Caen en avalancha desde la cima del cielo

 Caen en avalancha desde la cima del cielo,
abren agujeros en los tejados de nuestras casas,
dejan en pie desnudas paredes.
Colgados y torcidos, cubiertos de polvo,
los retratos de rostros desconocidos.
Impávidos ojos miran,
a través del cristal frío
frontera con la vida.
Por ventanas que nunca se cierran
entra a veces un pálido sol
y muchas noches sin lunas.
Sobre escombros donde antes hubo alfombras
caminan arañas entre sus redes.
En un rincón bajo el triste paño
de lágrimas de ayer,
una perla se cobija y aún brilla su nácar
con destellos que no se olvidan.
En el recuerdo
la sonrisa de una sombra agradecida da más luz
que la llama ardiente de un fuego encendido.
Adivinan los días el peso de un cuerpo
y sueña la eternidad prometida de la muerte.
Ya ligera y sin herida,
el alma vuela sin ataduras.

El miedo supura rabia

 El miedo supura rabia,
emponzoña las heridas de la frágil carne.
Vuelve enfado a la inocencia,
vencida por pecados ajenos.
La vida generosa para unos,
¡es cruel para tantos!
Beber de un vacío
hizo un árido desierto.
En la soledad solo el silencio grita,
mientras una tierna piel
se hace quebrada corteza .

De aquellos paisajes
vinieron oscuros pájaros
que anidaron entre los recovecos
de las vísceras,
buscaron un hueco en el corazón
para estar calientes las crías,
nacidas con plumas mojadas
de hiel y sangre
y, sobre las alas impúberes,
el peso de una tristeza infinita.

No hay cielo en un interior oscuro,
todos los orificios se cierran,
la boca calla y cuando habla se miente,
los oídos se engañan con una lejana melodía,
las pupilas se pierden en horizonte,
abiertas a una libertad imposible.
Se muerden las esperanzas
creyéndose alimento,
y al final, se vomitan.

Quedan sus vuelos presos entre los barrotes
levantados con frágil barro
que el tiempo petrificó.
Basta la falta de aire
para ser cadenas firmes
de un cuerpo que se acostumbra
a la pauta marcada por la batuta
de un mal director de orquesta.

Los días pasan con horas que son minutos

 Los días pasan con horas que son minutos,
huyen las semanas como fugaces relámpagos,
los lunes se pisan unos a otros
tienen urgencia por colarse los primeros.
El tiempo ha transcurrido rápido
y tardan más las hojas de los árboles
en caer que las de un calendario.
Los años se cuelgan de la alcayata
donde quedará un día,
como un reloj parado,
el viejo almanaque olvidado.

Al más leve suspiro

 Al más leve suspiro,
toma el olvido el vuelo
y,  si acaso lo atrapo,
es pájaro muerto que cae a tierra.

El arte de la rebeldía

El arte de la rebeldía
no se aprende en ningún libro,
no se enseña en escuelas,
innato impulso
que tantos olvidan
a golpe de adiestramiento
monotonía o costumbre.

El arte de la rebeldía
no es la pataleta,
ni el morro torcido,
es la libertad del acto
tras decir la palabra.

El dolor enciende un fuego en las carnes

 El dolor enciende un fuego en las carnes,
muerden perros los costados,
roen ratas el tuétano de los huesos
el firme esqueleto se vence
y caen los andamios de la casa.
El rostro se ve en el espejo,
¿qué ojo puede ver las entrañas?

Fuimos unos náufragos enloquecidos

 Fuimos unos náufragos enloquecidos
que consiguieron alcanzar la isla,
paraíso que creímos soñado.
Nos alimentaron sus jugosos frutos,
tuvimos el refugio en su fértil tierra,
al amparo del frío y los vientos,
salvados del bravo oleaje del océano.

Llegamos a sus cálidas arenas
con las prendas hechas harapos,
arrastrados por el destino
a su mansa orilla.
Allí construimos nuestra madriguera
y escapamos de quedar hundidos
entre las aguas de la soledad.

El ave del tiempo, el nido del espacio

 El ave del tiempo, el nido del espacio,
sostén y vuelo en un cielo pequeño
con señales de estrellas y nubes.
Desde esta tierra su escasa luz
dirige los pies a tientas.

La niña posa vestida de domingo

 La niña posa vestida de domingo
para una boda con luz de mayo.
Sus ojos sonríen y sus manos no dejan ver su boca.
Con gesto tímido cruzan sus deditos
sobre sus labios.
La niña lleva un calcetín caído siempre,
por mucho que se lo suba.
La niña con su carita graciosa
tiene en los ojos fuego de noche.

Es silencio ya, eco extinguido
de aquella tierna voz.
¿Cómo olería su pequeño cuerpo
casi de estreno como su vestido?
Tal vez a dulce fragancia
y primoroso aroma de inocencia.
Solo permanece la imagen
en frágil cartón, sin sus colores encendidos
y un fugaz recuerdo que expuesto
a corrientes de aire se pierde.
De los demás sentidos nada queda,
la caricia de un tacto,
los sabores que lamieron su lengua,
el rumor de sus sueños.

Es la traición de la conciencia
que hizo olvido por falta de palabra.

Convierte más olvido lo que fue

 Convierte más olvido lo que fue
que lo que pudo haber sido.

La verdad va descubriéndose
tras el biombo del tiempo.
Enseña una pierna, un brazo.
Insinúa con artimañas
parte de su belleza.
Cuando parece que por fin
será dueña de tus ojos,
se esconde con risa maliciosa.
Si asoma parte de su rostro,
asusta tan sombrío el maquillaje.
Esas prendas van dejando
la blancura virginal de tul y seda
que a la luz son tejidos
opacos y mediocres.

Los días te roban la fe

 Los días te roban la fe,
nada quedará protegido
por ninguna puerta ni candado.
Con astucia y avaricia
se llevarán todos tus tesoros
y tus manos suplicantes
quedarán vacías.
Tu mirada, antaño iluminada,
será estancia que se oscurece
en el ocaso.
Tu boca, jugosa y llena de verbo,
se volverá hueco profundo,
noches sin luna.
Del fondo de la garganta
saldrán aullidos de desolación.

Rondan fantasmas en la penumbra
Y, al compás de un tétrico baile,
recitan salmodias, conjuros de insomnio
con los cadáveres de nuestros sueños.

Retuvo el tiempo su reflejo

 Retuvo el tiempo su reflejo,
cristal que el tiempo ha roto.
Su rostro en la mañana
de sábado,
la barba crecida de la noche.
Enjabonadas las mejillas,
se cubren de espuma,
con brocha de pelo grueso
que gira en círculos concéntricos.
La cuchilla nueva
rasura firme,
no siempre al primer paso.
Abre caminos en la cara,
retira vello y espuma.
El grifo abierto,
enjuaga la cuchilla
y golpea en el lavabo
para eliminar los restos.

Canta el hombre
mientras se afeita.
Cante hondo del pueblo
es hoy canto de alegría
en el descanso de la semana.
Canta, pasa la cuchilla
la enjuaga, la golpea contra
el lavabo.
Tuerce la boca,
baja el labio superior,
rasura, vuelve a pasar
sacude, enjuaga, canta.
Ha quedado el rostro
sin espuma,
se echa agua fresca,
sangra pequeños puntos.
El hombre canta,
la niña lo escucha,
lo mira, hace un gesto
de desagrado ante la sangre.
El hombre se ríe, canta,
coge papel higiénico,
va poniendo trocitos,
sobre las pequeñas heridas.

El hombre canta, sonríe,
la niña, lo ve feliz, la niña
es feliz porque él está feliz.