Al fin ligera pluma
surcando los espacios
de un bello territorio.
Al fin alejada del sol
calentada al hogar.
Caen los días precipitados
al vacío del ayer,
dejan su rastro de sangre
sobre la acera.
Vendrán los transeúntes
a borrar con sus pisadas
la mancha oscura,
la olvidada huella
de su suicidio.
Sólo el cabizbajo paseante
intuirá el rastro de un pasado,
desviarán sus pies ese recuerdo
con cierto respeto o temor.
Aquellos, desmemoriados,
los ojos ocupados en el horizonte,
caminarán las renovadas calles
con el presente de un mismo sol
el único testigo de la tragedia.
Otros, ociosos, mirarán
con deseo los bellos escaparates,
soñarán que la vida es etérea materia,
olvidarán la corporalidad que muere.
Reivindico la dignidad
sobre la camilla,
no ser cuerpo objetivado,
dividida materia formada
de piel, huesos y vísceras
cabeza, tronco y extremidades.
No acepto el cuidado
sin aprecio al pudor,
ni admito el lenguaje obtuso,
la charla sobre ti
sin esperar respuesta.
No soy un oyente ausente,
dejad vuestros chascarrillos
para la hora del café.
No actuéis como si yo
no estuviera presente.
No soporto los ruidos infernales
de los múltiples aparatos,
el aséptico instrumental sádico.
El íntimo sístole y diástole
de mi corazón asustado.
El miedo, la vergüenza,
el cuerpo expuesto
a miradas de extraños.
Eres un diagnóstico,
un cúmulo de síntomas,
una piltrafa
bajo un potente foco,
desnudo, helado,
tapado a medias por una sábana,
sin poder cubrirte hasta la cabeza
con una manta.
y gritarles a todos: ¡fuera!
Este que yace bajo vuestras
manos
soy yo, una persona,
un ser que piensa y siente
una identidad compleja.
La vergüenza, el miedo
la vulnerabilidad
frente a unos ojos que escudriñan
tus más íntimos recovecos,
frágil, desvalido.
El dolor te hace bestia.
Devolvedme la salud
sin convertirme en indefenso ser
a expensas del frío metal
de monstruosos artefactos,
lejos de los seres queridos,
rodeado de gente
que va y viene.
Una palabra amable,
una pregunta personal.
No soy un infante, un ser débil.
ni un sujeto de estudio,
no soy, ¡estoy! enfermo.
Me llamo tal,
tengo tantos años,
vivo en tal calle de un lugar
en el mapa,
este es mi número de teléfono,
no bebo ni fumo.
Pero soy mucho más que todo eso,
tengo lleno el cajón de la memoria
una vida de sufrimientos y gozo
como cualquiera.
Agradezco vuestra cura,
vuestra labor encomiable,
pero yo no soy un historial médico,
soy un ser humano.
El cúmulo de la narrativa
de una existencia
cubre mi cuerpo desnudo.
Le dijo el agua al pozo
Si tú me enseñaste a esto
¿de qué te extrañas ahora?
––le dijo el agua al pozo.
Luces un blanco brocal
y descansa en tu asiento
un cubo viejo de zinc,
amigo que nos junta
de vez en cuando.
Tú te recreas en la vida
yo me ahogo en tu fondo.
Aquí hundida me tienes
mientras tú al cielo te asomas.
Espero las lluvias de abril
después de este frío invierno.
¿Cómo te va por ahí arriba?
¿Cuéntame, hay viento, sol,
es de día o noche cerrada?
¿Hay dulces y blancas nubes
sobre un cielo añil
o amenaza tormenta el horizonte?
¿Están sobre el ébano las esquirlas
de las estrellas de plata?
¿Has visto coquetear a la luna,
enseñar poco a poco
su curvo perfil
tras el biombo de las tinieblas
hasta completa mostrarse
en su redonda desnudez?
Desde aquí nada veo,
todo es oscuridad.
Alguna vez su blancura
me inundó,
¡fue tan fugaz su brillo!
Hasta mi eco me cansa
y callo y lloro en silencio.
Ve, y diles a los pájaros
que entonen sus trinos
en tu encalada valla
o vengan a arrullarse las palomas
sobre tu diadema de hierro,
y paseando sus sombras graciosas
reflejadas en mi piel
me despierten de este morir.
Ansiosa deseo oír el riel de tu polea,
sentir en la espera agónica
el roce de tu grueso cordel
que me dejará trémula.
Qué gran soledad
hay en tus entrañas
mientras te lavas la carita
con mis llantos.
Ay, mi carcelero,
echa el cubo
y hablemos un ratito siquiera,
que si me he vuelto
amarga o salada,
no será mi culpa,
ni de mis lágrimas
sino por la falta de tu cuidado.
Recordarán las calles de mi infancia
¿Recordarán las calles de mi infancia
mis huellas?
¿Estarán borradas por extrañas pisadas?
Aún los escalones seguirán siendo
fríos asientos,
dos,
doce,
siete, siete,
siete, siete,
hasta el cuarto piso.
El patio, el ojo de las escaleras,
la mirada furtiva,
las voces cotidianas,
las caídas y tropezones,
las señales y guías de sangre
de la piedra que hizo herida
hasta el refugio de su hogar.
El silencio,
y subir a oscuras
con la luz tenue encendida
en la puerta de tu casa.
Somos olvido de lo que fuimos
Somos olvido de lo que fuimos,
sólo la muerte nos devolverá
la memoria.
Y entremedio,
el desvarío de la vida.
Amada amiga la paciencia
Amada amiga la paciencia,
desatas los lazos
de la espera agónica.
¡Bien sabes tú quién manda!
El reloj impone las horas
a la distancia breve
que llega a ser
inmenso páramo.
Vuelca los granos de arena
a la urna opuesta
cuando leva el ancla invisible
que la sostiene.
Odiosa impaciencia, enemiga
del alma,
agitas su calmado océano.
Inflamada soberbia
que pisa un pie de gigante.
En el infinito no hay huellas,
desierto borrado de ayeres.
El hoy se escribe con lentos
pasos,
freno que no alcanza futuro.
¡Calma, anhelo!
Que quién abriga
tu frágil sustancia
es el deseo del cosmos.
Una vez tuve un sueño
Una vez tuve un sueño,
empezó a caminar y se cayó,
espera hoy en una silla.
Otra vez tuve un sueño,
sucedió lo mismo,
lo guardo en un cajón.
Nació en mí una ilusión sana
con ojos vivos
y tierna piel.
Tomó su primer aliento
roto en un estallido de llanto.
Duerme plácido en una
cuna de cristal,
bella durmiente que espera
su beso de amor.
Renuncia al prójimo como a ti mismo
Renuncia al prójimo como a ti mismo,
vacía de sentido este mundo,
quita todo valor a las vanas cosas,
aniquila el vínculo.
Mira la desnudez de nuestra esencia,
destruye el ego,
alimenta el afecto hacia todo
sin discriminar bueno de malo.
Entrégate al impulso cósmico,
vive conforme a lo que tienes,
a lo que pierdes,
no hay más ganancia
que la calma del espíritu,
ni mayor saber que hacer desprecio
de dones prestados,
de fútiles posesiones.
Ofrécete a su voluntad sumisa.
Haz aborrecimiento
de toda gloria terrenal,
de anhelos y estimación
propia ni ajena.
Guarda el alma los peores instintos
y la razón un equivocado orgullo.
Es una presunción vanidosa
creer tener el control
de tus pasos,
soñar con vislumbrar
la acertada figura
sin fisuras y clara línea.
No vistas tu sustancia
de una fortaleza ficticia,
la vanidad nos dibuja perfectos
dueños de un edificio
levantado a puño y letra,
cuando solo somos
pisadas sobre huellas
frágil semilla volátil,
tendente a mezclarse
con polvo y légamo.
Mira el verdadero rostro
de los pensamientos,
estructuras fabricadas
con piezas imperfectas.
Ve hacia la nada,
contagiado,
penetrado,
por su blanca luz.
No te busques, no vayas
a tu encuentro,
tu ser ya existía.
Frágil o fuerte crece el árbol
según sus raíces.
Beben aire, se nutren de manantiales
profundos,
sales de océano seco.
Unos caen en tierra
fértil o generosa,
otros sobre tierra herida.
Algunos regados por nubes,
tocados por soles,
muchos, mustios, fácil los troncha
el relámpago,
los golpea el granizo.
No es mérito propio la fuerza
que emana de su particular pozo,
ese que se llena al capricho del destino,
agua clara,
turbio fango,
caudal dulce,
agotada fuente,
dócil,
ciego,
muerto.
Frente al objetivo
las inocentes siluetas
dan la espalda.
Se sabe sin decir,
se ve sin mirar.
Observan estas flores
de estilizados tallos
las baldas vacías.
Se sabe sin decir,
se ve sin mirar.
La mochila al hombro,
preparadas para el viaje
con tan ligera carga.
Se sabe sin decir,
se ve sin mirar.
¡Cómo brillan sus ojos
llenos de ilusiones y esperanzas!
Creer es dulce palabra
Creer es dulce palabra
enemiga de la muerte,
no la fe ciega ni la esperanza
que nos traiciona
a fuerza de alimentar
una voluntad hueca.
Creer en un tiempo sin agujas,
un espacio sin límites,
una casa con puertas abiertas
hacia el infinito de un sueño.
Creer en tu propio horizonte
más allá de la vista corta
de nuestros pasos.
Creer no es imaginar
otro mundo,
es imaginar
el universo.
Te veo, luna, por la ventana
Te veo, luna, por la ventana
sobre tejados ajenos,
entre árboles urbanos,
tapada por edificios.
No sobre la alta montaña
ni entre valles,
sobre los prados oscuros.
Hace destellos
de brillantes agujas
la verde hierba
reflejada en un río
sobre las ondas de las olas.
Luna llena y redonda,
lunar blanco sobre el negro
traje de la noche,
bendito pozo misterioso
del que bebe nuestra
fe y esperanza.
Diosa de nuestros rezos,
te pedimos la gracia
de un cielo infinito.
Eres luz que no ciega,
que alumbra más que un sol
y calma nuestros miedos.
Luna hermosa y callada,
¿por qué vuelves tu rostro
a mis anhelos para volver
triunfal sobre estas sombras?
Brevedades
Nuestra más perfecta creación: Dios.
Somos dos que se acuestan juntos
y comparten insomnio.
¿Qué saben los otros
de nosotros?
Los ojos ciegos mirados
creen que ven.
Simple como dulce gota
de rocío,
salada lágrima del mar.
Hormiga que trepa la montaña,
ola que muere en la orilla.
El silencio es aliado
de la tempestad.
Deja que pase la tormenta,
ya verás si vuelven los pájaros.
Esta cáscara que pudre la muerte
ya iba corrompiéndose con la vida.
¡Qué fuerza tiene este viento
que impide que cierre la puerta!
Quizá espera que entre algo de luz
en esta oscura estancia.
En este mar de inquietudes
no encuentra la nave su rumbo.
¡Qué largo camino!
Perdemos la vista
de su horizonte
¡Qué corto paso
nos aproxima siempre
al fin!
No sé por qué sigo sacando agua
de este pozo,
si por más que bebo
nunca me sacio.