En los infinitos espacios

 En los infinitos espacios
va libre de la carga de la carne,
por el aire camina con pies etéreos
su sustancia.
Es contraría melodía a nuestros oídos
y esta recia piel no está hecha
para notar su sutil roce.
Qué decir de los ojos
que sin fe caminan,
atados a la luz que entra
en sus pupilas con sombras,
¿cómo distinguir su brillo transparente?
De aquel jardín oculto
no llega el aroma de sus flores
y, aunque la boca en silencio
capte un sabor indefinible,
solo el corazón atiende el recado
de sus líquidas palabras.

Búscame allí donde se ocultan las sombras

 Búscame allí donde se ocultan las sombras
tras robarle la luz a los objetos.
Si arañas el envés del espejo verás
la transparencia de tus desvelos.

Mientras la luna sale,
cierro los ojos y rezo.

Búscame allí donde se forjan los colores
que el tiempo tiñó de negro.
Si descorres todos los velos verás
el brillo azabache de aquel cielo.

Mientras el sol sale,
abro los ojos y muero.

Voy a evocar cada piedra

 Voy a evocar cada piedra
de este templo.
Voy a mirar su cruz
para hacerla recuerdo y nunca olvido.
Voy a retener en mis oídos los ecos
y trinos cotidianos,
también la alegría de sus campanas
callando todas las voces.
Voy a encerrar en mi retina bajo llave
este horizonte de luz infinita,
su sublime firmamento de nubes y luna.

Soy nómada, pernocté en sus brazos
bajo la luz del sol y la noche más oscura.
Voy a un lugar nuevo con otra capa de piel
y abandono la cáscara de tu aire y tus muros.
Bebí de tu fuente y su soledad sonora,
entre sus calles quedarán mis huellas y las tuyas
y, en el silencio, nuestros murmullos.

En este destierro elegido,
voy transeúnte por esta tierra
hasta alcanzar los infinitos espacios
de las eternidades.

Dejo muda memoria
y conservo melodías de recuerdos.
Cargo la mochila de semillas
para sembrar nuevas cosechas.
La vida hasta quieta es errante
y su sendero siempre incierto.
Es bruma en lontananza
que se deshace a cada paso.

Oh, muerte, que te niegas a mi mirada

 Oh, muerte, que te niegas a mi mirada
y no me muestras ni cercanía ni lejanía,
tejes tus hilos callada sin susurrar al oído
ni cantar mientras haces tu labor.
No sabemos si eres sombra de otra noche
o vienes de camino para hacer último alba.
Ah, muerte, siempre pegada a nuestra boca,
lanzada tras las palabras inútiles
de este escaso abecedario,
vuelves a la úvula de nuestra garganta
sin escupir ni el más leve suspiro,
ni dejar cabo suelto de tu secreto
hasta que, culminada tu obra,
en nuestro postrero aliento te manifiestes
y ya, vestidos de mortaja,
disuelvas en la nada este sueño que fuimos.

Hoy, en este día de marzo

 Hoy, en este día de marzo,
en este cielo por donde se divierte
un sol caprichoso, niño que corretea
y juega al escondite con las nubes,
mi espíritu se siente confiado,
aunque sabe que no podrá
agarrar para siempre esta emoción
y regresará la bruma del desencanto
de la tristeza.
Entrará su alada sustancia a una cárcel
hecha de barrotes endebles
que parecerán de puro acero.
Creerá imposible de escapar
y al rato sin más se va a disolver
como hilos de agua transparente.

Qué extraño este vivir

 Qué extraño este vivir
del que nos sentimos sus dueños
y ni siquiera somos inquilinos.
Por qué atarnos nuestras propias cadenas,
si viene la brisa y su nudo se rompe
y cuanto más libre te sientes,
los dedos alargados de las sombras
se enredan y hacen nube oscura
sobre tu cabeza.

Qué extraño es este vivir
sin certezas de un mapa
que trace claro las sendas.
Por qué dejamos entrar al miedo,
si somos objetos de su capricho.
Sacudirse ese polvo gris.
hacer ovillo y lanzarlo lejos,
satélite del cosmos ignoto,
mientras nos dejamos llevar,
mecidos por sus ondas.
Que decidan nuestros pasos,
nos baste confiar en que el reloj
no se pare, levantarnos a una hora,
reír a la sorpresa,
soñar mucho
y llevar siempre los párpados levantados.

Me ha inundado su aroma de hierba

 Me ha inundado su aroma de hierba
bajo la neblina de un amanecer.
Ha llegado con su traje de señora,
seria y callada.
Arrincona la voluntad
y busca un asiento cómodo
al abrigo del norte,
un lugar sereno, donde se respire
sosiego y cobijo.
Tendrá ese espacio que hacerse
reconocible y para ello
hará falta habitarlo.
Me ha inundado su bruma,
su corriente de aire frío
y mi corazón temeroso
se encoge apretado en el pecho.
Cruzo los brazos para retener
su palpitar alocado y recibir
el calor de un fuego amable.
Qué desagradable tiempo de pereza
que siembra miedos y desánimos
con este otoño recién llegado,
tan desapacible que se barrunta
se adelante el invierno.

Qué sola está la iglesia de noche

 Qué sola está la iglesia de noche,
con sus santos, vírgenes y crucificados.
Se oirán sus plegarias y sus lamentos,
rondarán las columnas
los rezos y confesiones de beatas,
guardados en los confesionarios silenciosos,
sus secretos arañando los oídos de los ángeles
por los carnales pecados,
ellos que no saben de deseo,
pues Dios no talló su cuerpo para la lujuria.

