Recibes en tu cuenco
de piedra de siglos
el agua fresca de tu fuente.
Retuercen la redondez de sus bordes
sus plateadas y continuas lágrimas.
Resbalan por su cuerpo húmedo,
acariciando sus carnes prietas.
Y aquellas, alegres y saltarinas,
queriéndose alejarse de las otras,
van a perderse al final,
con las mansas.
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