Pasaron los días,
perdían parte de los objetos
y con ellos el espacio que ocupaban.
Vaciaba el aire de su calor,
de la luz que emanaban.
Pasaban las horas devorando
cada día y semana,
las pocas que componían el equipaje
para la ida.
Rodaban por las escaleras los minutos
y los segundos se apretujaban
aún entre las sábanas, sobre el sofá,
dentro de los vasos de agua ,
siempre dispuestos en la mesa
y en las toallas aún colgadas en la percha
del baño.
Cuando llegábamos a casa
después de una ausencia,
al abrir la puerta y entrar de lleno
entre los huecos ,
cuánto abandono encontrábamos,
qué triste se volvía aquel refugio
donde sentíamos antaño su abrazo
entre las moradas paredes
frente a su sublime horizonte.
El corazón ya presentía la oscuridad
del laberinto del olvido
por donde se perderían
a pesar de la obstinación
de sus imágenes:
seguir latiendo al fondo de tus ojos,
sembrando entre esos jirones de niebla
el germen de dolor de su recuerdo
la vida que se perpetua en un cadáver.
Pasaron los días
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