La mosca del verano no es la misma
mosca que viene a visitarte en invierno.
Esta mosca es inquieta, revoltosa,
deja en el aire su monótono zumbido.
Siente desprecio por nuestro descanso
y a cambio nos entrega
la melodiosa cadencia de su aleteo.
Nos envuelve su hipnótico rumor
entre la soñolencia del cuerpo
y el ritmo de su compás.
El tiempo deja de ser una línea continua,
en el vacío del olvido abre trazos confusos,
nos atraviesa un temblor de nostalgia
y regresa del ayer otros veranos,
otros lugares,
otro que fuimos.
El dato impreciso se viste
con la prenda de antaño,
fugaz es la sensación
y volvemos a quedarnos desnudos
impregnada la piel con su esencia.
En otro decorado, con otro guion,
la mosca danza,
la misma mosca siempre incómoda.
El silencio se engalana con estas
diáfanas alas que no son de ángel
ni de bella mariposa,
sino la membrana traslúcida
que se agita a una velocidad sorprendente
como la urgencia de nuestros relojes.
Ellas, tan cotidianas e inoportunas,
ávidas en aprovechar sus cortas horas,
pierden el respeto a lo ajeno.
Revolotean cansinas alrededor
de nuestras cabezas
como los pensamientos.
Asaltan nuestro territorio,
invaden el refugio hallado en la compasiva sombra.
¡Ah! Dulce estío,
agriada leche con estas latosas moscas
y hervor de espuma
de una eternidad prestada
en nuestros calendarios caducos.
La mosca del verano no es la misma
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