Detrás de estos ruidos hay una voz

 Detrás de estos ruidos hay una voz
que te habla.
Solo en el silencio la escucharás,
se mueve libre por los espacios.
Alcanza tu oreja y recorre lenta
y dulcemente todo tu cuerpo.
¿Acaso no la oyes?
Para, no corras,
respira suave
y atiende.

Ha dejado de llover

 Ha dejado de llover.
Las nubes han bajado a tierra,
abrazan los muros y los árboles.
El paisaje entre brumas
parece un territorio onírico.
Es verdad que la luz embellece
el mundo y hasta la noche la desea.
Sin embargo, qué encanto adquiere
cuando se enturbian las cosas
entre esta neblina densa.
La piel se deja acariciar
bañada entre sus diminutas gotas.

Luchan en el cielo gruesas nubes

 Luchan en el cielo gruesas nubes,
sus oscuros ropajes lo han cubierto
con un manto gris de melancolía.
Hay una luz clara a pesar de su envergadura
que deja pasar la luz de un sol vencido.
Al llegar la tarde han hecho apretada piña
y se despliegan como pétalos de una flor
sus piñones sobre la tierra mojada.
La espada de un legendario héroe
hace zigzag de rayos
en la frente del horizonte.
En su boca queda contenido por un instante
el grito de dolor y estalla
tan desgarrador sollozo
que estremece.

Está este mar hoy tan calmado

 Está este mar hoy tan calmado,
apenas un velero surca el horizonte
y un sol alto en su cénit
hace brillar sus aguas como un espejo.
Dentro sobre esta arena de mi playa
me mece una dulce melodía
entremezclada con mis pensamientos.
Quieren robarme este dulce rumor de olas
y yo me niego aunque ruedan
por mis mejillas algunas gotas de sal.
¿Acaso no es lo bastante bello este paisaje
para no ceder ni un centímetro de mi isla
la entrada a estos piratas
con pretensiones de robar
mi más preciado tesoro?
Levanto en esta orilla mi muralla,
esa nave no se atreverá
por mucha que sea su osadía.
Ahora, ya sabe de mi fortaleza.

Claro y alto

 Claro y alto, advirtió con contundencia el grito.
Tranquilo,  le dijo el conciliador susurro.
La voz calló el rumor que corría
por la estrecha calle de la garganta
a gones de campana anunciado,
con la fuerza de una vocal abierta
y la vibración de una consonante sonora.
Con prudencia le dieron el alto los apretados labios,
frenado en seco quedó el hipo.
Carraspeó un poco, bisbiseó entre dientes
un runrún sordo.
Venía de algún lugar insospechado
el desesperado clamor de los ecos superlativos.
A veces, irrumpían el chasquido de unos dedos
sollozos infernales.
En ocasiones eran risas,
como gorjeos de pájaros o melodiosas gotas de una fuente.
Asustaba ese ruido críptico,
el bramido denso, estridente,
divisibles fonemas que no levantaba
ni un consolador lamento,
sino el leve quejido por lástima
con cierto sabor amargo en la lengua.
Un rugir de bestia asustó al gemido
que dejó entrecortado el aliento.
Al final fue simple gruñido de cachorro.
Aliviado se escapó un suspiro
cuando entro elegante, sabio, ingrávido,
el majestuoso silencio.

Esa fingida luz de sol y luna

 Esa fingida luz de sol y luna
apagó la transparencia cristalina
que de esa fuente manaba.
Fue claridad sonora en la noche
y se ha hecho clandestino rumor.

Luz silenciosa, sombra transparente

 Luz silenciosa, sombra transparente,
en esta tarde
que con templanza se deleita
besando los muros, lamiendo las aceras.
Con la mirada huidiza advierte ya
cómo vienen las sombras,
sin hacer ruido estas bellas cenicientas.
Al llegar el anochecer  
sus zapatitos de cristal
se cubrirán de brea.

