Canal de Castilla

 
Soledad y abandono en los campos
de Castilla,
ribera de tristes álamos
teñidos de ocre otoño.
Lengua húmeda, verdes aguas
que besan sus labios secos.
Soledad y vacíos campos
de ramas sedientas,
en los canales se miran
esqueletos de edificios
manchados por la sangre
de sus ladrillos rojos.
Por sus ventanas,
de anchos muros,
sin cristales, huecas,
inundan sus espacios,
anidan, vuelan las palomas
en la nostalgia de los recuerdos.
Atardeceres de plata,
brillantes amaneceres.
Soledades de Castilla,
cantos de poetas.
La luna entre los chopos
y puentes, pequeños puentes,
en los anchos territorios,
hace surcos la senda del agua.
Languidece el pasado
en vencidas ruedas de molino.
Dársenas abandonadas,
adobe quemado por un sol eterno.
Aquel esplendor del ayer
es hoy ruina,
tiempo perecedero
de soledad, tristeza, olvido.

A veces un cristal impacta con otro

 
A veces un cristal impacta con otro
y del brutal encuentro
uno se rompe, el otro queda intacto.
Dos cabezas se golpean
por error de cálculo al agacharse
para recoger algo del suelo,
a una le ha dolido,
a la otra ni un rasguño
y se parte de risa.
Al lado del árbol escuálido
crece uno frondoso y regio.
De la misma tierra que los nutre,
ha crecido a los pies del árbol frágil
fresca hierba y bulle un torrente de insectos,
mientras que a aquel de gran belleza
le rodean malas y secas hierbas,
devoradas por el apetito de un sol hambriento:
tanta luz arriba,
tanta muerte en su fondo.
La sombra espesa de una copa
hizo oasis en tronco ajeno.
Siempre un equilibrio
nivela la balanza con secreta medida.

A la vida le entra,
lo que por otro lado sale.
Es el principio universal:
del caos crear la armonía
y viceversa.
No guarda, sin embargo, igualdad
ni razón del mismo valor,
pues una insignificante pérdida
regala la suerte de una mayor ganancia.
La persona que sufrió la ausencia
obtuvo superior sustituto.
Ni es simple cantidad
que se recompensa,
pues el que rompió un vaso
recibió a cambio la cura milagrosa.
A quien la fortuna arruinó
encontró amor verdadero.
Es cierto que lloramos pérdidas inútiles
que serán recuperadas con creces.

Esta ley, por desgracia,
no va en una sola dirección,
ni por la misma masa o velocidad.
Se va aquello que amaba
y vino un sobre con premio.
Para el Universo nada es menos ni más,
su baremo misterioso
se escapa de nuestra comprensión.
Quizá en el juego de la existencia
sean simulacros inofensivos
donde realmente nadie se perjudica,
aunque se sufran golpes y rasguños.

Un mundo aparece y otro desaparece,
ganar o perder es una ficción creada
para divertirse algún supuesto dios.
Visto con estos rudimentarios ojos
se destruyen las líneas de los argumentos,
flaquean las excusas,
pues duele en esta carne
aquello que tal vez sea
fluido incoloro de imágenes oníricas.
La importancia de unas cosas
para la mente consciente,
la fragancia dulce en este existir
son insípido sabor para el ignoto cosmos.
En este estallido cristalino
de dos elementos insignificantes,
aunque nos entristezca el perder algo
y tengamos que prescindir
de su grata compañía,
nos dará el claro flujo por otra parte.
Hay sustitución para casi todo,
pero hay algunas que no tendrán
qué lo repare.

Ese criterio a nuestro parecer injusto,
busca tener siempre el fiel alineado.
No engaña en su principio,
es honesto en sus formas y modos,
bien avisados fuimos desde el comienzo.
A veces, al fastidioso incidente
echa el condimento de la alegría
en otro plato.
Oro en uno,
polvo en otro.
Un beso por una lágrima,
un abandono por un encuentro.
Nada podemos dejarle a deber,
nos paga en moneda propia.
En su libro de cuentas,
todo cuadra y la deuda
la termina cobrando.

Atrapar la idea y, en el trayecto


Atrapar la idea y, en el trayecto
por el pensamiento, esta se difumina
como vagones de tren
en la distancia.
El tenue hilo que nos unía
a nuestra consciencia
se quiebra
en el paisaje de las palabras.
Es la nube de humo
cuya definida forma
se deshace, abre sus contornos,
entran intrusos y huye el retenido,
¡No habrá piernas que lo alcance!

Se convirtió la masa densa
en diluido vapor en el aire.
De las pinceladas desvanecidas
de un viejo cuadro,
aquellas que el pintor dibujó
con intensos y frescos colores,
el breve transcurrir del tiempo
borró algunos trazos
y cambió sombra por luz.
La mano que restaura
siempre es impostora.

