Dormir, perderse en ese tiempo sin tiempo

 Dormir, perderse en ese tiempo sin tiempo,
soñar por extraños mundos pasados,
entelequia de imágenes con un relato incognoscible.
Sin la línea recta de las agujas del reloj,
sin calendarios, sin ahoras ni antes ni después,
saltar al vacío apenas sujetado por lo real.
Impalpables objetos, bloqueados los sentidos,
no hay olor ni sabor, 
las palabras suenan sin bocas
cargadas de sentido.
Un oscuro territorio de fantasía, 
figuras increadas nacidas de un pozo profundo.
Mutado el orden establecido en la vigilia,
no hay medidas ni lógicas.
Habitar un lugar desconocido
sin formas reconocidas.
Un distinto rostro para ese nombre
una casa construida a pedazos de otras.
Un ayer, un mañana,
en ese inventado instante sobre el abismo.

Su frente ancha

 Su frente ancha,
coronada de negro pelo,
pronto acarició la razón férrea de la herencia.
Quién sabe si hicieron empeño un duro vivir
o los miedos de la infancia
que perduran a través del tiempo.
Esa fragilidad oculta
tras unos duros ojos negros,
tiernos para los sueños y en la sonrisa.
Sus labios finos y apretados 
en un gesto serio, casi hostil, 
para el misterio guardaban silencio 
y pesadumbre de recuerdos.
A veces, una racha helada, un viento árido
le hacía lanzar un grito aterrador, 
encendía un infierno en el paraíso.
La amenaza de tormenta y aguacero
desplegaba su ira.
Como el polvo empaña la transparencia,
así cubre el miedo lo cotidiano.

Qué lejos quedaba la juventud
para aquella tez morena que bebió
de tantos soles.
Horas infinitas buscando
sobre la tierra el consuelo de la propia sombra.
Desde pequeño comprendió la dureza
y por ello, quiso huir cuanto antes.
Pero impregnaba su piel,
corría por su sangre
la nostalgia de su olor, de su tacto,
el deseo de hundir las manos en sus entrañas,
penetrar sus profundidades y depositar el sueño
para que florezca en primavera. 
Entregar su huella con los pies descalzos
sobre el terrón duro y seco.
Bajo el sol un sombrero de paja
y con paciencia quitar la sed a la tierra 
con el agua fresca de un pozo.

El cosmos, ese otro que ahora le contiene,
era para él un misterio impenetrable.
Lo observaba con los ojos de un niño
que se hace preguntas sin respuestas,
porque descubrir su profano secreto
destruiría la magia.
Mira cuántas estrellas, decía,
admirado del infinito espacio,
con la inocencia que ignora
y quiere descubrir la riqueza de un tesoro.
Callado, entretenido en sus pensamientos,
cuántas maravillas imaginaba
buscando certezas entre las tinieblas
de su noble cerebro.
Con qué extrañeza miraba la luna,
el capricho de su forma,
la hermosura de su redondez
y su ausente presencia.
La sabia ciencia no satisface
con sus eruditos libros a un párvulo
que apenas supo de letras  
y aprendió los suficientes números
para hacer cuentas con los dedos
sobre pesos y medidas,
adivinar la bonanza o sequía de lluvias
en la forma de las nubes,
el oráculo del mañana, 
en el beso de la brisa y el rocío.

En su cumpleaños postrero,
bajo la tenue luz de las velas,
ya se intuía en su semblante
el rostro cadavérico de la muerte
perfilando sus angulosos trazos
y sembrando el brillo acuoso en la mirada.
Los minutos de los relojes
con avidez sellaban su vida,
pero al compás marcaban, 
inevitable, la fugaz existencia.


El pasado se viste con traje

 El pasado se viste con traje 
blanco y negro.
Muestra la fibra de su ajado tejido,
es reliquia que guardamos 
en un rincón donde se acumulan trastos.

El pasado se pone un vestido de vivos colores,
un estampado florido.
¡Qué fino su talle!
¡Qué corta su falda!
¡Qué ligeros sus volantes!
Invento y olvido, recreación de un territorio
que se pierde en la distancia
para convertirse en futuro espejismo.

¿Qué es la vida sino sumar recuerdos?

¿Qué es la vida sino sumar recuerdos?
Cuantifiquemos recuerdos,
para cada uno que hemos conocido,
para los demás extraños 
con los que nos hemos cruzado,
con nosotros mismos.
Veinte, cinco, ochenta, ciento cincuenta
recuerdos, cuántos juntamos en realidad.

