Me busco en mis ojos

 Me busco en mis ojos.
Mis ojos en mis ojos 
se buscan.
Qué luces se apagaron
que han dejado este acuoso brillo
tras la lluvia
sobre un cristal sucio.

Tras las amplias vidrieras

 Tras las amplias vidrieras
se levantan altos edificios.
Sobre los tejados
compiten colinas verdes,
sombras en la noche
con centellitas temblorosas,
almas que palpitan  
en sus soledades.

Hay sueños que no son tus sueños

 Hay sueños que no son tus sueños,
son sueños de otras almas,
agitadas entre las tinieblas de la noche,
colgados sueños
de las babas de una luna llena.
Queda suspendida en el aire
esa nube de imágenes oníricas,
flota en la estancia abandonada
por otro cuerpo,
como polvo depositado 
sobre el cabecero de la cama,
adherido a las paredes,
arrinconado por espacios,
donde no llegó el viento.
Batallan aquellos sueños en territorio propio
y hacen prisionero al combatiente
que se adentró por sus senderos oscuros.  
Cae enredado entre sus cuerdas,
hundido al fondo de su pozo.
La oscuridad cómplice le abraza 
en su asfixiante atmósfera.
Son piratas de otros mundos
que asaltan la barca de este durmiente,
navegaban en un infinito océano 
zarandeado por su fuerte oleaje. 
Se apoderan del mando
y lleva al soñador a su deriva,
sumido en su delirio.
Alcanza la orilla del desvelo,
abrumado, sin norte ni sur,
hasta sentir la acaricia 
de las finas y cálidas arenas
de la playa de su monotonía.
Aún le cubre una capa seca de sal
que escuece en viejas heridas
hasta quitarse esa capa
disuelta en las aguas del río de las horas.
Desvanecida la bruma con los rayos del sol,
a ratos nos ciegan los destellos 
sobre las temblorosas gotas de rocío.

Aquel cuerpo frágil, desnudo, salta

 Aquel cuerpo frágil, desnudo, salta
de un brinco a la vida y sin saber
aún que es la soledad,
la soledad le ignora.
Y a aquel cuerpo que aprende 
sus sílabas,
nada le importa su significado,
se rodea de mundo 
de circular horizonte 
y él es su centro.
Aquel cuerpo ya ve la palabra completa,
su ortografía inamovible,
su contexto y su vacío universo.
Empieza a recibir invitados,
unos llegan y se quedan y
muchos, una vez compartieron 
entremeses en la fiesta,
marcharon poco a poco.
Y aquel cuerpo se tornó rígido
por unas partes y blando por otras
y su territorio fue quedando en abandono.
Aquel cuerpo con dificultad 
ya no distinguía de distancia
y esa fue su suerte.
Sí que notaba más frío,
como si la densidad que lo llenaba
se hiciera más débil, tan transparente
que medio ciego y con frío 
penetrando en sus huesos,
se llenaban de ausencias
los días como las hojas de un árbol.
A aquel cuerpo tan ufano, tan alegre,
que jugaba con los rayos del sol
y disputaba sus fingidas batallas
contra el viento,
ahora le aúllan a los oídos 
sus terroríficas amenazas.
Aquel cuerpo medio cubierto de harapos
ya conoce bien aquel nombre.
Su rotunda D final
es una orden y defiende
que nunca pretendió engaño,
fueron las flores,
los cantos, las risas de un paisaje,
la primavera.
Aquel cuerpo se viste de cáscaras
secas
para calentar el alma desnuda.
Ella abrazada al resto, esperaba su derrota,
ella supo siempre que al unirse
esas letras perdería la compañía 
de todas las demás.
Como ramas de un árbol de otoño
iría perdiendo todas las otras.

Sé que las sombras no siempre son grises

 Sé que las sombras no siempre son grises,
sino niebla que oculta lo que hay detrás,
quizá, un pájaro que vuela,
la verde colina,
el abrazo del sol,
el océano de un cielo.

Quieres volver a ver sus canalones

 Quieres volver a ver sus canalones
derrochando sobre las piedras
caudalosos ríos,
sus hilos de plata correr
cuesta abajo por la calle 
dejando su brillo de azogue 
sobre los adoquines.
Se hace el recuerdo tan amado
que olvidas en los huesos el frío
de los días de invierno.
No tiene remedio añorar 
perdida la razón del viaje
duele dejar el aposento caliente
donde hará escarcha el abandono.

