Tal vez, todo sean reflejos
de otros reflejos
sobre un espejo infinito
donde una única imagen
se mire.
Tal vez, todo sean reflejos
Encerrada en una habitación,
Encerrada en una habitación,
buscar la vida en los libros.
Sin calle ni gente,
con la mirada abierta
a un cielo cambiante,
al irreal bosque de estas hojas.
¿Llegará a secarse este charco?
Extraída toda agua del pozo,
se vacíen los recuerdos,
se agoten las palabras,
y quede el silencio
sin el goteo de su lluvia.
¿Quedará la boca sin voz
o una nube abrirá mil espejos
de mundos posibles?
Aún lejos del alcance
de unos pies,
el espíritu embeba el rocío
que deja sobre los cristales
las frías mañanas.
Vuelven a ser amables
Vuelven a ser amables
los rayos del sol,
ha barrido el suelo del cielo de nubes,
ni siquiera aquella remolona
de aspecto benévolo
se ha quedado
para ser admirada por su excepción.
Los días estiran sus brazos,
retienen durante más tiempo
la muchedumbre de sombras.
El ocaso de la tarde
asomaba pronto el horizonte.
Hoy calienta aún su fuego,
en estas horas
donde la penumbra hace apenas
unos días
se instalaba en las calles
bajo los pies de la gente
y veloz se imponía
su apariencia de fantasma.
La claridad entre los espacios
buscaba la oscuridad
en sus perfiles,
como el amado y la amada,
clandestinos cuerpos noctámbulos
creaban figuras sinuosas
de texturas opacas.
Es este ahora,
siempre impaciente por el después,
¡qué dulce la melodía
en este apacible contorno luminoso!
Hasta su noche será preciosa,
más llena de estrellas su firmamento
y una luna llena, de nuevo,
vestida de novia con blanco encaje,
retará en belleza a sus damas de honor.
Es real este sueño,
aunque asoma por un resquicio
su fondo oscuro,
el ojo mira tras su cerradura
y advierte el brumoso paisaje.
Sin embargo, aquí,
en este particular presente,
¡qué bello está el mundo!
Poco tardó la calma
Poco tardó la calma,
fino cortaba el viento
empuñando en la mano el frío.
Laminaba la piel del rostro,
clavaba su hoja
rajando las prendas hasta llegar
a las entrañas del alma.
Hay soledades deambulando
las calles oscuras,
titilan las luces de las farolas.
Desde las ventanas y balcones,
detrás de las cortinas,
se insinúa la calidez de hogar.
Murmullan los pasos solitarios,
algún perro ladra a otro perro,
un gato reposa sobre la piedra
con pose de esfinge.
Fija su mirada felina
en la negrura de unos ojos
enternecidos por la sospecha
de su vagabundeo en esta noche gélida.
Silencio roto por campanas.
Los brazos aprietan el abrigo
mientras los pies regresan
al amparo de la costumbre.
Somos esqueletos de moluscos
Somos esqueletos de moluscos
entre los granos infinitos
de la arena de una playa,
mezclados con algas secas,
despojos de peces y aves,
cristales que parecen diamantes
y nácares como espejos de plata.
Ya no puedo decirte
Ya no puedo decirte
que no existen los monstruos,
que ese bulto entre las sombras
era una silla,
que el hombre oscuro,
la prenda colgada de una percha.
Ya no puedo decirte
que el Nemo de la pecera
fue a buscar a su hijo al mar
para nadar entre anémonas y corales.
Ni que el jilguero, que feliz
cantaba el día de ayer,
escapó de la jaula
para surcar con sus amigos
el inmenso cielo.
Ya no puedo decirte
que el viejecito que encontrábamos
en el banco del parque,
marchó tras las nubes blancas
a un país maravilloso
de valles y prados verdes y floridos.
Ya no puedo decirte
que el ratón no pudo traerte
aquel regalo que preferías
porque le pesaba mucho.
Que los camellos no deben llevar
demasiada carga
porque es malo para su joroba
y los trineos necesitan
ir ligeros de equipaje
para repartir los juguetes
en una sola noche.
Ya no puedo decirte
que todo tiene arreglo,
que el osito que te encantaba
se enamoró de otro osito
y de su amor nació este
que es muy parecido.
