Sobre la pista se retuercen
serpientes cristalinas,
amebas extendidas que se desplazan,
un cuadro abstracto de transparencias
donde inciden frágiles rayos
de un sol oculto entre nubes
que a ratos, se asoma.
Un río con sus meandros,
un laberinto sin salida ni entrada,
unidas manos, entrelazadas piernas.
La lluvia sembró este jardín,
sinuosos cuerpos de agua,
una danza de charcos,
espejos sobre una alfombra,
donde el cielo se mira y juega
haciendo figuras de gris y plata.
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