De mi abuelo, tal vez, veinte.
¡Ah, qué tiernos!
Veinte recuerdos y lo que pasó con el resto
no se sabe, una oscuridad los rodea, el olvido, el descarte.
La ignorancia y falta de atención los diluyeron
en la nada más absoluta, irrescatables del fondo
del océano del tiempo.

¿Cuántos recuerdos de ti abrazo en mi corazón
y se reflejan en mis pensamientos?
¿Llegarán a quinientos?
Me pongo a contarlos.
Empezaré un día, llegaré a un tope,
rescataré otro mirando aquella prenda,
tocando ese objeto,
cómo no, gracias a esa fotografía.
¡Cuántos recuerdos se añaden!
Sumo y sigo, entre tanto vacío,
¿adónde se fueron todos aquellos instantes?

En algún lugar estarán esperando,
inquietos, frustrados,
ya desesperanzados de ser recogidos
como un tesoro que vuelve a las verdaderas manos.
¿De quién son aquellos tesoros, míos o del otro?
Y del mismo instante, ¿por qué yo escogí 
un trozo distinto al elegido por otro?
De una misma tarta tomamos todos
pero a cada uno le supo a una manera distinta.

Recupero otro, ay, pero se escapa.
Se resiste uno,
rebusco, quito capas y no lo alcanzo.
Un día me lo encuentro flotando y mi mano
lo retiene y lo acaricia y lo guarda entre algodón.
No tengo la certeza nunca de si mañana,
al ir a encontrarme con él, no lo vea.
Se ha vuelto a escapar,
quizá para siempre.
tal vez, por solo un rato.

La vida es un recuento de recuerdos,
siempre más larga que los años,
más corta que todos los instantes recorridos.

Sin teorías

 Sin teorías.
Si acaso una simple hipótesis
que se eleva hacia este cielo cenizo
y busca el desasosiego en esta claridad 
de atardecer húmedo.

Entre los resquicios de tus muros

 Entre los resquicios de tus muros
quedaron aquellas palabras ocultas.
Quizá cuando el tiempo de siglos los derribe, 
saldrán entre sus escombros
estas palomas dormidas.
Volarán a la deriva sueltas de mi mano,
sembrando polvo de su recuerdo,
borrados sus trazos en otro presente 
que ignora y olvida.
Hoy seguirán tejiendo sus hilos las arañas 
y caerán presas en su red,
devoradas por sus diminutos dientes,
las sombras sobre papel de mi despedida. 
De salvarse de sus fauces
los muros tal vez sean vencidos
por el picoteo mordaz de infinitas gotas de lluvia,
ríos que corren por sus entrañas
y con paciente empeño los destruyen.
No hará falta huracán
para  hundir tan frágil velero.
Aquellas palabras nunca habrán existido,
serán un trágico anhelo de eternidad,
el sueño de nuestra ingenua soberbia.

El teatro, qué historia, qué belleza

 El teatro, qué historia, qué belleza.
Uno, dos, tres, qué frustración,
cuatro, cinco, seis, siete, ocho, qué tristeza,
nueve, diez, once, qué rabia,
doce, trece, catorce, quince, qué envidia,
dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve,
qué deseo, veinte, qué desolación,
qué soledad, qué desesperanza, 
qué suerte se me negó.

El mar es el tiempo

 El mar es el tiempo, 
ese tiempo no cronológico
ni sujeto a medidas.
Representa el sostén de la existencia.
Sobre él flotamos
o hacemos camino por su costa.

El mar, el tiempo, que nos observa,
testigo de nuestros movimientos.

El mar, el tiempo, incierto, inquietante,
de fondo oscuro y espesas aguas opacas,
nos toma, nos envuelve y por temor 
escapamos de su apretado abrazo.
Siempre con el miedo a su inesperada respuesta.

El mar, el tiempo, que cubre el suelo,
que hace zonas intransitables y nos obliga
a buscar el espacio por donde cruzarlo.

El mar, el tiempo, es como un espejo
a trozos ennegrecidos,
y por sus transparencias 
vemos su clara profundidad.
Y es por ahí por dónde hacemos desvíos
para cruzar al otro lado.

El mar, el tiempo...

