Ellos me veían, mas no me miraban,
me vieron entrelíneas.
Ellos me veían y trataron
de sumar de aquí y restar de allá.
Ellos me vieron como se ve la muchedumbre
y el paisaje anodino.
Ellos no vieron ni mi sombra,
ignoraron mis pasos,
creyeron oír algún rumor
y se dijeron, no es nadie.
Ellos me vieron fugaz
cuando los ojos por el instante pasan,
que apenas retienen
algo que se agita
y no se sigue su trayectoria.
Ellos me vieron sin jamás percibirme.
Yo los miro y no dejo verme,
interrogo al reflejo,
paso mi mano sobre su frío cristal,
con mis dedos lo acaricio,
con las uñas lo araño,
con el puño lo quiebro,
deformo su imagen creada,
dividida en diminutos trozos
llenos de aristas ,
rompo su redondez imperfecta.
Y aunque sangren mis dedos
al retirar uno a uno
hasta que solo quede
el fondo opaco,
vacío de reconocimiento alguno.
Ellos me veían, mas no me miraban
Como bola de paja seca
Como bola de paja seca,
ruedas por la vida
con la mirada a la espera
de su regalo
y la sorpresa triste
de su monotonía.
La nieve
Es boca tímida que susurra
y caricia su silencio.
Son sus copos pisadas de bailarina
cuando danza.
Siembra con su mansa blancura
la mezcolanza de un paisaje.
Es un suspiro su voz,
son besos tiernos
sobre los labios de la tierra.
Cae como lánguida mano de dama
tendida al noble caballero
que recoge su pañuelo y extiende
la capa a sus pies.
Esta novia se cubre
con un delicado velo,
lienzo blanco de su pureza.
Son alas de ángeles sus carámbanos,
suspendidas de tejados y ramas,
cinturones ceñidos contra ventanas y puertas.
Cubre de los troncos un lado
mientras deja al descubierto el otro
mostrando su corteza desnuda,
como caras de una moneda
como el ying y el yang de la vida.
Es la nieve belleza sin mácula.
Dura tan breve tiempo su inocencia,
pronto el pecado la seduce
y su ingenua alma se pervierte
por los deseos de lascivos amantes
y corrompen su pureza
por el placer de ser dueño de ese territorio.
Adónde se fueron las nubes
¿Adónde se fueron las nubes
que tan fieras dominaban este cielo?
¿Adónde huyeron que ha dejado
esta casa vacía de oscuridad
y la ha llenado de un azul claro
de vuelos de pájaros y arrullos de paloma
en los tejados?
El sol anida por los rincones, las esquinas
y los altos muros
y son sus sombras blancas vestiduras
de las calles.
La luz venció
a los oscuros pensamientos.
Hasta que no llegue la primavera
Hasta que no llegue la primavera
a mi corazón otoñal,
no busques color en mis ojos.
Opacos están sus cristales,
cubiertos de hojas ocres, secas, caducas,
y olvido.
Vana es la siembra de los pescadores
Vana es la siembra de los pescadores
y la cosecha en el océano de nuestros miedos.
Vano el gritar a sordos
y guardar silencio la palabra.
Vana la causalidad del capricho
y la soledad del soñador.
Vanos los lujos de muertos
y la lucha de los depredadores.
Vana la quietud del peregrino
y correr a ciegas en un laberinto.
Vanas la fe y la esperanza
y las razones de los días,
pues vano es este vivir
si en su banalidad creemos.
Desmenuzar el nudo de los días
Desmenuzar el nudo de los días,
un sol que trae la noche
y una noche convertida en alba.
Desenredar los hilos confusos
de las cotidianas manías.
Entre los mapas desdibujados
se deshacen las razones
y queda despuntada la triste monotonía.
Descorrer la oscuridad
a la claridad de la nada.
Borran las olas los nombres
Borran las olas los nombres
de los enamorados
aunque el mar guarde
la sal de sus lágrimas.
La palabra necesaria
La palabra necesaria
se ha convertido en parloteo estéril,
la palabra, fuente de la angustia vital
que busca con agónico fin
el sentido a esta existencia.
En este bosque, selva, sabana
o desierto, océano sin horizonte,
tratamos identificar
los elementos y sus significados
para construir un mundo
particular que sea a la vez
el mismo universo de todos.
Hablar es poner sonidos
unos tras otros ordenados,
dejando con hartura la boca
y hambriento el conocimiento.
Siempre imperfecta la palabra
el nombre para la entidad
escrita por nuestro pensar.
Queda amorfa sustancia
con líneas entrecortadas
vacío que llenan las voces
el reflejo que se difumina
entre sombras.
Atrapa la lengua la idea,
hila aliento con aliento,
hacen lazo al cuello escurridizo
de lo inefable.
Los errores de nuestros ojos
son tijeras que rompen un traje
dejando desperdigados por el suelo
los pedazos amontonados en la entropía,
haciendo discursos locos, infames,
imposible poner la palabra justa
que cierre el todo.
Giran empujadas por el viento
Giran empujadas por el viento
las hojas secas, horas y días caídos
del árbol de esta existencia caduca.
Se amontonan por los rincones de la vida
arrastrando inocencia y juventud,
convertidas en corrompida sustancia.
Monótono ritual sin intención,
a pesar de nuestros argumentos,
no encontramos razones rígidas.
Nuestra incapacidad de ver
aquello que brilla,
asustados al entrever
entre sus tinieblas
la inevitable destrucción.
Continuo romper de olas
lanzadas a la orilla
y devueltas al abismo,
inmenso océano
que las vomita eternamente.
Vaga perdida la vulnerable
figura de nuestro ser
entre sombras.
Acostumbrados los ojos
a su oscuridad,
conseguimos dibujar los contornos
de nuestras certezas.
Dejo la mirada perdida
Dejo la mirada perdida
en este atardecer
que llena de sombras mi estancia.
Frente a mis ojos revolotean
moscas y, algo más a lo lejos,
cruzan el cielo aún azul
alas negras de pájaros.
En mi templo
A este templo levantado por frágiles piedras
el tiempo enfermó sus muros,
a duras pena sostiene su sagrada estancia.
Llena su áurea mística un silencio preso
y en su penumbra una promesa aún habita,
el haz de luz que desde la cúpula atraviesa las vidrieras.
Guarda el altar la custodia que fue carne y sangre
en ardiente copa, fe de una creencia y liturgia del cuerpo.
Tomó el cáliz el pecador, vació su fuente de vida,
gozó el fruto prohibido en breves horas,
muerto ahora está en su cruz,
y se desangra en callado dolor.
Este sacrificado implora al cielo un remedio milagroso,
la resurrección de eternidad, y que su halo penetre
en este cerrado sagrario.
Es la una y veinte
Es la una y veinte de un sábado,
deambulo en el refugio de mi microcosmos,
recreo los personajes de mi historia,
el bueno, el malo, el desesperado.
Soy la boca que ríe, el puño en la mandíbula,
el miedo pisándome los talones.
Soy el solitario en el salón de casa,
la música sin baile, el olor cotidiano
que se cuece en la olla,
los goces eróticos de un sueño
que espera no le despierte un beso.
El cuerpo desnudo en la bañera
desgarrado por el puñal de tu recuerdo.
Son la una y veinticinco,
el agua arrastra mi dolor por el desagüe.