Entra la luz blanca de la luna

Entra la luz blanca de la luna
por la ventana,
claridad fría,
su plateado manto.
Se despoja de su velo,
enamorada novia,
y sobre el lecho del mar
lo posa hasta el alba.
Iluminada estela
de destellos diminutos
como estrellas saladas.
¿Qué sueños de amante
le contará a la espuma
de las olas?
En la clandestina noche
murmurará al oído
del océano
su amor secreto.
Dicen las malas lenguas
que la luna tiene envidia
de los rayos dorados
del sol.
Pensamos, confundidos,
que uno a otro se rechazan
como el hielo al fuego.
Pero bien sabe el día
los encuentros furtivos
de estos entregados desposados
en el lecho del firmamento.
Ante nuestros engañados ojos
parecen entre ellos tan contrarios,
una tiene piel de porcelana
y corazón gélido
el otro tan ardiente
que su roce quema.
Sin embargo, más pasión
y desenfreno hay
en sus caricias,
ebrios de placer.
Cae rendido el sol en el ocaso
para de nuevo fundirse
en sus besos.


Ojo y mirada

A veces sin decir nada

al otro hablan esos sonidos.

Y a veces, en grito intenso

el otro no escucha.

No tiene diana clara

el sentir expresado,

se lanzan flechas

a un espacio vacío

mientras que el mensaje hueco

da en el centro.



La verdad está en el secreto

que guarda la palabra,

libre del que nunca oye,

del que siempre parlotea.



Llamémosle Dios

Fotografía: Paloma Gallego Márquez


Mi dios no está en ningún templo,
del que aprecio su arquitectura,
su silencio solemne,
la belleza detrás de unos juegos
de luces,
imponentes columnas, muros,
vidrieras,
las grandezas de los pequeños
hombres.

Mi dios es la esencia
que persiste en manifestarse
en un corazón que palpita
al ritmo de un mundo
incomprensible,
que, a veces, tiene que doblegar
la razón ante la duda,
al abismo que descuadra
nuestras certezas
y cuestiona el irremediable
devenir del ser.

No se entiende el existir
sin aceptar el sinsentido
de nuestros inciertos pasos.
Engañados, siguen un espejismo,
sueñan con un control imposible,
la certidumbre inalcanzable,
pisoteada a capricho del azar.
Su torpeza se castiga
con la desgracia atroz,
su descuido aprovecha
para mordernos donde más duele.
De acasos dispone la suerte
y otorga a unos lo que a otros
arrebata.

Caminamos un sendero
sobre el diseño de un mapa equivocado.
En los itinerarios hay fallos graves,
suponemos una dirección
que no lleva al lugar que promete
y las señales nos confunden,
muchas son calles sin salida,
sentidos prohibidos
que obligan a tomar
desvíos, alternativos virajes.
Nadie, aunque lo pretenda,
se esfuerce o incluso intente
sacar ganancia con artimañas o mentiras,
nadie sabrá por dónde
guiarnos.
Nos conduce el vehículo
del tiempo
y ya sabemos hacia dónde.

Es difícil dominar los misterios
que nos rodean
con la frágil herramienta
de nuestro intelecto
apoyado en el bastón de paja
de los sentidos.

Llamamos a un dios
que nos consuele
cuando las fuerzas se derrumban
como murallas de arena.
Ante el vanidoso orgullo
de creernos inmortales
una causa imprevisible y oculta
trae sus trágicas consecuencias.
Ni soberbia ni bondad
podemos atribuirle
a este omnisciente
y omnipotente señor,
vivimos ajenos a su lógica o fin
que a nuestro entender se escapa.

No somos dueños del tiempo
que la existencia por caridad
nos ofrece,
préstamo de días,
a muy alto interés.

Sumamos presentes
que van llenando la alforja del pasado.
Caminamos la senda
hacia un posible futuro,
sumergidos en un océano
de emociones,
gozo y dolor,
angustia y paz
vida y muerte.

