Si la vida os da años, no os preocupéis

 Si la vida os da años, no os preocupéis,
bajaréis los mismos escalones.
Si pisáis sobre un terreno hollado,
¿por qué creéis ser distintos?
¿Por qué te miras tanto al espejo?
¿Acaso crees ver otra cosa que no hayas visto?
Pretendes en su reflejo agarrar
un tiempo perpetuo,
retener las horas de la inocencia,
en el rostro del presente.
Aquel lienzo cogió mugre y polvo,
en su fresca pintura se hicieron grietas
y en sus primarios colores hoy deslucidos
quedarán los mañanas tras un cristal empañado.
¿Por qué ese mirar constante
en un torpe intento por retener
los mismos perfiles?
Con engaños reconoces tuyo
al extraño que te usurpa.
Entre las hendiduras labradas
por los días,
la muerte hace su nido.
En su brillo la sonrisa disimula,
niega la mirada acusadora,
mientras la carcoma lame
lenta y pertinaz la vida.

Soy pez

 Soy pez, camino en agua que no veo,
nado en su río dulce y en su mar salado.
Soy pez de corta memoria
y mucho extravío,
ignoro mi propia tragedia.
Soy un pobre pez de tantos,
como todos voy sin ver
las aguas que me contienen,  
penetran, permiten mi movimiento
y, estando tan cerca de mi boca,
muero de sed.
Cuando las olas me arrastren
a la orilla,
podre al fin conocer su océano.

Aire, aliento que entra y sale

 Aire, aliento que entra y sale,
que vierte su bondad y su ira.
En un remanso nos abandona,
nos pone alas y nos trae
semillas para ser nuestro alimento.
Fuimos arrojados con su soplo
a esta tierra fértil y estéril,
tierra, verbo y vino de nuestra memoria
y sepultura en el olvido.

En nuestras huecas manos

 En nuestras huecas manos
el sol descubre el correr de nuestra sangre.
El agua calma la llaga,
alivia su ardor.
Un manantial claro
brota y mana de la profundidad
en un desierto.
Es su cauce vida y muerte,
cuna y tumba,
que cede al oriente o poniente.
Fuego y agua,
abrazados,
sacian en su vientre a los diablos
que habitan nuestros infiernos.

Los brotes de las llamas

 Los brotes de las llamas
son hielo que quema la piel,
cortan la carne con afilado dolor.
En la blancura de los fríos astros
arden reflejos, esparcido brillo
sobre las cosas opacas,
rutilante alba que expande simples destellos,
avivado resplandor de minúsculas gotas.

El trazo perfilado de las letras

 El trazo perfilado de las letras,
su silueta, su rúbrica, el signo,
construyen la palabra.
La idea brotó de las comisuras
de los sentidos.

Hoy el cielo parece un tejido


Hoy el cielo parece un jersey
abullonado,
ha tejido puntos de mora
de nubes blancas.

Volcadas piedras de río
sobre azuladas aguas.

Sobre un fondo oscuro del cosmos

 Sobre un fondo oscuro del cosmos
habita aquello que,
por no tener nombre,
no se pronuncia.
Ausente de figura, sin volumen,
recóndito, etéreo, volátil y puro,
se escapa a la mirada
y se escurre entre los dedos.

Es trece de noviembre

 Es trece de noviembre,
miércoles húmedo y tranquilo.
La estancia está en penumbra
y brilla la luz de un calefactor.
Hace mucho tiempo de un día,
entonces soleado. Era sábado
y un cálido atardecer.
Unas palomas alzaron el vuelo.
El giro de llave abrió esta puerta
que hoy guardamos como un tesoro.
Aunque muchas lluvias mojaron
nuestros cuerpos y las prendas
se endurecieron bajo el sol ardiente,
por suerte, el frío nunca caló hasta el tuétano.
El fuego que ardía en la hoguera
quemó la leña y deja brasas aún candentes.

Llegará el invierno de nieves,
serán cenizas de muchos pasados
entre los rescoldo de su lumbre
y otras palomas alzarán el vuelo,
buscarán una tierra más amable
bajo un cielo resplandeciente.

Llueve y son caricias al aire sus gotas

 Llueve y son caricias al aire sus gotas.
Lleva toda la noche y la mañana sin parar
y aún continua en la tarde su hermosa melodía.
Es un brotar de fuente, una suave ola deslizada
sobre la arena de una playa.
Algunas chocan sobre el capó de un coche,
cartones apilados en la basura,
diapasón marcando un compás.
Llueve en este día gris claro
sin el fulgor dorado del sol,
empapa su continuo rodar de agua
tejados, muros y adoquines.
Llueve sin estridencias,
es calmada y dulce esta lluvia,
sin bravura, sin hacer charcos,
ni ríos, ni torrentes.
Desciende el poco caudal  
hacia las alcantarillas.
Hay vacío de voces,
solo algún motor ruge de vez en cuando
y, en las pausas un silencio,
entrega al oído y al alma
su sereno canto
de fuentes clandestinas en un jardín.

Mientras en el púlpito

 Mientras en el púlpito
se predica la salmodia,
sus ecos abandonan
el amparo de los muros y bóvedas.
Por las ventanas abiertas
un presente se conjuga
sin ornamentos.
Olvido son estos templos cotidianos,
donde el cordero de dios
se ofrece en sacrificio
y resucita cada día.

El día está indeciso

 El día está indeciso,
no sabe qué vestido ponerse,
qué rostro lucir para la calle.
No sabe si dibujar en sus labios
una amplia sonrisa
y mostrar la blancura de sus dientes
o, por el contrario, poner la mueca seria,
dejar caer sus comisuras,
fruncir el ceño y oscurecer
la dulzura de sus ojos azules.
De pronto esta señorita se asoma
vestida de colores luminosos,
la piel perfumada,
con rubor en sus mejillas
y la mirada dulce y cálida.
Ha desatado su moño y suelta
su melena de rayos dorados.
Ceñido a su talle lleva un vestido
de lentejuelas brillantes como cristales
que resaltan su natural belleza.
Pero, como asustada niña se esconde
tras la cortina,
deja un pequeño resquicio entreabierto
y una mano huraña se la cierra de golpe.
Sale a la puerta una señora malhumorada,
vestida por entera de luto
de los pies a la cabeza,
sin un rastro de clemencia en su semblante
con ruda mirada y apretada boca.
Parece celosa del encanto de la tierna doncella,
callada pero con firmeza le ordena
cerrar la ventana
y queda encerrada en la oscuridad
de su estancia.
No quiere que ojos lascivos la miren,
debe guardar su pureza
hasta de los malos pensamientos.
La inocente niña desobedece
y se entrega voluptuosa al gozo.
Aprovecha un despiste de su carcelera
y abre primero un ventanuco de su torre,
después la ventana de par en par
y por último sale al balcón radiante de nuevo,
mostrándose en plenitud.
En este día toda la luz y la noche
se concentran,
la alegría y la melancolía
de su voluble ánimo.
Es el amor con sus aristas
que zarandea al corazón
con sus dudas y caprichos.