Un día fui niña,
con los ojos abiertos
y el alma pura.
Un día fui joven
que buscaba razones
para la vida.
Un día fui mujer
con algunas certezas
y muchas dudas.
El presente,
siempre breve,
caduco en sus horas,
guardará sus sorpresas,
en un tiempo que promete
cumplir su amenaza.
Un día,
descreída de las cosas,
volaron lejos algunos sueños
mientras otros hicieron nidos.
Quedó bajo llave
la fruta de la esperanza
que engaña el apetito
con la dulce promesa
de más tarde saciarlo.
Reconocer su justo sabor
es ciencia difícil.
Echar a volar esta ave
tiene su castigo.
Entre las manos aferrarla
con ansias de avaro
es error mayúsculo.
Propio de torpeza
es poner a su amparo
nuestro destino.
Entregarte con fe religiosa
es amor perverso.
Aborrecerla, un suicidio.
Un día renací
de un saber inocente
a una ignorancia sabia.
En este confuso estado
Luz, más luz.
Goethe
En este confuso estado,Goethe
ni sólido ni líquido,
pierdo la esencia.
¿Dónde estará el río
que alcance mi boca,
cubra el monte
de esta tierra
y repose en frondoso
valle?
Soy gota bajo un sol
ardiente,
su lengua de fuego
cruel
me evapora.
En mi agonía de muerte
suplico:
agua, más agua.
Nuestros miedos
Nace nuestra conciencia
al miedo,
rompe la ingenua mirada
del infante
desde muy temprano.
Lo despiertan pesadillas
con horribles monstruos
de una eternidad cósmica.
Pronto advierte el peligro,
siente el vértigo de la muerte,
es una proclama luminosa
en nuestras
noches de insomnio.
* * *
Tras tu ventana, el reclamo
de su letrero fluorescente
no permite el descanso
en tu ánimo
y arrastra sus ruidosas cadenas
descalabrando tu orden,
dejando caer a la tierra tu cielo.
Entre sudores fríos se despierta
el cuerpo aterido
para un día no volver del sueño.
No es la muerte
tu gran enemigo,
aunque la certeza de su asalto
no es amenaza vana.
Sin ser mentira su intención,
te permite alguna tregua,
retazos de felicidad fugaz.
Ataca por sorpresa
aunque anuncie su visita.
Uno cree poder esquivarla
con la excusa de tener que ocuparse
de otros asuntos,
pero ella, al final, inoportuna
llamará a la puerta.
Ella es la gran dama
que todo el mundo
obedece y odia
y a la que algunos
suplican su consuelo.
Más tarde o temprano,
terminas por ceder
a su pertinaz propósito.
Nunca espera, no lo dudes.
El beneficio que te concede
es a su capricho,
la cita la pone ella,
hora y lugar.
No huyas, es la sombra
que te pisa los talones.
Tampoco pienses que te acercas,
va contigo de la mano.
Hacer tratos es absurdo.
Pero hay un temor más grande,
infinito y cercano,
aún más tenaz que la muerte.
Pasa desapercibido si le interesa,
o se vuelve encantador anfitrión.
Sin pretenderlo, acapara
la atención de todos.
En la pista de baile,
sabe llevar los pasos,
conoce muy bien la coreografía,
giros y saltos, volteretas y pausa.
Su porte es elegante,
su trato educado,
cuida los detalles al milímetro.
Si te dejas llevar,
sumergido en su abrazo
te hará volar por los espacios infinitos.
A veces, te permite la calma
para que saborees el instante,
mientras otras te atusa
con voraz urgencia
y sin freno te conduce
su impaciente anhelo
por una empinada pendiente.
No son éstas sus maneras
sino la opinión que le atribuyen
las malas lenguas de los hombres.
Molesta su tarareo impertinente,
su voz cansina y monótona,
el tamborilear de sus dedos
sobre nuestra mesa,
el crujir de sus zapatos.
Dicen muchos que es un tipo vanidoso,
que se vanagloria
de tenernos en su anzuelo,
que siempre nos recuerda
el pasado perdido.
Que no tiene respeto
a nada, ni a nadie
y nos roba el presente,
haciéndonos caer
en la ilusión de un falso futuro.
Nos llegan rumores
de que ostenta sus riquezas.
Es un prestidigitador
de poca monta,
con torpes trucos.
Nos tiene pendientes de un hilo
su continuo eco.
Es comensal que nunca paga,
seductor que alardea
de sus conquistas
y de ser el mejor amante.