Ya no puedo decirte
curita nana, curita nana,
si no se cura hoy
¡se curará ya!, mejor que mañana.
Ya no puedo decirte
que todo lo arregla un beso,
el corte en ese dedito,
el chichón de la frente,
la tristeza del corazón.
Ya no puedo decirte
que el mundo es el bello
jardín de flores preciosas
y el hogar, el cobijo contra el lobo,
ni el cuento acaba siempre
con vivieron felices.
Ya no puedo decirte
más mentiras de príncipes y princesas,
que si te esfuerzas en la vida
consigues tus logros,
que los sueños se harán realidad
algún día,
que los malos siempre pierden
y la bondad tendrá su recompensa.
Ya no puedo decirte
que el deseo rogado
a esa estrella fugaz
te será concedido.
Ya no puedo decirte
que estaremos toda la vida juntos.
Pero puedo decir
que si el tiempo es eterno,
mi amor será infinito.
Ya no puedo decirte
que no habrá más mentiras
para proteger tu pureza,
imposible mantener tu mirada ingenua,
ocultarte el horror del mundo.
Ya no puedo decirte
que tú no descubras,
pues se abrió esa puerta
y las llaves cayeron al fondo del océano,
la cruel realidad muestra
su rostro de mil caras
y las tinieblas que intuyes
no son falsas sombras
de objetos cotidianos e inofensivos,
sino el semblante de la calavera.
Aunque puedo decirte
que tras las ventanas
divisarás a veces paisajes hermosos,
que dulces aromas rodearán
tu cuerpo impregnándolo de ternura.
Provocará la ilusión incendios,
algunos apagados por la lluvia,
mientras otros,
a pesar de días nublados,
seguirán luciendo fuertes.
Tendrás sueños que se cumplan
y deseos que no alcanzarás nunca.
Ya puedo decirte
que los miedos se alimentan de miedos
y atenazan voluntad y alegría.
Que el mal obtiene beneficios
y pronto se olvida el bien.
No permitas nunca
que la avaricia te posea,
que quererte no se convierta en soberbia,
ni te roben con engaños la dignidad.
Sé siempre libre en tu pensar íntimo
y tu voz alta y clara para la injusticia.
Busca y da belleza.
Ya puedo decirte
que la vida es arbitraria,
caprichosa, despótica
y el mundo imperfecto,
deforme, irregular.
Ese cielo que rogamos,
ese poder llamado Dios,
puedo decirte que es
la gran mentira de los adultos,
el mediocre resultado
de una necesidad,
la exégesis de un texto incomprendido.
Ya puedo decirte
que todas las historias
tienen el mismo fin,
y si hay un beso,
no habrá despertar.
Ya puedo decirte
que tarde o temprano
el fuego se sofoca,
la luz se extingue,
y te cubre la sábana de la nada.
Ya puedo decirte
que la muerte no tiene respeto
a nada ni a nadie,
sin miramientos da un zarpazo
araña, muerde, devora,
te tritura.
Ya no puedo decirte
ni siquiera la verdad,
porque ni yo misma la conozco.
Ya puedo decirte, amor mío,
mientras tenga brazos,
mis brazos te abrazaran,
mientras mi ser todavía respire,
todo mi aliento volcaré
para avivar el fuego y calmar tu frío,
hasta que seamos semillas,
volátiles partículas por el aire,
llevadas de la mano de la eternidad.
Entonces, quizá, conozcamos
nuestro verdadero rumbo.
Somos opacos grupos
Somos opacos grupos,
sombras dispersas
de humo grisáceo.
Somos nubes de púrpura y oro,
joviales y bulliciosas,
mar ardiente de fulgurantes rayos.
Somos luna oculta
o reflejo de plata.
Somos murmullos planos,
grandes silencios,
trinos, silbidos
o lastimero piar
en un cielo vuelto bocabajo.
Somos brumas tenebrosas
que los pájaros confunden
con bandadas de murciélagos.
Entra la luz sin mayor razón
Entra la luz sin mayor razón
que la de ser día despejado.
El sol irradia su magia,
y, por un conjurado impulso,
abre sus hojas
mostrando con orgullo
su cóncavo seno.
Sin miedo ni vanidad,
entrega su germen
a los ajenos ojos.