Ahí sigue mi niña canturreando

 Ahí sigue mi niña canturreando,
protegida de parterres y naranjos,
rodeada de muros y recias piedras,
levantadas para gloria y oraciones.
El campanario silencioso
dejan al vuelo sus campanas
alas de palomas.

Caminan bajo la lluvia

 Caminan bajo la lluvia.
Es lluvia benévola pero cala,
traspasa las prendas, la piel, la carne 
y llega a los huesos.
Moja con dulzura y empuja los pasos
para abandonar la nube 
ceñida sobre sus cabezas.
Caminan juntos una mujer
y un hombre,
al fondo ruge el caudal del río.
Es noche húmeda y brumosa,
golpean las gotas la tierra
al compás de una melodía desconocida.
Caminan, caminan, caminan,
hasta encontrar cobijo.

Siempre la huida

 Siempre la huida, 
quizá porque el azar quiere
frenar sus pasos y se resiste.
Siempre huyendo hacia otro territorio
con el alma insatisfecha
y el cuerpo incómodo.
Tendría una razón
la búsqueda pero nunca
se presentaba clara
y el refugio se escondía
sobre el mapa confuso de la fortuna.
De lo abandonado queda a veces,
el arrepentimiento,
la añoranza,
el error,
la culpa,
el consuelo.
Huir siempre en un laberinto
y tropezar con sus esquinas,
retroceder al chocar contra sus muros,
desenredar esa maraña ,
tirar del cabo principal,
hacerlo línea recta 
hasta llegar a un nuevo destino 
que, para el que huye ,
siempre será efímero.

No estoy aquí para ser fuego

 No estoy aquí para ser fuego,
sino chispa que lo prenda.
No para ser lluvia,
sino gota que calma la sed
de la hierba seca.
No hago playa,
soy grano de arena y guijarro
arrastrado por la orilla
al fondo del mar.

Ha salido a caminar

 Ha salido a caminar
el hombre de oscuro
por la calle solitaria 
cuando empieza a caer la bulliciosa mañana 
al silencio de la tarde.
Se ha cruzado con un hombre joven
que marcha ligero a paso acompasado.
Él va torcido, su cuerpo cede 
hacia el lado derecho con un ligero cojeo.
Antes de llegar a la esquina
se vuelve a mirarle,
tal vez, con envidia, 
con nostalgia,
con pesadumbre.
Continuó lento un trecho más
y tomó de nuevo el mismo camino de regreso,
escorado como un barco,
inclinado por el viento,
por el agitado mar,
por el peso de la vida.

Me echaste

 Me echaste, 
sabías que adoraba tus brazos de piedra.
Me echaste
o tal vez fui yo
quién no supo ver tras los tejados.
Me dejé abrumar por el secreto
al otro lado del tabique
de voces sin una historia.
El silencio y la soledad se agrandaban
como las malvas sombras 
de los atardeceres.
Me echaste,
me fui,
ya nada importa.
Habrá que seguir donde el cuerpo
se asienta al fondo del vaso
como la sal mal disuelta.
Dejemos esta partida en tablas,
este reproche de espejos,
nos expulsamos
y, sin embargo,
cuánto te echo de menos.
¿Añoras quizá mi presencia?
¿Esta anodina masa que cruza la plaza en la noche?
¿Estas manos que acariciaban tu piedra?
Nunca volverá ese horizonte,
serán otras distancias, 
otras miradas
y tanto vacío de un amor 
que se abandona.

Tiene razones el día para buscar la noche

 Tiene razones el día para buscar la noche:
el cansancio de los minutos,
la nube traicionera,
el viento que desordena los pensamientos,
la deuda sagrada con existir
que a veces, tanto pesa.
Sin embargo, qué dulce reposo,
qué olvido y ausencia de obligaciones.
Allí, abrazada de oscuridad y silencio,
el alma gravita por lugares indómitos.
Héroe siempre victorioso,
crea con lo imposible y cotidiano
una realidad más amplia
y regresa a la vigilia ileso.
Ese territorio cada noche se construye
con materiales confusos y brumosos
y de una misma masa substrae 
la sustancia sólida de nuestros andamios.
Al resurgir el día se desmorona,
se hace arena de un reloj de urgencias.

El caminante va por este río ceñido de vasta vegetación

El caminante va por este río ceñido de vasta vegetación, férreo entresijo de ramas, troncos, hiedras que trepan sobre la hierba y escalan las altas copas de los árboles. Forman una muralla infranqueable y a trozos abre una pequeña puerta natural, un caminito facilita asomarse a la dócil corriente. Al otro lado del camino se extienden unos prados verdes. El caminante va en silencio y su paso es gozoso con el crujir de las hojas húmedas bajo sus pies. Cayó en la mañana una suave lluvia fugaz, dejó sobre un cielo azul un radiante sol. En su calmado mar navegan espumosas nubes blancas.