El típico que después
de hacerte el amor
se duerme y, encima, ronca.
Todo esto son habladurías,
no le echemos la culpa
de nuestros pecados.
A pesar de estas calumnias,
él intenta ganarse nuestro amor.
No son traidores sus afectos
sólo quiere ser melodía
en nuestro caminar.
Por eso debe ser nuestro temor
no la muerte, sino el tiempo
ese que la humanidad dibuja
en su línea implacable.
Él estará presente
incluso cuando emprendamos
nuestro largo y último viaje,
no para decirnos
con el pañuelo adiós,
pues él será compañero silencioso
en este trayecto eterno.
Sin embargo, no ignorarle
debía ser nuestro mayor cuidado,
tenerle el respeto que se merece
más que a la muerte misma
y no porque sea vengativo.
Él es el que es,
no oculta con máscara
su rostro,
ni engaña con su sonrisa.
Mienten aquellos que piensan
ser sus labios de agujas.
Su verdad es cristal transparente
sin números, ni arena, ni sombra,
ni esfera de pendular constante.
Hay que saber mirar
en la profundidad de sus ojos.
Es error de nuestro propio engaño,
querer hacerle trampa
al que no sólo conoce
este juego de la vida
sino que creó sus reglas
y siempre saldrá ganador.
Su honestidad no tiene límites,
no hay razón para la desconfianza,
es un fiel amigo,
desea lo mejor para ti.
Mas debe ser escuchado,
que su deseo sea el tuyo
y veas el claro reflejo
de su estanque.
Recréate en el rumor de sus aguas,
mira atento su belleza,
siente su líquida superficie,
atiende a su palabra
de armonioso sonido,
que sincero te advierte.
Que no te pierda el temor,
danza al compás de sus segundos
y recorre bajo su tutela,
los paisajes por donde te lleve.
Entre tus manos cobíjalo,
sean ellas el refugio
que promete su regalo.
al miedo,
rompe la ingenua mirada
del infante
desde muy temprano.
Lo despiertan pesadillas
con horribles monstruos
de una eternidad cósmica.
Pronto advierte el peligro,
siente el vértigo de la muerte,
es una proclama luminosa
en nuestras
noches de insomnio.
* * *
Tras tu ventana, el reclamo
de su letrero fluorescente
no permite el descanso
en tu ánimo
y arrastra sus ruidosas cadenas
descalabrando tu orden,
dejando caer a la tierra tu cielo.
Entre sudores fríos se despierta
el cuerpo aterido
para un día no volver del sueño.
No es la muerte
tu gran enemigo,
aunque la certeza de su asalto
no es amenaza vana.
Sin ser mentira su intención,
te permite alguna tregua,
retazos de felicidad fugaz.
Ataca por sorpresa
aunque anuncie su visita.
Uno cree poder esquivarla
con la excusa de tener que ocuparse
de otros asuntos,
pero ella, al final, inoportuna
llamará a la puerta.
Ella es la gran dama
que todo el mundo
obedece y odia
y a la que algunos
suplican su consuelo.
Más tarde o temprano,
terminas por ceder
a su pertinaz propósito.
Nunca espera, no lo dudes.
El beneficio que te concede
es a su capricho,
la cita la pone ella,
hora y lugar.
No huyas, es la sombra
que te pisa los talones.
Tampoco pienses que te acercas,
va contigo de la mano.
Hacer tratos es absurdo.
* * *
Pero hay un temor más grande,
infinito y cercano,
aún más tenaz que la muerte.
Pasa desapercibido si le interesa,
o se vuelve encantador anfitrión.
Sin pretenderlo, acapara
la atención de todos.
En la pista de baile,
sabe llevar los pasos,
conoce muy bien la coreografía,
giros y saltos, volteretas y pausa.
Su porte es elegante,
su trato educado,
cuida los detalles al milímetro.
Si te dejas llevar,
sumergido en su abrazo
te hará volar por los espacios infinitos.
A veces, te permite la calma
para que saborees el instante,
mientras otras te atusa
con voraz urgencia
y sin freno te conduce
su impaciente anhelo
por una empinada pendiente.
No son éstas sus maneras
sino la opinión que le atribuyen
las malas lenguas de los hombres.
Molesta su tarareo impertinente,
su voz cansina y monótona,
el tamborilear de sus dedos
sobre nuestra mesa,
el crujir de sus zapatos.
