Ya se empieza a cubrir de sombras
el oriente, abandonado por el sol.
Y este horizonte de ocaso
engaña con sus vivos púrpuras y rojos.
Tiene el cielo la belleza y la fuerza
previas a la muerte.
Los ojos se embelesan en su encanto
y olvidan que, próxima, aúlla la noche
con tinieblas de espectros tenebrosos.
Ya se empieza a cubrir de sombras
Todo eso que haces
Todo eso que haces,
cambiar el color de tu pelo,
quitarte las lentes,
pintarte los ojos,
beber buen vino,
montar en moto,
hacer estupendos viajes,
vivir la fiesta con avidez,
apretar el tiempo en tu puño,
comprar la sonrisa perfecta.
Todo eso que haces
por ocultar las señales de los años,
la suma de tus anhelos,
para negarte aceptar la decadencia,
el deterioro, la decrepitud que se asoma
por una de las esquinas del espejo
donde te miras.
Eso es tu miedo a morir
sin saber qué está al otro lado.
En realidad temes el devenir,
su letanía de segundos,
la bruma que se extiende sobre el paisaje.
El sol atraviesa los espacios,
pero su luz decae
y van creciendo pertinaz las sombras.
Es la existencia que sufre,
se somete y se entrega
a su propio sacrificio.
Quieres mostrarle a la muerte tus dientes,
la fortaleza de tus sueños
y acaricias sumiso el lomo de esa bestia
que acabará devorándote.
Pero, te equivocas, ella,
la innombrable,
la bella porcelana,
la honorable eternidad,
no persigue nada,
no te busca,
te contiene,
te lleva de su diestra o siniestra mano
hasta el día marcado en rojo
en su agenda.
Quizá no la temas porque te sobren
aún primaveras o veranos,
aguante el estío borrando otoños
y el invierno sospeche queda lejos.
Te sientes fuerte, soberbio, más joven.
Te mientes y no quieres escuchar
el tic tac del reloj.
Tal vez, creas que todos esos pasos,
esos hilos que aprietas en un nudo
te den hoy la seguridad,
la garantía para un mañana como el presente.
Sin embargo, la vida nunca avisa
del siguiente paso,
no sabrás cuál será tu última huella
y frenada en seco.
Caminamos, cerramos una puerta
y entramos a otra estancia
siempre más precaria que la anterior
hasta caer al vacío,
ese del que huyes cubriendo con parches
la tara, el deterioro inevitable
de la prenda que te viste.
La vida no piensa, sucede.
Aquello que el tiempo destruye
Aquello que el tiempo destruye
es solo superficie, vana apariencia.
Podrá robarle a la rosa lozanía,
mas no hermosura.
Su grandeza no estaba en sus suaves pétalos
ni en su aroma delicado,
sino en ser semilla de nuevas rosas.
Ser llama de una vela
Ser llama de una vela,
sinuosa, ondulante, vibrante
y desbocada por momentos,
conducida con suavidad
por la suave mano de la brisa,
melena suelta al viento.
Miro esa llama, danza
con movimiento sensual.
Por momentos,
su llama irisada se eleva,
se ensancha, se desvanece
y vuelve con fuerza
con pasos armoniosos
abrazados de alientos.
La vida.
Llama hipnótica, enigmática, mística,
fuego sublime, sol amante de océanos,
allá, hacia el horizonte infinito
donde nada es imposible.
Penetrar con las manos la tierra
Penetrar con las manos la tierra,
desmenuzarla sin romper las raíces.
Qué placer sentirla, llenarse hasta el codo
con su maravillosa sustancia.
Moldear un sueño en soledad
era palpar dentro de las entrañas
de la vida.
El tiempo, aire que nos contiene
y nos hace fluir,
cubre la carne de costuras,
cerradas heridas con fino hilo de seda.
Y con mano diestra simula
la rasgadura y el remiendo.