El caminante apenas se cruza con otro caminante. En la soledad palpita una multitud invisible. Aves sorprendidas salen volando de entre las ramas de los árboles, una garza enorme, solitaria cruza de un extremo al otro el cauce del río, se posa en una piedra. Su figura es altiva y elegante y, antes que el caminante quisiera plasmar su imagen para siempre, levanta sus amplias alas y, sobre la poca corriente, se aleja para verla regresar de nuevo.

El caminante descubre lugares hermosos, en el aire fluye un sinfín de aromas. Revolotean pequeñas mariposas, compiten en gracia y color con las hojas secas anaranjadas que como una dulce lluvia caen sobre la tierra. Tras una valla de alambres hay dos caballos percherones. Miran al caminante con inteligencia. Sobre la hierba brillan millares de gotitas de lluvia como perlas de plata. No muy lejos se esparcen pequeños bosques de coníferas.

El mundo está en paz, da un abrazo fraternal. La vida emerge de la tierra protegida y amada por un grandioso firmamento. Y el caminante, consciente de tanta belleza, suspira y se entristece, pues siente su corazón frío sin entender por qué este fuego no le abriga.

Pasó la hora, el día, el mes, el año

 Pasó la hora, el día, el mes, el año,
pasó el tiempo, la vida arrastró
lo que encontró por su cauce,
el ramaje caído, las piedras tiradas
a su fondo, el limo depositado.
Fuimos extraños entre amigos,
el forastero que a nadie conoce
y busca hospedaje en un lugar oscuro.
Vimos amanecer con los ojos
ebrios de ilusiones,
el mediodía se alargó hasta
la calma de una larga tarde.
Fue la luz traicionera, 
la calle sin nombre,
la luna atada al dedo por un hilo
tu único rayo,
que, de vez en cuando, desaparecía
entre los árboles, asomaba
el rostro entre la sombras
para volver a esconderse tras una nube.
Pasó la cronología de agendas y relojes.
Marchaba la inocencia, 
callada, vestida de luto,
el gusto perdido,
sin norte la brújula,
la emoción aletargada,
desvelado el sueño,
perder el paraíso.

Aunque la verdad era otra

 Aunque la verdad era otra,
esa que la razón niega 
mientras el corazón entiende
pero consiente y calla por miedo 
a no tener ese suelo firme 
bajo sus pies y caer al vacío.

No tiene sentido el mundo,
nada importa ni consuela.
El cielo, qué importa ya ese cielo,
antes era de una belleza rotunda 
cubierto de nubes blancas y esponjosas.
Ni aquel azul intenso 
de un hermoso y sereno mar,
cuyos volantes de espuma 
lo engullen y lo ahogan.

Tal vez, el brillo de un rayo de sol
penetre por su cristalino
y vuelvan a encenderse
estrellitas en su fondo
y se colme el firmamento 
que se tragó tantas noches
en un día luminoso.
Recuperar al menos, uno, solo uno
de los conceptos,
PAZ

Juguetes

 Tenía entonces el juego sus reglas,
su propio lenguaje. 
Qué inútiles parecían
ante la mirada inocente
y en el mundo por dibujar
entraban sin entenderlo.
En esa edad dulce,
no había imposibles.
Inventábamos palabras, 
bastaba la vocal perfecta,
y salía de la boca el asombro,
la risa, el grito, el llanto.

Siempre conservamos alguna reliquia,
por cariño y apego de un nostálgico ayer.
Mostraban sus defectos
y su desaliñada indumentaria.
Después, tal vez, por el uso desgastados
o cansados de tenerlos, les cogimos manía ,
quedaron al olvido en un sótano
y en alguna limpieza acababan 
en el contenedor de basura. 
Cuántos se fueron por viejos, por rotos,
fueron tantos los que resultaron
tan precarios, de un material tan deficiente
que una racha de aire los hacían añicos.
Ah, han perdido los significados,
como prendas de las que uno se despoja,
poco a poco quedándose totalmente desnudo.
Sí, iban perdiendo su verdadero significado,
desolados como un crío que,
entre la multitud no ve a su madre,
y la llama a gritos y nadie lo escucha ni atiende,
se mete en un rincón a llorar,
sorbiendo los mocos en su terrible abandono.
Y volviéndonos más prácticos
–o más desengañados,
para el caso es lo mismo–,
fuimos descartando para crear 
un espacio libre y diáfano,
más aséptico y moderno.

