Ha perdido su sonrisa,
escapó al abrir la ventana.
Estaba el día gris, pero no llovía.
El aire entró y la mano
no supo frenar la fuerte ráfaga.
Sujeto a la lámpara, agitó los brazos,
se retorcían como una presa
intentando desprenderse de sus garras.
Un torbellino lo envolvió todo
y de cuajo arrancó de su boca
lo más tierno que tenían sus labios.
Quedó la mueca impostora,
el ritual gesto,
esa curvatura mínima y exacta
que eleva las comisuras
en una alegría fraudulenta.
Depositó polvo sobre sus ojos,
turbia su mirada cristalina.
Se le heló el alma sin el brillo de su sol
y, pétrea, la carne perdía la blancura
de su porcelana.
Aún no era otoño, aunque
ya lo barruntaban las recién caídas hojas
y el hielo de la escarcha en su cuerpo.
Sus ramas, casi desnudas sin abrigo,
tiritaban de frío como endebles
piernas de marioneta.
Sin raíces que al suelo la anclaran,
se rendían vencidas.
Vino y pasó el invierno
y de la primavera huyeron las flores,
secas sobre el mar,
bebieron la sal para sus lágrimas.
Entre lamentos, las olas entregaban
a la orilla sus mustios pétalos.
Pasaron otros otoños de la mano
de los inviernos
y otras primaveras perseguían
el sueño de sus estíos
repitiendo calendarios.
¡Maldita la hora que aquella ventana
buscó el aliento de un traicionero cielo!
Huérfano dejó el rostro de su dulzura,
imitando muecas amargas,
de oscuras aguas en el océano de miel de sus ojos,
el gesto fingido en el triste semblante,
sacrilegio de su altar sagrado.
¿Hasta cuándo, céfiro, no devolverás
la riqueza del tesoro a su dueña,
no entregarás a su boca su perfil genuino,
y el fresco soplo en sus labios
para que anuncien la próxima primavera?
Para ella
Ha perdido su sonrisa
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario