Si de mi tronco

Si de mi tronco
no hubieran surgido ramas,
dejaría que el sol
secase su corteza
y, rendidas mis raíces,
cayera en la red
que le atan.

Hizo ovillo el pasado

Hizo ovillo grueso el ciclo del pasado,
entre las luces y fragor de los sueños,
dejó esta habitación luminosa
en penumbra
y este amargo fruto parido
de aquella lozana flor.
Aquella nube de algodón,
adherida a los dedos con avaricia,
llenó la boca de silencios.
Su aroma dulzón y carnosa piel
perdió su rubor y frescura,
la firmeza de sus líneas.
Apretada al palo,
columna vertebral que la erguía,
rosada espuma entre bullicio
y resplandor,
quedaban rendidas las estrellas
a un manto de guirnaldas
bermellones, verdes,
azules y amarillas.
Sembró líquidos rastros,
entre sombras y de aquel brillo
de una juventud perecedera,
este cruel aniquilamiento
por el compás de las horas.


Ha rozado el aire

Ha rozado el aire
los espacios
y las mañanas traen
el sabor de una brisa salada.
Se aparean los gorriones
entre las ramas de un árbol
en una explosión de algarabía.
Dos palomas en el tejado
arrullan de gozo
entregadas a tiernas caricias.
Levantan el vuelo
una tras la otra,
buscan la intimidad
que mi mirada les priva.

Veloces bólidos son los años

Veloces bólidos son los años,
monótonas pasan las líneas
de la carretera.
Transcurren las señales
con la misma apariencia,
un día es igual a otro.
No es que nieguen los ojos
los cambios,
ni que se acumulen en los altillos
de los roperos
las prendas que fueron quedándoles
pequeñas,
los juguetes viejos,
las marcas sobre las paredes
de una infancia
que se alejará silenciosa
ante la sorpresa de la adolescencia.

* * *

Sin embargo,
vamos tan entretenidos
detrás de las cosas,
pegadas las narices al cristal,
embobados por las maravillas
de tan bello escaparate.
Creyó la ingenua consciencia
del tiempo que sus meses
encogieron sus vestidos
y no que fueran sus miembros
que crecían desgarrando el capullo,
abandonando las vestimentas
de un sueño inocente.
Acostumbrados más a lo novedoso,
ignorábamos el valor
de la grandeza que perdíamos.

Transformó el apretado nudo
en hilos que se fueron deshaciendo,
soltándose y llevados por el aire
a otros territorios.
La espesura de sus ramas
fue perdiendo hojas,
comenzaron a volar libres
otros cielos.
Quedó, agarrada, una
que aún hacía compañía
al árbol.
Alegraba la mirada
su dulce danza con la brisa,
le daba sentido a las horas.
Y, en un suspiro,
también alzó el vuelo.
Ha quedado el jardín
sin el color que daba al cuadro
en esta, ahora, triste floresta.
Ocupados íbamos al ritmo
del trajín diario,
vivíamos sin pensar
que son efímeros los momentos.

No acaba la primavera
con este otoño,
vendrá de nuevo un sol más cálido,
la arboleda florecerá,
germinará la semilla
en otras cosechas,
pero, será ya todo tan distinto.
Volverá el primor de las flores
a llenar con alegría
nuestro corazón.

Traerá la rutina otra vez
la misma mentira,
no ver lo que el viento arrastra
hasta dejar los campos desolados.
Porque vivir reconociendo
su declive se hace insoportable,
querer atrapar los segundos
es estar sujetos a la locura.
Es un caminar sin reposo
pero sin olvido
del tesoro que un día
tuvimos a nuestro cuidado.

* * *

Se llevaron las huellas
de las pisadas de sus pequeños pies,
abandonaron baberos
para comer sin triturar la vida.
Menguó este hogar,
aunque no su fuego,
y se visten ahora
aquellos amados retoños del tallo,
con las prendas del mundo.

