Más que las palabras,
otro lenguaje te complementa:
el gesto, la mirada,
la boca que calla pero ríe,
esa mueca graciosa o tierna,
de desprecio, miedo, duda,
la danza de tus manos,
tu esqueleto.
El aire que te rodea inunda
con su profuso manantial
una corriente de silencio.
Y sin embargo, ese rumor
lo delata, define su ribera,
sus recodos y remansos,
el tropiezo sobre la piedra,
la caída a una poza,
los peces que nadan
en su fondo,
que mueven la boca
llena de ecos vacíos.
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