La niña salta


La niña salta del vientre
a la cuna,
de la cuna a la cama,
de la cama al aula,
del aula a la calle,
cruza puentes
por donde pasa un río,
salta al río,
recorre su revuelto tramo
de aguas rebeldes
y llega al océano de la vida.

En el recuerdo

Cada día te recuerdo más,
en el árbol, en la tierra,
tras esa bandada de pájaros.
Como el café fuerte,
las secuencias de un ayer,
dejaron un poso al fondo
de la taza vacía.

Has dejado esa huella
que se niega al olvido.
Cada día más te recuerdo
en los diminutos detalles
que llevan el aroma
de tu memoria.



Aflojar, desatar el dolor
que hizo maraña
entre las sombras.

Besos que el aire lleva...

Besos que el aire lleva
a reposar sobre los montes.
Risas de ángeles
sobre el pretil de la ventana
donde no lucen geranios
con flores rojas.
Recuerdas el solitario árbol
y, entre sus ramas lánguidas,
el alboroto de pájaros
en otras primaveras.
Hoy, al llegar el alba,
ronda un silencio
en estas abandonadas calles.
Los pasos susurran
entre su opaca claridad.
Clandestinas miradas vigilan
detrás de los visillos
la amarga nada.

Graznidos de gaviotas
rondan muladares
donde estas almas reposan
después de saciar
prostituidos cuerpos.

Transparente


El vaso de cristal transparente
que reposa sobre la mesa
es igual que el líquido
que se somete a su forma,
agua cristalina
que no calma la sed
de esta boca llena de dudas.

Lo que trae la marea

Aquellos restos de memoria
que el mar devuelve a la playa
traen en su marcada materia
la esencia de sus profundidades.
Recogieron entre las algas del olvido,
el musgo fresco de su sal
infiltrada en su sustancia,
aromas de otro mundo.
Silvestres piti rosas
crecían por descampados y caminos,
en el caos de un jardín abandonado,
al borde de pozos secos.
Por aquellas distantes calles,
con estrenado vestido de asfalto,
apenas circulaban vehículos.
Los patios se inundaban
con el griterío de los juegos,
de enormes pandillas de críos.
Bajaban tras la merienda
saturando el aire de vida
hasta bien entrada la noche.
Pan con chocolate,
aceitunas con picos,
aceite con azúcar,
y qué fue, de aquellos
perillos verdes pero dulces,
como la mejor golosina.
Decían los viejos
que los alimentos de ahora
no saben como antes,
alterados sus sentidos,
contaminados de nostalgia,
de hambruna de otros tiempos,
que convertían en manjar
un simple mendrugo
con un trozo de tocino.
Hoy, quizá, desde
el mismo error,
siento la ausencia
de aquellos goces irrecuperables.

No duelen por pasados
sino porque han sido destruidos.

Este doloroso sentimiento


Este doloroso sentimiento
inunda mi ánimo
con un aguacero súbito.
Un malestar profundo
carga sobre mis hombros
la tristeza de un exilio.
Sin recuerdos, busco
en la memoria,
entre su olvido apretado,
el lugar del que procedo
y ninguna señal me orienta,
sembrando tinieblas en mi espíritu.
A veces, la nostalgia
me invade,
sueño con desdibujadas sombras,
su vacío se llena de pesadumbre.
No hallo consuelo
en mi lamento callado.
¿Dónde está la estrella
que me guíe?

Nacimos con un marcado
destino,
deben existir
caminos diferentes.
Malogran el mío
aquellos deseos
que no serán,
para mi boca,
sus frutos.

Llevo del trayecto andado
más que lo me acerca
al fin de esta vida.
Nunca anticipamos
qué nos aguarda
en este sendero emprendido.
Nos alienta una ilusa esperanza
para calmar aquello
que nuestro ser ansía.
Tal vez en un recodo,
divisemos el hogar
del que partimos
un día sin fecha,
cuando nuestros pies
aún eran
aletas en un ignoto útero
y los dientes
no llenaban nuestra boca,
ni de la garganta salían
balbuceos.

Cuando se alcanza la meta,
¿reconocerá el alma
que ha llegado a su centro
o somos ciego que toca
la fruta madura
y, confundido,
la desprecia sin saborearla?
Dame al menos,
si no la clarividencia
que está destinada a los dioses,
la paz y gozo de lo recogido
en este tránsito.

Debo cuidar de lo guardado
en el hatillo,
como si fuera el manjar
más delicioso,
no sea que por obstinar
mi mirada en el horizonte,
tropiece y pierda
por la ladera,
este tesoro conquistado.

Mentira


Mentira de otra mentira,
en otra mentira engendrada,
y así en espiral,
engullida por la negrura
de la mentira que cubre
con tupido velo la gran farsa.

¿Qué importan nuestras
preocupaciones,
nuestros dolores o miedos?
Vivamos, pues, sin lucha.
Frente a sus avatares,
dejémonos llevar por sus
caprichos.
Pronto todo acaba.
¿De qué sirvieron tus enojos?

Duelen las heridas
como si de verdad fueran.
 
Cuando te hieran de muerte,
pide que sea breve la agonía,
o ríe, ríe a carcajadas,
por su macabra broma.

Si llegar a la verdad


Si llegar a la verdad
exige desprenderse
de los deseos mundanos,
¿por qué fue nuestra materia
creada con su fuego?
Si la palabra esperanza
envuelve la virtud
de la paciencia,
¿por qué llena nuestros días
con la sed de su martirio?
Si la esencia humana
se adorna de razón,
conciencia y actos,
¿por qué somos siervos
de un dios caprichoso?