Dicen muchos que es un tipo vanidoso,
que se vanagloria
de tenernos en su anzuelo,
que siempre nos recuerda
el pasado perdido.
Que no tiene respeto
a nada, ni a nadie
y nos roba el presente,
haciéndonos caer
en la ilusión de un falso futuro.
Nos llegan rumores
de que ostenta sus riquezas.
Es un prestidigitador
de poca monta,
con torpes trucos.
Nos tiene pendientes de un hilo
su continuo eco.
Es comensal que nunca paga,
seductor que alardea
de sus conquistas
y de ser el mejor amante.
El típico que después
de hacerte el amor
se duerme y, encima, ronca.
* * *
Todo esto son habladurías,
no le echemos la culpa
de nuestros pecados.
A pesar de estas calumnias,
él intenta ganarse nuestro amor.
No son traidores sus afectos
sólo quiere ser melodía
en nuestro caminar.
Por eso debe ser nuestro temor
no la muerte, sino el tiempo
ese que la humanidad dibuja
en su línea implacable.
Él estará presente
incluso cuando emprendamos
nuestro largo y último viaje,
no para decirnos
con el pañuelo adiós,
pues él será compañero silencioso
en este trayecto eterno.
Sin embargo, no ignorarle
debía ser nuestro mayor cuidado,
tenerle el respeto que se merece
más que a la muerte misma
y no porque sea vengativo.
Él es el que es,
no oculta con máscara
su rostro,
ni engaña con su sonrisa.
Mienten aquellos que piensan
ser sus labios de agujas.
Su verdad es cristal transparente
sin números, ni arena, ni sombra,
ni esfera de pendular constante.
Hay que saber mirar
en la profundidad de sus ojos.
Es error de nuestro propio engaño,
querer hacerle trampa
al que no sólo conoce
este juego de la vida
sino que creó sus reglas
y siempre saldrá ganador.
Su honestidad no tiene límites,
no hay razón para la desconfianza,
es un fiel amigo,
desea lo mejor para ti.
Mas debe ser escuchado,
que su deseo sea el tuyo
y veas el claro reflejo
de su estanque.
Recréate en el rumor de sus aguas,
mira atento su belleza,
siente su líquida superficie,
atiende a su palabra
de armonioso sonido,
que sincero te advierte.
Que no te pierda el temor,
danza al compás de sus segundos
y recorre bajo su tutela,
los paisajes por donde te lleve.
Entre tus manos cobíjalo,
sean ellas el refugio
que promete su regalo.
Lentos, pesados, agónicos
Lentos, pesados,
agónicos
pasan los minutos
ante el aburrido párvulo.
Con torpe destreza
pelea con el tiempo
y juega al olvido de lo obligado.
Pero los años, implacables,
cargarán en su cuenta,
su descarado atrevimiento,
porque el tiempo nunca
perdona
y menos le dejará ileso
del pecado de su inocencia.
Coda a Soy tierra
madre de numerosos
hijos,
siento nostalgia de
mis orígenes,
me lame el recuerdo
de tan deseado
néctar.
Su alma me penetra y
me abandona.
Este apetito es una
obsesión.
En la soledad de su
lecho,
recostada a su
regazo,
espero la respuesta
que jamás recibo.
Su recortado marco
preside mi íntima
estancia,
en su espejo se
reflejan
los infinitos astros
del cielo
que tal vez sean
hermanos
de mi propia sangre
o hijos separados de
mi útero.
Aprendo sus nombres,
intento retener las
huellas
del tiempo y en mis
sueños
aparecen figuras
endemoniadas
que quieren hablarme
de un olvidado ayer,
pero, de las cuencas
de mis manos
se evaporan sus
rostros,
igual que se diluye
la fantasía
en una ilusión vana.
Soy tierra
igual que la fuente
vertida de la roca
busca río.
Soy tierra, mi sed
ansía el ancho
océano,
sus márgenes me
cubren
como un animal
salvaje
cuando huele a celo.
Soy tierra, en mí
florecen
las semillas,
llevo en mi ser
la ambrosía de
dioses,
broté de la nube
de su aliento.
Soy tierra, acojo
las noches y sus
días,
en mi la luna hace
mareas,
agita mi vientre
y rompo aguas
en doloroso parto.
Llevo en los labios
su sal,
en mi piel sus olas,
y mis ojos derraman
el dolor de sus
abismos.
Soy tierra, arena y
piedra,
respiro los sueños
que traen los aires
de un pasado atávico
y me arrastran los
aromas
del futuro fortuito.