Igual que de los sueños
al despertar se guardan los detalles,
que pronto el cajón de la vigilia
desordena,
escriben sobre los espacios
en blanco
voces reconocidas, repetidos ecos.
Los tramos desfigurados
por la olvidadiza memoria
inventan otro rostro.
Los objetos, que en los estantes
se organizaban con
clara taxonomía,
rotos y esparcidos sus trozos,
los sustituimos por falsificaciones
buscando la armonía y el encuadre
conforme a la costumbre.

La pantalla nítida y transparente
de la mente lúcida
que traslucía el fondo de un juicio
discernido
se convierte en personajes
mediocres
que representan la gran obra.
Así la vida se crea
más allá de los límites naturales
con inconsistente raciocinio
y una solapada cordura.
Soplamos esos restos de cenizas
para darle aliento de realidad
y calentarnos al lado
de ese débil fuego,
relatándonos nuestras mentiras.

...no somos lo que creemos ser.

...no somos lo que creemos ser.

En nuestra búsqueda fútil

enredamos palabras

para hacer descripción

de una forma redonda.

Casa que acoge al intruso

como su único habitante.

Gas que transformamos

en materia táctil.

Líquido que se evapora

sin definida esencia.

 

En este engañado vivir

hacemos realidad con un trozo

de la muerte.

Inventamos el concepto,

lo ajustamos al molde,

apretando esa deformada esponja

que, como un resorte,

nos salta a la cara.

 

Oscuridad repleta

donde definimos límites falsos,

la breve intuición

de una fugaz luz

nos dio la triste consciencia,

pozo profundo

cuyo fondo no se divisa.

Su cubo

siempre viene cargado

de pesado pesar.

 

 

Extraña

Los kilómetros son estelas

de un avión que se diluyen

sobre el inmenso cielo azul.

Es la distancia impedimento

para los ojos,

no para el corazón.

 

Extraña como una jaula

sin pájaros,

vacía como un cielo

sin nubes,

mutilada como un árbol

sin ramas 

Dejo pasar las horas

que nos alejan

y tiemblo al pensar

en el frío de la casa

sin el abrigo de sus voces

ni el eco de sus risas.

Sueño que soy joven

Sueño que soy joven
cuando ya no lo soy.
Vuelvo a un sentir
de emociones pasadas,
el tiempo efervescente
con aseado cuerpo de miedos infantiles
sin reparo de gélidos vientos futuros.

La pasión que pensamos
única, particular, propia
de aquellas vivencias,
la intimidad con ella
que sólo a nosotros nos pertenece,
es, sin embargo, caprichos
de la esencia del ser,
el bullir indefinido sin nombre
sustancial a cualquier materia.
Guiso que hirvió al fuego
y se apaga lentamente,
vencidas sus chispeantes burbujas
al enfriar las brasas.
Dejó en ese volcán
su lava endurecida,
la piel mácula,
el alma impura.
El fuego que cocinó las horas
transformó la mirada,
apagó el brillo,
que hacía fusión en su retina,
es hoy, masa tosca,
amalgama de sensaciones
cada vez menos cálidas,
cada vez más frías.
Sin quererlo ni pedirlo,
aquel guiso se ha vuelto
rancio,
vomitivo para el estómago.
Nuestros ojos lo rechazan
al olfato le repugna,
aquello que levantaba el apetito
hoy nos hace cerrar la boca.
Le basta al cuerpo
el alimento frugal,
le sientan mal ciertas cosas
que antes toleraba.

Mientras llenaba sus ansias,
la mente no pensó,
entretenida en el paladear,
se desocupaba.
Ahora, sólo piensa y rumia
y a veces sin reflexión,
se abandona al vaguear entre sueños,
siempre a la espera.
Distrae el espíritu
llevado por un silencioso desierto
sin sed de agua alguna.

Sabes que hay un sol sobre tu cabeza
pero sólo sientes la fría noche
que avanza,
y convierte las ardientes y movedizas
dunas
en helada y estática piedra.
No hay aromas en los sueños
aunque estén todos los ingredientes,
la olla no echa humo
no hay sabor en lo que comes.
Son un teatrillo representado
sobre un extraño escenario.
El cuerpo reacciona
simplemente al recuerdo,
responde en simulacro
a hechos ocurridos
vacíos de experiencia.

Dejan amargo sabor
de lo perdido, de lo deseado.

Palabras

Tengo palabras para romper
y deshacer corazones,
palabras para unir pensamientos,
susurros de deseo,
gritos de desamparo,
ayes para el alma,
resoplidos para el cuerpo,
estallidos de dolor y alegría,
un sí para el gozo
y no para el olvido
y una oración
para la desesperanza
y el milagro.