Puntos que se mueven por lugares

 Puntos que se mueven por lugares 
en un mundo terroso y encharcado
donde se hunde la hojarasca 
de un bosque oscuro.
Y la compasiva mirada de este
que indaga y rebusca el germen 
en este barrizal,
araña un indicio de las profundas vísceras de su ser,
para creer que aún existe 
aquel claro manantial 
que se camufla, se pierde y se esconde
por entre rocas endurecidas. 

Hay tantos gestos en un rostro

 Hay tantos gestos en un rostro,
tantos semblantes en un lugar,
nunca se termina por descubrir
un fondo que vierte
su continuo manantial 
al foso profundo de la mirada
que a cada instante crea 
un nuevo mundo.

Somos una tesela irregular

Somos una tesela irregular,
algo indefinible,
incompleta forma,
a la que, por justificarla
de algún modo,
llamamos identidad,
aunque sabemos que es un remedo.
Frente al espejo de la consciencia
y la mirada del otro,
una figura se va transformando
manteniendo el eje en equilibrio,
ajustando siempre una disonancia
para no sorprenderse ante un extraño.

Sin temor llevo a mi lado

 Sin temor llevo a mi lado
esa compañía que todos consideran siniestra.
Aunque parece mi sombra,
soy yo su lastre,
me enseña a no mirar atrás,
porque más hiere aquel sol
que este que brilla en el horizonte.

Cualquier argumento nos vale

 Cualquier argumento nos vale
para entender este confuso texto.
Sembramos la semilla de la palabra
del árbol de la razón y el juicio.
Después dejemos a la primavera
madurar sus frutos y nos quite 
el hambre de conocer y el miedo a la duda. 
Huellas perdidas en la lejanía
que dejan sobre el lienzo unos surcos
en blanco con código encriptado.
La sal del ancho océano del tiempo
que corre, vence días y caduca agendas,
empaña su transparencia.
Y la frágil, ingenua y tramposa memoria,
impulsando el pie de la voluntad,
saca del fondo oscuro 
algo parecido a un sueño
que atrapa al desvelado
inventa, elimina o suma
para narrar el relato de su verdad.
En un proceso inverso 
tratamos reconstruir la urdimbre 
del tejido virgen
a partir de los hilos sueltos,
sin guía ni dibujo sobre un papel.
Partiendo del error del presente 
o la perspectiva distorsionada,
movemos piezas deformes
sobre un tablero de cristal
con falsos reflejos. 
Dibujan sombras chinescas
sobre la pantalla de la mente
simples imágenes oníricas,
y asustan sus sombras de gigantes
de un sombrío bosque,
elevados árboles que ocultan el río.
Nos llega su rumor pero no vemos su agua.
Persiste lo sustancial en este misterio 
de renovado aspecto
creador y destructor de infinitas apariencias.
Esta entidad amorfa
que no ocupa espacio,
consistencia impalpable,
que fluye por una sospechada
eternidad.

Lastimero viento

 Lastimero viento,
deja de molestar con tu pena.
¿Por qué pides posada 
en este hogar?,
¿no ves que no eres bien recibido?
Oigo tu lamento insistente, 
triste de desvalido animal.
¿A qué vienes llorando
tras mi puerta,
golpeando los cristales
de las ventanas?
No aceptas mi desprecio a tu llanto.
¡Deja ya de gemir
como una plañidera,
igual que un mendigo vagabundo!
Aquí en mi reino,
eres un intruso indeseable,
¡Vete a otros territorios!
Quiero el sosiego
y tú irritas mis oídos,
crispas mis nervios
con tu continuo reclamo.
Viento que hoy pides refugio,
¿has olvidado
cuando arrancaste con ira
las flores de mi jardín
impidiendo que nacieran sus frutos?
Maldito seas por siempre.
Ahora vienes a pedir perdón,
tú, que fuiste enemigo de mi calma,
objeto de mi dolorosa pérdida.
Solo te admitiré si te acercas
de forma benevolente,
suave como un suspiro,
cálido aliento, aliado del sol
de invierno
o brisa fresca 
de las noches de verano.
¡Fuera!
Vuelve cuando estés
de verdad arrepentido.

No hay que darle tanta importancia

 No hay que darle tanta importancia
a la vida, solo la justa.
Los fuegos artificiales alumbran 
un instante la oscuridad del cielo,
después está la noche
con sus pequeños puntos luminosos.
En su ancha y espesa negrura
alguna vez brilla intensa una blanca luna llena,
como una perla en la profundidad de un océano.
El miedo agazapado nos vigila 
detrás de aquellas montañas,
se presiente y deja su vaho
dibujado en nubes grises
cubriendo el horizonte de brumas.