A veces nos cuesta creer que aún

 A veces nos cuesta creer que aún
somos aquellos que fuimos.
Oculta entre tantas capas superpuestas
surge de las marañas del ayer
la virginal prenda.
Aparece por sorpresa, andabas 
rebuscando algo por el cajón de los trastos
y de pronto te deslumbra,
entre el caos, un destello.
Te atrapa una intensa emoción
te rodea su aura, respiras el mismo oxígeno,
tu cuerpo está en un lejano paisaje.
La piel se te eriza, el corazón se detiene
en ese universo y por breves segundos
estás allí, está aquí aquel que fuimos.

Cuántas respiraciones me quedan

 Cuántas respiraciones me quedan, 
cuántos suspiros de desaliento,
cuánta impaciencia por ver su rostro,
escuchar su canto, recrear la mirada
en su cielo y subirme
sobre el ala llevada por el vuelo del pájaro,
planeando su sombra sobre sus muros,
dibujando paréntesis en sus calles, 
sentir la calma y atrapar la palabra 
tejida con los hilos de sus ecos.
Cuántos sueños en noches de espera
por territorios confusos, donde sin quedarse,
habita y camina el alma por sus laberintos.
Pienso en mi mano que siente su roce
y encuentra en su pétrea materia la tierna
caricia de lo aún no perdido.
Anhelo, no un recuerdo, sino un presente
continuo que se sabe finito pero mantiene la fe,
porque palpita con fuerza.
Cuántos bostezos de cansancio,
frenar la urgencia del deseo,
temer estirar el dedo y que su promesa se aleje.
Cuántas voces llenando este vacío,
andar los minutos y no llegar a la hora en punto.
Y si al sentarme a la mesa,
¿el manjar esté frío e insípido,
agrio de tiempo y olvido?
Es difícil alcanzar el esplendor de la idea,
llegar a la cumbre
por la que suspira Sísifo.
Ella juega con la ventaja de no sufrir de obstáculos 
como encuentran los hechos 
al subir la ladera.
¿Acaso en la cantera no estaba protegido el mármol
por arena y rocas?
Y, una vez extraído, 
cuando la mano pretende pulirlo, 
salta alguna lasca, pierde,
empaña su lustre el lodo que depositaron las lluvias,
corren hilos de óxido.
Como en el sueño, la idea es
materia pura protegida bajo tierra,
crea en su imaginario la perfecta esfinge.
Mas conformémonos con el regalo otorgado,
aunque mediocre, es hermoso.
Mejor aún, celebremos sus errores, 
sus muescas y máculas y su mortalidad.
Pues a cada respiro nos acercamos
a la promesa de alcanzar la cima
y a cada respiro rompemos una lasca 
de la dura roca
y cuando las manos crean tocarla,
sin poseerla jamás, el corazón se reconforte
con su imperfecta belleza.

¡Qué traidor es el tiempo!

¡Qué traidor es el tiempo!
Te regala sus presentes,
alimenta tus promesas con sueños y esperanza.
El tiempo dibuja en la criatura imperfecta
las líneas de los frescos y vivos deseos.
En la piel traza curvas, ondulaciones suaves,
brillo en la mirada, labios tiernos, 
pétalos de terciopelo de roja carmesí.

¡Qué traidor es el tiempo!
Te aduló, te engañó, te puso trampas
con su mullida alfombra,
sin advertirte, ni quisimos saber
que su cofre esconde un doble fondo.
Qué bello vivir y sentir el cuerpo que bulle,
mientras cocina el guiso 
con la mentira de lo efímero 
para nutrir el fracaso final.

¡Qué traidor el tiempo!
O quizá nunca pretendió ser lo que no era,
sino que fuimos nosotros los torpes e ingenuos
y, cuando vimos llegar vestida de oscuridad
la decadencia, 
estuvimos un tiempo jugando con el tiempo 
a creer que solo era una apariencia falsa,
que nada rompería la imagen 
de nuestros perfectos trazos.
Qué error aprendido, qué error imaginado,
qué error convencido para seguir engañándonos.

Y llega el tiempo con su presencia impertérrita,
con su saber estar, habitar sin hacer alardes,
en pasar desapercibido sin dejar escapar 
ningún detalle ni mudar su gesto.
Con su porte elegante de señor que sabe de todo
y que a nadie perdona pecar de soberbia,
aunque nunca actúa por venganza ni rencor.
El tiempo habla y nuestros labios se cierran 
en una mueca incrédula,
nuestros ojos se empeñan en ver
lo que hace tiempo se fue con el tiempo
de paseo por el pasado.
Las manos, las cálidas manos que abrazaron 
con avidez su tesoro,
sus ágiles dedos para atrapar los segundos
y deshacerlos, 
son, con el tiempo, la rancia arqueología del ayer,
materia ajada de unos restos 
que la razón intenta ensamblar 
para mostrar en la vitrina
la forma con la que fue creada,
aunque perdieran el lustre de su apogeo.