Soy tierra seca,
bebo vacío y
olvido,
eterna sepultura
memoria y vida
que nunca sacia
mi espíritu.
Soy tierra, surgí
de las
profundidades,
sobre los mares mi
presencia
salvó al naufrago
de una muerte
segura,
refugiado en mi
cobijo.
Soy paraíso que
incita
a la lujuria,
aunque no es ese
mi mayor pecado.
Mi cieno alimenta
la belleza del
nenúfar
mi aridez esconde
el vergel de un
oasis
pero guardo en
cuevas
secretos
vergonzosos.
Renuevo la vida
de
la corrupta carne
y devoro a mis
criaturas
sin arrepentimiento.
Construí montañas
elevadas
para alcanzar los
límites
del horizonte.
Soy tierra exiliada
del océano.
En eterno destierro
intuyo de sus
meandros
el profundo enigma
que esconde su
abisal piélago.
Su seno me engendró
me amantó de fuego
y lluvia
para ser maternal
materia
que engrandece su
misterio.
Soy tierra, tuve
muchos amantes
que, con promesas de
amor eterno,
me rompieron el
corazón
dejando las
cicatrices
de su desprecio
en mis calientes
entrañas.
Algas muertas
a la roca,
en las conchas sin
perlas,
entre piernas de
sirenas fingidas.
Rodarán con la
espuma
de las olas,
arrastradas a la
orilla,
sepultadas en la
arena.
Un respeto, no las piséis,
aún están húmedos
sus cuerpos.
Ha llegado la hora dulce
Ha llegado la hora
dulce
del estío,
languidece bajo la
sombra
el espíritu,
un leve suspiro del
aire
mueve con suavidad
las hojas.
Algunas ceden al
peso
de una hilera de
hormigas,
caen lentas desde lo
alto,
giran como
acróbatas,
emprenden el vuelo
al cielo, a la
tierra,
a la nada,
estas alas rotas…
Lo escrito, escrito está
Recogió la piedra la palabra,
los signos de nuestro andar
prematuro.
La piel, el papiro, la tela,
el frágil papel,
la pared encalada,
la puerta de un servicio
público.
Lo escrito, escrito está.
Vendrá el tiempo
a cubrir las palabras,
emborronar las sentencias,
a partir de ausencias, reconstruir
la historia,
olvidar la poesía creadora
que encierra profundas
y sabias palabras
en busca de la verdad,
resistiendo al olvido
que siempre llega.
También desaparecerán
las palabras huecas,
vanas, soeces, destructoras
como puñales que abren
mortales heridas.
Palabras que advirtieron
su fugacidad y atraparon el instante
para perdurar en la memoria.
Rondó el pensamiento
la palabra germinada,
semilla de luz.
Hoy, la palabra, más que nunca,
navega por el aire,
cruza el espacio,
se archiva en sinuosos laberintos
que guardan la palabra,
la pasean, la exhiben
ante extraños.
Prendido el fulgor de la inspiración,
es difícil discernir
entre un opaco
y ruidoso parloteo.
A veces, es complicado hallar
la palabra justa,
aquella que, emparentada
por siglos con palabras primigenias,
fue plasmada a cincel,
rememorada por trovadores,
cantada en corros de niños,
rumores prendidos que hicieron
leyenda, el mito, religión.
Lo escrito, escrito está.
Es incierta esta promesa,
pues el tiempo infinito
hace frágil cualquier cosa
que del hombre nace.
El aire dispersa el pensar,
retiene la palabra encendida,
teclea sus sonidos,
antes de buscar la garganta,
ansía la eternidad.
Queda fija en esa pantalla difusa
la palabra corregida, la elegida,
descartadas tantas otras
sin el borrón delator
que revela el errado camino
en busca de la mejor veta,
nuestras dudas,
el reto siempre frustrado
de la perfección.
La palabra correcta
es esquiva, se esconde,
creemos alcanzarla,
lograr la pieza precisa
que recree el más bello paisaje,
que se ajuste a la amorfa oquedad,
aunque en este vacío
no encajen sus bordes.
Pocas veces se llega a esa cima
y quedamos tristes, insatisfechos,
con un balbuceo torpe,
dando pasos inseguros.
Ataviados con la mejores sedas,
de la vanidad,
pretendemos cubrir
nuestro cuerpo desnudo,
deforme para prendas selectas .