Su dictamen nos humilla y nos reta
a ser sumisos lacayos,
soberbios pero vencidos,
ganar o perder es error
en nuestras cuentas.
Para sus cálculos,
el infinito nos acoge.
Ruina o éxito
son cosa más de esta ilusión
que nos nubla,
y nos hace flotar en su engaño
hasta entrar en el sueño profundo
o en el despertar de su revelación.

Quizá sea llave la parca
de otra realidad paralela,
un soñar sustituido.
Mientras, aquella clava,
más o menos profunda,
la daga en nuestra frágil
materia.

Es fiel compañera la soledad,
ante la cruel consciencia
de este vulnerable cuerpo,
ella es refugio y alivio
para lamernos las heridas.


Oración


Dios, si tus ojos no tienen pupila,
ni hay mirada que los ilumine,
si no ofreces la sonrisa de unos labios,
ni el gesto hostil en el rostro,
si escuchas sin oídos
y es amor lo que entregan
tus dulces, invisibles
e infinitos brazos,
¿qué manos son las que acarician
ese hálito cálido que concede
en nuestro pensar,
que es sosiego en el naufragio?
¿Por qué nos hiciste de este modo
conocedores del precipicio
que nos bordea,
este sufrir constante
la fatalidad de nuestro destino?

Dios mío, ¿por qué nos atormentas
con la fe de alcanzar la paz
en este espíritu agitado?
Prometes la eternidad de nuestra alma,
insuflas en nuestros corazones
la esperanza de albergar
el gozo de tu don supremo,
entrar en lo absoluto.
La divinidad de nuestra esencia
sólo se consigue con el mirar inocente
y la pureza de nuestras acciones.

Dios nuestro, acaso sabiendo tú
de nuestra frágil sustancia,
¿cómo nos pides tanto,
si a cada paso la realidad
nos reclama y asfixia,
con su aire envenenado
el claro y procreador silencio?

Luchamos en la intimidad
de nuestro refugio
donde nos sentimos capaces,
y en este arduo andar,
te rogamos
poder aspirar tus aromas,
la fe de tu grandeza,
obtener el paraíso terrenal,
la calma de los deseos infértiles,
seas tú, el cobijo de nuestros temores.

Padre o madre divina,
¿por qué nos hiciste de este barro?
Sabes que carecemos
de la constante fortaleza,
¡que somos débiles mortales!
¿Por qué insistes en convertir
esta breve vida
en este tortuoso peregrinar,
subir la ladera y caer
rodando, hacia abajo?
¿No te compadeces de este
pobre Sísifo
que nunca alcanzará la cima?
¿Por qué no darnos el definitivo
descanso,
sino que, por el contrario,
alientas al ánimo a seguir
en el empeño
frente a los azotes de las olas
entre las gélidas aguas
de este sobrevivir?

Repartes bienaventuranzas
bajo tu velado secreto.
¡Por dios santo,
unos tantos y otros tan poco!
Los vicios hiciste
a la medida de nuestros apetitos
y, ¿encima nos culpas
de querer saciarlos?
Dios, tu benevolencia
es infinita y es tu amor
tan generoso
que es libre nuestro albedrío,
¿es broma o acaso
deba ser nuestra creencia firme
hasta el extremo de ser
para nosotros mismos
verdugos y mártires
de este tormento?

Tal vez sea mi pobre mente
que niega tu misericordia.

Tú, que tienes todas las respuestas,
pusiste en nuestras bocas
las preguntas.
Haz la luz en esta noche,
aviva la leve llama
de mi lámpara.
Tuve sed y humedeciste mis labios,
el alimento de tu pan
no lo cubras de moho.
Haz lúcido al mundo,
que retome el cauce de tu sabiduría.
Dios, escucha este ruego,
¡nunca nos abandones
y danos la paz!
Amén. 


Fotografía: Paloma Gallego Márquez

Yo no soy


Yo no soy este cuerpo,

la voz que habla,

el rostro que miente.