Ellos creen que tienen la palabra

 Ellos creen que tienen la palabra,
pero no tienen la voz de la vida.
Ellos levantan fortalezas 
que caen dóciles 
al empuje del dedo índice 
del cosmos
Ellos buscan el poder,
se suben a pedestales,
no gritan pero penetran
en la sangre sus murmullos.
Ellos encienden el fuego
que dicen apagar,
pero nada pueden ante la fuente
que brota del mundo.
Un simple rayo incendia un alma.
Ellos cavan túneles para hacer
correr sus engaños,
esconder sus cadáveres,
cubriendo de brillo sus bajas intenciones.
Pero el suave vuelo de una pluma 
levanta tierra y los hunde
en su propio estiércol.
Ellos se creen dioses,
benévolos y sabios,
dueños del paraíso terrenal
que acotan con murallas
para que el desperdicio no entre.
Pero surcará en el cielo 
una blanca nube preñada, 
que parirá pequeñas gotas
que los ahogarán en su charco.
Hay un ojo que vigila más allá
de esas negras pupilas,
que mata a ciegas
y ellos serán mísera carne 
como la carne que ellos ultrajan.

Ella se tuvo

 Ella se tuvo,
pero no sabía que se tenía.
Cuando llegó a conocer sus contornos,
empezó a deshacerse
como papel en el agua.
El tejido de su vestido
cogió pelusas,
se fue deshilachando.
Apenas quedaban
algunos harapos esparcidos.
En ese reflejo, 
¿cómo distinguir la transparencia?
Decidió rendirse a su suerte.
Quizá la vida quiso descomponer
su cuerpo para que volara el alma.

Al abrir la cáscara,
apareció la momia de una oruga.
Tuvo que aceptar
no ser nunca mariposa.

Decaen las fuerzas

 Decaen las fuerzas,
pierden ímpetu los deseos ,
cede la voluntad 
al peso de los años,
envejecemos.
Se hizo insípido
el sabor de las cosas
y nos envuelven fragancias
del ayer en el presente.

Es el reloj del tiempo eterno
que la vida divide en cuartos,
agota sus minutos 
y las horas parecen rápidos
segundos que se escapan
de sus dedos de aguja.

Floreció la primavera,
mostró su lozanía,
alcanzó esplendor en el estío 
y llegó el otoño de la mano
del invierno.
No habrá nuevas primaveras,
fuimos flores cortadas
puestas en un jarrón
con agua que no fue suficiente
para mantenerlas frescas y vivas.
Se secarán los pétalos,
perderán brillo y color, 
hojas y tallos antes firmes y verdes 
serán quebradiza armadura,
roída materia y podredumbre.
La muerte a mordiscos
devorará la belleza
y excretará sus desechos.
Somos jugosos frutos
donde anidan gusanos
y acaban tragados por la tierra.

Ocultarse

 Ocultarse, 
encerrarse entre las valvas,
disimularse en el defecto,
oír el lamento por ser condena
de un pecado no cometido.
Solo desear la transparencia del cristal,
sin juzgarse, delimitar su figura humana.
¿Qué valor puede tener el guijarro
entre piedras preciosas?
¿Debe tal vez avergonzarse?
Mejor ser olvido,
sal diluida en el mar,
estar sin ser vista,
brizna de hierba en un prado
que agita el viento.

Millares de miradas la niegan

 Millares de miradas la niegan,
iris claros la acarician y olvidan
y tiernas pupilas la abandonan.
¡Qué solos quedan los ojos
con sus lágrimas!

Estoy nadando en la nada

 Estoy nadando en la nada.
En este intenso ruido
soy silencio grande.
En la playa el mundo juega 
a ser felices
a la orilla de un mar incierto,
mientras habito mi isla vacía 
y a ella me entrego sin lucha.
Después de pelear con los posibles,
hice tregua perenne con lo inevitable. 
Destruyó la intemperie
la madera de mis barcos,
gasté las provisiones,
perdí muchos bártulos 
cuando agitó el viento
y se los llevó la marea.
Soporto las inclemencias
con el cuerpo desnudo,
deshilachando miedos.
Con los harapos anudados
me cubro cuando hace frío.
Al final, la piel se ha cubierto
de una fina costra de barro y sal,
soy tierra en medio de estas aguas.