Entra la luz blanca de la luna
por la ventana,
claridad fría,
su plateado manto.
Se despoja de su velo,
enamorada novia,
y sobre el lecho del mar
lo posa hasta el alba.
Iluminada estela
de destellos diminutos
como estrellas saladas.
¿Qué sueños de amante
le contará a la espuma
de las olas?
En la clandestina noche
murmurará al oído
del océano
su amor secreto.
Dicen las malas lenguas
que la luna tiene envidia
de los rayos dorados
del sol.
Pensamos, confundidos,
que uno a otro se rechazan
como el hielo al fuego.
Pero bien sabe el día
los encuentros furtivos
de estos entregados desposados
en el lecho del firmamento.
Ante nuestros engañados ojos
parecen entre ellos tan contrarios,
una tiene piel de porcelana
y corazón gélido
el otro tan ardiente
que su roce quema.
Sin embargo, más pasión
y desenfreno hay
en sus caricias,
ebrios de placer.
Cae rendido el sol en el ocaso
para de nuevo fundirse
en sus besos.
Ojo y mirada
al otro hablan esos sonidos.
Y a veces, en grito intenso
el otro no escucha.
No tiene diana clara
el sentir expresado,
se lanzan flechas
a un espacio vacío
mientras que el mensaje hueco
da en el centro.
La verdad está en el secreto
que guarda la palabra,
libre del que nunca oye,
del que siempre parlotea.
Llamémosle Dios
Mi dios no está en ningún templo,
del que aprecio su arquitectura,
su silencio solemne,
la belleza detrás de unos juegos
de luces,
imponentes columnas, muros,
vidrieras,
las grandezas de los pequeños
hombres.
Mi dios es la esencia
que persiste en manifestarse
en un corazón que palpita
al ritmo de un mundo
incomprensible,
que, a veces, tiene que doblegar
la razón ante la duda,
al abismo que descuadra
nuestras certezas
y cuestiona el irremediable
devenir del ser.
No se entiende el existir
sin aceptar el sinsentido
de nuestros inciertos pasos.
Engañados, siguen un espejismo,
sueñan con un control imposible,
la certidumbre inalcanzable,
pisoteada a capricho del azar.
Su torpeza se castiga
con la desgracia atroz,
su descuido aprovecha
para mordernos donde más duele.
De acasos dispone la suerte
y otorga a unos lo que a otros
arrebata.
Caminamos un sendero
sobre el diseño de un mapa equivocado.
En los itinerarios hay fallos graves,
suponemos una dirección
que no lleva al lugar que promete
y las señales nos confunden,
muchas son calles sin salida,
sentidos prohibidos
que obligan a tomar
desvíos, alternativos virajes.
Nadie, aunque lo pretenda,
se esfuerce o incluso intente
sacar ganancia con artimañas o mentiras,
nadie sabrá por dónde
guiarnos.
Nos conduce el vehículo
del tiempo
y ya sabemos hacia dónde.
Es difícil dominar los misterios
que nos rodean
con la frágil herramienta
de nuestro intelecto
apoyado en el bastón de paja
de los sentidos.
Llamamos a un dios
que nos consuele
cuando las fuerzas se derrumban
como murallas de arena.
Ante el vanidoso orgullo
de creernos inmortales
una causa imprevisible y oculta
trae sus trágicas consecuencias.
Ni soberbia ni bondad
podemos atribuirle
a este omnisciente
y omnipotente señor,
vivimos ajenos a su lógica o fin
que a nuestro entender se escapa.
No somos dueños del tiempo
que la existencia por caridad
nos ofrece,
préstamo de días,
a muy alto interés.
Sumamos presentes
que van llenando la alforja del pasado.
Caminamos la senda
hacia un posible futuro,
sumergidos en un océano
de emociones,
gozo y dolor,
angustia y paz
vida y muerte.
Su dictamen nos humilla y nos reta
a ser sumisos lacayos,
soberbios pero vencidos,
ganar o perder es error
en nuestras cuentas.
Para sus cálculos,
el infinito nos acoge.
Ruina o éxito
son cosa más de esta ilusión
que nos nubla,
y nos hace flotar en su engaño
hasta entrar en el sueño profundo
o en el despertar de su revelación.
Quizá sea llave la parca
de otra realidad paralela,
un soñar sustituido.
Mientras, aquella clava,
más o menos profunda,
la daga en nuestra frágil
materia.
Es fiel compañera la soledad,
ante la cruel consciencia
de este vulnerable cuerpo,
ella es refugio y alivio
para lamernos las heridas.