No es un tirano el tiempo, 
su esencia es pura,
su mirada clara, su verbo transparente,
porque sin malicia nos lleva de la mano
hacia donde será perenne la belleza, 
la eternidad.

Soñar y volar por universos incontrolables

 Soñar y volar por universos incontrolables,
soñar y vivir tantas vidas diferentes,
como al recorrer el espacio del tiempo 
de calendarios y relojes,
dejando estelas indefinidas y perdidas 
por el trecho de un imperfecto cosmos,
ese que el cuerpo habita, migra y se desintegra.
Hacer pasado buscando futuro,
el presente es una falacia,
eufemismo de nuestra incapacidad,
de fracaso y de inútil soberbia. 
¿Quién puede atarlo? Ni siquiera la muerte.

Soñar y volar en una dialéctica distinta,
penumbra por donde se mueven sombras confusas
que luchan contra la rigidez de tu mente.
Figuras que se muestran con máscaras,
sin voz sentencian, alteran nombres,
rostros irreconocibles, extraños paisajes, 
elementos distorsionados, rebeldes a la métrica. 
Sombras, muchas sombras fluctuando
por un territorio sin límites,
movidas sin el hilo de la razón.

Soñar y volar y despertar.
Despertar y soñar que estamos vivos.
Soñar, volar.
Despertar y muerte es un binomio único. 
muerte y despertar, ¿acaso no es lo mismo?

Una derrota detrás de otra

 Una derrota detrás de otra,
el azote continuo del viento,
el aire frío del norte
dándole en el rostro cada mañana.
El fuego de un ardiente sol,
el gélido aliento de los relojes,
tiempo que avanza sin compasión.
Cada hoja de un otoño
marca su deriva,
muerde sus pilares,
corroe su estructura.
Las lluvias pudrieron los marcos
de sus ventanas,
una densa niebla empañó
la transparencia de sus cristales.
Cada vez más noches oscuras
sin resplandores de lunas.
La fugaz estrella marchó
al cosmos infinito.
Dejaba la tibia claridad,
el parpadeo de una bombilla
iluminaba su calle.
Cada vez más días sin luz,
cada vez más silencio por las habitaciones.
Bastó el soplo de un suspiro
para derribarlo,
el fino cuchillo de un papel 
abrió una herida profunda
y sucumbió a la muerte.

Estos gestos cotidianos, simples

 Estos gestos cotidianos, simples,
sin mayor argumento que hacer hábito.
Trajín de las cotidianas cosas 
hasta dejar caer nuestro cansancio
sobre el lecho.
Estos gestos, pequeños y necesarios,
abrir un grifo, llenar un vaso, el balde,
devolver al brocal de la boca
tan preciado jugo.
Pasar la mano por lo monótono
sin dejar rastro en su camino.
Ante el espejo ver en esos ojos que te miran
un repetir de sencillos actos.
Robar a la inmutable muerte su abandono
con estos fáciles pasos de baile
que se perderán en el olvido,
como los besos, como los llantos,
en el destierro de un eterno invierno.

Ellos, los que creyeron en otro mundo

 Ellos, los que creyeron en otro mundo,
pusieron sus cuerpos y su cansancio 
al cuidado de hijos y padres. 
Ellos, que han caminado un gran trecho,
avistan en la distancia
un corto recorrido.
A ellos, que hicieron historias,
pusieron a los pies de sus retoños
centímetros de tierra para crecer 
y kilómetros de cielo para volar del nido,
hoy, en el aire de este parque,
les llegan los ecos de un emblema,
¡abuela!, ¡abuelo!,
y acuden al reclamo de sus nietos.
Ellos, que esperaban un ritmo sosegado
con el paso de los almanaques,
sacan de sus reservas los últimos alientos
con estos críos llevados por la urgencia.
Ahora, a empujar columpios, 
darles la mano para vencer un obstáculo,
ante el peligro, vigilarles,
abrazarlos en la caída,
perdonar sus errores.