Yo no soy la cáscara

de ningún fruto,

ni dueña de mis acciones.

Esto que veis con

los ojos que miran,

yo no soy.

Yo no soy y no sé qué soy,

por no ser, no soy ni yo.

Si encuentro en este camino

hechos concretos,

indicios que den respuesta

a este interrogante,

entonces,

podré unir los tiempos, los recuerdos,

a esta imagen que es materia

y sobre el espejo reverbera

sus contornos.

Una biografía con sus elementos

de singular propiedad,

documentadas fechas y evidencias

gráficas

de un entregado destino.

¿Es esta realidad préstamo?

Si este que no soy

¿qué apariencia lo habita?,

¿a qué ser contiene?

Tan inefable e indeleble

esencia

ha tomado asiento

en la tierra permeable

de la mente,

y en su pensar de lógica impuesta.

Yo soy, si es que soy algo,

aquello que va más allá

de la superficie.

Desprenderá su velo

cuando la muerte rasgue

la fina piel de la vida

y salga la crisálida o gusano

que esconde.

Recortes


El deseo indefinido,
aquel que palpa
una ausencia confusa,
imposible es de saciar.
Si es planta que no se sabe
dónde crece,
¿hacia dónde 
emprender la búsqueda
sin conocer sus semillas
y hojas, su sed y apetito,
la fragilidad de su tallo,
los vientos que la someten,
la boca que con avidez la devora,
el esplendor que el tiempo
le concede?

Este anhelo sin nombre,
envuelto en las brumas
de la aflicción,
desdibujadas sus líneas
sin cuerpo, es fantasma
de una inquietud constante.

¿Cómo llegar a comer
los frutos
de este recóndito árbol?





Esclavos de nuestros sentidos


Tal vez sea necesario estar ciego

y mudo ante la gran Verdad,

para soportar esta vida.

Si el oído oye sonidos

sin código reconocible,

¿cómo comprender qué nos dicen?

Si ante tus ojos aparece

lo indescifrable, la forma indefinida,

una evidencia sin nombre,

¿cómo verlo?

Si el paladar está hecho

para recibir ciertos sabores,

y en la boca entra el alimento

cuya esencia

la lengua no percibe,

¿cómo saborearlo?


Vivo en este mundo

esclavo de mis sentidos,

sujeto a su dictamen.

¿Qué libertad me otorgan

si no puedo romper

estas cadenas?

Por más que mi mente

en buscar insista,

¿cuánto engaño habrá

en mis palabras que sólo sirven

para llenar un insaciable vacío?

Cubren mi rostro


Cubren mi rostro,
las señales del tiempo,
ese espacio recorrido
entre nacer y morir.
Busco en sus huellas
aquel niño,
pero sus surcos
se han cubierto
con el poso de los años.
Borraron aquella
dulce imagen
las noches con su días.
En nuestros sueños
labramos
la corteza árida
de nuestros temores,
y buscamos en su laberinto
alguna definida figura
en la que poner
nuestras certezas.
Hablan voces
con un confuso lenguaje,
quizá nos descubran
la verdad que había
en la inocencia
que profanó la vida
con su olvido constante.
Más allá de los envejecidos rasgos
de un dolor acumulado
y las huellas de la risa,
cincelan cicatrices
un tiempo infinito.


En el despertar el hombre
vuelve a su ignorancia
sólo si es capaz de ver
en el espejo
el reflejo del eterno padre
que nos habita,
habremos aprendido la lección
somos simples partes
de una gran unidad.

Está saturado el aire


Está saturado el aire

del territorio de nuestra mente

entre el caos de esta realidad,

perversa, demencial.

Demasiados ruidos y voces,

un griterío que tapa

la palabra quieta,

el sosegado hablar,

los pensamientos fértiles,

el oído atento al otro.

Acallar ese ombligo

egocéntrico, que clama

insistente su alimento.

 

Dejo sobre la almohada


Dejo sobre la almohada

el peso del día.

La noche acoge mi cuerpo,.