* * *

Qué vacías han quedado las estancias.
En el silencio gritan
sus ausencias.
Aprender a construir
esta soledad
sin sus reclamos,
Esperar sus llamadas,
los reencuentros
y los continuos adioses.
No se pudo atrapar
la vida,
su fluir constante
no tiene freno.
No basta con entender
la corriente,
su cauce sólo nos dejó
sus sedimentos.
Fuimos afortunados
con beber de su agua,
arrancarle pequeños sorbos.
Duele en lo más profundo
del ser
su fugaz frescura,
imposible retenerla entre las manos.
No calmará la sed
de lo que perdimos.

* * * 

Nos paraliza el despertar
en esta soledad envuelta
en paisajes más fríos.
El alma admite su derrota,
sucumbió al despiste,
le queda el dolor de la nostalgia.
Tal vez no sea error de nuestra
materia, un acierto tampoco.
Es la crudeza de la realidad
la propiedad mortal que tienen
los hechos.

Eros

Eros, dios de los placeres,
agitado frenesí en primavera,
ardiente fuego encendido
de un sol de verano,
sosegado otoño vendrá
y llegará el olvido en invierno.
Quizá traiga el aire, a veces,
reminiscencia del aroma
de una lejana primavera.
Sólo soñar de un ayer,
desvarío senil,
el ocaso de una juventud
que traerán las tinieblas
tras ese horizonte.

Vive, Eros, en el corazón que late,
en la carne que se corrompe,
en el espíritu que vuela
sobre un bello prado verde.
Pero el alma calla
su ausencia, no añora
el fértil alimento
ni reclama el néctar de unos labios,
sólo olvida y, acaso, sueña.

Básicamente

Básicamente diversión,
acción lúdica,
estrategia ante el aburrimiento
y la espera…
La espera de un tiempo
inútil,
pasivo, sumiso,
entregado débito
a la rutina,
al obligado quehacer
que reta la impaciencia.
Y en la espera,
la desesperanza
por la condición del ser.

El egoísta nos habita,
el vanidoso Narciso,
enarbolado sol de la galaxia
y el mundo girando a su alrededor.
Anónimo planeta enano
sin luz propia,
frente a titánicas estrellas,
abrumada constelación,
matrona orgullosa
de sus voluptuosos senos,
amamantadora de orgullo y
desconsideración.

En esta estación


No fue viajero de paisajes,
sino el aburrido y solitario
jefe de estación
en un abandonado páramo.
El horizonte de un andén
desde cristales gastados
por el tiempo
cubiertos de negro hollín.
Pasan trenes con aire nostálgico
en un continuo adiós.
Tras las ventanillas,
rostros anónimos
de vidas invisibles.
No bajan ni suben pasajeros,
no hay tristes despedidas
ni encuentros felices.
En el almacén, esperan,
entre telarañas,
maletas de un pasado,
que alguien olvidó
y ni siquiera volvió para recoger.

Inmóvil, en su soledad,
los días pasan como estos trenes:
nada traen, nada esperan,
siguen su destino
dejando su silencio y vacío,
la imagen fugaz de una ilusión.
Nadie repara en él.
¿Qué le importa
a esta máquina sin corazón
la tristeza que acumulan sus ojos?

Muchos de aquellos

Muchos de aquellos que un día cruzaron
por mi vida,
muchos de los que no recuerdo
sus nombres,
habrán seguido los senderos
distantes de un cercano territorio,
porque millas o metros
no importan
si no hay ojos que miren,
ni voz que encuentre oído.

Algunos, quién sabe
si pagaron ya su cuenta
y rondan los espacios
invisibles
en brazos de la original mónada.

Yo también soy silencio y muerte
para aquellos que danzan
en este absurdo ritual,
ignorados unos de los otros.

A veces, como un leve suspiro,
cruza nuestra mente un recuerdo
y muerde la inconsciencia.
Existen fugaces luces
para volver a la oscuridad del olvido.

Yo, quién soy en ellos,
chispa, ceniza,
llama que aún arde,
helada caída sobre mi existencia.

