Dejarse ver

 Dejarse ver,
ser visible para los otros.
Qué tramo recorrieron los días
para que al fin el cuerpo descubra
el placer del silencio y el abandono.
Un encierro que anhela
su clandestino refugio,
la estancia con lo necesario
el alimento y la fuente
de su dulzura y su paz.
Hay agua que corre,
luz que transita por cada rincón,
una voz se desmadeja
y, aunque no siempre viene alegre,
trae partículas ínfimas de un misterio.
Tiene la amable y blanca sombra
perfilada sobre un lienzo vacío,
encantos de una figura sin reflejos 
que ocultan la forma verdadera.
Basten para hacer huellas profundas
esas líneas finas trazadas por el cálamo
ligero de las horas,
dejar hablar la pausa en los relojes
y escribir un punto y aparte 
de descanso del mundo.

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