El brillo oculto en tan exquisita mina
se extiende y esparce su luz
en infinitos reflejos,
pero es falsa ilusión
que nos hace creer,
tocar su belleza
y se escapa como humo
entre los dedos.
Pierde este contemporáneo
soporte
la imperfección
de la creación humana,
placenta del mismo parto.
Es la corrección
el injerto en el tronco inicial,
enmendar los fallos,
los arrepentimientos,
sufrir la penitencia
por el castigo de querer
ser eternos como dioses,
dejar escrito, dar fe
de nuestro existir.
El formato desvela,
aun con disimulos,
la dificultad indagadora
del mejor adjetivo,
el nombre adecuado,
el verbo, ¡ay, el verbo!
acción que a la palabra
dio la vida.
Habla del escribiente,
la ortografía y su sintaxis,
la perfecta síntesis,
el ritmo que la mano impuso
a la pluma,
fiel seguidora
y obediente herramienta.
Modularon la palabra
pautadas líneas.
Intentamos descubrir su misterio,
que duró apenas un instante
para ser devuelta la palabra
al fuego siempre encendido.
En él se transforma,
se purifica y se devuelve
a un continuo renacer,
virginal,
tibia carne impertérrita,
abierta entraña para ser poseída.
Arduo duelo
es poder retenerla.
los signos de nuestro andar
prematuro.
La piel, el papiro, la tela,
el frágil papel,
la pared encalada,
la puerta de un servicio
público.
Lo escrito, escrito está.
Vendrá el tiempo
a cubrir las palabras,
emborronar las sentencias,
a partir de ausencias, reconstruir
la historia,
olvidar la poesía creadora
que encierra profundas
y sabias palabras
en busca de la verdad,
resistiendo al olvido
que siempre llega.
También desaparecerán
las palabras huecas,
vanas, soeces, destructoras
como puñales que abren
mortales heridas.
Palabras que advirtieron
su fugacidad y atraparon el instante
para perdurar en la memoria.
Rondó el pensamiento
la palabra germinada,
semilla de luz.
Hoy, la palabra, más que nunca,
navega por el aire,
cruza el espacio,
se archiva en sinuosos laberintos
que guardan la palabra,
la pasean, la exhiben
ante extraños.
Prendido el fulgor de la inspiración,
es difícil discernir
entre un opaco
y ruidoso parloteo.
A veces, es complicado hallar
la palabra justa,
aquella que, emparentada
por siglos con palabras primigenias,
fue plasmada a cincel,
rememorada por trovadores,
cantada en corros de niños,
rumores prendidos que hicieron
leyenda, el mito, religión.
Lo escrito, escrito está.
Es incierta esta promesa,
pues el tiempo infinito
hace frágil cualquier cosa
que del hombre nace.
El aire dispersa el pensar,
retiene la palabra encendida,
teclea sus sonidos,
antes de buscar la garganta,
ansía la eternidad.
Queda fija en esa pantalla difusa
la palabra corregida, la elegida,
descartadas tantas otras
sin el borrón delator
que revela el errado camino
en busca de la mejor veta,
nuestras dudas,
el reto siempre frustrado
de la perfección.
La palabra correcta
es esquiva, se esconde,
creemos alcanzarla,
lograr la pieza precisa
que recree el más bello paisaje,
que se ajuste a la amorfa oquedad,
aunque en este vacío
no encajen sus bordes.
Pocas veces se llega a esa cima
y quedamos tristes, insatisfechos,
con un balbuceo torpe,
dando pasos inseguros.
Ataviados con la mejores sedas,
de la vanidad,
pretendemos cubrir
nuestro cuerpo desnudo,
deforme para prendas selectas .
El brillo oculto en tan exquisita mina
se extiende y esparce su luz
en infinitos reflejos,
pero es falsa ilusión
que nos hace creer,
tocar su belleza
y se escapa como humo
entre los dedos.
Pierde este contemporáneo
soporte
la imperfección
de la creación humana,
placenta del mismo parto.
Es la corrección
el injerto en el tronco inicial,
enmendar los fallos,
los arrepentimientos,
sufrir la penitencia
por el castigo de querer
ser eternos como dioses,
dejar escrito, dar fe
de nuestro existir.
El formato desvela,
aun con disimulos,
la dificultad indagadora
del mejor adjetivo,
el nombre adecuado,
el verbo, ¡ay, el verbo!
acción que a la palabra
dio la vida.
