Tarde de verdes infinitos

 Tarde de verdes infinitos,
de senderos tragados
por el desmedido vigor de la naturaleza.
Aparece el desnudo cuerpo del ayer, 
bajo viejos cimientos brota aún viva la historia.
Pespunte a pespunte se crea una cadena
de vida cotidiana, elaborado tejido
de mangas largas,
unidos brazos a la siguiente hebra.
En su asimetría,
en la entropía de remiendos y rotos
se diseña un traje perfecto.
A sus contornos se ciñen frunces,
levanta el aire vuelos de faldas 
y dejan ante la ávida mirada 
la belleza de sus valles y laderas.
Se abre la cremallera del tiempo
mostrando orgullosa la espalda de sus montañas.
Bajo la tierra se esconden
sus secretos más íntimos,
arcaicas semillas germinan
en su fértil útero 
y regala al presente renacidas cosechas.
La frondosidad de sus ramajes
teje la urdimbre de su maleza,
hilos de esmeraldas engarzan filigranas
sobre las marcas de agua
y esculpen vivos ornamentos
en su blanda materia.
Sus valles y prados entregan sus frutos
y sus montes hacen fronteras
de hileras de altos troncos.
Un claro del bosque busca
atrapar la luz del cielo agarrados a tierra.
Detrás de cada muro,
silencios y voces que aún proclaman
los ecos de su lengua
y otros pies siguen las huellas de la historia.
Desde nuestra pequeñez
el alma alcanza su grandeza.
Inunda los sentidos su exuberancia
y recorre por los laberínticos ríos
de nuestras entrañas
el deleite de su ofrenda
recogida en la red de nuestra memoria.
En la profundidad de su horizonte,
abrazado al abismo del firmamento,
va el sol a paso lento pero firme.
Conoce bien su trayectoria,
en las brasas de un fuego encendido
se despide la tarde.
Trae a la noche la claridad
de una nacarada luna.
La celebración del día acaba
con el adiós en los labios.
Llevamos en la piel la dulce fragancia 
de las horas compartidas
y, en el corazón, la calidez
de la palabra gracias.

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