Cuerpos,
cuerpos de todas las edades,
diminutos, un pedacito de carne
que ve sin entender y
aprende a mirar.
Cuerpos que crecen
y de aquella masa de harina
sale del horno un pan tierno.
Amasada sobre el rodillo de la vida,
se estira y toma otras formas,
alargadas, redondas, planas,
trenzadas figuras de detalles
más blancas, más tostadas.
Ninguna aún alcanza la altura
de la cintura del cuerpo
que, a su lado,
camina, protege, vigila.
Cuerpos,
pan que se endurece,
que coge moho, que se hace miga.
Cuerpos de todas las edades y tamaños.
Allí, tres con paso lento,
unos más firmes,
otros más inseguros.
Cuerpos ligeros, livianos como una hoja
que rueda por el suelo sin daño
en un torbellino.
Cuerpos cansados, aburridos, obligados
a una rutina.
En los bancos, ojos de cuerpos adultos,
obedientes al instinto,
observan los cuerpos de sus crías
que corren, saltan, patinan, vuelan
con sus ingrávidas alas de mariposas
cubiertas de polen dorado.
Cuerpos, aunque frágiles, enérgicos,
fuertes tallitos verdes.
Agua, sed,
merienda, hambre,
pelota y adolescencia luchando
en la batalla por el juego
y el amor por el deseo y su abismo,
rodeados del aroma dulce de pan caliente.
Cuerpos,
cuerpos y voces distintas,
polifonía de ecos, entropía armónica.
Unas son finas vocecillas,
afilados grititos, aullidos agudísimos.
Voces recias, femeninas, aflautadas,
voces que reclaman y que ordenan,
voces que acarician y castigan.
Voces, que dan el toque de queda:
¡A casa! Hay que volver al refugio.
Punto y seguido hasta mañana.
¡Venga, cuerpos!
Nada de ahuyentar a las sombras
y mucho menos tirar de un rayo del sol
como si fuera una cometa.
Cuerpos, poned orden y silencio,
dejad dormir la tahona
de tanto trajín y ruido.
Apagad las luces,
que ya cantó el gallo al adiós del día.
Cuerpos
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