Qué sola estará esa solemne estancia,
qué almas recorrerán los pasillos,
qué cuerpos sin peso estarán sentados
en los bancos fríos en perpetuo recogimiento,
y cuántas calaveras apoyadas sobre los reclinatorios.
Qué sola está esta iglesia,
llena de tinieblas sin velas encendidas,
calladas todas las bocas de yeso y madera.
Qué frío en la noche oscura,
mientras, en este profundo silencio
de madrugada, yo la miro compasiva,
intento atravesar este denso muro
para hacernos mutuamente compañía,
orando al cosmos una letanía eterna.

Me miran los días con el descaro

 Me miran los días con el descaro
de sus mañanas,
el ritual de luz y alborozo acostumbrado
que llevan las risas de la chiquillería.
A estos ojos cansados de noche
se les contagia su júbilo
y, frente a su decadencia,
le ofende tanta arrogancia
de lozanía y juventud.
Pero este turgente cielo
pronto se hará lacio corpiño,
y reverberarán los rayos de sol
sobre la piel aún exuberante de su atardecer,
sin sospecha de que avanzan
sigilosas sombras que se esconden
por los rincones.
Estos ojos cansados de noche la previenen:
no andes con alardes,
que el ocaso se aproxima.
Le llegará de golpe toda la penumbra
que tan ajena creyó.
Por cosa alejada la tenía,
cuento y leyenda de lunas y estrellas,
donde oscuridades mayores
las cubrieron de desventuras
y apagaron el brillo de su plata.

El día al final termina para todos
y estos ojos cansados de noche
se asoman en la negrura que adquirió
aquella resplandeciente blancura
en el azogue de su espejo.
De hito en hito se miran y se reconocen
caduco tiempo lleno de melancolía.

En clausura, vestida con el hábito

 En clausura, vestida con el hábito
de los quehaceres diarios,
en mano de la providencia,
regalada con los dones del destino,
entregada a la oración cotidiana,
con la fe puesta en su complacencia
y la gratitud por el cielo que me ofrece
entre los muros de mi celda.

Si la vida es conciencia

 Si la vida es conciencia y
sin conciencia no es esta vida.
Quién dice que murió aquel
que es recordado.
Mas, al final de los días.
qué muertos quedarán
sin memoria de vivos
sobre un valle olvidado.

Se derrumba esta colina

 Se derrumba esta colina
levantada con arena.
Vino el viento y la redujo
a un puñado de grava.
La alzó unos centímetros del suelo
con nuevos aires.
Este vendaval arrasará con todo.
Y presiento su olvido.

Desde mis esquinas

 Desde mis esquinas
siempre un horizonte pequeño,
un margen diminuto, reducido, modificado.
El vuelo de un ave,
el eco de un motor que se aleja,
gente anónima que camina
a lugares insospechados,
paredes de edificios colindantes,
ventanas de casas.

Desde mis esquinas,
entre bloques de pisos,
en cinco centímetros se dibuja un mar
y se recorta un cielo.
Vidas extrañas, sonidos amables y cotidianos,
niños que van y vienen de la escuela,
una calle que se pierde para la mirada.
Voces vecinas, críos que juegan,
un loco con sus demonios
atrapado en su cárcel.
Tras aquella ventana alta,
se presienten sus miedos
y se protegen los nuestros.

Desde mis esquinas,
Edificios que dejan un hueco
por donde transita la existencia,
trajín de horas y sus cadáveres.

Desde mis esquinas,
el escaparate de un local
que, cada cierto tiempo,
cambia de dueño y de artículos.

Desde mis esquinas,
una pared y, de soslayo,
un patio interior sin suelo ni firmamento.

Desde mis esquinas,
árboles que han crecido con el tiempo,
juntaron en oasis de bosque de ribera
para una autovía con su runrún indomable,
un monstruo que despierta cada amanecer
devorando el silencio que engendró la noche.
Balcones en hileras unos sobre otros,
floridos, abandonados, encerrados entre cristales.

Desde mis esquinas,
una farmacia, el dispensador de preservativos,
un bullir de idas y venidas,
de acordes y desacordes de palabras,
sonidos de claxon, ruedas que chirrían,
borrachos que cantan o gritan en la madrugada,
alborozo de jóvenes noctámbulos
de vuelta a sus prisiones.
Casas bajas con jardines vallados,
una calle enfrente y un palpitar excitante y decadente
según la hora del día y la noche.

Desde mis esquinas.
a un lado un árbol, pájaros que vuelan,
gaviotas y palomas posadas en los tejados,
mirlos que saltan de rama en rama,
nidos ocultos en su bóveda entre la maraña de hojas,
un patio pequeño, una puerta de garaje,
una valla enrejada,
un perro que duerme en su casa de madera.
Ya solo rondará su alma.
Al otro lado, un muro y otro patio,
un balcón enfrente,
trinos y un sol que avanza
y unas sombras que hacen ocaso,
noche oscura y nuevo amanecer.

Desde mis esquinas,
los tejados de una iglesia,
sobre la espadaña, una cruz de piedra,
un mar ondulado cubierto de musgo,
flores de apagado color y cruce de tejados.
Recortado en oblicuos ángulos, un cielo grandioso,
cambiante, renovado por los instantes,
calendarios y siglos sobre un cielo infinito,
un campanario que da llamadas a misa,
que anuncian el mediodía
alborozo de celebraciones,
toques de dolor en los sepelios.
Música y ruido que reverbera contra los muros.

Desde mis esquinas y sus horizontes,
todas ellas, pequeños universos,
límites para mis ojos,
infinito para mi mirada.