Agua, agua

Agua, agua,
transparente y líquida,
senda de dulces besos.

Agua, agua,
ligera que transita
por el cauce de este sueño.

No huyas, no temas.
La letra está escrita,
es sonido en el viento.

Santuario de mi cuerpo,
bosque donde habitan,
hadas y duendes,
ogros y demonios.

No huyas, no temas.
La letra está escrita,
es sonido en el viento.

Con torpeza escriben mis dedos

Con torpeza escriben mis dedos
y piensa mi mente
sus precarias palabras,
inventa verdades
con la sana costumbre
de conocer a quién metes
en tu casa.
Mis ojos se pierden la belleza
que existe delante de sus espejos,
cristales traslúcidos
que deslucen los verdaderos colores,
sordos mis oídos al hablar
de un mundo vibrante.
Qué mediocridad de vida
si vamos a pasos tan ligeros,
si pisamos de puntillas
un bello mosaico
sin ver su completa imagen,
piezas que a saltos
describen un camino
e ignoran su mapa.
Una nube nos cubre el cielo
y con un simple soplido
podríamos desplazarla,
diluirla en el aire,
mas preferimos
entrar dentro
de su oscura espesura,
de nada,
de vacío,
de humo.

El hombre que halló la verdad

El hombre que halló la verdad
la callará en su muerte
del mismo modo que las huellas
sobre la arena son borradas
por el viento.
El nuevo peregrino
tendrá que hacer la senda
sin ninguna guía.
La brisa le traerá aromas
sin nombre
que sólo una atento olfato
reconocerá su esencia.
El buen catador
sabrá distinguir su ambrosía.
El rumor del mar
le hablará sin palabras
y la razón en el silencio
será capaz, quizá,
de vencer la bravura de las olas.
Escuchar el clamor
de una voz profunda
que se pierde en un eco.
El agua humedece las manos,
mas no puede ser cuenco
que llene el vacío pozo
de nuestro corazón.
Alerta, en calma, sin temores,
veremos el resplandor
de un fuego,
la luz de un sol imposible de mirar.
Sólo ojos cristalinos,
puros como un manantial,
alcanzarán su reflejo.

Igual que el caminante que va

Igual que el caminante que va
por un campo a oscuras
iluminado por una linterna.
Igual que alumbra la farola
un círculo de luz
en la calle solitaria de la noche.
Igual que dos faros
iluminan la carretera
entre tinieblas,
así vamos por la vida,
mirando sólo aquello
que los ojos ven
sin conocer más allá
que su marcada senda.
Mientras obviamos los elementos
de un hermoso jardín
donde no nos orienta
ninguna rosa de los vientos
sino la tenue llama encendida
de un puro corazón.
¿Qué inmenso océano
nos acoge?
Somos pequeña barca
rodeada de olas,
salpicada de espuma
y sal que nos ciega.
Igual que las estrellas
muestran apenas sus parpadeos
y la arrogante redondez
de la luna llena
es limitado foco
ante la oscuridad del universo,
así, por más fulgor
o fuego prendido
a nuestros luceros,
quedará oculto el infinito
que jamás en la Tierra
nos será desvelado.
Igual que a idénticos ojos,
unos admiran lo que otros
niegan o desprecian,
así torpes son nuestros pasos,
a tientas recorremos
los senderos.
La ignorancia es nuestro castigo
y por ella pecamos
con soberbia y deseos
en lugar de ser humildes
y entregarnos al finito trozo
que la eternidad nos presta.

Cuánto hay que golpear

Cuánto hay que golpear
el clavo con el martillo
para hundirlo en la madera.
Cuánto hay que frotar
el cobre
para que salga ardiendo.
Cuántos golpes puede recibir
la carne para reblandecerla
y soltar un suspiro de alivio.
Cuántas losas para cubrir
este suelo
que nos sostiene.
Cuántas caídas y levantarse
hasta caer muerto.
Cuántas vidas
para este mundo existen
en continuo renacer.

Dejar de estar
hasta ser eternos.

Esta lluvia de abril

Esta lluvia de abril
lleva notas de blanca melancolía.
Sobre las líneas
de un pentagrama invisible
escribe su monótono compás.
Un impúber gorrión
ha hecho su refugio
entre las hojas de un árbol,
reclama impaciente
el abrigo maternal.
Lentas y gruesas caen
las gotas de lluvia,
tejen hilos que unen
cielo y tierra.
El traje de un ayer remoto
con hebras de olvido
viste este húmedo presente.