Bajo esta luz dorada

 Bajo esta luz dorada
que antecede al crepúsculo,
la hierba se incendia
de un verde intenso,
los edificios adquieren presencia
entre fulgor de destellos 
y opaca sombra.
Deslumbran como espejos los cristales 
del impacto de infinitos rayos,
que iluminan una esquina,
rayan con brillo lo oscuro,
resaltan la mínima porción de un todo.
Alguien camina por la acera.
El efecto durará unos minutos
porque el sol avanza hacia su lecho,
va ya medio dormido y abandonará el día 
al regalo de una noche estrellada.

Lánguido cuerpo atrapado

 Lánguido cuerpo atrapado 
por el enjambre de sueños 
mientras pasan de largo campos amarillos,
árboles y espigas quemadas por el sol.
Un horizonte de un celeste diluido,
casi gris,
tiñe la luz transparente.
Pegadas a su piel van las nubes esponjosas, 
algunas solitarias son veleros
a la deriva, 
otras, en un abrazo apretado,
construyen elevadas montañas,
trazos de un espejismo en la profundidad
de aquel océano.
Unas líneas recién pintadas en el asfalto
señalan la senda que el caminante no elige.
Queda atrás su paisaje 
para no ser ni siquiera olvido.
No habrá un rostro para el recuerdo,
sino vacío de un templo nunca profanado, 
el mapa inútil de un territorio 
perdido su tesoro oculto.

Mi padre nació en el campo

 Mi padre nació en el campo 
en una choza 
o puede que en un casa del pueblo.
No lo sé, nunca hablamos de esto,
solo de historias entre la verdad
y la invención.

Se acabaron las palabras

 Se acabaron las palabras,
dimos la vuelta al diccionario
y empezamos de atrás hacia adelante.
Repetir una y mil veces 
y parecer distintas.
Esto tendrá un final,
piensa el ojo que hojea,
algún día se cerrará la tapa
y hablará el silencio.
Tal vez, se volverá a hacer la ronda,
quizá encuentre por el camino
nuevas palabras y desaparezcan otras.
Tiembla el dedo al pasar página,
teme deje muda la boca
o se convierta en un triste loco
trillando la misma tierra
murmurando un desquiciado monólogo.

Advierte el día por su modo de entrar

 Advierte el día por su modo de entrar,
su vulnerable ánimo.
Algún sueño le habrá perturbado,
viene con el ceño fruncido
y confundida la conciencia.
Fue abrir la ventana y entrar
su semblante oscuro
sembrando de grises la mañana.
Sus ojos derramaban lágrimas
lánguidas y silenciosas,
no era escandaloso sollozo
sino un hilillo de voz 
que rondaba por los espacios
cual rumor de arroyo tímido. 
Sus finas gotas caían
de las pestañas de las nubes 
hasta los pies del suelo,
mojando al recién nacido mundo.
Y sin razón aparente
salió de su boca una fuerte carcajada
que lanzó muy lejos los malos humos
y llenó de radiante luz el corazón del cielo.

Cuando abandonamos un lugar

 Cuando abandonamos un lugar,
el lugar continúa con sus mismos elementos,
lo habita la misma gente
y sigue su particular rutina.
Aunque nuestros ojos ya no lo miren,
ni nuestros pasos hagan huellas.
Habrá algunos cambios,
niños que se hacen grandes, 
adultos que envejecen, 
alguna ausencia,
nuevos rostros.

Cuando abandonamos un lugar,
ese lugar queda en nuestra memoria
como lo conocimos.
Ignoramos qué fue de él,
si crecieron árboles o se convirtió en ruinas.
En nosotros permanecerá eterno,
con sus voces, su paisaje, la gente
que lo transita, los bancos con viejos
cansados, la ingenuidad de los jóvenes.
Se vestirá con el desengaño de los días,
mucha rendición y algún triunfo 
que el tiempo cubrirá de polvo y olvido.

Cuando abandonamos un lugar,
ese lugar nos abandona,
aunque nos aferremos a un sueño,
como al hilo de Ariadna. 
para regresar siempre que nos hallemos perdidos
entre las brumas de la nostalgia
y el relato que construyeron los recuerdos.

Cuando abandonamos un lugar,
a otro lugar somos abandonados
hasta ser expulsados del mundo.