Entre sueños, lo lleva

con ligeras alas

a territorios ignotos,

¿Qué día este Ícaro

se acercará al sol?


 

Uno juega a la vida...


Uno juega a la vida,
se gana, se pierde,
camina por el mundo,
lucha contra sí mismo,
contra el otro,
contra algún díos.

* * * * * * *

No me falta la belleza
del paisaje,
sino un horizonte
que me acompañe
en mi travesía.


* * * * * * *
 
Me busco en mis ojos.
Mis ojos en mis ojos
se buscan.
¡Qué luces se apagaron,
que han dejado este acuoso
brillo
tras la lluvia
sobre un cristal sucio!

* * * * * * *

Entre mis manos
dejo este cerrado libro.
llegó a su fin la narración.
Lo dejo a la vista,
sobre el rincón cotidiano.

* * * * *

Aledaño a la autopista,
por un camino terroso,
un camión viejo,
cargado de forraje,
levantaba una densa nube
de polvo.
En la distancia, oculto
por la polvareda,
era la mística imagen
de la dolorosa carga
de la vida.

* * * * * * *

Consultas al espejo
en una constante interrogación:
¿sigo siendo el de antes?
 
* * * * * * * 
 
Todo lo que está hecho
con vanidad se rompe,
frágil es su esencia.
 
* * * * * * 
 
Bebe el pajarillo
del agua que apila
la fuente
y del caño, 
la boca avariciosa. 

* * * * * * 

Reposar la cabeza sobre
el aire,
llenarte de notas perdidas
y crear la melodía
de la calma.
 
* * * * * * 

Soy dos, tres, cuatro,
soy seis, mil y un millón,
soy treinta, noventa,
soy cien
y busco mi infinito uno. 

Usemos poco la palabra


Usemos poco la palabra,

la palabra imprescindible,

la palabra resuelta.

Usemos más el silencio,

la mirada, el gesto,

la palabra susurrada.

Démonos una ducha

y arrastremos todas las palabras

que han ensuciado

nuestro pensar.

Saturados nuestros oídos,

se han llenado

de discursos huecos.

Usemos el eco que penetra

hasta la médula de nuestro ser,

el suspiro, el arrullo,

la exhalación del verso.


Días de levante

Los días de levante en verano,
son sus ráfagas,
el abanicar de ángeles,
dan al quemado cuerpo
su calmado bálsamo.
Al llegar septiembre,
sus aullidos son temidos
reclamos del alma.
Cierran de un golpe las puertas
el miedo siembra en nuestro ánimo,
por los resquicios
asoman las inquietudes
que nos acechan.
Piensas en la muerte
porque su silbido recuerda
las soledades de los
cementerios.
El agitar de las ramas
es una letanía de llantos,
te envuelven sus sombras
y acuden los temores
infantiles,
imágenes tétricas
y en el silencio de la noche
se oyen los lamentos
de las dolientes almas.

No sospechaste


No sospechaste que, tras el verano,
en otro otoño, el viento
arrastraría de nuevo la hojarasca
caída.
Creíste en una primavera estable,
en su generosa exuberancia,
la esperanza latente
en su apasionado corazón.
Pero llovieron inviernos
y encharcaron las calles,
lloraron los ojos de las ventanas
y sobre el frío cristal
dejaron el sucio rastro de rímel
del acumulado polvo.
Repicaron las campanas
de un viejo reloj
estrenados amaneceres,
sin embargo, se levantaron
sus rostros,
con marcadas ojeras
y, sobre la frente del horizonte,
se divisaban profundas arrugas.
No sospechaste, a pesar
de que los ecos lo repetían
y seguías componiendo ritmos
de ilusiones,
rimas acompasadas.
Diseñaste paisajes,
promesas con fechas inscritas
en un calendario lleno de hojas,
de un árbol estéril,
que, al caer, no dejó
una alfombra mullida
sino el melancólico escenario
de una desierta estación.
Aún hay un banco
en algún parque
que espera tu compañía.