Es difícil conocer

Es difícil conocer
la dirección del viento
cuando sopla de todos lados,
rompe la veleta
y a su capricho nos abandona.
Compiten aires rabiosos
y, a pesar de cerrar bien
las ventanas,
se oyen sus aullidos,
atraviesan cada hueco
por debajo de la puerta,
se cuelan por cualquier
resquicio oculto
a nuestros ojos.
No permiten el descanso.
Un miedo ancestral
nos cubre como sábanas
sobre el lecho convertido
en tumba
del cuerpo que agoniza.
Se hacen oír sus fuertes gritos,
demonios invisibles
penetran las ramas
de los árboles que se retuercen
de dolor.
Este gélido huracán
arrasa con todo,
trae polvo y desperdicios.
Son primitivos ecos,
anclados en lo profundo
de nuestro ser animal
y muerden la consciencia
humana.
Sangra el alma hiel
envenenada su pureza.

El infante ya es triste

El infante ya es triste
en su pequeño mundo,
lleva consigo un alma vieja
pero aprende a sonreír pronto,
estuvo experimentando
en el maternal útero.
Es regalo que ha puesto la vida
sobre nuestra boca.
Después que los ojos
viertan su lluvia,
la luz de una sonrisa secará
el desbordado río.

Retoman los años

Retoman los años
la imaginación retoña,
el dedo que pinta en la pizarra
del cielo un cuento
y da brillo a los perfiles
de las oscuras sombras.
Los pies del tiempo
arrastran pesadas cadenas,
siguen los señalados caminos,
se ajustan a las huellas abandonadas.
Devuelven la clarividencia
del ojo inocente, puro.
Recobra el ajado cuerpo
el equilibrio,
no por la obligada línea horizontal,
sino trazadas verticales,
oblicuas formas,
una razón con sinuosas curvas,
un desfiladero de quebrado borde,
una espiral hacia la esencia misma,
el zig zag entre errores.
Crean soles con espejos
y en los charcos hacen arcoíris
con la luz de la eternidad.

Son como flores de un campo urbano

Son como flores de un campo urbano,
se despliegan cuando llega el buen tiempo.
La primavera sale a la calle,
recorre savia nueva
por estos peculiares troncos,
aviva el brillo de estas singulares hojas.
Colgado en el armario queda
el ropaje oscuro del invierno,
los talles se ciñen de pétalos
con vivos colores,
despiertan las semillas
del fondo de la tierra,
con premura beben el elixir
antes de ser todo desierto.
Celebra la vida un sol radiante
entre aromas de geranios.
Se expanden en el aire,
bajo un cielo de promesas,
evocadores olores
a pescado y pimiento frito,
a madreselva y jazmines,
a rebujitos y empachos.
Brota un manantial de muchedumbre,
y hay en el ambiente
un tufillo de tradición e incienso,
cera ennegrecida sobre el asfalto,
capirotes, cornetas y chirridos
en las rotondas
del caucho de las ruedas;
farolillos y alumbrado de ilusiones,
algodón dulce y frituras,
piñonates y reclamos de niños.
En masa irrumpe este huracán,
torbellino de alientos y prisas.
El gentío pide a gritos:
¡vida, más vida!

En este lecho de muerte
engañan los ecos alegres,
los falsos trinos.
Va la mirada llevada
por estas luces,
se agarran las raíces de los dedos
con ansias a una blanda arena.
Sacian la sed de su boca
con la palabra esperanza,
ramaje que de ramas nacen,
de un árbol que será caduco.
Olvidado de su destino,
se deja mecer por la brisa
de un sueño inmortal

Se han llenado de perlas

Se han llenado de perlas
las ramas secas
con la dulce lluvia,
largos dedos afilados
de un árbol que desfallece.
Muerto, vivo, tal vez triste.
Talaron sus gruesas ramas,
aquellas que pretendían
alcanzar el cielo.
Comenzó a brotarle
el ámbar transparente
de la resina.
Invadido por ramas ajenas
de un acebuche
y el frondoso ramaje
de una dama de noche,
lentamente agoniza.
Llegó una nueva primavera
sin echar apenas flores,
que no lograron ser fruto.
Ha caído la lluvia,
besa su dura corteza,
insiste fiel al tiempo
para no caer rendido.

Qué nostalgia dejan los recuerdos

Qué nostalgia dejan los recuerdos,
qué triste reconocer
el abandonado territorio.
El edificio del pasado
está lleno de grietas
y desoladas paredes
que se caen a trozos.
Estancias sin muebles ni objetos
donde colocamos sin alcayatas,
en el aíre de un ayer,
nuestros cuadros
y fotografías ajadas,
desdibujados esos rostros
que empeñamos se ajusten a estos.