Habla del escribiente,
la ortografía y su sintaxis,
la perfecta síntesis,
el ritmo que la mano impuso
a la pluma,
fiel seguidora
y obediente herramienta.
Modularon la palabra
pautadas líneas.
Intentamos descubrir su misterio,
que duró apenas un instante
para ser devuelta la palabra
al fuego siempre encendido.
En él se transforma,
se purifica y se devuelve
a un continuo renacer,
virginal,
tibia carne impertérrita,
abierta entraña para ser poseída.
Arduo duelo
es poder retenerla.
A través (IV)
de nuestro destino,
seguimos un mismo
mapa,
el de la vida,
con trayectos marcados.
Algunos deciden
saltar
las invisibles
vallas,
los más atrevidos,
exiliados del mundo,
los que huyen,
a veces de nadie,
en eterna búsqueda.
Descubrir espacios
nuevos,
extenderse más allá
de la cuna,
abrir paso en la
estrechada
vegetación,
romper el himen de
la tierra.
Quiere el espíritu
volar
hacia una región
prometida,
soltarse de la
columna del tronco,
cortar las
retorcidas redes
que lo anclan,
arrancar las raíces,
desgarrarse,
para alcanzar
ese algo que se
presiente,
aunque no exista.
Tomaremos distintos
itinerarios
mas la muerte, cual
imán
nos atrae,
al hogar del que
vinimos.
A través (III)
Un día, alguien se
adentró,
pero un hombre,
nunca hará camino.
Pronto sus huellas
las disolvió el
viento,
se cubrieron del
polvo
que levantaron sus
sandalias.
Un camino necesita
ser andado.
A su abandono le
salen pronto
los tentáculos del
olvido.
No confundamos
camino
con linde,
éste es separación
que no se profana,
veto que sólo
quebranta el vigía
de la cosecha
propia.
Tampoco es un camino
el cortafuego que
protege
de las llamas
enfurecidas,
ni la distancia
respetada
entre hileras de
árboles
para dejar crecer
sus ramas y raíces.
No hay caminos
en el desierto ni en el
océano,
tampoco donde la
naturaleza
sembró arrebatadora
vida,
el promiscuo deseo
de supervivencia.
Sólo los seres
humanos,
cuando hicieron
costumbre
y hábito de reposo
en su caminar
errante,
construyeron caminos
de ida
y siempre vuelta.
Porque hasta el
Ulises
más viajero,
regresa, al final,
al lugar del que
partió.
A través (II)
a fuerza de pisar
por el mismo sitio,
poco a poco dejaba
de crecer la hierba,
se endureció el
terreno
y fue marcando
la dirección al
caminante.
Los caminos aledaños
a casa,
hasta los que fueron
poco o nunca
visitados,
no producen el
desconcierto
y la zozobra
de aquellos que nos
son
extranjeros.
Rutas que nos llevan
por territorios
benévolos,
desde los que
divisamos
un bosque, la
maleza,
la selvática
vegetación
que oculta infinitos
peligros.
A veces, la tierra arde,
A veces, la tierra arde,
las llanuras
tiemblan
y surge el caos en
su
estructurado plano.
Descompone lo
conocido,
desorienta las
certezas,
aparecen nuevas
montañas
y valles,
ríos sin riberas
recorren
comarcas rebeldes.
Evitamos cruzar
parajes
que no tengan
marcados
los puntos seguros.
El camino nos
advierte,
no dirigir la mirada
hacia los espacios
recónditos.
Sin embargo,
acostumbremos
nuestros pies
a otras superficies,
tierras vírgenes,
aún sin mancha
de malicia,
penetremos sus
rincones
desprendidos de
temores infundados.
Nos ofrecerán la
blandura
y bondades de su
inocencia.
Sin miedo, vayamos y
atravesemos
su horizonte,
del que nos
mantuvimos
alejados,
cautelosos.
Entremos,
descubriremos su gran
belleza.
A través (I)
no por los caminos,
descubrir el paisaje
que se esconde
al forastero.
Andar la tierra
que no se pisó
antes,
ver de otra forma
el trazado mundo.
Somos de volver a
casa
por los espacios
reconocidos.
Recorremos las
mismas veredas
forjadas por el
continúo
tránsito,
caminos que se
hicieron
para unir lugares.
Retornar por la confiada senda,
Retornar por la confiada senda,
aquella que guarda
las cicatrices
en nuestro íntimo
recuerdo,
el regreso tras
aventurarnos
a lo desconocido
siguiendo las
señales
de sus huellas.
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