Quiere ver y verse y reconocerse,
sin reproches, sin castigo,
ser flor sin remordimientos.
Somos compañeros de horas transitadas
Somos compañeros de horas transitadas,
de idas y venidas por espacios obligados,
con rutinas de un cuerpo
para mantener la vida.
Somos compañeros al abrigo de la noche,
a las tardes moribundas
en un cielo de acero
que al fuego se hizo bronce
y al enfriarse, oscuro óxido.
Somos compañeros de quejas y lamentos,
de ecos que la boca repite
con risas de monotonía
y voces que no se escuchan
enfrentadas al grito o al silencio.
Somos ramilletes de una planta silvestre
que echó raíz en la grieta
de la piedra de los días.
Ha entrado un pájaro
Ha entrado un pájaro
de negro plumaje
en una habitación a oscuras.
Se escucha su aleteo
chocar contra las paredes,
buscar desesperado la salida.
Ave que creyó ir a un valle,
torpe se ha perdido
en la penumbra de este bosque.
Cuando descubres que no son
Cuando descubres que no son
tus piernas ni tus brazos
los que caminan
ni se sujetan al mundo.
Cuando no sin sorpresa
sientes que a pesar
de seguir en el intento,
alimentas la carne y el espíritu
para continuar la inercia
del ritual de los días.
Cuando evitas sucumbir
a la tumba
con los ojos aún abiertos,
y tienes que aceptar
la indolencia de la vida,
esa falta de respeto
que intercepta nuestra
alegría rudimentaria,
que no es la solemne felicidad
que tanto sugieren
pensadores dogmáticos.
Cuando los días se deslizan
sobre meses efímeros,
los años pasan invisibles
sobre nuestros cuerpos
que despiertan al amanecer
y se encuentran bajo el pijama
la brumosa imagen de su calavera.
Cuando miras en el horizonte
la silueta naif de nubes esponjosas,
de una luminosa mañana,
de un ocaso sublime,
de un cielo tierno
o iracundo,
todo, todo, todo
son mentiras que conspiran.
Tal vez, la verdad sea más simple,
cercana y maravillosa.
Pero,
¿qué hacer si estas piernas y manos
tomaron tierra y sembraron
la consciencia del dolor?
Está la iglesia alimentada por un aljibe
Está la iglesia alimentada por un aljibe que brota agua a una gran fuente donde mujeres oscuras llenan sus cántaros, lavan las ropas, beben las bestias, se bañan y remojan al calor del verano. La fuente de piedra tiene cuatro caños, es centro de encuentros entre los vecinos. Sirvió de hermoso atrezo para plasmar la vida de un tiempo pasado.
La iglesia tiene sus cruces, una a lo alto, otra de hierro, sin cristo, sobre la fuente. Juega el observador de la fotografía a hacer con la imaginación cábalas, tal vez fuera antes templo musulmán que cristiano y la fuente sirviera para hacer sus abluciones. Marchó el árabe y su culto al agua, vino la noche y el fuego donde las llamas del alma sufrían por sus pecados. Era una época oscura, oculta la carne y sus deseos bajo un lascivo gozo por el dolor y martirio. El vergel de un oasis solo promesa tras la muerte, para la tierra el árido sufrir y tormento. Si acaso permitirles a estos desgraciados el regalo simple de su manantial fresco y transparente.
Hoy nada de aquello existe, el tiempo la cercenó de cuajo. Seco estará su aljibe bajo las losas del templo cristiano. Un par de grifos, eso sí, de antiguo cobre, vierten un chorro fuerte que ni las manos pueden atrapar, cae a sus cuadradas y pequeñas pilas de piedra. Ya nadie juega a mojarse, las bestias son sustituidas por perros que beben en el agua recogida en su cuenco. Ya no es escenario de vida cotidiana, ni retablo de fondo para que alguien quiera fijar el instante y dejarlo para la posteridad. Son dos reliquias mediocres, pobres e ignoradas insignias de su ayer esplendoroso, triste testigo de un digno recuerdo.
Romper a trozos tan pequeños
Romper a trozos tan pequeños
el mal que sea en el aire
partículas de polvo,
y el bien ocupe el espacio.
Dejad el dolor
disuelto como sal en el agua
de un océano.
Romper la piedra
para levantar la montaña.