Si miras esta esquina del muro

 Si miras esta esquina del muro
que brilla con el sol,
detrás se oculta la sombra.
Es el mismo muro
levantado con duras piedras,
no te engañen los ojos
su apariencia arenosa.
Sin embargo, qué frágiles
se vuelven sus cimientos
cuando las nubes aparecen
y lo perforan cristales de sal.
La bruma escondida detrás de las lomas 
asciende hacia el cielo,
trunca la claridad de la luna.
Traen mal augurio aquellas tinieblas.
Entró por sus grietas un aire helado,
penetró hasta los abismos del foso
y dejó su alma prisionera. 
Apenas un cambio imperceptible
y el paisaje se transformó
en un lugar tenebroso.
El sostén de sus cuatro columnas
resistió el viento y la tormenta, 
pero ahora el muro se derrumba 
con la punta de un dedo.
Esa fortaleza se estremece,
la oscuridad la ciñe,
secuestra al sol su brillo 
cedido como préstamo.
Una nube cae como un cabello desordenado,
abren viejas heridas
y trepan hacia ellas 
un hambriento escuadrón de miedos.

Fabio, ¿tú crees que nos echarán de menos?

 Fabio, ¿tú crees que nos echarán de menos?
¿Se preguntarán con asombro:
¡cuánto tiempo sin verlos pasar por aquí!?
¿Se acostumbraron sus ojos a nuestra presencia?
¿Qué pensará el dependiente de la tienda de desavío de la esquina?
¿Y la pareja que regentaba la pizzería italiana?
Fabio, ¿te acuerdas del olor tan rico a masa
que dejaba por la calle? 
De tarde en tarde nos dábamos el capricho
de comerla, algún viernes para celebrar algo.
Tal vez aquellas personas que habitualmente
veíamos en nuestros paseos al caer la noche
se extrañen, 
aunque hay tanta gente de paso por aquella ciudad.
Algunos eran rostros conocidos en nuestra rutina,
nos cruzábamos con ellos por la plaza,
por las calles que recorríamos 
bajo la tenue luz de las farolas.
Aunque forasteros, no éramos los eventuales turistas,
nosotros sentíamos aquel territorio propio, 
nosotros gozábamos del privilegio
de poder seguir disfrutando de sus encantos. 
Se había convertido en un espacio cómodo,
ya no era un cuerpo extraño en nuestro ser.
Habíamos asimilado sus perfiles, sus rincones, 
teníamos dominio de su mapa,
llevábamos adherida a nuestras suelas su esencia.
Participamos en ahoyar los adoquines,
hicimos su rastro más profundo.
Fabio, allí seguirán como marca indeleble
nuestras huellas, 
debajo de muchas otras añadidas 
desde nuestra ausencia.
¿No te parece algo hermoso
formar parte de esa memoria?
¡Ay, Fabio, cómo añoro todo aquello!
¿Tú crees que habrá bocas que nos nombren?
¿Se preguntarán qué habrá sido de nosotros,
hacia dónde nos fuimos?
¿Por qué habríamos abandonado tan precioso lugar?
Yo también me lo pregunto.
Me gustaría, Fabio querido, dejarles claro
que, aunque estamos lejos, aún recordamos
sus rostros, cada esquina, cada sendero descubierto.
Que, a pesar de ignorar sus nombres y existencias,
perduran en nuestras retinas.
¿Te acuerdas, Fabio, una tarde que regresamos?
Apenas estuvimos un par de horas 
y vimos algunas caras conocidas, 
saludamos a los vecinos que se sientan
a la fresca en el banco.
Algunos nos miraron como diciendo,
anda, estos dos quizá hayan vuelto.
Pero, ay, Fabio, qué equivocados estaban
y cuánto me entristece que no fueran ciertas sus sospechas.
Fabio, compañero mío, ¿volveremos?
Que sí, me dices. No me engañes, que me ilusiono.
Pero ya no será igual nada.
¿Qué habrá sido de nuestro hogar?
¿Qué habrán hecho de nuestros íntimos espacios,
nuestro lecho, las estancias de nuestros cotidianos quehaceres? 
Su luz, Fabio, su radiante luz que lo inundaba todo.
¿Seguirá el vecino de al lado con su órgano eléctrico
machacando las notas de canciones antiguas?  
¿Te acuerdas de sus gritos? No sabíamos 
a quién iban dirigidos, si a una gata, a un familiar,
a una madre que existía y nunca vimos. 
¿Por dónde rondarán nuestras canciones,
los giros de mis pasos bailando, mi voz
haciendo coro? Ay, suspiro con tan solo pensarlo.