Hecho un ovillo de matas
Hecho un ovillo de matas,
dentro de su cobijo como una crisálida,
se despierta el cuerpo.
Viene de recorrer territorios cubiertos de tinieblas,
teñidos de un cierto color pardo
por donde se mueven sus figurantes
entre geometrías irreales con certeza.
Es una atmósfera cargada y mágica
que deja sobre los espacios
la luz tenue de una vela.
Son sinuosos y recónditos sus escenarios,
transitados por extraños
y conocidos transformados en otros rostros.
En esta habitación malva,
de paredes torcidas y remiendos
con tono más oscuro,
los objetos se distinguen con nitidez
bajo la luz penetrante del sol
iluminando la estancia.
En este pequeño universo de intimidad,
los objetos cotidianos se manifiestan
con rotunda presencia.
En la esquina de enfrente
una sombra luminosa, un haz de luz,
se quiebra formando un ángulo obtuso
que atrapa entre sus luminosos lados
un móvil de viento estático, sin melodía,
a la espera de abrir la ventana,
entre el aire fresco y golpee con suavidad
el metal de sus tubos,
creando armonías aleatorias.
A su lado hay unos dibujos de pájaros,
una paloma que lleva en su pico una bufanda roja
y un jilguero apoyado sobre una ramita.
En un papel para acuarela
con la marca de un doblez,
está perfilada a rotulador azul y malva,
una luna creciente de la que cuelgan
en hilera unas estrellitas.
Todos nacieron de la misma mano,
dulce, tierna y herida.
Con el antifaz sobre la frente,
los ojos del durmiente parpadean
resentidos por la claridad del día.
Se recrean en los detalles
con la intención de retener de nuevo el mundo.
Brazos y piernas inician pequeños movimientos,
preparándose al ritmo cotidiano.
Cada hueso y músculo desentumece su rigidez,
ese muerto regresa a la vida.
En un lateral cuelgan de una alcayata
varios objetos,
un corazón hecho a retazos de tela vaquera,
trozos pegados unos con otros con cola,
igual que una bola con cartón de huevo.
Una percha retorcida que parece
prensada en la fragua a fuego y lodo,
bajo el martilleo continuo de ruedas
sobre el yunque del asfalto.
Hay también un yoyó antiguo,
aquellos de pasta dura,
de color amarillo y azul,
que cae como péndulo de reloj
sobre la pared.
Las prendas quitadas en la noche
reposan sobre una caja de herramientas
de metal que hace de costurero.
Más arriba, apoyada en un tornillo,
una pecha, esta perfecta, funcional.
No sirve para ropas
sino para sostener unas docenas
de collares de todo tipo,
tejidos a lana o cosidos con fieltro,
hechos de piedras y cristales
recogidos de la orilla de una playa.
Sobre ellos pende de un hilo
un corazón grande
construido con restos de hebras
rosas, rojos y azules.
De vez en cuando desgarrando
el silencio,
irrumpe atronador el motor de un vehículo
y, al regresar la calma,
una voz anónima transita la calle
hablando por teléfono.
A lo lejos se oyen las campanas de una iglesia,
pronto sonaran las de este campanario cercano.
Entrarán de lleno en esta densa soledad y paz
advirtiendo de un tiempo que se fuga
con estos destellos.
Es la soledad
Es la soledad más estricta,
más diplomática, más conceptual.
Es la soledad indomable,
insaciable, indivisible,
multiplicada.
Es la soledad única,
abandonada, aislada, extraña,
singular.
Es la soledad deudora,
tramposa, farsante, desleal, impostora,
hipócrita.
Es la soledad perturbada,
catastrófica, aborrecible,
calamitosa, dolorosa.
Es la soledad compañera
inseparable, auténtica depredadora
insaciable, obsesiva.
Es la soledad calculadora,
lastimera, postergadora.
Ata, aniquila, araña,
envuelve, somete, muerde.
Es soledad rota, esparcida,
suelta y salva
porque a solas se atormenta,
se seca sin tu compañía,
perdida en la holgura del silencio
y el vacío de la estancia.