Vuelve

Vuelve un sol luminoso,
hiriente.
Vuelve la noche ruidosa,
el trajín de coches
que van en distintas direcciones
a un lugar reconocido.
Vuelven los jóvenes borrachos
a invadir el parque en la madrugada
y convertir el descanso
de las aves
en noche insomne.
Vuelve una excitante vida
a germinar sobre un mismo cadáver,
son las idénticas paredes
de un distinto edificio,
el confuso nudo de voces
en repetido eco.
La tierra agrietada escupe
sus secas raíces,
pastos para los insectos.
Vuelve, siempre vuelve,
la misma nada
con disfraz distinto.

Ser tus ojos en aquel instante último

Ser tus ojos en aquel instante
último
y comprender que luz cegadora
te atrapaba.
¿Qué buscaban entre tinieblas?
Agarrada a tu mano,
apretabas la mía.
Aferrado al único eslabón
que aún unía a la cadena.
Aquella mirada perdida
en un lejano horizonte,
¿era de éxtasis
o de angustia?
Perdido en el gozo o en el miedo
de unas brumas,
errabas por un camino
que nunca habías pisado.
El río que conduce a la muerte
dejó encallado en su ribera
este barco,
y sus aguas te arrastraban
a la nada,
disolviéndote en partículas eternas.

Quise entrar en tu mirada
para acompañarte
en esa soledad infinita,
despedirte mientras avanzabas,
inundado de fulgor,
hacia un país desconocido,
sin equipaje y sin regreso.
Esperabas en esa antesala,
aguardando la crucial partida,
imposible seguir tus pasos
en ese tránsito hacia el infinito.
Traspasaste el embarque
y ni siquiera tras un cristal
pude ver partir tu vuelo.
Fue aquella mirada apagándose,
llenada esa oscuridad
de apretado ocaso,
iba tras otro sol más inmenso.
Se cerraron los humanos límites,
dejando en sus espacios tu vacío.
Cedió la fuerza que apretaba
tu mano,
languidecieron todos los nervios,
dejó de palpitar el corazón,
quedó sobre aquel lecho
la cáscara desprendida
llevándose su fruto.

¿Qué querías decir
que tus palabras ya callaban?,
¿qué imagen intuías tras aquel velo?,
¿qué sonido reclamaba
tu presencia,
tal vez, la voz ancestral de nuestro ser?
¿Qué rechazo hacia el cuerpo
hueco que se abandona?
Sabemos que escapaste
cuando ella vino.
Aceptamos que cuando ella llegó
ya tú no eras.

Pelos


He visto marañas de pelos
vagabundear por las calles oscuras,
un cabello solitario precipitarse
por la ladera de un brazo
y caer muerto sobre la tierra.
He visto pelos encrespados
devorarse entre ellos.
He visto pelos enamorados,
engarzados en un fuerte nudo,
juntos resistirse,
a golpes de púas del cepillo.
Aferrados cuerpo a cuerpo,
locos de pasión,
ceñidos en un indisoluble abrazo,
prefirieron la muerte.

He visto pelos empeñados
en romper sus raíces
y volar libres con el viento
pero vi su vuelo frustrado,
levantar un palmo apenas
y caer al suelo rendidos.
Pelos con sueños rotos,
creían en su fortaleza
y fracasaron.
Algunos, tal vez, en su huida,
encontraron un lugar mejor
el oasis en otro desierto.
Abandonaron la casa,
sujetos a su corteza,
desheredados de su patria,
vagaban desnudos sin raíz
por el mundo.
Aquellos que aceptaban
su destino y permanecían,
miraban con envidia
a los desertores,
quedaban con la mirada
perdida hacia aquel prometedor horizonte.
Cuántos de los que marcharon,
perecieron en el camino,
cuántos vivieron en soledad de los otros
aunque por breve tiempo.