Oración
Dios, si tus ojos no tienen pupila,
ni hay mirada que los ilumine,
si no ofreces la sonrisa de unos labios,
ni el gesto hostil en el rostro,
si escuchas sin oídos
y es amor lo que entregan
tus dulces, invisibles
e infinitos brazos,
¿qué manos son las que acarician
ese hálito cálido que concede
en nuestro pensar,
que es sosiego en el naufragio?
¿Por qué nos hiciste de este modo
conocedores del precipicio
que nos bordea,
este sufrir constante
la fatalidad de nuestro destino?
Dios mío, ¿por qué nos atormentas
con la fe de alcanzar la paz
en este espíritu agitado?
Prometes la eternidad de nuestra alma,
insuflas en nuestros corazones
la esperanza de albergar
el gozo de tu don supremo,
entrar en lo absoluto.
La divinidad de nuestra esencia
sólo se consigue con el mirar inocente
y la pureza de nuestras acciones.
Dios nuestro, acaso sabiendo tú
de nuestra frágil sustancia,
¿cómo nos pides tanto,
si a cada paso la realidad
nos reclama y asfixia,
con su aire envenenado
el claro y procreador silencio?
Luchamos en la intimidad
de nuestro refugio
donde nos sentimos capaces,
y en este arduo andar,
te rogamos
poder aspirar tus aromas,
la fe de tu grandeza,
obtener el paraíso terrenal,
la calma de los deseos infértiles,
seas tú, el cobijo de nuestros temores.
Padre o madre divina,
¿por qué nos hiciste de este barro?
Sabes que carecemos
de la constante fortaleza,
¡que somos débiles mortales!
¿Por qué insistes en convertir
esta breve vida
en este tortuoso peregrinar,
subir la ladera y caer
rodando, hacia abajo?
¿No te compadeces de este
pobre Sísifo
que nunca alcanzará la cima?
¿Por qué no darnos el definitivo
descanso,
sino que, por el contrario,
alientas al ánimo a seguir
en el empeño
frente a los azotes de las olas
entre las gélidas aguas
de este sobrevivir?
Repartes bienaventuranzas
bajo tu velado secreto.
¡Por dios santo,
unos tantos y otros tan poco!
Los vicios hiciste
a la medida de nuestros apetitos
y, ¿encima nos culpas
de querer saciarlos?
Dios, tu benevolencia
es infinita y es tu amor
tan generoso
que es libre nuestro albedrío,
¿es broma o acaso
deba ser nuestra creencia firme
hasta el extremo de ser
para nosotros mismos
verdugos y mártires
de este tormento?
Tal vez sea mi pobre mente
que niega tu misericordia.
Tú, que tienes todas las respuestas,
pusiste en nuestras bocas
las preguntas.
Haz la luz en esta noche,
aviva la leve llama
de mi lámpara.
Tuve sed y humedeciste mis labios,
el alimento de tu pan
no lo cubras de moho.
Haz lúcido al mundo,
que retome el cauce de tu sabiduría.
Dios, escucha este ruego,
¡nunca nos abandones
y danos la paz!
Amén.
Fotografía: Paloma Gallego Márquez
Yo no soy
Yo no soy este cuerpo,
la voz que habla,
el rostro que miente.
Yo no soy la cáscara
de ningún fruto,
ni dueña de mis acciones.
Esto que veis con
los ojos que miran,
yo no soy.
Yo no soy y no sé qué soy,
por no ser, no soy ni yo.
Si encuentro en este camino
hechos concretos,
indicios que den respuesta
a este interrogante,
entonces,
podré unir los tiempos, los recuerdos,
a esta imagen que es materia
y sobre el espejo reverbera
sus contornos.
Una biografía con
sus elementos
de singular propiedad,
documentadas fechas y evidencias
gráficas
de un entregado destino.
¿Es esta realidad préstamo?
Si este que no soy
¿qué apariencia lo habita?,
¿a qué ser contiene?
Tan inefable e indeleble
esencia
ha tomado asiento
en la tierra permeable
de la mente,
y en su pensar de lógica impuesta.
Yo soy, si es que soy algo,
aquello que va más allá
de la superficie.
Desprenderá su velo
cuando la muerte rasgue
la fina piel de la vida
y salga la crisálida o gusano
que esconde.
Recortes
Esclavos de nuestros sentidos
Tal vez sea necesario estar ciego
y mudo ante la gran Verdad,
para soportar esta vida.
Si el oído oye sonidos
sin código reconocible,
¿cómo comprender qué nos dicen?
Si ante tus ojos aparece
lo indescifrable, la forma indefinida,
una evidencia sin nombre,
¿cómo verlo?
Si el paladar está hecho
para recibir ciertos sabores,
y en la boca entra el alimento
cuya esencia
la lengua no percibe,
¿cómo saborearlo?
