En la cabeza del arquitecto

 En la cabeza del arquitecto,
por los recónditos espacios de las neuronas,
sobre el plano,
el edificio no tenía ni una muesca rota.
ni hueco,
ni piedra mal colocada.
Se abrazaban y rozaban sus dendritas
con tanta pasión
que saltaban pavesas
de un fuego iluminando aquella oscuridad.
Al salir se volvían simples sombras ilusorias.
Anduvo los senderos desde el deseo y el sueño
al fracaso y la decepción.

En aquella galaxia
los astros giraban en armonía
como un reloj exacto,
una medida precisa,
idéntico movimiento. 

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