Soledad es sol y su temporalidad
enigmática,
imperativo verbalizado
y palabra sustantivada.
Los años nos vencen
Los años nos vencen
como el viento al tronco.
No volveremos a ser los mismos
después de cada primavera
y de cada invierno.
No somos los mismos después
de tantos soles y noches.
Nunca seremos los mismos.
Aunque no tuvo suerte
Aunque no tuvo suerte,
se sintió afortunada.
Ella es vacío y soledad de océano.
Quiso ser libre para el gozo
y fue cárcel de silencio.
En el lecho, cuando sus dedos la rozan,
siente que aún no está muerta.
Como reto con la muerte, saber si sigue viva
aunque la rodean brazos que callan
y el frío se instala entre las sábanas.
Ella abrió la jaula
echó los sueños a volar.
Por estas calles desiertas de densos muros
Por estas calles desiertas de densos muros,
corren los sonidos y reverberan
burbujas que explotan de golpe.
Estallan contra la piedra dura
con toda su rabia,
desparraman su fragor
en avalanchas.
Hay sonidos groseros
de motores y máquinas
que rompen el natural encanto
del silencio que ronda solitario
por las acostumbradas horas.
Las palabras forman una danza.
A ratos no llevan el compás
y a ratos, van tan apretados esos bailarines,
que no se distingue uno de otro.
Alguno sale del runrún
y lleva su ritmo aparte,
junta los pasos y compone,
con los sueltos fonemas ,
un movimiento claro y definido.
Apenas una o dos palabras saltan
de puntillas fuera del corro,
sin llegar a hacer una frase completa
ni saber qué dicen.
No son ecos que se vayan extinguiendo
con el tiempo, más bien
se agolpan en una sola nota,
agua que sale de un caño,
fuente que no siempre es arrullo
para la calma.
Una gota sale salpicada
y deja la huella húmeda sobre el suelo.
Pronto se seca y abandona la boca
para ser olvido en el aire.
Agradables risas y parloteo,
torpe vocabulario inocente de críos,
son hebras de una trama de colores suaves.
A veces son gritos que asustan,
gones fuertes de campanas
golpeando sus úvulas contra el bronce
y el alma se contagia de su gozo o pena,
según sea repique alegre de boda
o triste clamor de muerte.
Soy figura que cruza por detrás
Soy figura que cruza por detrás
de Narciso y ve su espalda,
mientras él se recrea en su rostro.
Nadie llega a conocerse
y no se sabe de uno por el otro.
Pasajeros de un tren,
vemos en el cristal de la ventanilla
la sombra del que va
en el asiento de al lado.
Somos perfiles deformes
de una luz que nos entra
de soslayo, guardando silencios
con un lenguaje secreto.
Cuánto dura este árbol
¡Cuánto dura este árbol
sembrado en tierra tan poco fértil!
Miro cómo luce aún en sus ramas hojas verdes.
Se agrieta su corteza,
aunque no vierte el ámbar de sufrimiento.
Quizá ya rondará por sus raíces
y corran por su savia
las larvas mordiendo muerte.
Puede que su tronco siga firme
y su copa esté cubierta de otoños.
Saborea las bondades del cielo,
se distrae con pajarillos y nubes.
Entregado a sus caprichos,
resiste sus contratiempo.
Disfruta bajo el sol de su propia sombra
y, tras la lluvia amable y dulce,
hay destellos de frescura
en su vejez incipiente.
Trazan los días líneas profundas,
como su nervadura sobre el envés,
llevan la sabiduría de sus vivencias.
Cuando se ciñe la oscuridad
Cuando se ciñe la oscuridad
de la noche al alma,
cómo no buscar alguna estrella
en su firmamento
que, generosa, nos conceda
el fulgor de su brillo,
aunque solo sea rastro de muerte
y seguir siendo luz
en otro cuerpo difunto.