y solo es prestado aliento
disuelto en la nada.
Matar al deseo
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