Soñé

Soñé con rostros desconocidos
y mi intervención con ellos
fue secundaria,
ajeno comensal en la mesa de al lado.
En mi sueño, ese paisaje
que sólo mi mente inconsciente
domina,
cedí el protagonismo a otros.

Suele vestir la realidad del soñar
con los harapos de nuestros
deseos, miedos y acciones
y elige objeto o sujeto
que nuestra razón no entiende.
En los ignotos territorios
de nuestro cerebro
hilos áureos dirigen
los senderos, desvíos y atajos
que sólo él gobierna,
traza sus mapas y proyecta
sus recorridos aleatorios.
En su viaje carga la maleta
con prendas transparentes,
sin forros que nada oculten,
a la vista quede en evidencia
el cuerpo desnudo,
secreto avituallamiento
de una ancestral memoria
alejada de nuestro entender.

Atrapa en sus redes
esta pirata embarcación
los peces que cocina
a su antojo.
Altera todas las medidas,
se salta cualquier norma,
no existe sentido concreto
ni ajustado.
La objetividad inventada
para los sucesos cotidianos
es la amorfa fantasía
sin convicciones.
Por el contrario, la lógica
no puede ser ancla
para su mundo de libertad
y, rebelde, va contra toda corriente,
navega sobre las olas
de un cielo.
El fuego de sus calderas no arde,
puede ser fría nieve,
los pozos son infinitos,
nuestras piernas nos frenan
y volamos sin alas.
Todo está al revés y no hay
derecha o izquierda.
Su lengua trastoca el orden
y su código se construye
con sonidos irreconocibles.

En esa comarca, son los sueños
señores absolutos,
imponen el yugo de su ley.
Son jueces siempre
de nuestros delitos
y la sentencia deciden,
castigo o premio,
sin respeto a nuestra defensa.

Despertamos ante este tribunal
con expansiva alegría o con el corazón
encogido en un llanto sin consuelo.
Nos hacen gritar en el silencio
de la noche,
aterrorizados con sus demonios.
Convictos siempre culpables,
acusados frente al tribunal,
aceptamos su veredicto,
sin embargo, hay sueños
donde somos sólo testigos,
auditorio en la platea,
en su juego simple peones.
Entonces, elige a otros actores
como protagonistas para representar
el principal papel de la obra.
El yo durmiente, sin identidad,
es sólo figurante, espectador
o incluso atrezo del decorado
en aquel teatro infinito.
No es todo esto muy distinto
a la vida,
donde creemos ser narradores
omnisicentes
cuando somos
meros apuntadores olvidadizos.

Padre

 
Padre, ¿quién eras,
qué parte de ti a mis ojos
se ocultaron?
Conocí solo la cáscara externa,
la que, a mi juicio de niña,
se fue descubriendo.

Padre, ¿qué había dentro de ti
que nunca alcanzó mi mirada?,
¿no serías aquel caballito de cartón
al que abriste su vientre,
para hallar el vacío del desengaño,
aquel vientre, hueco de entrañas,
sin las vísceras cálidas de la vida?

Padre, ¿qué niño fuiste?, ¿cuáles
fueron tus miedos,
tus vergonzosas acciones,
tus deseos callados?
Sin pecado, padre, un hombre
con sus defectos.


Yo conocí tu rostro amargo,
y el dulce y risueño,
el del hombre feliz
que canta en el aseo diario
con la espuma en la cara
y la cuchilla, que erraba siempre
dejándote marcada la piel
con trocitos de papel higiénico;
tú concentrada postura,
en aquel asiento de hierro,
durante las tareas de las tardes,
después del trabajo,
aquel que secaba tu garganta
–un fuego apagado
con agua helada y el aire,
veneno lento y pertinaz
que agujereó tus pulmones–.

Un café con leche en casa
tras la jornada cumplida
y aquel entretenido
desmenuzar de pan duro
para alimentar a los pájaros.
A tus pies, unos perros fieles
y en tu cabeza, padre,
¿qué había en tus pensamientos,
con qué distraído imaginar
andaba aquella frente ancha?
¿La locura inevitable,
de los sueños imposibles?
¿Qué suspiro, grito o palabra,
se apretaban en aquella boca
de labios finos,
que hacía tiempo
abandonaron el hábito
de sostener un cigarro?


Padre, ¿quién eras,
aparte de ser mi padre,
ese que germinó en mí
desde antes de nacer su esencia?
Aquel que aprendió
sus primeros pasos,
los traviesos juegos
que desembocaron en el torrente
de la procaz adolescencia,
el descubrir de la carne,
y en la carne y el alma sufrir,
el duro esfuerzo, el castigo paterno,
el dolor acumulado,
la espalda doblegada,
a la tierra, al mundo;
la frustración, la humillación,
los desprecios, también
la alegría, el gozo, las ilusiones.


