La mujer de la mirada triste


Qué triste está, callada,
la mirada perdida.
Él, a su lado, ajeno,
en su mano un móvil
que lo distrae con una canción
de un tiempo pretérito.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Ella, ausente, en los labios 
una mueca imprecisa.
Deja reposar sus manos sobre la falda.
Callada, tan callada y triste.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Por el sendero enlosado del río, 
huyen las lagartijas, 
ligeras como plumas llevadas por el viento.
Levantan sus cabecitas
para enfocar mejor su corto horizonte
y escapar de los pasos amenazantes.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


En el olvido los rostros y los nombres,
anónimos que cruzan por delante
del banco donde descansan sus soledades,
simple aire que se mueve impasible
entre su vacío.
Danza de lagartijas, 
surgen de todas partes
estas ingrávidas bailarinas,
saltando al precipicio,
asidas a la hiedra del muro.
Algunas perdieron su cola de tul,
mutiladas como la sonrisa 
en aquellos labios,
difusa como su mirada.

Por la ribera del río 
la tarde se aleja,
lánguida igual que un deseo,
abandonado por las marañas
de un dolor afilado.
Entre estallidos de luz infinita
que las nubes ciñen 
a sus voluptuosos cuerpos,
el sol se deshace,
como las almas
a través de las sombras.

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