Compañera del alma (IV y fin)


Llevamos este traje tan pegado
a la piel,
que se ha hecho sólida sustancia,
disolver sus componentes,
conocer su trayectoria,
adivinar su objetivo,
es soberbia abofeteada.
Nuestros limitados logros
nos alienta a seguir adelante,
audacia para quienes, siendo finitos,
aspiran a conocer las infinitas leyes.

El cuerpo tierno entregado a la vida
se degenera y es una carga
para el espíritu.
A este edificio el tiempo
lo cubre de inevitable abandono,
lleno de grietas, en ruinas,
a punto de derrumbarse,
caerá en sus brazos por propio peso.
Sólo el alma crece y mejora
con los años
si el fruto verde de la inconsciente
niñez
se lo entregamos a ella
ya fruto maduro.

¡Qué cansado es este caminar!
No sé, si es más duro morir
a esta vida
y descansar,
que la idea de un eterno retorno,
un vivir para siempre,
trashumante materia
en el universo.

Compañera del alma (III)


Provoca odio y, a veces,
el deseo de besar su boca
cuando el dolor es más insoportable
que su dulce silencio.

Nuestro espíritu se revela,
en cambio, hay algunos
que aceptan su voluntad
exenta de miramientos o privilegios.
Luchar con rabia nos dejará
exhaustos en una batalla campal
donde siempre ganará ella.
Rendirse dignamente
cuando viene decidida
y no concede más prórroga.
No es reto para ella
el alarde de fortaleza,
mejor sucumbir serenos
antes que entrar en su territorio
desesperados.

Le lanzamos palabras,
injustas, duras e infames,
en pocas ocasiones la alabamos.
Quererla nos parece antinatural,
sin embargo, tal vez sea amor
su total entrega.

Cumplir su tarea nos ocasiona
un perjuicio aparente,
no es por venganza o maldad,
simplemente desconocemos
sus razones.
Pedirle una respuesta,
hallar algún consuelo,
va implícito en nuestras células,
desde que la conciencia
abrió nuestros sentidos
a la realidad circundante.
Es tan dramático su descubrimiento,
tal su impacto, que es la callada
amenaza de cada día
y el aullido que nos despierta
del tranquilo sueño.
Los terrores de su oscuro mundo
danzan en el caos onírico
y llenan de angustia
nuestras peores noches
de insomnio
atacados por monstruos
y demonios.
Amenaza ese incierto mañana
que mostrará sus fauces
convertida en nuestro
peor enemigo.

Arrepentidos de nuestros actos,
abrazamos cualquier creencia,
buscamos el perdón
del castigo de un infierno,
perdidos en sus inmortales tinieblas.

Nos otorgue la paz de su recreo
y vivamos para siempre
en una felicidad perpetua.
La fe en una religión salvadora,
la esperanza de una eternidad,
la promesa de un paraíso,
todo antes que soportar
un hecho impenetrable
la verdad que oculta,
la evidencia de este trayecto
absurdo y doloroso
que en su lecho termina.
Algunos agnósticos se sujetan
a cierta ciencia o mística,
una indagación de inalcanzable meta
que busca tranquilizar la razón
para no caer en la locura.
Los ateos niegan cualquier continuidad
más allá de la propia materia,
rechazan los falsos predicadores,
su alternativa analgésica,
placebos ante nuestra cobardía,
o la prepotencia de creernos dioses.
Tal vez nuestra realidad
tenga más de mentiras
que de certezas
y todo sea una ilusión,
que adornamos por necesidad
imperiosa,
para no caer en la demencia,
aunque es de necios
no asumir nuestro fin.


Compañera del alma (II)


Cumplidora fiel, no faltará a la cita.
Nunca engaña, sólo
que acostumbra
a no avisar de su llegada.
No hace reserva de día ni hora
en nuestra agenda,
aunque la suya la cumple
al milímetro.
Lleva bien el registro
de la fecha de su visita
y jamás protesta
por tener demasiado trabajo.

Debemos reconocer el detalle
que nos concede
cuando nos envía una discreta nota,
incluso, en ocasiones, hasta a gritos
que nos advierten de estar preparados,
tener todo en regla
atar los hilos esenciales
que configuren la malla
de una existencia valiente.
Mas incautos de natural condición,
hacemos oídos sordos.
Sincera, nos viene a decir
que no bajemos la guardia
pues puede llegar en breve,
de sorpresa.
Podemos pensar que es de mala
educación,
sin previo anuncio presentarse,
mas sabiendo que no falla
en su deber,
es error nuestro no estar prevenidos.
Adecentar la casa,
aprovisionar la despensa
darle un buen recibimiento,
coger de la bodega el vino mejor
y brindar como buenos amigos.
Es nuestra sombra compañera,
tan cercana que nunca se separa,
tan devota que hasta la eternidad
nos sigue.

Hizo pronto sus presentaciones
sociales,
en cuanto tuvimos uso de razón
fue anfitriona para nuestro disgusto,
¿por qué nos sorprendemos
de su presencia,
acaso no fuimos conocedores
de su compañía desde muy pequeños?
Descubierto el cruel destino,
provocó no pocos traumas
y pesadillas en nuestra infancia
a pesar de recurrir al dulce engaño
y camuflar la realidad
con cuentos.
De mayores, otro paraíso
inventamos,
aunque no podemos evitar
hacer vigilia en la noche
con ella sentada a los pies de la cama
desvelando nuestro descanso.
Motivo de nuestros primeros miedos,
tememos nos arrebate
lo amado,
quedarnos con ese vacío,
que no bastarán recuerdos.
Se lleva lo más grato,
deja su legado en nuestra frágil memoria,
y las manos huecas
del cuerpo ausente.
Rompe el tranquilo tránsito,
se tambalea nuestra base,
debilita la firmeza de su estructura
y su gélido aliento
con facilidad nos tumba y descompone.