Hay heridas que no dejan cicatrices
a la vista.
Cerraron por fuera y están
en carne viva por dentro.
Aquellas carreteras sin líneas pintadas,
curvas rodeando campos de cultivo.
Los ojos no tienen limpiaparabrisas
para las lágrimas
y van sin meta esas ruedas.
Huir no requiere de un destino.
La mirada sigue el asfalto gris
brillante bajo el sol de la tarde.
El dolor va solitario sin consuelo
bajo el cobijo de metal,
mientras el eco de unas palabras
hacen resonancia en la culpa.
Palabras como agujas, dedo acusador,
¿qué pecado había cometido?
El aire se las llevó,
quizá sobre otras consciencias.
Los reproches arrastrados por el desagüe
con el agua de la ducha diaria.
El depredador mordió la inocencia,
aprovechó la soledad de la víctima,
la torpeza de perderse
y dejarse guiar por el cazador.
Hay heridas que no dejan cicatrices
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