Era clavel fresco,
de piel suave y roja.
Cortado de la planta,
muere dentro de un frasco.
Hermosa flor de alto talle,
firme tu cintura,
levanta tu cabeza orgullosa.
Mas el reloj implacable
marca cada segundo,
la agenda minuciosa
apunta cada día.
Tu espalda cede hacia tierra,
la empuja la parca,
apaga tus ruborizadas mejillas.
Tu rostro terso se rompe,
abre grietas en su lisa llanura.
Es ya irremediable tu fin,
nada te queda de resistencia.
De aquel almidonado traje,
un volante persiste aún con gracia
mientras los otros languidecen
perdieron su vigor.
Era clavel fresco
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