Los días parecen punta de lápiz
que escribe letras, construye párrafos,
dibuja, juega, hace garabatos.
La mina se gasta y afilas la madera
y otra punta aparece.
El lápiz se hace cada vez más pequeño,
aunque aún escribe,
y cuesta sacarle punta en tan corto margen.
El lápiz huele bien, a recuerdos,
es funcional y generoso,
ofrece el perfil de sus trazos.
El día acaba, nuestra mirada
puesta sobre el papel,
mientras divaga la cabeza
entre varias posibilidades.
La mano se detiene
los pensamientos fluctúan,
traen restos del ayer,
lo inmediato del presente,
sueños y miedos,
promesas y pesadillas
y la hoja del día se rellena,
deja huecos entre palabras y dibujos,
vacías líneas de silencios,
en sus orillas una calma resignada
y algún olvido entre fragmentos sueltos.
Arrepentimientos que la goma no borra
dejan la sombra de su mancha.
Distraídos aburrimientos siembran
figuras aleatorias
y queda siempre una enlazada duda
al pasar la página.
Los días parecen punta de lápiz
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