He visto grandes rebeliones de pelos,
agitadores subversivos, anárquicos.
Levantaban pancartas
pidiendo sus derechos:
“soltémonos de estas cadenas”,
“no tengo que sufrir
por apariencia”,
“no nací para ser abrigo
de ningún cráneo”,
“no somos tapaderas
de cabezas huecas”,
“no hay belleza en la esclavitud,
sólo sumisos esclavos”.
Arrasaron cabezas,
fueron cortados sus miembros
de cuajo,
y, desperdigados, dejaron rastros
por árboles,
Entre ramas hicieron nidos,
taponaron túneles, bajo puentes,
por sumideros sus cadáveres
volvían al mar, comidos por peces,
sumergidos entre corales,
entre olas regresaban a la arena de la playa.
En su huida arrasaron territorios,
llegaron hasta el espacio,
sembraron la alfombra
de los olvidos.
Muchos sucumbieron al lodo,
destrozados en el asfalto,
tirados por cunetas,
despreciados por el mundo,
ahogados en el barro,
cayeron en sus vertederos.
Sin hogar, solitarios,
sin amor de un espejo que reflejara
el color de su piel,
intrusos en otras almas
fugaces luces en un trayecto efímero.

Pelos mimados, cuidados por manos
expertas,
lucidas cabelleras de señoritas y galanes
de una estética de moda,
la gloria de un tiempo moderno
con reminiscencia de la pasada historia.
Con aromas de florales perfumes,
suaves cremas
para moldear y esculpir
sus talles, onduladas curvas
lacios plumajes.
Banal y mundano vivir,
dolidos por un superficial
problema:
“qué horror, qué pelos tengo hoy”,
“¡Oh, qué crimen ha hecho la humedad
conmigo!”
“Odio el sol que me quema
y de mi trigo verde y fresco
hace esparto áspero”.
“Mira ese, se peleó con el peine”,
“Qué envidia aquella melena”.

Ridículos y abundantes pelos
en seseras vacías.
Pelos superpuestos
como clavos en una madera.
Pelos absurdos, de colores absurdos
y existencialistas preocupaciones.
Pelos revolucionarios,
filosóficos, abandonados
a su soledad,
ascetas, sombríos,
hedonistas, vanidosos,
tántricos, disciplinados,
centrados en sí mismos.
Pelos que sueñan que están vivos
y nada más nacer, mueren.
Hoja seca que aguanta en el pedúnculo
que brotó del tallo,
nostálgica vida sin sentido ni razón,
hoja trágica suicida
al filo del abismo.

Hay días que ese universo

Hay días que ese universo
que soñamos en palabras,
reducido a nuestra corta vista,
generoso, nos ofrece un fluir
armonioso de sus horas
y el espíritu es más etéreo
que otros días.

Uno no entiende,
si nada cambió,
por qué el alma se siente
ligera como un pájaro,
tierna como una nube esponjosa,
más allá del horizonte ceñido,
ancha como un infinito cielo.

Uno se siente con fuerzas
para emprender ,
firmes los pasos.
todos los caminos,
Libre la alforja de miedos,
se llena de agua y pan
que son para la jornada
el alimento deseado.
El mundo no es ese territorio
hostil, lleno de peligros,
sino un campo inmenso
en estallido de fulgor
con amoroso abrazo.

Un fuego de colores sin artificio
y, al final, la paz que se hallaba
dentro de sus vanas ilusiones,
protegida en falso muro,
fue efímera llama,
tahúr que nos traiciona
aliándose con el enemigo.
Pronto, sin saber de dónde
nos viene el adversario
que creímos desarmado.
Ataca por sorpresa
y, aunque mantuvimos
la hoguera encendida
en la noche,
vuelve el caos a caer
sobre nuestras frágiles certezas.

Aquel espíritu vigoroso
que se erguía potente en la mañana,
es más frágil que el cuerpo
que ahora nos sostiene,
para que no se tambalee
el alma y persista.
Esperemos la tregua,
la retirada, el vuelco
de las urnas transparentes
de un reloj
que cambie su orden
y, en lugar de agónicos granos de arena,
deje caer polvo de oro.

En este anochecer

En este anochecer que ya anuncia
su retirada el verano
y escapan clandestinas centellas
de su ardiente fuego
que, sin remedio, enfriará
un cercano otoño,
hay aún calor en las casas
y el alivio de cierta frescura
en las calles.