La blanca luz de un sol cálido

 La blanca luz de un sol cálido,
el ave solitaria sobre la cruz de piedra,
las ventanas con sus brazos abiertos
entregadas al lecho de su amante,
horizonte de tejas ocres
cubiertas de hollín, musgo y tiempo.
Oleaje de un calmado mar
que solo a mis ojos se muestra
mecido por su abandono y olvido.

Somos rocas grandes como montañas

 Somos rocas grandes como montañas,
piedras y guijarros.
Mas todos seremos escurridiza arena
entre los dedos del tiempo.

Tengo necesidad de decir algo

 Tengo necesidad de decir algo,
pero no sé qué decir.

Hablaré del cielo, este hermoso
y cambiante cielo de mi horizonte.
Impreso en mi nervio óptico
ha quedado fija esta imagen
que olvidaré con los años.
Dudaré de sus perfiles,
cuántas ventanas tenía aquella buhardilla
o las chimeneas con sus distintos sombreritos.
Quizá, aun esforzándome,
no pueda traer a mi memoria
de un modo seguro cada detalle:
esta cruz que me mira y miro
cada día con sus tantas noches.
En este lugar sin mar,
qué bello es este oleaje de tejas,
viejas y ocres con su pequeño jardín mustio,
que el estío dejó seco y escuálido
y que reverdecerá en invierno con las lluvias.
Recordaré lejano, sin textura,
carente de los olores y brillos,
el sonido de los caños rebosantes de agua
dirigidos los canalones a un mismo punto del suelo,
dejando su reguero de manantiales.

Ahora, en este día claro y en este atardecer
traslúcido de rojos y malvas entre un dorado difuso,
como pintado por lápices pastel,
no veo aquella imagen pura y de extrema belleza
desvelada tras la cortina de un aguacero.
Por más que lo intento, se niegan los ojos.
Del mismo modo y con más razón,
olvidará mi cabeza este paisaje
cuando me halle lejos frente a otro distinto.
No me refiero a la eventualidad que lo transforma,
sino a la presencia sólida y estable
que lo levanta con dignidad cada mañana
para gozo de mi corazón.

Aunque nada es duradero por siempre,
sé que existirá mientras yo viva
este solemne edificio con sus muros de siglos ,
aguantando más años que mi frágil cuerpo.
Por eso escribo, para no olvidar
ninguno de sus trazos.
Caprichosa es la mirada.
Su fondo siempre es diferente,
nada es igual, algo cambia,
una grieta invisible se muestra.

Necesito escribir y no sé qué decir,
por eso divago.

La busco y no la encuentro

 La busco y no la encuentro,
por algún sitio la tuve que dejar.
Ay, esta cabeza olvidadiza,
este desorden en los cajones.
Cómo encontrar entre tanto desbarajuste
algo tan trasparente, fino y escurridizo,
fácil de camuflarse y perderse
por las grietas de este mueble viejo,
por rincones oscuros de las estanterías.
Hice el nudo a San Cucufato,
recé a San Antonio abad, patrón
de las causas perdidas,
aún tengo atado el pañuelo
y el santo sigue callado e impávido
con sus velas encendidas implorantes
y las flores frescas cada día en el jarrón.
Sus orejas no escuchan mis súplicas,
firme su figura de escayola,
sus ojos no atravesados por la luz
me miran sin ver
y solo responde el solemne silencio del templo.
Me es sumamente importante,
necesito recuperarla.
Acepto pues sin remedio, su ausencia.
Me doy por vencida,
aunque no puedo evitar frustrarme
y desespero ante la pregunta
¿adónde se habrá metido?
Por ningún lugar aparece.
Recuerdo cuando la tuve entre mis manos,
llenaba mi corazón su presencia,
en mi mirada brillaba su reflejo.
Sin ser llave abre la puerta
y entra en mi casa,
el milagro de su sonrisa.

Ya las palabras se atascan

 Ya las palabras se atascan,
colgadas quedan de la punta de la lengua
y acaban suicidándose
sobre la arena de la memoria,
que al sol de los días
y a palmadas de las horas
se endurecen.