Padre, ¿por qué los hijos
sólo pueden conocer
una pequeña parte
de quién fue su tierra,
donde esta semilla que soy
persiste en su herencia?


Quizá, mirándome vea
quién fuiste,
quizá ame al hombre,
al débil hombre,
que me mostró
un bello sendero,
un bosque, como todos,
con rincones oscuros.

Yo me quedo
con aquel amplio claro,
entre sombras de pinos,
sentada sobre la duna fría,
mis pies desnudos,
hollando la arena
y aquellos hombres y tú
atrapando pájaros entre redes.
La única niña,
el único profano espectador.

A falta de chico, yo te servía,
padre, para tus enseñanzas.
Era buena alumna,
al menos, fui un apaño.
En mi tierno corazón
aquello era hermoso,
a pesar de las trampas pérfidas,
mártires alúas cogidas por sus alas,
bocado tierno, carnaza viva
para los voraces pájaros.
Yo te reñía, no hagas eso,
y tú reías con mis temores ingenuos.


A través de esos recuerdos
te amo y a la vez,
amo mi ser,
lo que reconozco
de aquella siembra.
Ahora, en este destierro
en el que aún me hallo,
te doy gracias,
por ese tesoro sin brillos,
hermosa memoria
de ti.


Padre, nunca sabré
qué hombre te habitó,
qué niño quedó sepultado
por el polvo de la tierra.
Yo conocí al padre,
no al hijo, no al esposo,
no al enemigo.
Y del padre sólo vi una faz.
Siempre será menor mi recuerdo
que tu vida y tu ser.
En mí estás,
y a través de ti
me veo.

Bajo la lluvia, agazapados...

 

Bajo la lluvia, agazapados,

buscamos algún refugio

donde proteger el cuerpo húmedo,

trémulo y roto por sus balas.

Allí aguardamos, a la espera

de un nuevo sol,

con su caricia cálida,

su apasionado beso que nos devuelva

las fuerzas perdidas.

Extravío


                Hay una constelación en tu piel

                que me hace confundir

                el norte y el sur.

 

 

En este cruce de caminos

en el que me hallo,

desde su centro,

se pierde mi eje.

Debato entre dos errores,

aunque sé que la realidad

me llevará a su criterio

una vez entre en su vereda.

 

Me pregunto de dónde parte

la sed insaciable de este manantial seco

que no llega a la calma

de un estanque.

 

Se hacen nidos entre las ramas

de mi esqueleto

y en las alturas va vaciándose

su copa.

 

Embriagada del hastío de este

largo invierno,

pierde firmeza el espíritu,

se tambalea.

 

Sale el sol de una nueva mañana,

perfilada de blancas nubes etéreas

en abierto azul de un salado océano.

 

Hay días con sus minutos

que son horas

y horas fugaces como un relámpago

en un cielo de tormenta.

 

Pesa hasta el aire en el alma

que quiere ir ligera de ropa

pero se empeña este frío

en helarme hasta las venas.

Pronto pasó la primavera,

Pronto pasó la primavera,
inadvertida en sus inicios,
al principio ajenos al bullir
que germinaba la tierra,
ignorantes, caminábamos distraídos.
Sólo al surgir las flores
fuimos conscientes del campo
que nos contenía,
pero breve floreció su revelación.

Nunca llegamos a conocer del todo
lo que los ojos no alcanzaban
y la mirada se confundía.
El verano dio algunos frutos,
aquellas flores donde libaron las abejas,
y muchos pétalos caídos
se pudrieron sin echar semillas.
Cuántos no eran conscientes
de su destino, cuántos emprendieron
el vuelo hacia un cielo inalcanzable
y, ciegos, trataban ver en la oscuridad,
perdiendo los sabores en otros labios.

Se aleja el estío sin percatarnos,
sólo algunas ráfagas de brisa fría
anunciaban el otoño.
Nos sorprende con desnudo plumaje.
Echamos cuentas de provisiones
y no sabremos si su caudal
cubrirá los días del invierno.
Faltan fuerzas en los huesos
y hay un peso de cansancio indefinido,
algo que ni los médicos
darán con el diagnóstico.
Es ese tiempo caduco
que, en cada quemar los residuos,
acumula un polvo cenicienta,
un gris que transmuta en negro
si no nos alcanza antes
la inconsciencia y la memoria
hecha retazos de lo que fue
un bonito vestido.

O en un desequilibrio hipotético,
nos llegue la luz cegadora
del tiempo eterno
sin previo anuncio.