Aquí su melodía se expande por otro paisaje,
más verde seguro, pero menos poético.
¿Y las risas, los llantos y enfados,
la tristeza y la alegría, el dolor y su alivio?
¿Qué habrá sido de todo ese universo de emociones?
Nada se pierde, ya sabes, sus partículas
rodarán por las estancias, desesperadas, buscarán
el corazón del que partieron. 
Algunas se quedarían enganchadas entre las piedras,
llevadas en los picos de las aves a sus refugios,
no sé, a otros lugares, en otras nubes 
que lloraron sobre otros suelos.
Y qué me dices del cielo que cada día contemplábamos,
me dirás que este es el mismo cielo 
y que esta luna es la misma, pero, no, mi amado Fabio,
no son lo mismo sobre este horizonte.
¿No ves que no brilla del mismo modo?, 
¿no adviertes, querido, que le faltan pinceladas
de color a este cuadro?
Sí, también es bello en sus diferencias,
sin embargo, uno recuerda con intensidad
los contornos del cuerpo que tuvo entre sus brazos,
ardió la pasión en el pecho, 
hicieron hogar en nuestras mentes 
y hallaron cobijo en nuestros espíritus.
Dime, ¿qué fuego puede calentar igual que aquel fuego?
Por mucho que la madera haga leña en la hoguera,
no cogen las carnes calor,
echan de menos aquel aroma esparcido en el aire.
Sueñas, me dices, y haces grande todo en ese sueño,
que tampoco fue perfecto.
Olvidas, me dices, los detalles oscuros.
Tienes razón, es difícil definir el dolor,
pero no por ello lo olvido, 
solo que el recuerdo lo suaviza por necesidad.
Sí, aún queda la señal de su herida,
pero mira, Fabio, se está curando,
casi está cerrada, volverá la piel a estar sana. 
Bueno, también es verdad que quedará la señal de su recorrido
y, aunque no veamos su profundidad, 
se hará sentir con el cambio del tiempo frío.
Ya se sabe que el frío de aquí es más húmedo
y el cuerpo se resiente más de sus dolencias.
¿Acaso no recuerdas tu tristeza?, me dirás.
Claro, es un perfume que siempre llevo puesto,
me acompaña como esa odiosa canción 
que se te mete en la cabeza y no puedes desprenderte de ella,
vuelve una y otra vez. 
Estoy de acuerdo contigo que suelo 
sacar brillo al metal opaco
y al dorado le quito su fulgor.
Pero los hechos son los hechos.
No, no, me niego a restarles su valor verdadero, 
aquellos naranjos son reales,
el olor de su azahar no es una ilusión
y acaso, sus muros... ay, su tacto, su color cálido,
todo es real y aún más viva suena mi fuente
y no me digas que estoy ciega para el resto.
Yo veo, Fabio, y entiendo lo que me dices,
en el error que caigo
en mi insistencia en el adorno
y que pierdo otros tesoros por empeñarme en ese.
Quizá tengas toda la razón,
ni yo misma me entiendo.
¿Qué rozó mi piel y penetró mis entrañas?
Tal vez, sea un error volver,
me lo pregunto muchas veces, 
tengo miedo de encontrarme con su regalo vacío.
¿Acaso no piensas que no dudo?
Ay, Fabio, la vida me ha creado de esta forma,
con este error en su mecanismo, 
tengo un afán que no se sacia,
voy en busca apresurada por llegar a Ítaca,
un lugar que solo existe en mi imaginación 
y me hace peregrina sin alcanzar nunca el destino.
Puede que ya lo haya cruzado y no lo reconocí.
Fabio, vamos a volver atrás,
desandemos el camino,
acuérdate de su campanario, refugio de palomas,
las nubes oscuras que formaban los vuelos de vencejos,
los mirlos sobre aquel tejado, paisaje de mis fantasías.
Ah, sí, hay tantos lugares así,
pero sus muros, Fabio, sus muros, ¡Qué bellos son
con sus piedras doradas bajo el sol del atardecer!
Hasta sus sombras eran hermosas.
Sí, es verdad, ¡cuántos habrá parecidos por el mundo!
Fabio, recuerdo aquel rumor de voces,
eran olas que rompían contra las rocas,
venían de lejos y al acercarse rugían
como fieros guerreros para el ataque,
para alejarse su eco lánguido 
por el laberinto de callejuelas.
Sí, de acuerdo, hoy en día las escuchas
por todas partes, grupos curiosos.
Solo una cosa, no me negarás, reconoce