Vivo en este mundo
esclavo de mis sentidos,
sujeto a su dictamen.
¿Qué libertad me otorgan
si no puedo romper
estas cadenas?
Por más que mi mente
en buscar insista,
¿cuánto engaño habrá
en mis palabras que sólo sirven
para llenar un insaciable vacío?
Cubren mi rostro
Cubren mi rostro,
las señales del tiempo,
ese espacio recorrido
entre nacer y morir.
Busco en sus huellas
aquel niño,
pero sus surcos
se han cubierto
con el poso de los años.
Borraron aquella
dulce imagen
las noches con su días.
En nuestros sueños
labramos
la corteza árida
de nuestros temores,
y buscamos en su laberinto
alguna definida figura
en la que poner
nuestras certezas.
Hablan voces
con un confuso lenguaje,
quizá nos descubran
la verdad que había
en la inocencia
que profanó la vida
con su olvido constante.
Más allá de los envejecidos rasgos
de un dolor acumulado
y las huellas de la risa,
cincelan cicatrices
un tiempo infinito.
En el despertar el hombre
vuelve a su ignorancia
sólo si es capaz de ver
en el espejo
el reflejo del eterno padre
que nos habita,
habremos aprendido la lección
somos simples partes
de una gran unidad.
Está saturado el aire
Está saturado el aire
del territorio de nuestra mente
entre el caos de esta realidad,
perversa, demencial.
Demasiados ruidos y voces,
un griterío que tapa
la palabra quieta,
el sosegado hablar,
los pensamientos fértiles,
el oído atento al otro.
Acallar ese ombligo
egocéntrico, que clama
insistente su alimento.
Dejo sobre la almohada
Dejo sobre la almohada
el peso del día.
La noche acoge mi cuerpo,.
Entre sueños, lo lleva
con ligeras alas
a territorios ignotos,
¿Qué día este Ícaro
se acercará al sol?
Uno juega a la vida...
Uno juega a la vida,
se gana, se pierde,
camina por el mundo,
lucha contra sí mismo,
contra el otro,
contra algún díos.
* * * * * * *
que han dejado este acuoso
* * * * * * *
el aire,
llenarte de notas perdidas
y crear la melodía
de la calma.
Soy dos, tres, cuatro,
soy seis, mil y un millón,
soy treinta, noventa,
soy cien
y busco mi infinito uno.
Usemos poco la palabra
Usemos poco la palabra,
la palabra imprescindible,
la palabra resuelta.
Usemos más el silencio,
la mirada, el gesto,
la palabra susurrada.
Démonos una ducha
y arrastremos todas las palabras
que han ensuciado
nuestro pensar.
Saturados nuestros oídos,
se han llenado
de discursos huecos.
Usemos el eco que penetra
hasta la médula de nuestro ser,
el suspiro, el arrullo,
la exhalación del verso.
Días de levante
son sus ráfagas,
el abanicar de ángeles,
dan al quemado cuerpo
su calmado bálsamo.
Al llegar septiembre,
sus aullidos son temidos
reclamos del alma.
Cierran de un golpe las puertas
el miedo siembra en nuestro ánimo,
por los resquicios
asoman las inquietudes
que nos acechan.
Piensas en la muerte
porque su silbido recuerda
las soledades de los
cementerios.
El agitar de las ramas
es una letanía de llantos,
te envuelven sus sombras
y acuden los temores
infantiles,
imágenes tétricas
y en el silencio de la noche
se oyen los lamentos
de las dolientes almas.
No sospechaste
No sospechaste que, tras el verano,
en otro otoño, el viento
arrastraría de nuevo la hojarasca
caída.
Creíste en una primavera estable,
en su generosa exuberancia,
la esperanza latente
en su apasionado corazón.
Pero llovieron inviernos
y encharcaron las calles,
lloraron los ojos de las ventanas
y sobre el frío cristal
dejaron el sucio rastro de rímel
del acumulado polvo.
Repicaron las campanas
de un viejo reloj
estrenados amaneceres,
sin embargo, se levantaron
sus rostros,
con marcadas ojeras
y, sobre la frente del horizonte,
se divisaban profundas arrugas.
No sospechaste, a pesar
de que los ecos lo repetían
y seguías componiendo ritmos
de ilusiones,
rimas acompasadas.
Diseñaste paisajes,
promesas con fechas inscritas
en un calendario lleno de hojas,
de un árbol estéril,
que, al caer, no dejó
una alfombra mullida
sino el melancólico escenario
de una desierta estación.
Aún hay un banco
en algún parque
que espera tu compañía.












