¿Qué piensa?


¿Qué piensa ese pequeño gorrión
que pía incesantemente sobre la rama
de aquel árbol otoñal?
Quizá llama a la madre.
¿Qué piensa ese pez
que advierte el anzuelo
golosamente entre las algas?
Quizá tenga hambre.
¿Qué piensa ese perro
tumbado a la sombra
que se rasca compulsivamente?
Quizá cuánta miseria.
¿Qué piensa esa vaca
que pasta sobre la hierba
y espanta las moscas parsimoniosamente?
Quizá que paz tan incómoda.
¿Qué piensa el hombre
que va por un camino de piedras
mirando melancólicamente
al sol abrasador?
Quizá espera un dios que lo salve
y sueña con ser protegido,
no morir de hambre, encontrar un refugio
donde vivir feliz eternamente
y no con miedo, hambre, frío y soledad
royéndole la sangre.
¿Qué piensa el hombre
frente al pájaro y al pez,
frente al fiel amigo
y la víctima para su hambre?
Quizá por qué tanto sufrimiento
para tener que morir.
Quizá por qué nos ama un dios
tan inmisericorde.

Caminaba con zancos

 Caminaba con zancos
apartado del frío suelo.
Desde allí arriba,
todo se veía distinto
más humano, menos cruel.
Podía pisar las charcas
sin temor a salpicar mis zapatos.
El fango era una cierta sensación
viscosa y repulsiva
que no manchaba mis ropas.
Bailaba al ritmo de sus toscos golpes
sobre los adoquines de las calles
celebrando que el tiempo era eterno.

Los años fueron gastándolos,
poco a poco y acortaban
centímetro a centímetro
su distancia.
Un día me encontré tocando la tierra
con mis propios pasos.
Sentí un tremendo escalofrío,
una sacudida de extrañeza.
Me embargó un terror profundo,
ahora sentía clavarse en mis pies
los duros guijarros.
Se hundían en las ciénagas
y al calor del asfalto ardieron,
fueron llenándose
de polvo y barro mis zapatos.

Qué va a ser de estas palabra

 Qué va a ser de estas palabras
cuando se borren del disco duro
y un cataclismo informático las destruya
como si nunca hubiesen existido.

Formarán parte de la basura química
vertedero de cadáveres de nosotros mismos.

No olvido

 
No olvido el cuerpo contraído
por el dolor intenso
y el latir galopante de una vida,
la brutal violencia dando
tan bellos frutos.
No olvido la oscuridad de una sala
y los ajenos gemidos
y mi aullido silencioso.
No olvido la mano misógina
violentando la fuente del río
ni el terror a esa mano
que volvía insistente a la escena de su crimen.
No olvido el miedo y la impaciencia,
del dolor por acudir en pocos segundos,
pero no olvido la alegría
de ser dirigida hacia unos focos
y aunar las fuerzas extenuadas
hasta de tus entrañas arrancar
la causa de tu alegría,
la carne trémula de un ser diminuto.
No olvido que fue una y dos veces repetido
y que en cada caso distinto
fue el mismo dolor y el mismo gozo,
pero menos hostil,
con mayor cuidado y cariño.
Bañada en el dulce elixir químico,
los últimos esfuerzos parecen simulacro
de una lucha,
hasta que alza ese cuerpo resbaladizo
y en mi pecho, piel con piel
unidos al mismo hilo aún
seguimos siendo uno.

También es poesía

La voz del poeta recorriendo ese aire de levante y ella errante sobre el caminito de tierra, todo un desierto para su frágil cuerpo invertebrable. Bordeando piedrecillas llenas de polvo, haciendo eses en un lecho seco, avanza como un trenecito de juguete, sin humo, lento pero constante danza en una vía sin guía, trazando un dibujo sobre un mapa, para mis ojos, impalpable. La noche tiene su brisa llena de palabras, rítmicas, certeras a veces, musicales siempre o casi siempre y ella ajena o, quizás no, avanza concienzuda, bailando tal vez con el lenguaje de los hombres. Deslizándose hasta ocultarse en un recodo, tras un baúl enorme. Tus oídos siguieron atentos a la poesía del instante. Es ella más poesía, quién sabe. Es ella esa cochinilla de fango y cochambre, la que llena de emoción mi mirada en esta noche, creando poesía entre ráfagas de brisa marina que rodea y toca las cosas, imprime su sal en la sangre y agita el pensamiento olvidando otras razones, más allá de la simple belleza que te atrapa en lo real que lo hace ensoñable.

Yo

 Yo, que siempre viví
en el laberinto de los espejos deformes,
¿cómo pretendes perderte
en el estanque de mi mirada?
Yo, que no encuentro
continente para este contenido,
yo, que no pude ser perfecta,
¿cómo quieres que me reconozca
en la imagen que me devuelven tus ojos?

Debo admitir que me doy por vencida
en esta batalla de equívocos,
la indecisa ambivalencia
de reconocerse y ser reconocido.


Calla, ¿para qué tantas voces necias?

 Calla, ¿para qué tantas voces necias?
¿Acaso crees que se alimenta de ellas la vida?
Son solo los fracasos que necesitan argumentos,
deja que el silencio hable su última palabra,
ese que recorre el paisaje posándose como mariposa
sobre el prado inundado de pétalos de emociones
dando sentido a la única verdad que su eco repite.