que ella es algo único, habrá muchas, pero no igual,
ninguna como ella.
Qué dulce su canto,
su luz cristalina, 
el arrullo de las palomas 
que van a beber a su cuenco.
Tan sencilla y a la vez tan hermosa, 
cuánto siglo en sus piedras
moldeadas por el agua y el roce de muchas manos.
¡Y su fotogenia! Salía perfecta en todas las fotos.
Te digo que con los ojos cerrados, llegaría
con tan solo seguir mis pasos su tierno rumor.
Fabio, la nieve es hermosa, 
¿te acuerdas de aquellos copos
que cayeron una noche?
Tan blancos y con qué suavidad reposaban
sobre la losa del pavimento.
Su lluvia también es distinta.
¡Qué cortina más luminosa formaba!
¡Qué transparencia devolvía a las cosas!
¡Qué esencia al empapar la tierra con su dulzura!
Sus frescas gotas parecían diamantes
sobre el cristal de las ventanas.
Aquellas calles solitarias de nuestros cuerpos,
¿volverán a tener nuestros pasos?
Fabio, quizá ya aprendí a distinguir dónde
levantar nuestro refugio,
aparte las angustias pretéritas
y me quite la sed de este desierto.
Fabio, ¿tú crees que quedaré saciada 
con el agua de su oasis?
Estoy confundida, tiro y freno este caballo. 
Tal vez hable mi boca con la misma ingenuidad de nuevo
y tropiece con la misma pared.
Será el devenir el único que descubra
qué será de nosotros, 
¿Se sentirá libre al fin este corazón 
ahora perdido entre brumas 
de una empeñada nostalgia?
El mañana hablará claro y alto
y tú, Fabio, vendrás a señalar
con el dedo la inconsistencia de mis argumentos,
escritos con mala letra,
con un código hasta entonces oculto.
Apreso la causa y se escapa, 
en mi consciencia escarbo y es ella la que huye
de la cordura.
Fabio, no tiene cura esta enfermedad.
¿Iremos? El tiempo dirá.
A saber qué lamentos postreros 
o qué dicha nos acompañen.
Y luego qué, me dirás, aquí no acabará todo,
los días irán empañando de nuevo
ese transparente cristal 
y sentiré de nuevo el quiebro
en ese esqueleto que creí levantar firme.
Me visitará la inoportuna soledad, 
me atrapará con sus artimañas
desde su recóndita malicia.
En su calma vendrá a quitarme la paz.
Sentiré de nuevo una inquietud, 
el miedo pegado a los pies, 
la sombra que nunca me abandona,
más larga al llegar el ocaso, 
más grande aún en las noches.
Me cansaré, dices, de su melodía, de su risa, de su belleza...
la tristeza otra vez cabalgará sobre mi espalda.
Fabio, calla, ya lo sé, algo me conozco.
¿Qué quieres que haga?
Me moldearon así.
No me hagas temer. ¿Qué puedo hacer 
si mi miedo es tan grande como mi deseo?
No puedo con su carga, ya me pesa demasiado,
me impide caminar con firmeza.
Al menos, déjame soñar,
déjame creer que allí el tiempo es eterno
y su felicidad no será efímera como en todo.
Aunque la primavera no vuelva
y sean los veranos más fríos
como otoños que ya barruntan las nieves
de un próximo invierno, 
quiero intentarlo, quiero volver, 
aun sabiendo que es inútil,
que no hallaré la magia, lo imposible,
lo inexistente para un alma errante como la mía.

Bajo la luz de septiembre

 Bajo la luz de septiembre
el mundo camina con otro paso.
Hay un lánguido fluir de las horas
y se prepara el cuerpo para estrenar
otro año, no es enero su comienzo.
Se apaga el fuego y el hervor
durará un rato, 
aún brotan las burbujas.
Se irá enfriando sin darnos cuenta, 
a la espera de un nuevo incendio.

Estas persianas no permiten



Estas persianas no permiten
el disimulo,
ni dejan abrir ventana
si están echadas.
Estas persianas no permiten pasar
la sutileza: ocultan o exhiben.
Detesto estas persianas.
No se enrollan ni se balancean
con el viento,
no juegan con el sol,
como aquellas tablillas que se enroscaban
atadas a una cuerda.
Levantaban su faldón para las mañanas,
cuando aprieta el calor
dejan pasar el aire y dan sombra.
Recreo para la mirada clandestina,
rulo y manto que sube y baja.
Ya estén abiertas las ventanas de par en par, 
con estas persianas
queda la intimidad a resguardo.