Cuando llegue la muerte con su olor rancio

 Cuando llegue la muerte con su olor rancio,
qué importará entonces la pose adecuada,
el gesto fotogénico, los buenos modales.
Y sobrarán las palabras, no rumiarás lo mal hecho
ni cuestionarás tu conducta,
el qué dirán cuando salgas de la habitación.
Poco significarán las dudas y miedos ,
cederán su puesto a los siguientes en la fila,
todas las preocupaciones,
los deseos y los sueños,
como nubes en el cielo caerán
sobre las cabezas ajenas,
contagiados de un caos infinito.
El hombre no hallará descanso
tan sólo en la muerte,
el vivir es el pulso arrítmico
entre calma y sobresaltos,
buscando la imposible armonía
de una feliz canción.
No habrá formulismos ni tendrás
que quedar bien con nadie,
solo el protocolo controlando
los pormenores de tu sepelio
que les tocará a otros,
recompensa que tiene el sabor amargo
de la muerte que no tiene
oídos ni siente su corazón.

La verdadera belleza


Que lo bello del mar no es su sinuosa superficie,
ni el sol que sostiene en su horizonte
ni, aunque lo parezca,
tampoco el reflejo de la luna
con su rubor purpurina
sobre su piel morena, musa en la noche
que dibuja un río de plata
donde navegan los sueños de enamorados.
Recuerda, pequeña doncella,
lo verdaderamente hermoso del mar
es su incógnito fondo,
lo que ocultan sus profundidades abisales,
secreto de los más extraños prodigios
que engendran soledades y monstruos
y el arrullo melódico de un suave oleaje.
Duerme su grandeza bajo su confiada calma
e indómitas pasiones naufragan en la tormenta
ahuyentando quimeras. En un eterno amanecer
la marea baja trae caricias de espuma
sobre la arena mojada.
En todo esto, querida niña,
y no en las grandezas que cuentan los mitos,
radica su verdadera belleza.

Ya no rezo, sólo a veces.

Ya no rezo, sólo a veces.
Cuando el dolor es tan intenso
que clamo a un dios desposeído
de toda bondad.
Soy árbol prestado a la lluvia,
agitado por el viento,
soportando el inclemente sol
que hace sombra para su sombra.
No deseo 
y ninguna ilusión habita mi horizonte.
Soy tierra seca sin oasis
y el silencio es abrasador.
Ahuyento hacia el abismo
el miedo atroz a lo inevitable.
Me agarro a una fe provisional,
soy cobarde e imploro.
Cuando la angustia se hace insoportable,
grito al cielo de los dioses
alguna mágica señal.
El viento aúlla llamando
a la manada de demonios
y cruzo las calles temiendo sus esquinas
por donde puedan aparecer
los espectros de la decepción.
Detesto mi persistente ahínco
que no se rinde del todo a negar.
Suplico un faro que me guíe
con el sortilegio de la palabra.

Aquella sala, como cuerpo frío

 Aquella sala, como cuerpo frío,
cobijaba las almas deshechas.
Cirujanos abren heridas
en lugar de cerrarlas.
Almas heladas como témpanos de hielo,
icebergs derretidos
ante el fuego del infierno de sus demonios,
cuerpos enteros que contienen
almas despedazadas.
En sus miradas huecas,
cuánta amargura retienen.
No es vacío
lo que aparentan tras su opaco velo,
sino un colmado de dolor
que se rebosa y los ahoga
como náufragos sentenciados a su destierro.
Cuántos monstruos obstinados
en apuñalar su etérea materia
caminan y hablan con expresión cansada.

Qué lenguaje se oculta
tras esas palabras que nadie entiende,
ni siquiera ellos, que sufren
su envite enérgico.
Y viene el curandero
con su hálito de veneno consolador
envuelto en fina capa de polvo blanco.
Todo un océano,
no de sobria calma, sino de ebriedad
y aturdimiento, incapaz de mecer su cama,
que siguen agitándola engendros ávidos
de fácil presa.
Pasean por sus laberínticos túneles
de horrores y desamparo,
agitando los brazos en danzas macabras ,
sortilegios en rituales maléficos
que torturan su sueño.
No se trata de fantasmas
que entre nosotros deambulen,
son cuerpos que sangran y vierten
sus ríos salados de manantiales secos
en el páramo de nuestra indiferencia.
Venid, almas heridas, venid a llorar juntas,
que el mundo escuche vuestro eco triste.

Levantar los brazos y alcanzar el sol sin quemarse

 Levantar los brazos y alcanzar el sol sin quemarse,
así se inicia el nuevo día.
Rocío fresco y trasparente lo baña
y habla de amores sin entenderlo.
El recién olvidado, el que respira y el siempre soñado,
no es sabio ni poeta simple aprendiz de melodías.
Como hablar de lo que apenas es recuerdo,
añora, tal vez, acordes rítmicos,
baladas inocentes y tragedias inventadas.
De vez en cuando la venus oculta su desnudez
entre bambalinas de seda y deja intuir
un olor a primavera, a lluvia recién caída.
Por el aire surca el deseo
embriagado por sus encantos,
pero el tiempo a aquel fuego vuelve brasa .
Los años vendrán a trastocar todos los órdenes,
cubrirá las cumbres con atardeceres dorados,
mirará desde la ventana la vida
y se recreará del paisaje, ausente.